jueves, 8 de mayo de 2008

El photoshop, a 8 de mayo de 1945


La toma del Reichstag, con las "correcciones" del fotógrafo Yevgueni Chaldej
 
Gemma Casadevall

Berlín, 8 may (EFE).- El museo Martin Gropius Bau de Berlín abrió hoy, aniversario de la Capitulación del Tercer Reich, la mayor retrospectiva nunca expuesta de Yevgueni Chaldej, el Robert Capa soviético y autor de la fotografía de la toma del Reichstag, desde la mirada del Ejército Rojo y con sus legendarias "correcciones".
"El 8 de Mayo fue el día la Victoria sobre el Fascismo. Mi padre, como todo ruso, quería ver izada su bandera en Berlín. Unos días antes se cosió una él mismo, se fue a Berlín, se subió al Reichstag y se la dio a unos soldados que estaban ahí. Así hizo la foto", explicó a Efe la hija del fotógrafo, Anna Chaldej.
La inauguración, coincidiendo con el aniversario, es para Anna Chaldej un "acontecimiento familiar", ya que su padre ni en vida, ni después de muerto, en 1997, recibió nunca un homenaje así.
"Su foto es célebre, está en todos los libros. Pero cuando yo iba a la escuela ni siquiera decía que era de mi padre, era casi anónima", cuenta Anna, nacida en 1947, dos años después del fin de la II Guerra Mundial, mientras sostiene en sus manos algunas copias.
La foto es legendaria, como lo son también las manipulaciones -que él llamaba "retoques" o "correcciones"- que Chaldej aplicó no sólo a la célebre fotografía tomada la mañana del 2 de mayo de 1945, dos días después del suicidio de Adolf Hitler en su búnker.
La exposición recoge otros ejemplos, como aviones aliados sobrevolando el Reichstag en ruinas, que él llanamente "colocó" sobre la fotografía, adornada por un tanque que tampoco estaba ahí.
"Se ha dicho que todo fue una escenificación para la propaganda. Yo simplemente creo que captó el momento histórico, como un fotógrafo de estudio busca el mejor encuadre para un retrato", explica Ernst Volland, autor del catálogo de la muestra "Der bedeutende Augenblick" ("El instante significativo").
La explicación de Volland suena algo simplista. Además de llevar él mismo la bandera para que la izaran los soldados, Chaldej "rasgó" luego del negativo dos relojes visibles en la muñeca de uno de ellos porque sugería una acción de pillaje del Ejército Rojo.
Posteriormente acentuó el dramatismo incorporando nubes de humo como si el edificio estuviera bajo las bombas. Se ha dicho incluso que montó encima una bandera con la hoz y el martillo al viento, menos mortecina que la propia. Y que sus soldados eran "extras".
El misterio seguirá envolviendo su célebre foto, admite Volland, de la misma manera que siempre hubo expertos que dudaron de la autenticidad de la muerte del miliciano republicano de Capa.
Lo cierto es que los "retoques" de Chaldej son joyas tan preciadas de la historia de la fotografía como sus originales. Ambos fotógrafos, Chaldej -nacido en Ucrania, de origen judío- y Capa -nacido en Budapest- fueron como almas gemelas, en bandos distintos, que tal vez captaron, tal vez forzaron momentos históricos.
"Fueron grandes amigos", contó Volland. Capa, cinco años mayor que Chaldej, le regaló una de sus cámaras. Con sus distintas Leicas, el fotógrafo del bando soviético siguió al Ejército Rojo desde junio de 1944 y durante prácticamente toda la contienda.
Captó a sus soldados jugando con sus mascotas, a bañistas al sol ante las ruinas de Sebastopol, en 1941, y al ejército en humillante retirada ante el acoso hitleriano, antes de acabar izando la hoz y el martillo sobre el Reichstag.
Tras la Capitulación asistió a otros grandes eventos históricos, como la Conferencia de Potsdam y los procesos de Nuremberg contra altos responsables del nazismo.
Al visitante de la muestra le llega a asaltar la duda de cuántas fotos son reales y cuántas son escenificaciones del fotógrafo al servicio de la agencia de noticias soviética TASS.
"Eran manipulaciones ingenuas comparado con lo que ahora pueden hacer los reporteros de guerra, teniendo en cuenta las posibilidades técnicas de ahora y las de entonces", reflexiona Volland.
La exposición del Martin Gropius, elaborada básicamente con material de archivo de Volland, estará abierta en Berlín hasta el 28 de julio. El mayor deseo de Anna Chaldej sería que luego viajara a Kiev, para ser inaugurada ahí por ella misma y la hija del miliciano que izó la bandera, Alexis Kavaliov. EFE
gc/jcb/ibr

miércoles, 7 de mayo de 2008

Marbella, el paraisa del negacionista


Delirios y derrumbe del nazi Hafner, de su refugio en España al Reichstag
 
Gemma Casadevall

Berlín, 7 may (EFE).- El cineasta austríaco Günter Schwaiger trasladó hoy al Reichstag los delirios de un ex-oficial nazi desde su refugio en España, con la proyección del documental "El paraíso de Hafner" en la víspera del aniversario de la Capitulación del Tercer Reich.
"No hubo un Holocausto, son mentiras de la propaganda aliada", proclama ante la cámara el protagonista, Paul Maria Hafner, un austríaco de 84 años, oficial de las Waffen-SS hitlerianas y llegado en 1952 a la España franquista, quien afirma que los judíos "se les metió en Auschwitz para protegerlos de los bombardeos".
Se trata de un nazi recalcitrante, que no teme las consecuencias de la negación del Holocausto. "En España no es delito", afirmó Schwaiger, en la proyección ante el grupo parlamentario La Izquierda, bajo la cúpula del Reichstag diseñada por Norman Foster.
La impulsora del pase fue la diputada Gesine Lötzsch, con el propósito de denunciar la impunidad en que viejos nazis han vivido y siguen viviendo -"en España u otras parte del mundo", afirmó la parlamentaria-, y también como advertencia sobre la ultraderecha actual.
"El paraíso de Hafner", Premio Sección Tiempo de Historia en la Seminci -Semana del Cine de Valladolid- y proyectada asimismo en otros festivales internacionales, como Locarno, Jerusalén, Varsovia, Sao Paulo y Florencia, es una película algo escalofriante.
"Los monstruos no me interesan y el planteamiento de mi film no es el de un cazanazis, que arrincona al criminal de guerra, sino el del cineasta que traza un retrato psicológico", dijo Schwaiger.
El Hafner del cineasta, austríaco como su protagonista, es un anciano que vive solo en Madrid, que todos los días nada 500 o 600 metros, cuida su alimentación, hace gimnasia en calzoncillos y alterna las visitas al local de Fuerza Nueva -Blas Piñar incluido- con los encuentros con ex-colegas de la Legión Cóndor.
Con testarudez casi patética niega el Holocausto, incluido cuando se le confronta con un ex-preso del campo de concentración de Dachau -donde él sirvió para las SS-, quien le muestra fotos de los esqueletos andantes en que se convirtieron los supervivientes. "Todo propaganda", responde.
Por "paraíso" entiende Schwaiger tanto la España que le abrió los brazos -"y donde siguen habiendo enclaves de viejos nazis"- como la ensoñación que le permite ignorar la historia durante décadas. Hasta que, tras meses de rodaje, empezó a derrumbarse.
"De pronto llamó y dijo que no seguía", explicó el realizador, que con todo logró seguir con el proyecto. Abandonado por sus ex-colegas de Marbella -que le rehuyen al teléfono- y confrontado con la lógica del superviviente del horror, a Hafner se le desarticula el paraíso y cae, finalmente, en el silencio.
Ni foro propagandístico ultraderechista, ni empatía hacia un anciano que glorifica a Hitler y busca refugio en la voz de Zarah Leander. Schwaiger pasa del retrato del abuelo, inventor de una yogurtera que casi le arruina, al decrépito que no puede seguir creyendo en su mentira.
Para La Izquierda, aglutinante de poscomunistas y disidencia socialdemócrata, la existencia de gente como Hafner evidencia hasta qué punto se hicieron mal las cosas, tras el horror de un régimen que asesinó a seis millones de judíos y desencadenó la Segunda Guerra Mundial.
El marco para la proyección no podía ser más idóneo: el Reichstag en que Hitler se proclamó canciller, en 1933, y sobre el que luego el Ejército Rojo izó la bandera de la hoz y el martillo, el 2 de mayo de 1945, cinco días antes de la Capitulación del Tercer Reich. EFE
gc/jc