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domingo, 8 de septiembre de 2024

El este y sus caprichos en las urnas, de 1989 a 2024




El 'nuevo' este de Alemania, entre la extrema derecha y el populismo de izquierda



Los resultados finales confirman los augurios de una complicada formación de gobiernos en este alemán.


Gemma Casadevall
Berlín 08 SEPT 2024 

Que el este alemán no es territorio propicio para el centrismo lo demuestra el mapa político de ciudades como Templin, en el 'land' de Brandeburgo, el lugar donde creció su ciudadana más ilustre, Angela Merkel. En las pasadas elecciones europeas, el partido más votado fue la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), con un 32,8%, mientras que la conservadora CDU, el partido de la ex canciller, obtuvo un 17,5%. En Brandeburgo se celebrarán elecciones regionales el próximo día 22 y ahí se pronostica el primer puesto para la AfD, como ocurrió en Turingia, donde los ultras rozaron el 33% liderados por el radical, Björn Höcke.

El alcalde de Templin, el izquierdista Detlef Tabbert, dice sentirse orgulloso de Merkel, pese a que la CDU excluye desde tiempos de Helmut Kohl a La Izquierda como aliado, por representar el postcomunismo. El título de 'ciudadana ilustre' le fue concedido a Merkel en 2019 casi como deferencia a su madre, Herlind Kasner, quien hasta los 90 años ejerció como maestra de inglés en Templin. El alcalde se pasó ahora, tras 16 años de militancia La Izquierda, al nuevo populismo izquierdista de la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW).

"La volatilidad del voto es extrema en el este. Y se va, además, a los extremos“, explica a El PERIÓDICO Hajo Funke, politólogo berlinés y autor de varios libros sobre la AfD. La CDU dominó el mapa político en los años siguientes a la caída del Muro, pero ahora Turingia, Sajonia y Brandeburgo se tiñen de azul, el color identificativo de la AfD, mientras crece la influencia de Wagenknecht.

Del negro de Kohl a los puntos rojos postcomunistas


Las primeras elecciones de la Alemania reunificada, en 1990, dieron la victoria a la CDU del entonces canciller Helmut Kohl con porcentajes del 45% en Turingia, dos puntos por encima de la media del país. Se había materializado en tiempo récord la extinción de la comunista República Democrática Alemana (RDA) y la socialdemocracia occidental ocupaba el segundo lugar. Pero aparecían aquí y allá los primeros puntos rojos, correspondientes al postcomunista PDS, el heredero político de la RDA. El resto del espectro parlamentario, de la CDU a socialdemócratas, liberales y verdes, recibieron al PDS a regañadientes como un 'cuerpo extraño' en el Parlamento federal (Bundestag). Se les quiso aislar políticamente. Pero empezó reflejarse que no todo el mundo digería bien la 'reunificación exprés' de Kohl y la extinción de la RDA. De ese postcomunismo procede Wagenknecht.

La Izquierda toma carrerilla

Entre 1999 y 2004 quedó claro que la euforia reunificadora había sido fugaz. Los 'paisajes florecientes' que había prometido Kohl para el este eran páramos con un desempleo que doblaba al del oeste del país. El este se vaciaba de población más joven a niveles similares a los registrados desde la posguerra y hasta que, en 1961, el régimen germano-oriental construyó un muro contra la sangría demográfica. La CDU seguía siendo la primera fuerza, pero La Izquierda, como se llamó a la fusión del postcomunismo la disidencia socialdemócrata de Oskar Lafontaine, era la segunda fuerza. La socialdemocracia se empequeñecía, mientras que verdes y liberales seguían sin encontrar a su electorado en el este.

Ruge la ultraderecha

"La irrupción de la ultraderecha desbarató el mapa", resume Funke. La población de la RDA había pasado de una dictadura, la nazi, a la siguiente, la comunista, recuerda su colega, Matthias Quent, perteneciente a la generación más joven de politólogos del este. La falta de una 'formación en democracia' en quienes solo habían conocido totalitarismos hizo mella en la 'transmisión de valores' a sus hijos o nietos. Pese a la inmensa inyección de inversiones en el este y el lento pero existente proceso de equiparación de sueldos y jubilaciones con respecto al oeste, se mantiene la percepción de que los del este son 'ciudadanos de segunda'. De espectacular, o desastroso, se puede calificar la evolución del mapa político de Turingia entre las regionales de 2014, 2019 y 2024: hace diez años, persistía cierto equilibrio entre la CDU y la Izquierda; en 2019 irrumpe la AfD; en 2024 el mapa queda a merced de los ultras.

El 'brandmauer’ alemán y el recuerdo del Muro

"El cortafuegos no es democrático. No pueden aislar a quien llega a primera fuerza de acuerdo a las reglas democráticas. Será su cárcel", comentaba en la noche electoral de Turingia el diputado de la AfD en el Bundestag Stephan Brandner. El significado de la palabra alemana 'brandmauer‘ --'muro contra incendios'-- tiene connotaciones negativas para el este, a juicio del político de la CDU, Sven Eppinger. Recuerda al traumático muro que partió Berlín y que sigue presente en algunas cabezas. "No se puede mantener en pie un cordón sanitario que ya no existe en la calle, en la familia o el trabajo", sentencia este político. "La llegada de la AfD a posiciones de poder dará alas al revisionismo del Holocausto", advertía desde la televisión pública MDR Hans Christian Wagner, el director del museo del antiguo campo de concentración nazi de Buchenwald, amenazado por la AfD de Turingia.

La burbuja de Weimar

Sacar conclusiones con la comparación estricta en el conjunto del este y el oeste no es correcto, según el politólogo Quent. La AfD y el partido de Wagenknecht no solo prosperan en el este. En las europeas la AfD quedó en un segundo lugar a escala nacional, mientras que Wagenknecht, que se estrenaba en las urnas, se disparó a un 6,2%. Para Quent, la comparación debe establecerse entre distritos con niveles de educación y poder adquisitivo semejantes. "Las constelaciones no son tan distintas entre dos ciudades universitarias como Weimar, en el este, o Heidelberg, en el sur", afirma. Weimar es una de las pocas 'burbujas' que siguen en poder de la CDU en Turingia. Se la identifica con la república de entreguerras que derribó Adolf Hitler, así como la ciudad de los clásicos Goethe y Schiller y del movimiento vanguardista Bauhaus. "Hay que pasar a la resistencia activa", afirma Ralf, activista de Aufstehen gegen Rassismus o Levantamiento contra el Racismo.

Los 'megáfonos' de Putin en Tiktok


Que la AfD haya sido en Turingia la fuerza más votada entre los electores de entre 18 y 24 años, con un 38%, obedece a que es la fuerza más activa en redes sociales. Su líder en Turingia, el radical Björn Höcke, es omnipresente en Tiktok y X, seguido por Wagenknecht. Desde ahí alcanzan a nuevos votantes del este más desfavorecido. "Han sabido movilizar no solo el voto antimigración, sino también contra los suministros de armas a Ucrania", recuerda Quent. A ambos extremismos, derechista e izquierdista, se les identifica como 'megáfonos de Vladímir Putin'. "La AfD no sería posible sin los influencers derechistas y sus multiplicadores, un espectro que amplifica cualquier intervención de sus líderes, sean mensajes o videos“, afirma al semanario 'Der Spiegel' Roland Verwiebe, responsable de un estudio de la Universidad de Potsdam, capital de Brandeburgo.

viernes, 13 de agosto de 2021

La memoria como ritual

 Un matí traumàtic



“Hi ha països que ama­guen el pit­jor de la seva història. Ale­ma­nya ho mos­tra. Als ciu­ta­dans o a qui ens visi­ten. El que vol dir, de vega­des, el perill d’esde­ve­nir un punt d’atracció o curi­o­si­tat turística”, explica la his­to­ri­a­dora Irm­gard Zündorf, del Leib­niz Zen­trum d’Inves­ti­gació Històrica de Pots­dam, ciu­tat veïna a Berlín i capi­tal del land de Bran­den­burg. En l’ano­me­nat pont de Glei­nicke, entre el dis­tricte ber­linès de Wann­see i Pots­dam, s’espera avui la visita del can­di­dat a la can­ce­lle­ria ale­ma­nya, Armin Lasc­het. És un dels punts emblemàtics en aquest 13 d’agost, 60è ani­ver­sari de la cons­trucció del mur que, fins al 9 de novem­bre de 1989, va repre­sen­tar la traumàtica divisió de la capi­tal ale­ma­nya per l’ano­me­nada “franja de la mort”. Van ser 10.680 dies en què inten­tar fugir a l’altre cos­tat, l’occi­den­tal, es podia pagar amb la vida.


El pont de Glei­nicke va ser un dels punts on es va plas­mar la guerra freda o con­fron­tació política entre el bloc occi­den­tal i els països de l’òrbita soviètica. Allà van tenir lloc uns quants inter­can­vis d’espies entre els dos can­tons. Ara, fora de l’agenda política en el dia de l’ani­ver­sari, és un punt de visita turística de la regió i també un dels esce­na­ris ori­gi­nals esco­llits pel direc­tor Ste­ven Spi­el­berg per a la seva pel·lícula El pont dels espies (2015), sobre l’inter­canvi entre l’agent nord-ame­ricà Fran­cis Gary Powers i el soviètic Rudolf Abel.


Zündorf, com el seu col·lega Gero Neu­ge­ba­uer, de la Uni­ver­si­tat Lliure de Berlín, no veu del tot mala­ment aques­tes mane­res de difon­dre la història recent ale­ma­nya. “És ine­vi­ta­ble una certa tri­vi­a­lit­zació. Però si es fa amb el res­pecte degut, és una manera de tre­ba­llar i con­tri­buir a superar les feri­des de la història”, explica Neu­ge­ba­uer.


El pont dels espies rebrà la visita de Lasc­het, el can­di­dat “natu­ral” a suc­ceir Angela Merkel en les elec­ci­ons gene­rals del pròxim 26 de setem­bre, en tant que líder de la Unió Cris­ti­a­no­demòcrata de la can­ce­llera. Al cor de Berlín, el pre­si­dent del país, el soci­al­demòcrata Frank-Wal­ter Stein­me­ier, par­larà en l’acte cen­tral de la Ber­na­uers­trasse, el car­rer que millor repre­senta el pati­ment dels ciu­ta­dans que, de la nit al dia, van tro­bar-se que vivien en una ciu­tat par­tida.
La cons­trucció del mur va enxam­par de ple aquest car­rer, de manera que algu­nes façanes dona­ven a la part occi­den­tal, o l’ano­me­nat Berlín lliure, i la resta de l’edi­fici era a l’ori­en­tal. Va ser el lloc triat per dese­nes de ber­li­ne­sos per fugir a l’altre cantó als pri­mers temps del mur, fins que les auto­ri­tats de l’Ale­ma­nya comu­nista en van tapar amb ciment les fines­tres per on sal­ta­ven els que volien fugir del règim.

El pont dels espies o la Ber­na­uers­trasse, on ara hi ha el cen­tre de docu­men­tació sobre el mur, són expo­nents d’aquest trac­ta­ment divul­ga­dor i res­pectuós de la història. El Check­point Char­lie, antic pas fron­te­rer entre el sec­tor ori­en­tal i l’ocu­pat pels Estats Units, és una mena de fira de sou­ve­nirs i un dels punts més visi­tats pels turis­tes a la capi­tal ale­ma­nya.

El pas­sat més traumàtic és, alhora, una mena de senyal d’iden­ti­tat que atrau el visi­tant. El mur va estar dem­peus gai­rebé trenta-dos anys. És a dir, des d’aquell matí d’agost del 1961 en què els ciu­ta­dans van veure com de la divisió poli­cial entre les qua­tre potències ali­a­des –França, el Regne Unit, els EUA i la Unió Soviètica– es pas­sava a un mur, i fins que aquest va caure, el novem­bre del 1989.

En les set­ma­nes i mesos següents, es va aixe­car el que després s’ano­me­na­ria “franja de la mort”. No eren només dels qua­ranta-qua­tre quilòmetres que tra­ves­sa­ven la ciu­tat, sinó també els 122 que van encer­clar el sec­tor occi­den­tal. La vida ber­li­nesa va discórrer en aque­lla situ­ació anòmala fins al 8 de novem­bre de 1989, la nit de la cai­guda del mur. Almenys cent qua­ranta per­so­nes hi van morir en inten­tar sal­tar al “Berlín lliure”; però 5.075 van acon­se­guir pas­sar al cantó occi­den­tal. Algu­nes d’aques­tes fugi­des, prin­ci­pal­ment les més ago­sa­ra­des, són part del museu pri­vat i botiga de sou­ve­nirs del Check­point Char­lie.

martes, 5 de noviembre de 2019

Para el Special






Berlín, capital en construcción

Gemma Casadevall

Berlín, 5 nov (EFE).- La caída del muro de Berlín propició un cambio urbanístico radical en la ciudad mártir de la Guerra Fría. Una metamorfosis prodigiosa que llegó con la recuperación del estatus de capital y cuyo rostro menos amable son los estragos sociales de la especulación inmobiliaria.
Del Berlín de 1945, barrido por los bombardeos aliados, al que el 13 de agosto de 1961 amaneció partido por el muro, o el que el 9 de noviembre de 1989 vivió la noche más hermosa: son muchas las cicatrices acumuladas sobre la ciudad-estado y capital alemana.
Treinta años después de esa noche en la que nadie sabía qué pasaría al minuto siguiente, Berlín es una capital atípica. Una ciudad en permanentemente construcción con tres óperas nacionales y 175 museos, pero sin un aeropuerto internacional digno de la primera potencia europea.

CAPITAL POR TRECE VOTOS

La caída del muro marcó el fin de la Guerra Fría para Berlín, para Alemania y para el resto del mundo. Los 3,4 millones de berlineses quedaron inmersos en un proceso de reunificación exprés materializado en el Tratado de Unidad, que entró en vigor el 3 de octubre de 1990.
La clave de la gran transformación se derivó, en realidad, de la decisión adoptada en junio de 1991 por el Bundestag (Parlamento federal), aún en Bonn, tras once horas de debates y por solo trece votos de diferencia (337 a favor, 320 en contra).
Ahí se sentenció el traslado de la capitalidad desde Bonn, a orillas del Rin, a Berlín, a 65 kilómetros de Polonia. Fue una decisión política, que rompía un tanto el espíritu federalista y descentralizado a favor de una capitalidad fuerte. Berlín se convirtió en centro del poder de la Alemania agrandada, con más de 80 millones de habitantes.
La entrada en vigor del Tratado de Unidad -y extinción de la República Democrática Alemana (RFA)- se saldó en once meses. La gran mudanza del aparato gubernamental y parlamentario, más su correspondiente funcionariado, llevó años.

EL GRAN TRASLADO

Con el traslado se operó la gran metamorfosis urbanística y social en una ciudad que, en tiempos de la división, fue un oasis subvencionado para eternos estudiantes, en el oeste, y la capital de la RDA, en el este.
Reubicar el centro del poder de la gran potencia europea implicó repartir espacios y ministerios entre nuevos edificios y antiguas dependencias prusianas, del Tercer Reich o de la Alemania comunista.
El viejo Reichstag se reeditó como sede del Parlamento (Bundestag). El departamento de Trabajo quedó instalado en lo que fue el Ministerio de Propaganda nazi de Josef Goebels, y el de Finanzas en el que había ocupado el de Aviación.
Se necesitaron ocho años de preparativos y 10.000 millones de euros para albergar a los recién llegados. La remodelación del barrio gubernamental discurrió en paralelo a la construcción de nuevas edificaciones de hormigón, acero y cristal junto al río Spree.
Al socialdemócrata Gerhard Schröder le correspondió el honor de estrenar la nueva Cancillería -apodada "Die Waschine", la lavadora, por recordar a ese electrodoméstico-. Pero primero tuvo que acomodarse en un domicilio provisional entre desabridas viviendas prefabricadas.
En lo que había sido tierra de nadie en tiempos del muro surgió la nueva Potsdamer Platz, un complejo de multicines, restaurantes y centros comerciales. Mitte, el centro del antiguo sector este, fue el territorio elegido para emprendores, clubes y locales para clientela de nivel adquisitivo alto.

ASOMA LA GENTRIFICACIÓN

El gran desembarco del funcionariado se consumó en 1999. Por entonces la palabra gentrificación no estaba aún en boca de todos. Pero probablemente a esa época corresponda su certificado de nacimiento, en lo que respecta a la percepción ciudadana berlinesa.
Berlín quedó "patas arriba" por tiempo indefinido, no solo en el centro de la ciudad. También barrios de tradición alternativa, revolucionaria y multiétnica con Kreuzberg, en el oeste, pasaron a ser pieza codiciada para el nuevo inquilinato.
Prenzlauerberg y Friedrichshain, en el antiguo sector comunista, quedaron convertidos en barrios de moda para noctámbulos y a merced del capitalismo inmobiliario. En el este o el oeste, al vecindario de toda la vida no le quedó otra que mudarse hacia barrios más periféricos. Y en cuanto llegaban a esos, pensar ya en el siguiente traslado a la siguiente periferia.
Berlín era la nueva ciudad de los prodigios europea. Una capital "pobre, pero sexy", en definición de quien fue su alcalde entre 2001 y 2011, el socialdemócrata Klaus Wowereit.
El pasado septiembre las autoridades compraron 6.000 apartamentos a una gran inmobiliaria por 920 millones de euros en una iniciativa destinada a ampliar el parque de vivienda social, en un momento en el que el precio de los alquileres se ha convertido en una de las principales preocupaciones.
La población de Berlín ha aumentado en un 12 %, hasta los 3,75 millones, en los últimos diez años, un período de tiempo en el que precio medio de los alquileres se ha duplicado.
Precisamente, para evitar que los precios continúen subiendo, la medida más reciente es un controvertido proyecto de ley para congelar los alquileres durante cinco años y establecer, además, un tope del precio de la vivienda de alquiler de 9,80 euros por metro cuadrado para inmuebles construidos antes de 2014. El Gobierno alemán pretende evitar que Berlín se convierta en un nuevo Londres o París.

BERLÍN RESISTE

La recuperada capital alemana había atraído a arquitectos como Norman Foster, Rafael Moneo, David Chipperfield, Daniel Libeskind, Santiago Calatrava, Renzo Piano, Arata Isozaki o Peter Eisenman.
Unos transmutaron en hermosas las cicatrices dejadas por la guerra en su Isla de los Museos; otros trazaron puentes, levantaron una nueva ciudad donde discurrió la Franja de la muerte o recibieron el encargo de reconstruir el Palacio Imperial prusiano destruido por los bombardeos aliados y derruido por la Alemania comunista.
Berlín no obvió el recuerdo a su torturada historia. Encontró espacio para colocar las 2.711 columnas de hormigón para recordar a los millones de judíos víctimas del Holocausto. Al Tiergarten, el pulmón verde ciudadano, se incorporaron monumentos a otros colectivos de víctimas, como gitanos y homosexuales
Entre tanto trasiego urbanístico y monumental cayeron algunas señales de identidad del ciudadano del este. Uno de ellos, el Palast der Republik, la Cámara del Pueblo de la Alemania comunista, aquejado del mal del amianto y desmantelado pieza a pieza tras un largo debate.
El Berlín de los alquileres prodigiosamente bajos quedó engullido por la revolución urbanística, política y social. El precio de la vivienda, de alquiler o propiedad, de nueva construcción o no, se disparó. Asomó la precariedad
El ciudadano sufre las consecuencias. Pero resiste, como lo hizo a los bombardeos aliados o al trauma del muro.

EL AEROPUERTO, EL GRAN LAMPARÓN

Cuando cayó el muro, Berlín tenía tres aeropuertos operativos: Schönefeld, en el este, Tegel, en el oeste y Tempelhof, en pleno caso urbano. Este último quedó fuera de servicio en 2008, tras 80 años operando; sus pistas son ahora un parque ciudadano que unos usan para lanzar cometas al vuelo, otros para patinar o correr, otros para la barbacoa dominical o para pasear al perro.
Schönefeld y Tegel, ambos obsoletos, siguen en activo. No les queda otras, ya que una de las tareas que Berlín no ha logrado saldar con éxito es abrir el gran aeropuerto que debe relevarlos.
Su fecha de apertura se ha actualizado repetidamente, en una ocasión, 24 horas antes de la inauguración ya programada; su estreno se sitúa ahora en octubre de 2020.
De lograrse, habrá sido con nueve años de retraso sobre la fecha prevista y tras un largo curriculum de problemas técnicos y escándalos por sobrecostes.
Es la gran pieza pendiente, o el gran lamparón, para una capital y una ciudadanía que llevan estoicamente bien el cartel de "en construcción". EFE
gc/jam/jmc
(vídeo)

viernes, 1 de noviembre de 2019

Solo para incondicionales del papel

Más que un muro
El 9 de noviembre es una fecha recurrente en la Alemania contemporánea. En 1918 se proclamó la República de Weimar. Justo cinco años después tenía lugar el putsch de Múnich, un fallido golpe de Estado llevado a cabo por Hitler y otros dirigentes nazis. Ese mismo día, en 1938, fue escenario de la siniestra Noche de los Cristales Rotos, el salvaje ataque perpetrado por las tropas de asalto de las SA contra ciudadanos judíos.
Pero, más allá de esta coincidencia, muchos conservamos en la retina las imágenes de otro 9 de noviembre, el de 1989, cuando se produjo la caída del Muro de Berlín, un hecho tan sorprendente en su momento como decisivo, que contribuyó a poner fin a la Guerra Fría y propició el camino hacia la reunificación del país. El proceso de glásnost (apertura), iniciado en la Unión Soviética por Gorbachov, se materializaba en la República Democrática Alemana.
El primer gesto visible tuvo su manifestación el día 8. Egon Krenz, nuevo secretario general del Comité Central del Partido Socialista Unificado y jefe de Estado, prometió legalizar los partidos de la oposición. Un día después, berlineses de ambos sectores de la ciudad empezaron a derribar, hasta con las manos, las piedras que habían sustentado una frontera tan artificial como dolorosa.
Atrás quedaban casi tres decenios de separaciones, detenciones e intentos de huida que demasiado a menudo habían acabado en tragedia. “La ciudad mártir de la Guerra Fría resurgió convertida en un ‘Berlín de los prodigios’, decidido a despojarse de los traumas de la historia”, afirma la periodista Gemma Casadevall, testigo directo de la evolución de la ciudad desde la caída del muro y autora de uno de los artículos del dossier.
¿Cómo ha respondido la capital alemana a los cambios que le sobrevinieron a partir de aquel histórico acontecimiento? Las heridas de aquel muro ya no supuran, pero Berlín ha tenido que ir sorteando crisis, desde la del euro hasta la de los refugiados, sin dejar de ser una ciudad en metamorfosis permanente. Isabel Margarit, directora de Historia y Vida.

La metamorfosis permanente


Gemma Casadevall


A las 18.53 del 9 de noviembre de 1989, tras casi dos horas de conferencia de prensa, el miembro del Politbüro de la República Democrática Alemana (RDA) Günther Schabowski leyó un comunicado que daría la vuelta al mundo. Fue a raíz de una pregunta del periodista italiano Riccardo Ehrmann, corresponsal de la agencia de noticias Ansa, sobre la nueva regulación para viajes y visados. Lo que a continuación leyó Schabowski, a modo de respuesta, significaba que se podía hacer algo que desde hacía 28 años era imposible: atravesar cualquier paso fronterizo de la RDA sin visado y sin miedo a recibir un disparo. A partir de cuándo, preguntó el alemán Peter Brinkman. "De inmediato, según mis informaciones" fue la respuesta de Schabowkski, azorado, buscando entre sus papeles. “¿También en Berlín?”, fue la siguiente pregunta. Sí, también en Berlín.


El muro había caído, 10.860 días después del domingo 13 de agosto de 1961 en que la ciudad amaneció atravesada por alambradas, convertidas en las semanas y meses siguientes en 155 kilómetros de muro de hormigón. La abarrotada conferencia de prensa, con medios nacionales e internacionales, había sido transmitida por televisión. Miles de ciudadanos germano-orientales se lanzaron sin esperar precisiones hacia los controles entre el sector este y el oeste. El primero que levantó la valla fue el de la Bornholmer Strasse, hacia las diez de la noche. Nadie sabía lo que ocurriría al minuto siguiente. Tampoco el teniente coronel Harald Jäger, al mando de ese paso fronterizo. Sin otras órdenes que su intuición, subió la valla. Quedó envuelto en besos, abrazos y lágrimas de sus conciudadanos.


Nadie sabía cómo actuar. Tal vez ni Schabowski sabía lo que iba a precipitar con su comunicado, al parecer embargado hasta las cuatro de la madrugada del día siguiente. Pero había la percepción colectiva de que quien cruzara hacia el oeste no debía temer ya por su vida. Había caído el muro de la vergüenza, como se le llamaba en el oeste, o "la muralla de protección antifascista", para el Politbüro comunista. De la Bornholmer Strasse arrancó la noche más hermosa y caótica de la historia reciente berlinesa.


Berlín empezó a dejar de ser esa noche la ciudad mártir de la Guerra Fría. Treinta años después del 9 de noviembre de 1989, la ciudad que alberga el gobierno, parlamento y otras instituciones de la primera potencia europea sigue siendo una capital atípica, acostumbrada a la etiqueta de pobre y endeudada, sin tejido industrial propio, con sueldos más bajos que en Hamburgo o Múnich y alquileres que empezaron a dispararse a los niveles de éstas. Una ciudad con 3,6 millones de habitantes, una cuarta parte de los cuales de origen extranjero, que parece sobrellevar con más entereza su pasado monstruoso -el de capital del Tercer Reich- y el trauma que le sucedió después -los 28 años de división por el muro- que la especulación inmobiliaria actual.


Que el 9 de noviembre de 1989 se levantaran las vallas de la Bornholmer Strasse y otros controles fronterizos sin que a ningún oficial de la RDA se le escapara una bala, en medio de la confusión, es uno de los milagros de esa noche, suele repetirse al evocar ese hito. Tampoco se había escuchado ni un disparo unos meses atrás, el 19 de agosto, cuando en el llamado "Picnic Paneuropeo" convocado en Sopron, Hungría, centenares de germano-orientales pasaron a Austria. El picnic o merienda iba a ser una señal de reconciliación entre Hungría y su vecina Austria, unas semanas después de que los líderes de ambos países -Gyula Horn y Alois Mock- hubieran cortado juntos una alambrada fronteriza. A la merienda de Sopron acudieron cientos de germano-orientales, atraídos por una convocatoria que implicaba cruzar la frontera hacia el oeste sin problemas durante unas horas. La invitación estaba dirigida a austríacos y húngaros. Pero la policía fronteriza dejó hacer.


Fue la primera de una serie de huidas masivas hacia occidente, la señal del resquebrajamiento inminente de un muro levantado en 1961 por orden del jefe del Estado y del Partido, Walter Ulbricht, para frenar la despoblación de la RDA. Desde su fundación, en 1949, habían dejado su territorio 3,5 millones de ciudadanos, del total de 16 millones que tenía la Alemania satelital de Moscú. En su mayoría lo hicieron a través de Berlín, hasta entonces precariamente dividido entre los sectores estadounidense, británico, francés y soviético. Una de las potencias aliadas que se habían repartido Alemania tras la capitulación del Tercer Reich, en 1945, la soviética, veía cómo se desangraba demográficamente su sector. Su respuesta fue la llamada "Franja de la Muerte" que en 1989 se resquebrajaba entre fugas por países vecinos y marchas de germano-orientales al grito de "Wir sind das Volk" -"Nosotros somos el pueblo"-, todos los lunes, cruzando Leipzig y reclamando reformas. El 4 de noviembre, cinco días antes de la caída del muro, medio millón de germano-orientales habían llenado la Alexanderplatz exigiendo también esas reformas. Entre su veintena de oradores había desde escritores como Christa Wolf y Heiner Müller al jefe del espionaje de la RDA, Markus Wolf, y líderes comunistas que pretendían una reforma "desde dentro", como Gregor Gysi. El propio Schabowski estuvo ahí.


Frecuentemente se ha cuestionado si Schabowski sabía de la trascendencia de su comunicado; se ha llegado a apuntar que la pregunta del periodista italiano había sido "inducida" desde arriba para precipitar lo que a continuación ocurrió. Moscú tenía en marcha la "Perestroika" de Mijail Gorbachov. En ocasión del 40 aniversario de la RDA, en octubre de 1989, el líder soviético había advertido al presidente del país satelital, Erich Honecker, de que " la vida castiga a quien llega tarde" -al menos, así quedó reproducida su lapidaria frase en las crónicas de entonces-. Gorbachov representaba la apertura; su presencia fue recibida con entusiasmo esperanzado por los germano-orientales; Honecker, representante el inmovilismo pétreo, dimitió a los pocos días. Fue relevado por el teórico renovador, Egon Krenz. Unas semanas después caía el muro.


Helmut Kohl, supuestamente el ciudadano mejor informado de la República Federal de Alemania (RFA), se encontraba en la noche mágica de 9 de noviembre en Varsovia. Interrumpió su visita y al día siguiente hablaba a los berlineses desde el ayuntamiento del barrio de Schöneberg, en el sector occidental. Le acompañaba el excanciller Willy Brandt, el socialdemócrata que había tenido que asistir siendo alcalde de la ciudad a la construcción del muro.


A Angela Merkel, por entonces una germano-oriental de 34 años consagrada a la ciencia, no le ha importado reconocer que estuvo entre quienes no calibraron de inmediato la relevancia de la frase de Schabowksi. Era un jueves, tenía su sauna semanal, no iba a cambiar sus planes. Llamó a su madre para recordarle su promesa de que en cuanto fuera posible irían juntas a comer ostras al lujoso Hotel Kempinski, en el lado occidental. Unas horas después, a la salida de la sauna, se sumó a los miles que seguían cruzando la Bornholmer Strasse. Pasó al otro lado y se tomó una cerveza en casa de unos desconocidos occidentales que "muy amablemente", según ha contado, la invitaron. Y luego se retiró a su casa. A la mañana siguiente tenía que madrugar.


Kohl asumió de inmediato su cometido de artífice de la reunificación; Merkel tardó aún quince años en convertirse en la primera mujer y la primera persona crecida en territorio comunista al frente de la potencia europea surgida de la reunificación.

Fue una unificación expres, para la que Kohl debió superar el rechazo de quienes temían el regreso de una Alemania fuerte, agrandada territorial y demográficamente. Gorbachov se comportó como el mejor aliado, mientras la británica Margareth Thatcher colocaba obstáculos en el camino.

El 3 de octubre de 1990 entró en vigor el Tratado de Unidad por el que el territorio de la RDA quedó absorbida por la República Federal de Alemania (RFA). Para entonces, Merkel había aparcado ya la ciencia para entregarse a la política. Se suele decir que su descubridor fue Kohl,
aunque en realidad fue Lothar de Maizière, el último jefe del Gobierno de una RDA ya transicional. De Maizière percibió en esa neófita uno de los talentos frescos que Kohl precisaba para su cantera de políticos crecidos en la RDA y limpios de toda sombra comunista.


El traslado de la capitalidad a Berlín fue mucho más lento. Bonn había ejercido de capital federal desde la fundación de la RFA. Había sido una cómoda "aldea federal" para la clase política occidental, incluido Kohl, originario del vecino "Land" de Renania Palatinado. La decisión de mudar la capital a Berlín se adoptó en junio del 1991, tras once horas de debate en el Bundestag (Parlamento federal) por 17 votos de diferencia -337 a favor, 320 en contra-. Era una decisión política, que rompía el dogma del federalismo a favor de una capitalidad fuerte. No se consumó hasta 1999.


Con la gran mudanza del aparato funcionarial, gobierno y parlamento desde la aldea federal se precipitó la siguiente gran metamorfosis del Berlín liberado del muro. Para la ciudad, para Alemania y para el resto de la UE. El centro del poder de la mayor potencia europea ya no quedaba en una ciudad de 320.000 habitantes, a orillas del Rin, a tres horas y media en tren desde París, sino a 100 kilómetros de la frontera con Polonia. Los nuevos ministerios se repartieron entre edificios que habían acogido al aparato del Tercer Reich, dependencias prusianas o ejemplos de la arquitectura propia de la Alemania comunista, convenientemente rehabilitados. El viejo Reichstag revivió como sede del Parlamento federal, el Bundestag, entre nuevos edificios hechos de imponentes estructuras de hormigón, acero y cristal, como la Cancillería; lo que fue tierra de nadie en tiempos del muro, la Postdamer Platz, se convirtió en un paisaje de multicines, restaurantes y espacios de ocio. Distritos enteros de lo que fue el sector este, como Prenzlauerberg o Friedrichshain, pasaron a ser los barrios noctámbulos de la modernidad, con sus viejas viviendas reformadas como lofts de lujo y el consiguiente arrinconamiento hacia otras zonas menos codiciadas de quienes fueron sus habitantes, los germano-orientales. El nuevo centro, Mitte, se pobló de emprendedores y otros recién llegados. El fenómeno alcanzó también al viejo Kreuzberg, barrio alternativo y revolucionario por excelencia del oeste, otra de las piezas codiciadas por los nuevos inquilinos.


Fue una metamorfosis urbanística sin tregua, que discurrió en paralelo a la política. Kohl quedará para la historia como el "canciller de la reunificación". Pero políticamente murió con la república de Bonn. Un año antes de la gran mudanza había sido derrotado en las urnas por el socialdemócrata Gerhard Schröder, el primer canciller que ejercería el poder desde el nuevo Berlín. Kohl pasó a una retaguardia nada gloriosa. Tras su derrota estalló el escándalo de la red de cuentas secretas en la Unión Cristianodemócrata (CDU, el partido que había dirigido durante 25 años. Merkel, la "muchachita del este", como la había llamado Kohl, saltó de la posición de secretaria general a la de líder del partido, catapultada por un artículo en el conservador "Frankfurter Allgemeine Zeitung" llamando a emanciparse de Kohl.


Berlín era la nueva capital de los prodigios europea, con Schröder en la nueva cancillería, y un rompedor ministro de Exteriores, el verde Joschka Fischer, marcando nuevas pautas. Era una capital definida como "pobre, pero sexy" por Klaus Wowereit, el socialdemócrata que ocupó su alcaldía de 2001 a 2014. En esa nueva ciudad de los prodigios debía haber lugar para todos todos: para el funcionariado recién llegado del aseado Bonn a una ciudad con fama de sucia y anárquica; para los eternos revolucionarios de Kreuzberg; para las familias turcas que convertían en inmensas barbacoas las explanadas junto al palacio presidencial, Bellevue; para los germano-orientales desplazados de sus barrios tradicionales. La gentrificación asomaba por las esquinas.


El canciller Schröder cambió la piel al Bundesregierung; desde la oposición, Merkel iba derribando, uno tras otro, a todo aquel que cometió el error de considerarla una rival débil. Una líder pasajera que tomaba las riendas de la CDU cuando nadie las quería y a la que se devolvería a su rincón en cuanto amainara la tormenta. Schröder estuvo entre los que se equivocaron con Merkel. Asistió sin
dar crédito a la victoria de su rival conservadora en las generales de 2005. Y tuvo que ver, tras negarle públicamente esa victoria ante las cámaras, la misma noche electoral, cómo Merkel se colocaba al frente de una gran coalición, con su partido socialdemócrata como socio menor.

Berlín entró así en la siguiente fase de su metamorfosis. En la capital pobre, pero sexy, centro del poder europeo, se había instalado un nuevo estilo de liderazgo. No solo por ser mujer y crecida en el este, sino como personaje insólito en política, que no trataba de imponer su criterio a fuerza de puñetazos en la mesa, sino con sangre fría y perseverancia. Alemania sorprendió al mundo con una líder cuya biografía aparentemente demostraba que algo sí salió bien en la reunificación. Era el contramolde a la frustración de tantos germano-orientales que se sentían ciudadanos de segunda clase: la hija de un pastor protestante de una parroquia de Brandeburgo, la muchacha del este crecida al otro lado del muro, imponía su sangre fría en la UE, del G7, ante Washington o Moscú.


Desde la "Waschmachine", como se apoda a la Cancillería por su aspecto de aséptica lavadora, condujo Merkel a la UE en la crisis del euro, aferrada al dogma de la austeridad. Una fórmula que a ella le cuadraba con la doctrina del hogar donde creció. Pero que se cebó en los países del sur, los más castigados por la crisis, y arrastró a la precariedad a una Alemania en que su antecesor socialdemócrata había atestado ya duros recortes, tras décadas de estado de bienestar superlativo.

Berlín resistió. Los alquileres se encarecieron, pero seguían estando por debajo de otras capitales europeas; sus habitantes se habían acostumbrado a vivir en una ciudad eternamente patas arriba; algunos convertían esa estética en señal de identidad. El Berlín heroico que sobrevivió a los bombardeos aliados y al trauma del muro no se hunde.


A la crisis del euro le siguió la de los refugiados. Merkel respondió manteniendo abiertas sus fronteras cuando los vecinos las cerraban. Dejó que en 2015, el año álgido de la crisis humanitaria, entraran en el país casi un millón de asilados. "Lo conseguiremos" -"Wir schaffen es"-, fue la frase con que quiso sintetizar la capacidad del país para asumir el desafío. Cambiaron de piel los hangares del viejo aeropuerto de Tempelhof, se convirtieron en centro de acogida. Llevaba años creciendo la hierba en lo que fueron las pistas de aterrizaje durante el nazismo, durante el puente aéreo que salvo al sector occidental del bloque soviético, en 1948, o hasta que finalmente dejó de operar como aeropuerto ciudadano, en 2008. Sus pistas se habían convertido en una gran área sin normas concretas, tierra de nadie o espacio ciudadano para todos, entre patinadores, ciclistas, cometas al viento y meriendas colectivas. Familias sirias u hombres solos se instalaron en barracones provisionales de Tempelhof, el mayor entre los múltiples centros de acogida repartidos por una capital de tejido multétnico. Berlín pudo también con ese caudal humano tan distinto al anterior desembarco de población en la ciudad -el aseado funcionariado, los emprendedores y los hipster.


La de Berlín es una historia permanentemente en construcción, inacabada. Treinta años después de la caída del muro sigue siendo una capital atípica, con pocos rincones identificables como coquetos, fea y sucia para algunos, fascinante para otros muchos, que no esconde las cicatrices de su historia, sino que las exhibe con algo del orgullo prusiano. Una capital, donde la precariedad aprieta, pero no ahoga.

El cinturón ultraderechista sobre la capital




Algo en la reunificación no salió como planeó Helmut Kohl: la evolución política del antiguo territorio de la República Democrática Alemana (RDA). En los años siguientes al Tratado de Unidad surgieron en su territorio bastiones del postcomunismo. El Partido del Socialismo Democrático (PDS) triunfaba, bajo el liderazgo del carismático Gregor Gysi y pese a los intentos del resto de la clase política por arrinconarlo. El PDS se fusionó en 2005 con la escisión de la socialdemocracia liderada de Oskar Lafontaine. Nació así La Izquierda, un partido ahora consolidado también en el oeste, aunque perdió fuelle en el este.

Mucho más alarmante es la actual efervescencia de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD). A escala del conjunto del país, representa al 12 % de los votantes. En Sajonia, en el este, escaló al 28 % en las últimas elecciones regionales. Y en el “Land” que envuelve la capital, Brandeburgo, ruge su corriente más radical y cercana al neonazismo.

Berlín resiste. La fuerza más votada en la capital en las pasadas europeas fueron los Verdes. Los ecologistas lideran también en intención de voto de cara a las regionales de 2021 en la capital.

El muro en la cabeza… del turista




Suele asegurarse que el muro sigue existiendo en la cabeza de los berlineses y también en su bolsillo. Sigue sin haberse logrado la equiparación plena salarios y jubilaciones, aunque las diferencias se redujeron. Se estima que el agravio comparativo de lo que se percibe en el este respecto al oeste se sitúa ahora en el 10 %.
Sí hay equiparación plena, en cambio, respecto al coste de la vida. Los alquileres subieron entre 2012 y 2016 un 28 % o hasta un 50 % en la última década en los distritos más codiciados. Ciudadanos que sufrieron el trauma diario de vivir junto al muro tuvieron que mudarse por no poder pagar el alquiler.
Berlín vive un boom turístico parejo a la especulación inmobiliaria: 32 millones de pernoctaciones al año. La pregunta de por dónde pasaba el muro es la más frecuente entre los turistas. Los puntos de máxima atracción son el memorial de la Bernauerstrasse, una de las calles que quedó cortada por el muro, y la East Side Gallery, el fragmento más largo que sigue en pie, convertido en muestra de arte callejero con sus famosos grafitis.
Con el visitante low cost masificado aparecieron brotes de turismofobia; y la disneyficación que practican ciertos museos privados o parques temáticos sobre cómo era la vida en la RDA supone la vanalización de un desgarro ciudadano aún por cicatrizar.


martes, 13 de agosto de 2019

Un domingo de agosto, en 1961

Berlín recuerda la construcción del muro, 10.680 días de traumática división

Gemma Casadevall

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Berlín, 13 ago (EFE).- Alemania recordó este martes la construcción del muro de Berlín, un gigantesco operativo logístico que se inició a la una de la madrugada del 13 de agosto de 1961 y al que siguieron 10.680 días de división traumática. 
"La construcción del muro produjo una escisión histórica a escala mundial (...) El destino de los berlineses quedó marcado por ese trauma durante décadas", afirmo el alcalde de la capital alemana, Michael Müller, en el aniversario del día en el que Berlín despertó atravesado por alambradas. 
El acto en memoria de una de las fechas más traumáticas en la memoria colectiva ciudadana berlinesa tuvo lugar hoy en la Bernauerstrasse, una de las calles que quedó partida, símbolo ahora del desgarro humano, urbano y político que se desencadenó. 
Ahí queda aún en pie uno de los fragmentos del muro, la llamada Capilla de la Reconciliación y el monumento en recuerdo a sus al menos 135 víctimas documentadas, ciudadanos muertos al tratar de huir al oeste en los 28 años que estuvo en pie la "Franja de la Muerte". 
El centro de documentación que acompaña al memorial trata de trasladar al visitante actual -en general, turistas- la magnitud de ese desgarro, desde esa mañana de agosto hasta su caída el 9 de noviembre de 1989. 
La descomunal operación que precedió al trazado de esa división, que dejó encorsetado el sector oeste entre 155 kilómetros de alambradas, primero, y muro de hormigón, después, estuvo precedida por un desmentido más que delator. 
"Nadie tiene la intención de construir un muro", había dicho el 15 de junio el jefe del Estado y del Partido, Walter Ulbricht, en una concurrida conferencia de prensa. 
Era evidente ya entonces que la República Democrática Alemana (RDA) temía despoblarse y que el principal coladero para quien quería huir al mundo libre era la frágil división entre los sectores este y oeste de Berlín. 
Tras la capitulación del Tercer Reich y la división del país entre las potencias aliadas, más de tres millones y medio de ciudadanos germano-orientales habían dejado la RDA, con 16 millones de ciudadanos. 
A través de Berlín cruzaban a diario hacia el oeste familias enteras, sin síntoma alguno de que la tendencia fuera a invertirse. 
Mientras Ullrich pronunciaba ese desmentido, en las afueras de Berlín estaban almacenados ya miles de kilómetros de alambradas y toneladas de bloques de hormigón, lo que -según documentos recientemente desclasificados- no había pasado desapercibido a los servicios secretos de las potencias occidentales. 
El espionaje del mundo libre dejó hacer, aparentemente porque las potencias occidentales temían que tratar de impedirlo desencadenaría un conflicto con la Unión Soviética. 
Mientras tanto, el régimen germano-oriental entrenaba a miles de efectivos de sus fuerzas de seguridad para lograr el bloqueo entre los sectores, que debía desplegarse en una sola noche y que implicaba a simples operarios civiles. 
El principal desafío era el trazado del muro a través de la ciudad, una frontera urbana de 43 kilómetros -al que seguiría el corsé de 155 kilómetros alrededor de todo el sector occidental-, que obligaba a cortar líneas ferroviarias, metro y trenes de cercanías. 
A la una de la madrugada se cerraron las estaciones y terminaron de facto las comunicaciones entre ambos sectores. 
Lo que empezó esa madrugada con el tendido de alambradas a través de la ciudad se reforzó paulatinamente con bloques de hormigón y torretas de vigilancia, entre cuadrillas de operarios custodiados por soldados de la RDA. 
Los berlineses despertaron ese día, un domingo, horrorizados y probablemente conscientes de su indefensión, ante la impasibilidad de las tres potencias que tras el final de la II Guerra Mundial se repartieron el sector occidental: EEUU, Reino Unido y Francia. 
En la República Federal de Alemania (RFA) seguía al frente del Gobierno el conservador Konrad Adenauer, el primer canciller del país desde su fundación; el alcalde del Berlín occidental era el socialdemócrata Willy Brandt. 
Para ambos fue un día amargo, al que siguieron 28 años con Berlín estigmatizada como ciudad mártir de la Guerra Fría, plasmada en la cruda realidad de la llamada "Franja de la Muerte". 
La RDA reforzó en los meses posteriores las alambradas con la construcción del muro de hormigón hasta convertirlo en infranqueable, bautizado con el eufemismo de "Muro de Protección Antifascista". 
Siguieron 10.680 días de división forzada, hasta que el 9 de noviembre de 1989 el portavoz del Politburó, Günter Schabowski leyó un comunicado según el cual la RDA permitía a sus ciudadanos viajar al oeste. El muro había caído. EFE gc/mr

domingo, 19 de junio de 2016

18 votos

Berlín, 25 años después de convertirse en nuevo centro del poder

Gemma Casadevall

Berlín, 19 jun (EFE).- El protagonismo de Berlín como centro del poder de la primera economía europea se debe a una votación parlamentaria que, hace 25 años, le dio su estatus de capital, una decisión que decantó un encendido discurso del entonces ministro del Interior, Wolfgang Schäuble. 
"Me sorprendió que fuera tan difícil lograr una mayoría a favor de Berlín", recordaba hoy en el diario "Berliner Morgenpost" el ahora titular de Finanzas de la canciller Angela Merkel, sobre la votación del Bundestag (cámara baja) del 20 de junio de 1991. 
Schäuble era entonces ministro de Helmut Kohl y el arquitecto del Tratado de Unidad con el que se selló la extinción de la República Democrática Alemana (RDA), el 3 de octubre de 1990, once meses después de la caída del Muro. 
Apenas 18 votos de ventaja -entre 660 diputados- dieron la victoria a la propuesta de trasladar el Gobierno y el Parlamento de Bonn a Berlín, la ciudad que tras la derrota del nazismo quedó dividida en cuatro sectores, uno por cada aliado vencedor de la II Guerra Mundial -EEUU, Unión Soviética, Francia y Reino Unido-. 
"No se trata sólo de elegir entre Bonn y Berlín. Se trata de nuestro futuro, del futuro de la Alemania unida", clamó Schäuble, en un debate de más de diez horas desde el Bundestag. 
Bonn, una tranquila ciudad renana, había ejercido de capital tras la fundación de la República Federal de Alemania (RFA). En el sector este del Berlín partido por el Muro tenía su capital la comunista RDA. 
Schäuble logró decantar el voto del Bundestag a favor de Berlín, en una decisión en que ganó el argumento del peso histórico frente al pragmatismo o la comodidad. 
El pulso estaba entre la "aldea federal", como se apodó a Bonn, y un Berlín al que algunos identificaban con la antigua arrogancia prusiana, otros con el Tercer Reich o con el muro y otros con el gasto colosal del gran traslado institucional. 



"Los 16 jefes de Gobierno de los 'Länder' preferían a Bonn. La única excepción fue el alcalde-gobernador de Berlín. No podía creerlo", prosigue Schäuble desde el citado diario. 
Los recelos no se limitaban al Bundestag de Bonn, sino también de los "Länder", incluidos los que pertenecieron a la RDA y que recién se habían incorporado a la RFA como "nuevos estados federados". 
Los defensores de Bonn argumentaban que esa ciudad representaba a la nueva Alemania y que la pérdida de la capitalidad iba a acarrear a su región la destrucción de 100.000 puestos de trabajo. 
A estos argumentos se sumaban otros, que no se solían confesar en voz alta -menos en un debate histórico- y que remitían al sosiego de una ciudad de 300.000 habitantes donde los diputados iban de casa a la oficina paseando, frente a un Berlín con reputación de ciudad pobre, sucia, terrible y, encima, patas arriba. 
Ganó la visión de Schäuble y arrancó la construcción de la nueva capital federal. Ello implicó reorganizar un barrio gubernamental entre nuevos edificios -como la Cancillería- y otros identificados con muchas convulsiones históricas -como el Reichstag-. 
Pasaron aún ocho años hasta que en 1999 se produjo el traslado de oficinas, parlamentarios y demás funcionariado a Berlín. 
En medio quedó el "empaquetado" del Reichstag por el artista búlgaro Christo, que en 1994 envolvió el edificio construido en tiempos prusianos, quemado por los nazis y bombardeado por los aliados para desenvolverlo meses después, liberado de esas cargas. 
El 25 aniversario de la votación parlamentaria sirvió ahora para recordar que la mudanza sigue incompleta: Bonn mantiene su estatus de co-capital federal y sede de seis ministerios -del total de 14-. 
Es un estatus ficticio, puesto que el poder se ejerce en Berlín, donde esos ministerios bonnenses tienen una llamada segunda sede. 
Los costes de la doble capitalidad ascienden a 7.500 millones de euros anuales y las reclamaciones para poner fin a este lujo son insistentes, principalmente desde el gobierno regional de Berlín. 
No es ésta la única asignatura pendiente de Berlín: quien aterriza o despega desde Berlín lo hace en los obsoletos aeropuertos de Tegel (oeste) o Schönefeld (este). 
El nuevo y gran aeropuerto a la medida de la primera economía europea, que debería haber empezado a funcionar en 2011, sigue sin fecha de apertura, inmerso en escándalos por retrasos y sobrecostes. EFE  gc/ah

viernes, 13 de noviembre de 2015

Otra de espías


Spielberg vuelve a su fascinación por la historia en el Berlín de la Guerra Fría

Gemma Casadevall

Berlín, 13 nov (EFE).- El director estadounidense Steven Spielberg lanzó hoy desde Berlín un nuevo filme nacido de su "fascinación por la historia", "Bridge of Spies", una cinta que coloca a Tom Hanks en territorios de la guerra fría tan reales como el frío que puede llegar a hacer en el invierno alemán.
"Siempre estoy buscando historias, leyendo, porque eso es lo más importante en mi trabajo, leer, hasta que finalmente doy con la historia que quiero contar", afirmó Spielberg, en la capital alemana, uno de los lugares por donde discurre su película.
En "Bridge of Spies", con guión de los hermanos Ethan y Joel Coen, el director de "Schindler's list" regresa a uno de sus grandes temas -el siglo XX- y de nuevo apuntalado en un personaje de la vida real, el abogado James B Donovan, negociador del primer intercambio de espías entre EEUU y la Unión Soviética.
Hanks, que se puso en la piel de Donovan -"era mi primera elección para ese papel", explicó Spielberg-, acudió al estreno del filme junto con la actriz Amy Ryan y el actor Sebastian Koch, otros dos intérpretes que Spielberg consideró "idóneos" para su película.
A través de la figura del mediador se recrea el largo proceso que derivó, en 1962, en el intercambio sobre el Glienicker Brücke del piloto estadounidense Francis Gary Powers -interpretado por Austin Stowell-, capturado por los soviéticos, por el agente de Moscú Rudolf Abel -Mark Rylance-.
La película arranca de 1957, en la primera frase de la guerra fría, y adopta el formato de relato "meticuloso", en palabras de Spielberg, con el objetivo de reflejar "la delicada cadena de acontecimientos" que llevaron a ese primer intercambio.
La legendaria escena del puente berlinés fue rodada en su escenario original "con la grandeza y penurias que ello implica", bromeó Hanks, quien brindó asimismo un detallado relato ante los medios de su mayor enemigo: el frío berlinés.
Fueron tres noches de rodaje "en medio de un frío horrible", explicó el actor, durante las cuales a él le correspondió el "papel más miserable", ya que mientras el equipo iba "enfundado en recios abrigos" a él le tocó, por exigencias del guión, helarse "bajo un traje de los años 60".
"Claro que era lo apropiado, para una película de la guerra fría", prosiguió entre risas, para recordar que el equipo de Spielberg se había preocupado de "reforzar" el invierno real de la capital alemana con 7.000 kilos de hielo y nieve artificial.
El filme es un "thriller", alrededor de una historia de espías y agentes propios de los años 60 como el traje de Hanks, que convirtió en inevitable una pregunta al director sobre si realmente puede decirse que la guerra fría terminó.




Spielberg evitó definir al exanalista de la CIA Edward Snowden, causante de graves disensos bilaterales entre Berlín y Washington por el escándalo del espionaje masivo de EEUU: "no me atrevería a decir que es un héroe, tampoco un traidor", dijo.
Hanks recurrió de nuevo al tono desenvuelto al afirmar que observa "las reglas de la cautela" ante todo lo que puede quedar registrado en su ordenador o teléfono celular, puesto que está claro que la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) "también escucha".
Entre éstas y otras ironías discurrió la presentación de este thriller tejido sobre una historia real, tras el cual Spielberg promete regresar a su otra pasión cinematográfica, la aventura.
"No se preocupen, el próximo año vuelvo a la fantasía", afirmó, en medio de las reiteradas preguntas de periodistas locales sobre su presunta fijación por "temas alemanes", sea el Holocausto o, ahora, el Berlín de la postguerra.
Hizo alarde de sentido del humor para expresar su admiración por su familia -"mi padre tiene 99 años, mi madre 96 y son tan felices como si nunca se hubieran casado", dijo- y se despidió en dirección a la alfombra roja para el estreno de su película en un Berlín aún otoñal, sin los rigores invernales que helaron a Hanks. EFE
gc/nl/agf
(foto) (vídeo) (audio)

lunes, 10 de noviembre de 2014

Un toque de disneylandia


Berlín recorda el seu 9-N



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“El mur no passava exactament per on ho fan els globus i tot plegat és una mica Disneyland. Però està bé repassar la història amb ulls optimistes, deixar de banda per un dia Ucraïna i els murs que queden per enderrocar”, diu Ursula Winkhaus, de 79 anys, en cadira de rodes i abrigada amb una bufanda que quasi li tapa la cara, malgrat que és un novembre benigne a Berlín. Passeja amb una neboda per la filera feta amb uns 7.000 globus blancs que escenifiquen el traçat del mur i que aquest diumenge, cap a les sis de la tarda, es deixaran anar al cel berlinès, en record de la nit que va caure el mur, el 9 de novembre del 1989.
“Havien de ser 8.000 globus, però es veu que alguns estaven punxats i altres no s'han encès. Coses delMade in Germany”, fa broma la neboda, mentre empeny la cadira de rodes. El recorregut no és fidel ni tampoc no reprodueix el que va ser la traumàtica divisió berlinesa. Recorre alguns llocs emblemàtics de la capital i alguns fragments del mur encara dempeus, com els 1,2 quilòmetres de l'East Side Gallery o el Checkpoint Charlie, l'antic pas entre el sector comunista i el controlat pels Estats Units.
“El que per nosaltres era la franja de la mort és ara un reclam turístic, farcit de salsitxeries i amb uns grafits que van pintar una colla d'artistes occidentals quan ja havia caigut el mur. En temps de la dictadura, només hi havia pintades des del cantó occidental, no de l'oriental”, continua la veterana, mentre avança cap a l'escenari de la Porta de Brandenburg, on avui es recordarà una nit històrica que, per a la seva neboda, de 45 anys, va funcionar en sentit contrari al de la majoria. “Vivia a prop de la KuDamm [a l'oest]. Havia passat a l'est, amb un visat de visitant per anar a un aniversari. De cop, quan me'n tornava cap a casa pensant que feia tard per passar pel control, em vaig trobar un munt de gent que anava cap a la Bornholmer Strasse”, explica la Ruth, la neboda. La gran nit històrica en què va caure el mur va ser per a ella la de la “petita història”, en què del neguit per com passaria la frontera va veure's creuant tranquil·lament pel primer control que va aixecar la tanca enmig de milers de ciutadans de l'est que sí que havien sentit les notícies i sabien que, per primer cop en 28 anys, podien creuar a l'oest sense visat.
La neboda vivia a prop de la KuDamm; la tieta amb qui passeja entre els globus era al sector est. “No, no venia al meu aniversari, sinó al d'un amic seu; per al meu no s'hauria pres la molèstia”, somriu la veterana.
Ciutadans de l'est i de l'oest, però sobretot turistes equipats amb mapes, passejaven, ahir, entre els globus. A la Porta de Brandenburg, es feien els assajos del que serà, avui, l'acte central, amb pocs discursos i moltes actuacions musicals –Daniel Barenboim i la Novena de Beethoven, més Peter Gabriel i Heroes, enmig de grups de tota mena, essencialment alemanys–. La cancellera, Angela Merkel, haurà parlat una mica abans, en altres actes recordatoris de la jornada històrica. A la Porta de Brandenburg no s'han convidat líders internacionals. Fa cinc anys, en el vintè aniversari, sí que hi van ser presents els aleshores líders francès, Nicolas Sarkozy, britànic, Gordon Brown, rus, Dmitri Medvedev, i la secretària d'Estat nord-americana, Hillary Clinton. Aquest cop, més que discursos parlant de l'adéu al món partit en dos blocs hi ha advertències sobre el conflicte ucraïnès.
“El món s'aboca a una nova guerra freda”, deia, ahir, Mihkaïl Gorbatxov, el líder soviètic que va negociar la reunificació alemanya amb el canceller Helmut Kohl. Ni l'un ni l'altre són a la llista de convidats de la Porta de Brandenburg. Tots dos van ser protagonistes i artífexs d'aquell procés històric. Tots dos critiquen aquests dies, per separat i en actes de caràcter privat, la falta de tacte d'Occident envers Moscou.

Final feliz a la sobredosis efemérica


Silenci, flors, emoció i festa al 9-N berlinès


Merkel diu que la desaparició de la tanca entre les dues Alemanyes és un signe d'esperança per als pobles oprimits


Enlairament de milers de globus blancs



a
Ahir va ser un dia intens a Berlín, amb espai per a moltes expressions. El silenci, en record dels ciutadans de l'Est que van perdre la vida intentant passar el mur els 28 anys que va durar la divisió entre el sector est i l'oest. Roses a les escletxes del fragment de la franja que es conserva a la Bernauer Strasse, símbol de la traumàtica partició de Berlín, d'Alemanya i el món. També emoció, recordant el miracle de la nit del 9 de novembre del 1989, la del retrobament nacional enmig de la inesperada apertura de les tanques policials entre l'est i l'oest. I una gran festa a la Porta de Brandenburg.
Hi va haver moments per recordar que el 9 de novembre no només és l'aniversari “del dia més feliç de la nostra història”, com va dir la cancellera alemanya, Angela Merkel. També ho és d'un dels capítols més foscos del nazisme: la Nit dels Vidres Trencats, el 1938, en què les sinagogues de tot el país van cremar i milers de jueus van ser detinguts, com un senyal dels plans d'extermini d'Adolf Hitler.
Es va reconèixer el mèrit i coratge de Mikhaïl Gorbatxov, el més aplaudit dels convidats a l'acte de l'Estat de la Konzerthaus. Sense la voluntat política de l'aleshores president soviètic, la nit màgica hauria pogut acabar en tragèdia, va recordar l'alcalde de Berlín, el socialdemòcrata Klaus Wowereit, en el seu últim gran acte, després de 14 anys en el càrrec, que deixarà el mes que ve. L'altre gran homenatjat en la sessió solemne al Konzerthaus hauria estat l'excanceller Helmut Kohl, l'home que va conduir el procés de reunificació que va seguir a la caiguda del Mur, amb Gorbatxov i la resta dels líders de les grans potències. Però Kohl, de 84 anys i en cadira de rodes (a més d'enrabiat amb la classe política actual), no hi era “per raons de salut”, va dir Wowereit.
“La caiguda del Mur és un signe d'esperança per als pobles oprimits”, havia afirmat, una mica abans, a la Bernauer Strasse, la cancellera Merkel. La dona crescuda a l'Est que porta les regnes de l'Alemanya poderosa d'avui, no formava part de la dissidència que va pressionar al carrer fins a fer caure el Mur. Era, aleshores, una científica de 35 anys que no pensava en política. Però, d'alguna manera, el fet que 25 anys després d'aquell 1989 la primera potència europea estigui liderada per aquesta dona de l'Est i el president Joachim Gauck –ell sí, dissident en temps de la República Democràtica Alemanya (RDA)– es veu com un senyal que no tot s'ha fet malament en el procés de reunificació.
Hi va haver moltes advertències contra la guerra freda, que no s'ha superat i que fins i tot ha revifat, així com al·lusions al cisma amb Moscou arran de la crisi ucraïnesa. Però també crides a no trencar el diàleg amb la Rússia de Vladímir Putin. Una postura compartida tant per la conservadora Merkel com pel president del Parlament Europeu, el socialdemòcrata Martin Schulz.
Mentre els líders reflexionaven en veu alta als diferents punts on es van desenvolupar els actes, el carrer era una festa desafiant, en un dia fred i gris. El Checkpoint Charlie –antic pas fronterer i ara una mena de parc temàtic entre records i tota mena de parades de menjar– era ple de gom a gom. I a la Porta de Brandenburg milers esperaven, entre músiques de tota mena, que a les sis de la tarda hi arribessin la cúpula política i s'enlairessin els 6.900 globus blancs, amb missatges i desitjos escrits incorporats, repartits en una filera de 15 quilòmetres pel traçat més cèntric del que va ser el mur.
A l'hora marcada, els retrats de les víctimes del Mur es van reflectir davant la Porta, Peter Gabriel va interpretar Heroes i els globus es van envolar. N'havien de ser 8.000, però uns van petar i altres van desaparèixer. Potser no era una escenografia perfecta, però tenia un to real, com el dels alemanys i els seus líders, capaços de transmetre emocions, si més no, en l'aniversari de la nit més feliç de la seva història recent, mentre Barenboim interpretava la Novena de Beethoven.
Darrera actualització ( Dilluns, 10 de novembre del 2014 02:00 )