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viernes, 3 de octubre de 2025

35 añitos ya

Merz y Macron claman por el rearme europeo frente al 'eje de las autocracias'


Emmanuel Macron besa a Friedrich Merz (derecha) en el día de la reunificación alemana. / EFE
 Gemma Casadevall    Berlín03 OCT 2025 

La defensa de Europa frente al “eje de las autocracias”, en palabras de Friedrich Merz, y la advertencia contra falsos “nacionalismos o patriotismo basados en el odio al otro”, por parte de Emmanuel Macron, marcaron el 35 aniversario del Tratado de Unidad de Alemania. “Celebrar la unidad alemana es celebrar la unidad europea”, aseguró el líder francés, orador invitado al acto. Incidió a continuación en que "la seguridad europea está en juego” por la guerra híbrida, las campañas de desinformación o los drones procedentes de Rusia. “Tras 80 años en paz, Europa entró en una era de confrontación. Pero responde unida”, sentenció.
Mientras Macron incidía en la “fragilidad” a que se sienten expuestos los jóvenes o al azote de los populismos, Merz se centró en las amenazas “internas y externas” para la UE. Aludió asimismo a la polarización por el avance de la ultraderecha. La reunificación no se ha cerrado, ya que persisten “diferencias” entre el este y el oeste del país, admitió. La respuesta debe ser "avanzar hacia una nueva unidad”.
El Día de Unidad se celebró este año en el ‘land’ del Sarre, fronterizo con Francia, de acuerdo al turno rotatorio entre los 16 estados federados alemanes. Ello justificó la intervención de Macron, fervorosamente ovacionado por los asistentes. Pero no evitó que planeara la sensación de que s festeja el dominio del oeste sobre el este.

La espina de Merkel

“Yo estimo y valoro a Macron (…) Pero tal vez habría sido mejor invitar al 35 aniversario de la unidad a un representante del este de Alemania o del este de Europa”, dijo la excancillera Angela Merkel, en una entrevista con la televisión pública ZDF. Tocó así la fibra de muchos. Su llegada al poder, en 2005, marcó un hito por ser la primera persona crecida en el Este que alcanzaba la cancillería. En sus 16 años como cancillera coincidió, entre 2012 y 2017, con un exdisidente de la RDA, Joachim Gauck, como presidente del país. Merkel había entrado en política tras la caída del Muro, apadrinada por el ‘canciller de la reunificación’, Helmut Kohl. Gauck, pastor protestante, estuvo entre quienes se enfrentaron al régimen germano-oriental.
Lo cierto es que, 35 años después, hay un eclipse casi total de representantes del este en la plana mayor de la política alemana. La alusión de Merkel a Macron -con quien se llevó tan bien como con sus tres antecesores Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy y François Hollande- incluía dos mensajes: el eje franco-alemán está algo maltrecho y habría sido más oportuno invitar a un líder del Este.

La extinción de un país, una economía y una identidad

El 3 de octubre de 1990 dejó de existir la República Democrática Alemana (RDA) por la entrada en vigor del Tratado de Unidad. Su territorio y sus 16 millones de habitantes quedaron integrados en la República Federal de Alemania (RFA), tras una negociación rápida entre Kohl, la agónica RDA y las potencias que derrotaron al nazismo -Reino Unido, Estados Unidos, Unión Soviética y Francia-. No había pasado ni un año desde la caída del Muro de Berlín. Kohl venció la resistencia de Margareth Thatcher y del francés François Mitterrand, temerosos del surgimiento de una Gran Alemania. El soviético Mijail Gorbachov se comportó como el mejor aliado de Kohl.
Fue una transición modélica, por lo pacífica. Pero en su anhelo por acelerar el proceso, Kohl incurrió en lo que hoy se contempla como un error. Introdujo de la noche a la mañana el capitalismo en el marasmo económico de la RDA, que adoptó el marco occidental con una tasa de cambio del 1:1. En lugar de reflotar su tejido empresarial, adjudicó a una sociedad fiduciaria, la Treuhand, la privatización de 8.500 empresas. Casi la mitad acabaron finiquitadas y cerca de dos millones de ciudadanos pasaron al paro.
Del pleno empleo comunista se cayó a unos niveles de paro en el este que doblaban a los del oeste. Los abismos entre las jubilaciones y sueldos del este y el oeste han ido descendiendo con los años. Tras la hazaña política hay un coste de la reunificación estimado en unos dos billones de euros. El término ‘Ostalgie’, o ‘nostalgia del Este’ ha quedado acuñado como sinónimo de frustración de quienes se sienten ‘ciudadanos de segunda’ o echan de menos sus señas de identidad, desde objetos cotidianos o pepinillos en vinagre de su antigua marca favorita a, incluso, el himno de la RDA.
Los ‘paisajes florecientes’ prometidos por Kohl no se dieron en los primeros años. Ello favoreció al poscomunismo del Partido del Socialismo Democrático (PDS), reconvertido en La Izquierda tras su fusión de la disidencia socialdemócrata de Oskar Lafontaine. Fracasaron todos los intentos por arrinconarlos, desde Kohl a Merkel o Merz.
Mucho peor ha sido la irrupción como fuerza parlamentaria, en 2017, de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD). Su empuje se extiende por todo el país. Pero en el antiguo territorio comunista alcanza porcentajes que rondan el 40%. Solo un férreo cordón sanitario hace que, hasta ahora, la AfD no haya alcanzado el poder ni a escala regional.
El balance, sin embargo, no es tan lúgubre como podría parecer. Un 91 % de los alemanes considera 'correcta' la decisión de reunificar el país, según una encuesta de la ZDF. Un porcentaje que sube al 92 % en el oeste y queda en el 90 % en el este.

Liderazgo europeo como asignatura pendiente

La Gran Alemania que temieron Thatcher o Mitterrand no apareció. La Alemania resultante de la unidad es la primera economía de la UE y también su mayor potencia demográfica. Impuso el dogma de la austeridad durante la crisis del euro bajo Merkel. Sin embargo, sigue moviéndose con timidez en política exterior o se limita a seguir las pautas de Washington.
La gran apuesta de Merz es el rearme, propulsado por el expansionismo de Vladímir Putin. Pero dos años consecutivos en recesión, más el estancamiento actual, lastran los planes de la coalición entre su bloque conservador y los socios socialdemócratas. El temor a que el rearme se pague con recortes sociales da brío a la AfD, un partido que, por una parte, representa el trumpismo y, por otra, la línea prorrusa o contraria a la ayuda a Ucrania.

miércoles, 7 de mayo de 2025

80 años y 10 cancilleres

El arduo camino de Alemania para recolocarse en el mundo tras el horror nazi y qué papel jugará Merz



El primer canciller federal alemán, Konrad Adenauer (derecha), junto al presidente francés Charles de Gaulle, durante un encuentro en Reims en julio de 1962. / AP
Gemma Casadevall, Berlín07 MAY 2025 

Alemania ha invertido titánicos esfuerzos políticos en los 80 años transcurridos desde la derrota del nazismo para recolocarse en el mundo y hacerse perdonar la monstruosidad del régimen de Adolf Hitler. Cada canciller de la República Federal de Alemania (RFA) ha marcado una fase en ese proceso. Las líneas maestras de la política exterior alemana han sido casi inamovibles desde tiempos funcionales. Sus puntales son el europeísmo, la fidelidad al eje transatlántico y el apoyo incondicional a Israel por responsabilidad histórica, una posición ahora casi insostenible ante el horror que vive la población de Gaza.
El conservador Friedrich Merz será el décimo canciller y su llegada al poder se produce en tiempos convulsos a escala global y con Europa reclamando a Alemania que despierte de letargo. Ya no se trata únicamente de que se reactive la primera economía del bloque comunitario, ahora en recesión. También debe asumir un liderazgo político y militar que hasta ahora esquivaron los anteriores líderes de la RFA, para los que el poderío industrial fue asunto prioritario.

El fundacional Adenauer y sus fugaces continuadores

Abrió la vía de la reconciliación Konrad Adenauer, patriarca de la Unión Cristianodemócrata (CDU) y el primer canciller federal del país. Accedió al poder en 1949, año fundacional de la RFA. Tenía 73 años y partía de una posición de poco rango --había sido alcalde de Colonia--. Pero le avalaba su pasado como enemigo del Tercer Reich, que le inhabilitó políticamente y fue detenido por la Gestapo. Estuvo en el poder hasta 1963. En este periodo, la RFA ingresó en la OTAN y en la Comunidad Económica Europea, además de firmar el Tratado del Elíseo con Francia, puntal de la reconciliación entre vecinos tras siglos de hostilidades.
Le sucedió su correligionario Ludwig Erhard, quien había escrito su propia página de la historia como ministro de Economía y arquitecto del llamado 'milagro alemán'. No cuajó como líder. Tuvo un mandato corto, tres años, como le ocurrió a su sucesor Kurt Georg Kiesinger, el más fugaz en la lista de cancilleres de la RFA y el primero que recurrió a una gran coalición con los socialdemócratas en busca de solidez. No le sirvió de mucho. Si por algo se le recuerda es por la bofetada que le asestó en público en 1968 la estudiante Beate Klarsfeld, casada con el hijo de un superviviente de Auschwitz. Representaba a la generación de alemanes indignados por tener como canciller a un político con vínculos pasados con el nazismo.



Willy Brandt, arrodillado ante el monumento a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial en Varsovia, el 7 de diciembre de 1970. / DPA / EUROPA PRESS

El socialdemócrata Brandt y la 'Ostpolitik'

Su sucesor fue el primer canciller socialdemócrata de la RFA, Willy Brandt, ministro de Exteriores en la gran coalición de Kiesinger. Brandt, en el poder entre 1969 y 1974, dio un giro superlativo, acorde con su carácter visionario: de la Alemania que solo tenía ojos para sus socios occidentales pasó a la 'Ostpolitik' o diálogo con el este. Era una apuesta arriesgada, en un país partido entre la RFA y la comunista República Democrática Alemana (RDA) y desde su posición de exalcalde del Berlín partido por el muro. Plasmó en un gesto --su genuflexión ante el monumento a las víctimas del gueto de Varsovia, en 1970-- las ansias de reconciliación con Polonia.
Le sucedió en 1974 otro socialdemócrata, Helmut Schmidt, menos carismático, pero representante de la fortaleza y el pulso firme. Tuvo que lidiar con fase más mortífera de la anticapitalista banda terrorista Fracción del Ejército Rojo (RFA) y la gran crisis económica de 1979. Bajo su mandato fortaleció Alemania su anclaje europeo y muy especialmente con la Francia de Valery Giscard d’Estaign.


El presidente francés François Mitterrand y el canciller alemán Helmut Kohl, cogidos de la mano, durante la ceremonia de la reconciliación entre ambos países en el exterior del cementerio de Douaumont, cerca de Verdun. / AP

La hazaña de la reunificación

La llave de la cancillería regresó a manos conservadoras con Helmut Kohl (1982-1998). Un político al que cuando alcanzó el poder se tachó de provinciano, pero que acabó comportándose como un coloso. Pactó con las cuatro antiguas potencias aliadas el fin de la división alemana y la extinción de la comunista RDA. Permaneció 16 años en el poder, en los que además de la unidad nacional alemana impulsó la ampliación al este de la UE y la creación de la eurozona, dos hitos para la prosperidad económica germana.
A su sucesor, el socialdemócrata Gerhard Schröder, le tocó autorizar la primera intervención en combate del ejército alemán en una misión de la OTAN, en los Balcanes. Rompió luego con la sumisión incondicional a Estados Unidos al negarse a participar en la intervención en Irak. Y consolidó en paralelo una amistad de intereses con Vladímir Putin, generadora de la dependencia energética que heredó y amplificó luego la conservadora Angela Merkel (2005-2021).


Un refugiado muestra una fotografía de Angela Merkel a su llegada a la estación de tren de Múnic, el 5 de septiembre de 2015. / SVEN HOPPE / EFE

La 'jefa' europea Merkel

De Angela Merkel, la 'jefa' a escala alemana y europea, se recuerda tanto la tenaza de la austeridad que impuso a Europa en la crisis del euro como su generosa acogida de los refugiados durante la crisis migratoria de 2015. Alemania se desprendió de su imagen de país duro o egoísta para exhibir la llamada "cultura de la bienvenida". Fue una fase corta. Al millón de peticionarios de asilo acogidos solo ese año siguió el rugido de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), convertida en 2017 en la primera fuerza de ese espectro que ascendía al Parlamento, en un país que se creía blindado por las lecciones del pasado.
Al socialdemócrata Olaf Scholz (2021-2025) le correspondió encajar el auge de una ultraderecha con los perfiles más tóxicos, vinculada a la línea prorrusa de otros radicalismos derechistas europeos y también al trumpismo de EEUU. La coalición de Scholz con verdes y liberales se desligó aceleradamente de la dependencia energética rusa a raíz de invasión de Ucrania. Al hundimiento de su tripartido siguieron elecciones anticipadas y el ascenso al poder de Merz, con los socialdemócratas como aliados.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Pero qué les falta?

El radicalisme sorgit després del Mur


Una part del mur de Berlín original, al pont ferroviari de Liesen, Berlín HANNIBAL HANSCHKE / EFE.



Gemma C. Serra - Berlín


Fa 35 anys, uns mesos abans de la cai­guda del Mur de Berlín, el crit del Wir sind das Volk –Nosal­tres som el poble– va encen­dre la flama d’una revolta pacífica, la dels ciu­ta­dans que havien per­dut la por a la repressió de l’Ale­ma­nya comu­nista. El crit havia nas­cut a Leip­zig, però es va esten­dre per tota la República Democràtica Ale­ma­nya (RDA) fins a arri­bar a la nit del 9 de novem­bre d’aquell 1989, la de la cai­guda del Mur.
Les imat­ges d’aque­lla nit de feli­ci­tat, llàgri­mes i abraçades entre des­co­ne­guts o dels joves enfi­lats al mur, ballant o bevent cer­ve­ses, van fer la volta al món. L’agònic règim comu­nista auto­rit­zava els ciu­ta­dans a pas­sar a l’altre cantó. Es va pre­ci­pi­tar una reu­ni­fi­cació acce­le­rada, diri­gida pel can­ce­ller Hel­mut Kohl i nego­ci­ada amb els ali­ats que el 1945 van der­ro­tar el nazisme –els EUA, el Regne Unit, França i la Unió Soviètica–. Onze mesos després, el 3 d’octu­bre de 1990, l’RDA dei­xava d’exis­tir i el seu ter­ri­tori que­dava inte­grat al de la República Fede­ral d’Ale­ma­nya.
L’ani­ver­sari d’aque­lla fita es pro­du­eix en un moment de gran incer­tesa política. L’enfon­sa­ment de la coa­lició d’Olaf Scholz entre soci­al­demòcra­tes, verds i libe­rals ha pre­ci­pi­tat la pers­pec­tiva d’elec­ci­ons anti­ci­pa­des. L’opo­sició con­ser­va­dora lidera els son­de­jos, amb un 34% d’intenció de vot. Però l’efer­vescència dels nous cor­rents extre­mis­tes com­plica els pronòstics sobre un futur govern. Els popu­lis­mes han arre­lat i els par­tits tra­di­ci­o­nals s’arron­sen. L’est ale­many és ara un pano­rama d’alta toxi­ci­tat, tant per a Scholz com per al líder de la dreta mode­rada, Fri­e­drich Merz.
El crit del Wir sind das Volk con­ti­nua als car­rers de Leip­zig, al land de Saxònia, i en altres ciu­tats grans o peti­tes de Turíngia, Bran­den­burg i de la resta de l’antic ter­ri­tori de la RDA. Però ja no surt del cor de ciu­ta­dans dema­nant refor­mes i democràcia, sinó de la ultra­dre­tana Alter­na­tiva per Ale­ma­nya (AfD). El radi­ca­lisme dretà és la pri­mera força a Turíngia i la segona en altres regi­ons de l’est. Extre­mis­tes neo­na­zis com Björn Höcke diuen repre­sen­tar el poble i tit­llen d’anti­de­mocràtic el cordó sani­tari que blo­queja la seva arri­bada al poder. La situ­ació no és exclu­siva de l’est ale­many. A Àustria, sense arrels polítiques en un règim comu­nista com­pa­ra­bles al que va ser l’RDA, també va esde­ve­nir pri­mera força en les últi­mes elec­ci­ons l’ultra­dretà FPÖ, lide­rat pel radi­cal Her­bert Kickl.
Però a Ale­ma­nya salta a la vista que la situ­ació és espe­cial a l’est. En el comi­cis regi­o­nals del setem­bre pas­sat, a més de l’efer­vescència de l’AfD es va pale­sar l’empenta de la nova esquerra popu­lista i pro­russa lide­rada per Sahra Wagenk­necht. Entre els radi­cals de dreta i els d’esquerra hau­rien sumat gai­rebé el 50% dels vots. Dit d’una altra manera, prop de la mei­tat dels elec­tors es va decan­tar per for­ma­ci­ons que tren­quen el con­sens a l’entorn d’Ucraïna, perquè recla­men la fi dels sub­mi­nis­tra­ments a Kíiv, i que pres­si­o­nen perquè es talli l’arri­bada d’immi­gració. La força d’aques­tes dues opci­ons extre­mis­tes coin­ci­deix amb una recerca a la des­es­pe­rada de fórmu­les per acce­le­rar les depor­ta­ci­ons de migrats irre­gu­lars per part del govern de Scholz.
Que l’AfD s’hagi apro­piat del Wir sind das Volk és una bufe­tada per a la dis­sidència d’ales­ho­res i els milers de ciu­ta­dans que es van sumar a aque­lla revo­lució pacífica. També ho és que el nou popu­lisme prorús hagi engo­lit l’Esquerra, el par­tit d’arrels post­co­mu­nis­tes del qual es va escin­dir fa un any Wagenk­necht.
Per enten­dre aquesta evo­lució va bé repas­sar el que van sig­ni­fi­car per a l’est els qua­tre can­ce­llers que ha tin­gut Ale­ma­nya des de la reu­ni­fi­cació. La pri­mera fase cor­res­pon al patri­arca con­ser­va­dor Hel­mut Kohl, motor del Trac­tat d’Uni­tat. Va repre­sen­tar l’eufòria ini­cial. En les pri­me­res elec­ci­ons de l’Ale­ma­nya reu­ni­fi­cada, el seu bloc con­ser­va­dor va treure a l’est per­cen­tat­ges del 45%, per damunt de la mit­jana naci­o­nal. Ales­ho­res, l’ene­mic decla­rat era el post­co­mu­nisme, arra­co­nat per la resta dels par­tits, però que resis­tia en bona part de l’est. No tot­hom havia encai­xat tan bé com Kohl l’absorció de l’RDA i l’extinció dels seus senyals d’iden­ti­tat.
El va suc­ceir el 1998 el soci­al­demòcrata Ger­hard Schröder. Però l’enfron­ta­ment entre el can­ce­ller i el líder del seu Par­tit Soci­al­demòcrata, a més de minis­tre de Finan­ces, Oskar Lafon­taine, va pre­ci­pi­tar la rup­tura entre els dos galls del galli­ner. Lafon­taine va mar­xar empi­pat per unir-se al post­co­mu­nisme, que va acon­se­guir, així, con­so­li­dar-se també a l’oest. Els soci­al­demòcra­tes van entrar en un procés d’erosió, afe­blits pels qui, com Lafon­taine, con­si­de­ra­ven que havien traït els seus prin­ci­pis arros­se­gats pel cen­trista Schröder.
L’arri­bada al poder d’Angela Merkel, el 2005, no va cal­mar la frus­tració a l’est. S’havia acce­le­rat el procés de des­po­bla­ment dels joves en aquesta mei­tat del país, on no arre­la­ven els “pai­sat­ges flo­rits” que havia promès Kohl, els sous eren més bai­xos i els llocs més des­ta­cats, a escala empre­sa­rial, uni­ver­sitària o judi­cial, aca­ba­ven ocu­pats per gent pro­ce­dent de l’oest.
Merkel va mar­car una fita en acce­dir a la can­ce­lle­ria com pri­mera figura política cres­cuda a l’est. Però per molts dels seus con­ciu­ta­dans no repre­senta aquesta mei­tat del país, sinó l’occi­den­ta­lit­zada i atlan­tista CDU, el par­tit que va diri­gir durant divuit anys. Era la “noia de Kohl”. Sota el seu man­dat va irrom­pre en l’escena par­la­mentària l’AfD, el par­tit que es va nodrir de l’euro­es­cep­ti­cisme, pri­mer, i de les pro­tes­tes con­tra l’aco­llida de refu­gi­ats, després. El 2015, l’any en què Ale­ma­nya va rebre un milió de sol·lici­tants d’asil, va mar­car la mutació cap a la xenofòbia d’un par­tit que s’havia fun­dat com a con­trari als res­cats a la cri­sis de l’euro. Es va con­so­li­dar a tot Ale­ma­nya, però és a l’est on acon­se­gueix les seves victòries.
Merkel no va trans­me­tre una mena d’orgull de l’est. Al seu suc­ces­sor, el soci­al­demòcrata Olaf Scholz, li toca con­viure amb les dues fórmu­les d’extre­misme, el de l’AfD i el de Wagenk­necht. La nova esquerra popu­lista i pror­russa és la peça clau per for­mar majo­ries a les cam­bres regi­o­nals de l’est del país. Afers Estran­gers no entra en les com­petències dels governs regi­o­nals ale­manys. Però la mediàtica Wagenk­necht, esposa de Lafon­taine, acon­se­gueix que s’inter­pre­tin les seves recla­ma­ci­ons con­tra l’ajut a Ucraïna com una manera de mar­car l’agenda.

Cumpleaños medianito

35 años de la caída del Muro de Berlín: ¿está Europa inmersa en una nueva guerra fría?


El canciller Helmut Kohl y el primer ministro de la entonces RDA Hans Modrow frente a la Puerta de Brandenburgo, durante una ceremonia tras la caída del Muro. / ARCHIVO / AP
Gemma Casadevall

Este 9 de noviembre, el alcalde Kai Wegner ha encabezado el desfile institucional a la Bernauer Strasse para recordar la noche más hermosa del Berlín reciente en un ambiente enrarecido por más inquietudes que certezas. Se llega al 35 aniversario de la caída del Muro en un momento de fuerte tensión política. No solo por el hundimiento de la coalición de Olaf Scholz y la perspectiva de elecciones anticipadas, sino porque además el antiguo territorio de la Alemania comunista está ahora bajo el dominio de la ultraderecha más radical de Europa.
El recuerdo de la noche mágica en que los berlineses pudieron, por fin, pasar andando y sin visado al otro lado, sin miedo a recibir un disparo de la policía fronteriza comunista, nunca fue un festejo fácil para Alemania. Son varias las efemérides que confluyen en esa fecha y no todas son hermosas. A otro 9 de noviembre, el de 1938, se le conoce como la Noche de los Cristales Rotos. Miles de sinagogas y comercios judíos fueron devastados; al día siguiente empezaron las deportaciones a campos de concentración nazis. La coincidencia de ambos aniversarios impide grandes festejos. Pero se solía incidir en que la caída del Muro marcó tanto el fin de la traumática división ciudadana como de la Guerra Fría. Al menos, eso se creyó.

Desigualdades y frustración

El 9 de noviembre es en Berlín una jornada de obligada visita institucional a la Bernauer Strasse. Es una de las calles que quedó partida por el muro levantado por el régimen comunista el 13 de agosto de 1961. El propósito era frenar el flujo de ciudadanos que se marchaban con lo puesto al Berlín libre, los sectores francés, estadounidense o británico. Ahí está el centro de documentación sobre la vida berlinesa en los 28 años y meses que estuvo en pie la llamada "Franja de la Muerte".
A la caída del muro siguió una reunificación exprés, negociada por el canciller Helmut Kohl con las potencias aliadas que derrotaron al nazismo y otros socios europeos. El territorio de la República Democrática Alemana (RDA) quedó absorbido por el de la República Federal de Alemania (RFA). Desaparecieron los órganos de poder comunistas, pero también muchas señas de identidad de sus ciudadanos. Del "paisaje floreciente" prometido por Kohl para el este se pasó al desempleo, las desigualdades y la frustración. Tres décadas y media después, Alternativa para Alemania (AfD), a la que rechazan por su radicalismo el resto de ultraderechistas europeos, es primera fuerza en parte del este. La socialdemocracia de Scholz, verdes y liberales quedaron reducidos a mínimos en las urnas. En el bloque conservador (CDU/CSU) de Friedrich Merz, primera fuerza en los sondeos para las generales, son muchas las voces que reclaman el fin del cortafuegos contra la AfD.

El flanco báltico y nórdico levanta sus muros

Helmut Kohl selló el Tratado de Unidad entre las dos Alemanias en octubre de 1990. Un año después se desintegraba la Unión Soviética. La caída del Muro arrastró la del Telón de Acero, se dijo entonces. Exrepúblicas soviéticas como Estonia, Lituania y Letonia ingresaron en los años siguientes no solo en la Unión Europea, sino también en la OTAN, lo que Moscú encajó como una afrenta. Otros países comunitarios con provechosos vínculos con Rusia, como Finlandia, prefirieron la neutralidad militar.
En 2021, un año antes del arranque de la invasión rusa de Ucrania, los bálticos, junto a Polonia, denunciaron una guerra híbrida dirigida desde el Kremlin. Advertían que se empujaba desde Bielorrusia a miles de refugiados hacia su territorio con propósitos "desestabilizadores". Polonia y los bálticos veían ratificados así sus temores, históricos o del presente. Empezaron a blindar fronteras y levantar vallas de protección. En 2022, con el estallido de la guerra de agresión rusa sobre Ucrania, Finlandia y Suecia abandonaron la neutralidad para pedir el ingreso por la vía rápida en la OTAN. De temor a una guerra híbrida se pasó al de ser el siguiente plato, tras Ucrania, del insaciable Putin. En el concepto de guerra híbrida entraban también ciberataques y campañas de desinformación rusa.

El atlantismo europeo cede terreno al trumpismo

Mientras nórdicos, bálticos y polacos refuerzan o cierran sus fronteras, países del este de lo que fue la órbita de influencia soviética se han decantado por la vía prorrusa. Son lo que en Alemania se denomina 'Putinversteher', los que dicen entender la postura del líder del Kremlin. El término se aplica tanto a la ultraderecha alemana prorrusa o la izquierda radical de Sahra Wagenknech como a los socios europeos que de pronto abogan por el fin de la ayuda a Ucrania. Se erigen en estandartes de un nuevo pacifismo, mientras socavan a escala interna la independencia del poder judicial, puntal de las democracias liberales. Sus máximos representantes son el líder húngaro, Víktor Orbán, por parte del ultranacionalismo, o el eslovaco Robert Fico, por el de una izquierda populista asimismo prorrusa. La victoria de Donald Trump les da alas. Y su influencia en la UE es creciente, con una Alemania con un gobierno agónico y una Francia donde Emmanuel Macron depende del voto de la ultraderechista Marine Le Pen.

domingo, 20 de octubre de 2024

Otro entierro


La Izquierda se plantea sobrevivir a través de tres 'veteranos'



Bodo Ramelow. / EP
Gemma Casadevall    Berlín 20 OCT 2024 

La Izquierda alemana, herida de muerte tras la escisión del nuevo populismo izquierdista de Sahra Wagenknecht, buscará su supervivencia a través de tres 'veteranos', entre ellos el fundador de ese partido de raíces postcomunistas, Gregor Gysi.
"Hagamos que estos tres tipos viejos, camaradas, entren en campaña con todas sus fuerzas para lograr un mandato directo", animó Gysi a los delegados de su partido, reunidos en Halle (este alemán), en un congreso destinado a mostrar cohesión.
El mismo Gysi definió esta estrategia como 'Acción Rizos de Plata', en alusión a las canas que, en política, representa junto con Bodo Ramelow, jefe del gobierno en el 'land' de Turingia, y el exjefe del grupo parlamentario en el Bundestag (Cámara baja), Dietmar Bartsch.
Su plan consiste en que cada uno de ellos luche por la victoria en un distrito fuerte del este alemán. Lograrían, de conseguirlo, la representación parlamentaria que no obtendrán si, como apuntan los sondeos, quedan por debajo del listón de 5 % en las elecciones generales de 2025. Esa fue la fórmula con que La Izquierda -Die Linke, en alemán- se alzó como grupo parlamentario en el Bundestag tras la reunificación. Por entonces solo conseguía buenos porcentajes en el territorio de la extinta Alemania comunista, mientras que en el resto del país quedaba en resultados pírricos. Estaba estigmatizado como heredero del régimen germano-oriental y arrinconado por el resto del espectro parlamentario. A punto de cumplirse los 35 años de la caída del Muro, su situación es agónica.
Gysi fue el artífice de su reactivación, pero pasó a la retaguardia tras sufrir varios infartos aunque siempre acaba resurgiendo cuando se le necesita. Bartsch representa el ala moderada que con los años arraigó también en el oeste del país. Ramelow es el único líder de La Izquierda que ha logrado colocarse al frente de un gobierno regional, el de Turingia, el ‚land‘ donde el pasado septiembre se impuso como primera fuerza la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD).
El congreso de la Izquierda se cerró este domingo tras la renovación de su cúpula. Fueron elegidos como nuevos presidentes la periodista Ines Schwerdtner y el exdiputado del Bundestag Jan van Aken, dos rostros renovadores pero prácticamente desconocidos para el ciudadano. Sustituyen al tándem formado por Martin Schirdewan y Janine Wissler, que tampoco lograron relanzar el partido.
La Izquierda quedó ya muy debilitada en las generales de 2021, cuando obtuvo apenas un 4,9%. Ya entonces salvó su presencia en el Bundestag con varios mandatos directos. A esa vulnerabilidad se sumaron sus vaivenes respecto a Rusia. Su cúpula condenó la guerra de agresión sobre Ucrania, pero le sobrevino la escisión capitaneada por Wagenknecht, considerada prorrusa y contraria a los suministros de armas a Kiev. La salida de la mediática Wagenknecht fue una estocada para La Izquierda. No solo por el ímpetu de esta líder, sino porque también rompió con el partido su esposo, Oskar Lafontaine, quien en 1999 abandonó el Partido Socialdemócrata (SPD) para acabar uniéndose a Gysi.
El desgarro ha precipitado la caída en picado de La Izquierda. En Turingia aún defendió posiciones gracias a la popularidad de Ramelow, que sigue como primer ministro en funciones mientras la conservadora CDU negocia una mayoría parlamentaria que deje fuera a los ultras. En Sajonia cayó a formación extraparlamentaria, por primera vez en un ‚land‘ del este alemán. Los sondeos apuntan a que en los comicios generales de septiembre de 2025 se hundirá en el 3%.
Wagenknecht ha logrado en tiempo récord convertirse en indispensable para lograr mayorías sin romper el cordón sanitario contra los ultras. Sus posiciones respecto a Ucrania y la OTAN le colocan en las antípodas tanto de la CDU, primer partido en intención de voto, como de los socialdemócratas de Olaf Scholz. En política migratoria defiende posiciones similares a las de la ultraderecha. En las generales de 2025 se le pronostica un 9%.

domingo, 8 de septiembre de 2024

El este y sus caprichos en las urnas, de 1989 a 2024




El 'nuevo' este de Alemania, entre la extrema derecha y el populismo de izquierda



Los resultados finales confirman los augurios de una complicada formación de gobiernos en este alemán.


Gemma Casadevall
Berlín 08 SEPT 2024 

Que el este alemán no es territorio propicio para el centrismo lo demuestra el mapa político de ciudades como Templin, en el 'land' de Brandeburgo, el lugar donde creció su ciudadana más ilustre, Angela Merkel. En las pasadas elecciones europeas, el partido más votado fue la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), con un 32,8%, mientras que la conservadora CDU, el partido de la ex canciller, obtuvo un 17,5%. En Brandeburgo se celebrarán elecciones regionales el próximo día 22 y ahí se pronostica el primer puesto para la AfD, como ocurrió en Turingia, donde los ultras rozaron el 33% liderados por el radical, Björn Höcke.

El alcalde de Templin, el izquierdista Detlef Tabbert, dice sentirse orgulloso de Merkel, pese a que la CDU excluye desde tiempos de Helmut Kohl a La Izquierda como aliado, por representar el postcomunismo. El título de 'ciudadana ilustre' le fue concedido a Merkel en 2019 casi como deferencia a su madre, Herlind Kasner, quien hasta los 90 años ejerció como maestra de inglés en Templin. El alcalde se pasó ahora, tras 16 años de militancia La Izquierda, al nuevo populismo izquierdista de la Alianza Sahra Wagenknecht (BSW).

"La volatilidad del voto es extrema en el este. Y se va, además, a los extremos“, explica a El PERIÓDICO Hajo Funke, politólogo berlinés y autor de varios libros sobre la AfD. La CDU dominó el mapa político en los años siguientes a la caída del Muro, pero ahora Turingia, Sajonia y Brandeburgo se tiñen de azul, el color identificativo de la AfD, mientras crece la influencia de Wagenknecht.

Del negro de Kohl a los puntos rojos postcomunistas


Las primeras elecciones de la Alemania reunificada, en 1990, dieron la victoria a la CDU del entonces canciller Helmut Kohl con porcentajes del 45% en Turingia, dos puntos por encima de la media del país. Se había materializado en tiempo récord la extinción de la comunista República Democrática Alemana (RDA) y la socialdemocracia occidental ocupaba el segundo lugar. Pero aparecían aquí y allá los primeros puntos rojos, correspondientes al postcomunista PDS, el heredero político de la RDA. El resto del espectro parlamentario, de la CDU a socialdemócratas, liberales y verdes, recibieron al PDS a regañadientes como un 'cuerpo extraño' en el Parlamento federal (Bundestag). Se les quiso aislar políticamente. Pero empezó reflejarse que no todo el mundo digería bien la 'reunificación exprés' de Kohl y la extinción de la RDA. De ese postcomunismo procede Wagenknecht.

La Izquierda toma carrerilla

Entre 1999 y 2004 quedó claro que la euforia reunificadora había sido fugaz. Los 'paisajes florecientes' que había prometido Kohl para el este eran páramos con un desempleo que doblaba al del oeste del país. El este se vaciaba de población más joven a niveles similares a los registrados desde la posguerra y hasta que, en 1961, el régimen germano-oriental construyó un muro contra la sangría demográfica. La CDU seguía siendo la primera fuerza, pero La Izquierda, como se llamó a la fusión del postcomunismo la disidencia socialdemócrata de Oskar Lafontaine, era la segunda fuerza. La socialdemocracia se empequeñecía, mientras que verdes y liberales seguían sin encontrar a su electorado en el este.

Ruge la ultraderecha

"La irrupción de la ultraderecha desbarató el mapa", resume Funke. La población de la RDA había pasado de una dictadura, la nazi, a la siguiente, la comunista, recuerda su colega, Matthias Quent, perteneciente a la generación más joven de politólogos del este. La falta de una 'formación en democracia' en quienes solo habían conocido totalitarismos hizo mella en la 'transmisión de valores' a sus hijos o nietos. Pese a la inmensa inyección de inversiones en el este y el lento pero existente proceso de equiparación de sueldos y jubilaciones con respecto al oeste, se mantiene la percepción de que los del este son 'ciudadanos de segunda'. De espectacular, o desastroso, se puede calificar la evolución del mapa político de Turingia entre las regionales de 2014, 2019 y 2024: hace diez años, persistía cierto equilibrio entre la CDU y la Izquierda; en 2019 irrumpe la AfD; en 2024 el mapa queda a merced de los ultras.

El 'brandmauer’ alemán y el recuerdo del Muro

"El cortafuegos no es democrático. No pueden aislar a quien llega a primera fuerza de acuerdo a las reglas democráticas. Será su cárcel", comentaba en la noche electoral de Turingia el diputado de la AfD en el Bundestag Stephan Brandner. El significado de la palabra alemana 'brandmauer‘ --'muro contra incendios'-- tiene connotaciones negativas para el este, a juicio del político de la CDU, Sven Eppinger. Recuerda al traumático muro que partió Berlín y que sigue presente en algunas cabezas. "No se puede mantener en pie un cordón sanitario que ya no existe en la calle, en la familia o el trabajo", sentencia este político. "La llegada de la AfD a posiciones de poder dará alas al revisionismo del Holocausto", advertía desde la televisión pública MDR Hans Christian Wagner, el director del museo del antiguo campo de concentración nazi de Buchenwald, amenazado por la AfD de Turingia.

La burbuja de Weimar

Sacar conclusiones con la comparación estricta en el conjunto del este y el oeste no es correcto, según el politólogo Quent. La AfD y el partido de Wagenknecht no solo prosperan en el este. En las europeas la AfD quedó en un segundo lugar a escala nacional, mientras que Wagenknecht, que se estrenaba en las urnas, se disparó a un 6,2%. Para Quent, la comparación debe establecerse entre distritos con niveles de educación y poder adquisitivo semejantes. "Las constelaciones no son tan distintas entre dos ciudades universitarias como Weimar, en el este, o Heidelberg, en el sur", afirma. Weimar es una de las pocas 'burbujas' que siguen en poder de la CDU en Turingia. Se la identifica con la república de entreguerras que derribó Adolf Hitler, así como la ciudad de los clásicos Goethe y Schiller y del movimiento vanguardista Bauhaus. "Hay que pasar a la resistencia activa", afirma Ralf, activista de Aufstehen gegen Rassismus o Levantamiento contra el Racismo.

Los 'megáfonos' de Putin en Tiktok


Que la AfD haya sido en Turingia la fuerza más votada entre los electores de entre 18 y 24 años, con un 38%, obedece a que es la fuerza más activa en redes sociales. Su líder en Turingia, el radical Björn Höcke, es omnipresente en Tiktok y X, seguido por Wagenknecht. Desde ahí alcanzan a nuevos votantes del este más desfavorecido. "Han sabido movilizar no solo el voto antimigración, sino también contra los suministros de armas a Ucrania", recuerda Quent. A ambos extremismos, derechista e izquierdista, se les identifica como 'megáfonos de Vladímir Putin'. "La AfD no sería posible sin los influencers derechistas y sus multiplicadores, un espectro que amplifica cualquier intervención de sus líderes, sean mensajes o videos“, afirma al semanario 'Der Spiegel' Roland Verwiebe, responsable de un estudio de la Universidad de Potsdam, capital de Brandeburgo.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Regreso a 2002

Los conservadores alemanes eligen al derechista Merz y cierran la era Merkel

Gemma Casadevall 





Berlín, 17 dic (EFE).- El derechista Friedrich Merz será el nuevo líder de la Unión Cristianodemócrata (CDU) alemana, el partido que ocupó el centro político durante la "era Angela Merkel" y cuyas bases se decantaron ahora por un rival histórico de la excanciller.
Merz desbancó claramente a los dos aspirantes del ala centrista, Norbert Röttgen y el exministro de la Cancillería Helge Braun, al obtener el 62,1 % de los votos en la consulta entre la militancia democristiana.

Identificado con los poderes económicos del país, con una elocuencia muy superior a sus rivales y poderosos aliados internos, Merz se comprometió a ser el "presidente de todos, realmente de todos".
Dejó para una decisión futura si, además de presidir el partido, aspirará a ser el próximo candidato del bloque conservador a recuperar la Cancillería perdida en las últimas elecciones generales.

"Esa cuestión la decidiremos a su debido tiempo y en consenso con nuestros amigos bávaros", dijo, en alusión a la poderosa e igualmente derechista Unión Socialcristiana de Baviera (CSU) de Markus Söder.
Era la primera vez en la historia del partido de Konrad Adenauer, Helmut Kohl y la misma Merkel en que se cedía la voz a la militancia para una decisión que corresponde, por sus estatutos, al congreso federal.

El voto abierto a los cerca de 405.000 afiliados -con una participación del 66 %- deberá ser ratificado formalmente por los 1.001 delegados, en un congreso virtual que se celebrará del 21 al 22 de enero.
La ratificación del congreso es de trámite, más aún tras una victoria tan clara: Röttgen, que se presentaba como un conciliador entre las corrientes del partido, obtuvo un 25,5 % de los votos, mientras Braun, persona de su máxima confianza de Merkel, apenas logró el 12,1 %.

LA VICTORIA DEL REINCIDENTE

Merz, de 66 años y nacido en el populoso "Land" (estado federado) de Renania del Norte-Westfalia, aspiraba por tercera vez a la presidencia, esta vez con un discurso algo más moderado que en las dos anteriores, en 2018 y 2019.
Pese a ello, representa para sus compatriotas una rivalidad frente a Merkel que arranca de mucho antes de que empezara la búsqueda de un sucesor para quien fue la jefa de la CDU durante 18 años.
Merz, quien entró en las juventudes del partido con 16 años, ocupaba ya un escaño de eurodiputado en 1989, cuando la ahora excanciller era aún una científica del este del país ajena al ámbito político.

En 1994 ingresó en el Bundestag (Parlamento) y empezó a destacar entre las corrientes derechistas de la CDU. Tras la derrota electoral de Helmut Kohl de 1998, y en medio del escándalo de la financiación irregular del partido, vio cómo ascendía a la presidencia Merkel, quien no llevaba ni diez años en el partido pero ya era su secretaria general y había ocupado dos carteras ministeriales.

Merz siguió luchando por dar un giro más conservador a la CDU, al que Merkel empezaba a dar ya el perfil calificado por sus detractores internos como "socialdemocratizante". En 2002 se retiró de sus estructuras, al verse desplazado por su presidenta como líder de la oposición en el Bundestag.
Concentró a partir de ahí su talento a la gran industria y los grupos de presión económicos. Se le consideraba alejado de la vida interna de la CDU, convertido en un millonario que viajaba en jets privados.

Pero periódicamente se escuchaba su opinión, en medios de comunicación o foros económicos, desde posiciones opuestas a las de la jefa del partido o entre amagos de revuelta interna contra la líder.
Volvió a la vanguardia en 2018, tras anunciar Merkel su retirada como jefa del partido y que no optaría a la reelección canciller. Su anunció seguía a varias derrotas regionales y la tortuosa formación de su última gran coalición, que tardó seis meses en lograr.

Merz se postuló como aspirante a la presidencia, pero fue derrotado por una ventaja mínima por la teórica sucesora natural de Merkel y secretaria general del partido, Annegret Kramp-Karrenbauer.
El sucesión ordenada fue fugaz. Un año después, la continuadora ideal tiró la toalla, incapaz de hacer valer su autoridad.

La siguiente ronda sucesoria la ganó otro centrista, Armin Laschet, quien derrotó de nuevo a Merz y logró además ser designado candidato de la CDU/CSU, puesto al que aspiraba también Söder.
A la derrota en las generales del pasado septiembre, con el mínimo histórico de un 24,1 % de los votos, siguió el anuncio de una renovación de la cúpula. Merz se impuso, por fin, con un discurso tan contenido como desconocido en él, pero identificable como el representante de una victoria tardía ante Merkel. EFE
gc/vh

jueves, 16 de diciembre de 2021

El adiós

 

Y Merkel ya es excanciller

Gemma Casadevall

Berlín, 16 dic (EFE).- Alemania, pero también Europa, se despidieron este 2021 del liderazgo de Angela Merkel, una etapa de 16 años marcada por un estilo atípico de ejercer el poder, sacudida en su última etapa por la lucha contra la pandemia y que deja como asignatura pendiente de modernizar su país.
Merkel cumplió su compromiso de seguir en su puesto hasta la investidura de un sucesor. El 8 de diciembre la relevó el socialdemócrata Olaf Scholz, 5.860 días después de haberse convertido en la primera mujer que accedía a la Cancillería alemana. Era también la primera persona crecida en territorio comunista que lo lograba y la más joven entre sus antecesores, con 51 años.
Unas horas antes de la investidura de Scholz, Cancillería hacía público un comunicado sobre una última conversación entre Merkel con los líderes de EE.UU., Francia, Italia y el Reino Unido -Joe Biden, Emmanuel Macron, Mario Draghi y Boris Johnson- a propósito de los movimientos rusos junto a Ucrania.
El ucraniano es uno de los conflictos que no ha podido zanjar la líder que marcó la pauta en la crisis de la zona euro o ante la emergencia migratoria de 2015. A la primera de esas crisis respondió con la tenaza de la austeridad; a la segunda, manteniendo abiertas las fronteras a los refugiados cuando otros las cerraban.
La primera ola de la covid-19 la revalorizó como líder de referencia. La mostró como una política de formación científica y capacidad de análisis, mientras otros mandatarios daban bandazos. Pero ello no evitó a Alemania la furia de la segunda y la tercera olas; la cuarta sorprendió al país con cierto vacío de poder, entre una canciller en funciones y un sucesor que aún no funcionaba.
Su legado está por escribir, puesto que es la historia la que coloca a un político en su lugar. Pero parece indiscutible que esta líder, a la que tanto se criticó por lenta como por imparable, marcó un estilo de ejercer el poder, basado en el consenso y no en la confrontación.

LA LÍDER GLOBAL

Merkel no superó por diez días el récord de permanencia en el poder de Helmut Kohl (1982-1998). Dejó el cargo como la más longeva entre los líderes occidentales y a la que solo superó, en veteranía, uno de sus "ogros" internacionales, el ruso Vladímir Putin.
Representó al eje transtatlántico con cuatro líderes estadounidenses -George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump y Biden- y al franco-alemán con cuatro franceses -Jacques Chirac, Nicolas Sarzoky, François Hollande y Macron-; cuidó las relaciones con cinco británicos -Tony Blair, Gordon Brown, David Cameron, Theresa May y Johnson- y con tres españoles -José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez-.
La lista se eternizaría con Italia -ocho primeros ministros-. En su ronda de despedidas, a escala internacional o nacional, habrá acumulado más reconocimientos, títulos "honoris causa", premios o regalos de los que caben en ninguna estantería.

LA AGENDA ALEMANA

A la investidura de Scholz asistió desde la tribuna de visitantes del Bundestag, ya que tampoco optó al escaño de diputada que, desde 1990, tuvo por Stralsund, la ciudad del este alemán donde arrancó su carrera tras la caída del muro de Berlín.
Desde esa tribuna recibió la ovación de los diputados, con excepción de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), el partido al que el espectro parlamentario mantiene aislado.
Su último año como canciller ha sido duro. No solo por la pandemia, sino también por las devastadoras inundaciones con más de 180 muertos en el oeste del país. La catástrofe hizo patente los estragos de la emergencia climática y recordó el incumplimiento alemán de los objetivos de reducción de emisiones.
Al tripartito de Scholz con verdes y liberales le corresponderá luchar contra la precariedad laboral dejada por la austeridad, demostrar ambición climática, poner al día su tejido industrial e impulsar la digitalización. La pandemia confrontó al gran socio europeo con situaciones impropias de un país rico -como la imposibilidad de practicar el teletrabajo o la escuela virtual-.
Al bloque conservador de Merkel le llegó el turno de encontrar un nuevo líder sólido, tras hundirse en su mínimo en unas elecciones nacionales -un 24,1 %-, con el centrista Armin Laschet como candidato.

LO PERSONAL

Circulan varias versiones sobre los planes de la excanciller, retirada con 67 años. Se asegura que acompañará a su esposo, el científico Joachim Sauer, profesor invitado en Turín. O que se instalará en Templin, la ciudad germano-oriental donde creció.
Mantiene una oficina en la avenida Bajo los Tilos berlinesa, la misma que tuvo Kohl. Su secretaria desde hace treinta años, Beate Baumann, avanzó que escribirá unas memorias políticas.
Baumann ha sido el puntal de la actividad de Merkel, junto con su asesora en comunicación, Eva Christiansen, o su exportavoz de Gobierno, Steffen Seibert. EFE      gc/jam/rml   

sábado, 13 de marzo de 2021

Los amigos Strauss y Kohl

Los conservadores alemanes, la corrupción y el afán de "cercanía" al empresariado

Gemma Casadevall 



Berlín, 13 mar (EFE).- La credibilidad de los conservadores alemanes ha quedado salpicada por casos de corrupción, cuestión tóxica en un año electoral y que entronca con la cercanía con el mundo económico mimada desde tiempos de Franz-Josef Strauss y Helmut Kohl.
Tres diputados bajo sospecha por negocios con mascarillas o de otra índole en medio de la pandemia sacuden las filas de la canciller Angela Merkel. Los implicados abandonaron ya el grupo conservador -con 244 escaños de los 709 del Bundestag (Parlamento)-; el resto entregó una declaración asegurando no haber buscado el provecho personal en la lucha contra la covid.
Los casos salieron a la luz esta semana, ante el arranque del año electoral, este domingo, con comicios regionales en Baden-Württemberg, "Land" del sur originario de uno de los implicados -Nikolaus Löbel-, así como en Renania Palatinado (oeste).
"La cuestión va a pesar sobre la CDU/CSU hasta las elecciones generales de septiembre", aseguró a Efe Hajo Funke, politólogo de la Universidad Libre de Berlín. La Unión Cristianodemócrata y la Unión Socialcristiana de Baviera (CDU/CSU) buscan atajarlo como "comporamientos individuales", pero la raíz está, asegura Funke, en la "falta de control sobre las prácticas lobiístas" de formaciones orientadas a "buscar la cercanía con el mundo económico".
"La regulación es insuficente. No hay un control efectivo de los ingresos paralelos de los diputados, que cuidan la relación con el mundo económico mientras están en sus escaños, lo que puede derivar en las llamadas puertas giratorias", apunta Norman Loecke, de Transparencia Internacional (TI) en Alemania.

EL "AMIGO" STRAUSS
La CDU y la CSU no solo están hermanados en el grupo conservador, sino también ante ese lamparón surgido en el año electoral en que Merkel se despedirá del poder. El primer caso revelado atañe a la CSU, los otros dos a la CDU -"no serán los únicos", augura Funke.
Ambas formaciones deben consensuar a aún a su candidato para las generales, designación que está entre el centrista Armin Laschet, líder de la CDU, o en el más derechista Markus Söder, de la CSU.
Baviera no se ha desprendido nunca del escándalo "amigo" -en español, como lo llamó el semanario "Der Spiegel" cuando lo sacó a la luz en los 90. Consistía en una red de tráfico de influencias y cuentas en Suiza manejadas por Strauss (fallecido en 1988).
En este próspero "Land" -junto al vecino de Baden-Württemberg- se concentran varios gigantes industriales -Audi, BMW y Siemens-. La filosofía de la "cercanía" y la corrupción generaron sumarios entre los sucesores del patriarca hasta entrada ya la "era Merkel".

LOS DONANTES ANÓNIMOS DE KOHL
A diferencia de la situación actual, donde no hay -que se sepa- una relación entre los casos surgidos y la cúpula, la trama "amiga" estuvo manejada directamente por Strauss. Algo parecido ocurrió con las cuentas secretas a las que iban a parar donativos irregulares bajo Kohl, presidente de la CDU durante 25 años.
La trama se reveló en 1999, unos meses después de la derrota de Kohl ante el socialdemócrata Gerhard Schröder. La jefatura del partido había pasado a Wolfgang Schäuble. "El escándalo dejó a Schäuble fuera de la carrera por la Cancillería", recuerda Funke.
Schäuble, que inicialmente aseguró no saber nada de donativos irregulares, tuvo que reconocer haber recibido en 1994 -o sea, con la CDU en el poder- un cheque de 100.000 marcos -50.000 euros- del comerciante de armas Karl-Heinz Schreiber, figura clave en la trama.
Su versión de cómo ocurrió ese entrega entró en contradicción con la de la extesorera del partido, Brigitte Baumeister. El cheque era solo un capítulo en el engranaje de donativos por varios millones de euros, cuyos donantes Kohl nunca reveló. La CDU quedó hundida en su crisis más profunda y Schäuble renunció a seguir como presidente; Merkel, entonces secretaria general de la CDU, se convertió en la nueva líder tras llamar al partido a emanciparse del patriarca.

VARIAS REFORMAS, NINGUNA SOLUCIÓN
A raíz de ése y otros escándalos -como el llamado "caso Flick", por ese consorcio alemán, extendido también a socialdemócratas- se reformó en 2002 la ley de financiación de partidos.
En todo donativo superior a 10.000 euros debe constar la identidad del donante; a partir de 50.000 euros se comunica de inmediato su ingreso al Bundestag.
Se reguló asimismo la declaración de otros ingresos por parte de los diputados. Se mantiene la premisa, sin embargo, de que pueden y deben mantener su actividad profesional originaria.
Tanto la oposición como los co-gobernamentales socialdemócratas ahora a una total transparencia. "Los diputados no necesitan de otros ingresos mientras ocupan un escaño", apunta Funke, quien recuerda muchas "puertas giratorias". El más vistoso, sin embargo, no procede de la CDU/CSU, sino del SPD: Schröder, gran amigo del presidente Vladímir Putin, quien tras su derrota en 2005 se convirtió en asesor del gigante ruso Gazprom. EFE    gc/amg

domingo, 22 de diciembre de 2019

A 726 días de la marca de Kohl

Merkel deja atrás a Adenauer y se orienta hacia un récord incierto

Gemma Casadevall 

Bildergebnis für merkel kohl



Berlín, 22 dic (EFE).- La canciller alemana, Angela Merkel, igualó este domingo la marca de permanencia en el poder del patriarca conservador Konrad Adenauer y se orienta ya hacia el récord absoluto en esa disciplina, cuyo titular es Helmut Kohl.
Un total de 5.143 días han pasado desde que Merkel se convirtió en la primera mujer y la primera persona crecida en el este de Alemania que alcanzó la Cancillería, el 22 de diciembre de 2005. Los mismos que detentó el poder, entre 1949 y 1963, Adenauer, el canciller fundacional de la República Federal de Alemania (RFA).
Merkel no tiene previsto ninguna celebración pública, afirma el popular diario "Bild", que destaca lo que le queda por delante hasta pulverizar la marca absoluta de 5.869 días. El periodo que estuvo Kohl en la Cancillería, desde el 1 de octubre de 1982 al 26 de octubre de 1998.
Son 726 días hasta igualar en tiempo a quien se considera el "canciller de la reunificación". Kohl dirigió el proceso político que arrancó de la caída del muro de Berlín -el 9 de noviembre de 1989- y derivó once meses después en la incorporación a la RFA del territorio de la República Democrática Alemana (RDA). Fue el primer canciller federal que gobernó una Alemania amplificada a 80 millones de habitantes. 

UNA CARRERA DE OBSTÁCULOS

Merkel, la "muchachita del este", como le llamó Kohl al incorporarla a su gobierno como ministra de la Familia, en 1991, no tiene asegurado ese récord. No solo porque ella misma ha anunciado que no optará a un quinto mandato, sino también por las debilidades de su gran coalición, la "groko".
La veterana entre los líderes europeos logró con penas y trabajos un cuarto mandato seis meses después de las generales de 2017. Su bloque conservador había ganado, pero con el resultado más bajo en unos comicios nacionales desde los años 50, un 32,9 %.
Peor aún le fue al Partido Socialdemócrata (SPD), que cayó al mínimo histórico del 20,5 % en unas generales. Quedaron abocados a regañadientes a ir a otra "groko", la tercera en las cuatro legislaturas de Merkel, mientras la ultraderecha entraba en el Bundestag (Parlamento federal).
A cada crisis, grande o pequeña, regresa a los medios alemanes un término aplicado a la canciller: el de la "Merkeldämmerung" -el ocaso de Merkel-. 

EL CONTADOR EN MARCHA

Para alcanzar a Kohl tiene que mantenerse en el poder -en la impopular "groko" o en un gobierno en minoría- otros dos años menos cuatro días. Es decir, hasta más allá de las generales a las que no piensa concurrir.
De no haber comicios anticipados, la cita con las urnas será en septiembre de 2021. Si la formación del siguiente gobierno se prolonga, algo nada inusual en Alemania, Merkel seguiría en el poder en funciones.
El marcador entró en esos dos años menos cuatro días. A la "groko" se la ha dado muchas veces por muerta; pero lo cierto es que cruzó ya el ecuador de la presente legislatura. 

VEINTE AÑOS DE "EMANCIPACIÓN"

Mientras "Bild" echa cuentas sobre el incierto récord que le falta a quien ya acumula muchos hitos, el diario "Süddeutsche Zeitung" recuerda otro aniversario: los 20 años desde que Merkel sentenció el fin de la "era Kohl".
Fue el 22 de diciembre de 1999, en una columna publicada en "Frankfurter Allgemeine Zeitung" -la FAZ, arquetipo de la prensa conservadora seria. Merkel, entonces secretaria general de la Unión Cristianodemócrata (CDU), llamaba al partido a emanciparse de Kohl.
Unas semanas antes había estallado el escándalo de las cuentas secretas del partido. La CDU llevaba un año en la oposición; la cancillería la ocupaba el socialdemócrata Gerhard Schröder en coalición con los Verdes.
Kohl, tras 16 años en el poder y 25 al frente de la CDU, acaparaba de pronto titulares no como el canciller de la reunificación, sino como el responsable de un sistema de cajas negras del partido. Un escándalo que salpicó a quien era su delfín y sucesor al frente de la CDU, Wolfgang Schäuble.
Cuatro meses después de su artículo, Merkel se convirtió en la primera mujer al frente de un partido acostumbrado a patriarcas como Adenauer o Kohl. EFE
gc/rml

viernes, 1 de noviembre de 2019

Solo para incondicionales del papel

Más que un muro
El 9 de noviembre es una fecha recurrente en la Alemania contemporánea. En 1918 se proclamó la República de Weimar. Justo cinco años después tenía lugar el putsch de Múnich, un fallido golpe de Estado llevado a cabo por Hitler y otros dirigentes nazis. Ese mismo día, en 1938, fue escenario de la siniestra Noche de los Cristales Rotos, el salvaje ataque perpetrado por las tropas de asalto de las SA contra ciudadanos judíos.
Pero, más allá de esta coincidencia, muchos conservamos en la retina las imágenes de otro 9 de noviembre, el de 1989, cuando se produjo la caída del Muro de Berlín, un hecho tan sorprendente en su momento como decisivo, que contribuyó a poner fin a la Guerra Fría y propició el camino hacia la reunificación del país. El proceso de glásnost (apertura), iniciado en la Unión Soviética por Gorbachov, se materializaba en la República Democrática Alemana.
El primer gesto visible tuvo su manifestación el día 8. Egon Krenz, nuevo secretario general del Comité Central del Partido Socialista Unificado y jefe de Estado, prometió legalizar los partidos de la oposición. Un día después, berlineses de ambos sectores de la ciudad empezaron a derribar, hasta con las manos, las piedras que habían sustentado una frontera tan artificial como dolorosa.
Atrás quedaban casi tres decenios de separaciones, detenciones e intentos de huida que demasiado a menudo habían acabado en tragedia. “La ciudad mártir de la Guerra Fría resurgió convertida en un ‘Berlín de los prodigios’, decidido a despojarse de los traumas de la historia”, afirma la periodista Gemma Casadevall, testigo directo de la evolución de la ciudad desde la caída del muro y autora de uno de los artículos del dossier.
¿Cómo ha respondido la capital alemana a los cambios que le sobrevinieron a partir de aquel histórico acontecimiento? Las heridas de aquel muro ya no supuran, pero Berlín ha tenido que ir sorteando crisis, desde la del euro hasta la de los refugiados, sin dejar de ser una ciudad en metamorfosis permanente. Isabel Margarit, directora de Historia y Vida.

La metamorfosis permanente


Gemma Casadevall


A las 18.53 del 9 de noviembre de 1989, tras casi dos horas de conferencia de prensa, el miembro del Politbüro de la República Democrática Alemana (RDA) Günther Schabowski leyó un comunicado que daría la vuelta al mundo. Fue a raíz de una pregunta del periodista italiano Riccardo Ehrmann, corresponsal de la agencia de noticias Ansa, sobre la nueva regulación para viajes y visados. Lo que a continuación leyó Schabowski, a modo de respuesta, significaba que se podía hacer algo que desde hacía 28 años era imposible: atravesar cualquier paso fronterizo de la RDA sin visado y sin miedo a recibir un disparo. A partir de cuándo, preguntó el alemán Peter Brinkman. "De inmediato, según mis informaciones" fue la respuesta de Schabowkski, azorado, buscando entre sus papeles. “¿También en Berlín?”, fue la siguiente pregunta. Sí, también en Berlín.


El muro había caído, 10.860 días después del domingo 13 de agosto de 1961 en que la ciudad amaneció atravesada por alambradas, convertidas en las semanas y meses siguientes en 155 kilómetros de muro de hormigón. La abarrotada conferencia de prensa, con medios nacionales e internacionales, había sido transmitida por televisión. Miles de ciudadanos germano-orientales se lanzaron sin esperar precisiones hacia los controles entre el sector este y el oeste. El primero que levantó la valla fue el de la Bornholmer Strasse, hacia las diez de la noche. Nadie sabía lo que ocurriría al minuto siguiente. Tampoco el teniente coronel Harald Jäger, al mando de ese paso fronterizo. Sin otras órdenes que su intuición, subió la valla. Quedó envuelto en besos, abrazos y lágrimas de sus conciudadanos.


Nadie sabía cómo actuar. Tal vez ni Schabowski sabía lo que iba a precipitar con su comunicado, al parecer embargado hasta las cuatro de la madrugada del día siguiente. Pero había la percepción colectiva de que quien cruzara hacia el oeste no debía temer ya por su vida. Había caído el muro de la vergüenza, como se le llamaba en el oeste, o "la muralla de protección antifascista", para el Politbüro comunista. De la Bornholmer Strasse arrancó la noche más hermosa y caótica de la historia reciente berlinesa.


Berlín empezó a dejar de ser esa noche la ciudad mártir de la Guerra Fría. Treinta años después del 9 de noviembre de 1989, la ciudad que alberga el gobierno, parlamento y otras instituciones de la primera potencia europea sigue siendo una capital atípica, acostumbrada a la etiqueta de pobre y endeudada, sin tejido industrial propio, con sueldos más bajos que en Hamburgo o Múnich y alquileres que empezaron a dispararse a los niveles de éstas. Una ciudad con 3,6 millones de habitantes, una cuarta parte de los cuales de origen extranjero, que parece sobrellevar con más entereza su pasado monstruoso -el de capital del Tercer Reich- y el trauma que le sucedió después -los 28 años de división por el muro- que la especulación inmobiliaria actual.


Que el 9 de noviembre de 1989 se levantaran las vallas de la Bornholmer Strasse y otros controles fronterizos sin que a ningún oficial de la RDA se le escapara una bala, en medio de la confusión, es uno de los milagros de esa noche, suele repetirse al evocar ese hito. Tampoco se había escuchado ni un disparo unos meses atrás, el 19 de agosto, cuando en el llamado "Picnic Paneuropeo" convocado en Sopron, Hungría, centenares de germano-orientales pasaron a Austria. El picnic o merienda iba a ser una señal de reconciliación entre Hungría y su vecina Austria, unas semanas después de que los líderes de ambos países -Gyula Horn y Alois Mock- hubieran cortado juntos una alambrada fronteriza. A la merienda de Sopron acudieron cientos de germano-orientales, atraídos por una convocatoria que implicaba cruzar la frontera hacia el oeste sin problemas durante unas horas. La invitación estaba dirigida a austríacos y húngaros. Pero la policía fronteriza dejó hacer.


Fue la primera de una serie de huidas masivas hacia occidente, la señal del resquebrajamiento inminente de un muro levantado en 1961 por orden del jefe del Estado y del Partido, Walter Ulbricht, para frenar la despoblación de la RDA. Desde su fundación, en 1949, habían dejado su territorio 3,5 millones de ciudadanos, del total de 16 millones que tenía la Alemania satelital de Moscú. En su mayoría lo hicieron a través de Berlín, hasta entonces precariamente dividido entre los sectores estadounidense, británico, francés y soviético. Una de las potencias aliadas que se habían repartido Alemania tras la capitulación del Tercer Reich, en 1945, la soviética, veía cómo se desangraba demográficamente su sector. Su respuesta fue la llamada "Franja de la Muerte" que en 1989 se resquebrajaba entre fugas por países vecinos y marchas de germano-orientales al grito de "Wir sind das Volk" -"Nosotros somos el pueblo"-, todos los lunes, cruzando Leipzig y reclamando reformas. El 4 de noviembre, cinco días antes de la caída del muro, medio millón de germano-orientales habían llenado la Alexanderplatz exigiendo también esas reformas. Entre su veintena de oradores había desde escritores como Christa Wolf y Heiner Müller al jefe del espionaje de la RDA, Markus Wolf, y líderes comunistas que pretendían una reforma "desde dentro", como Gregor Gysi. El propio Schabowski estuvo ahí.


Frecuentemente se ha cuestionado si Schabowski sabía de la trascendencia de su comunicado; se ha llegado a apuntar que la pregunta del periodista italiano había sido "inducida" desde arriba para precipitar lo que a continuación ocurrió. Moscú tenía en marcha la "Perestroika" de Mijail Gorbachov. En ocasión del 40 aniversario de la RDA, en octubre de 1989, el líder soviético había advertido al presidente del país satelital, Erich Honecker, de que " la vida castiga a quien llega tarde" -al menos, así quedó reproducida su lapidaria frase en las crónicas de entonces-. Gorbachov representaba la apertura; su presencia fue recibida con entusiasmo esperanzado por los germano-orientales; Honecker, representante el inmovilismo pétreo, dimitió a los pocos días. Fue relevado por el teórico renovador, Egon Krenz. Unas semanas después caía el muro.


Helmut Kohl, supuestamente el ciudadano mejor informado de la República Federal de Alemania (RFA), se encontraba en la noche mágica de 9 de noviembre en Varsovia. Interrumpió su visita y al día siguiente hablaba a los berlineses desde el ayuntamiento del barrio de Schöneberg, en el sector occidental. Le acompañaba el excanciller Willy Brandt, el socialdemócrata que había tenido que asistir siendo alcalde de la ciudad a la construcción del muro.


A Angela Merkel, por entonces una germano-oriental de 34 años consagrada a la ciencia, no le ha importado reconocer que estuvo entre quienes no calibraron de inmediato la relevancia de la frase de Schabowksi. Era un jueves, tenía su sauna semanal, no iba a cambiar sus planes. Llamó a su madre para recordarle su promesa de que en cuanto fuera posible irían juntas a comer ostras al lujoso Hotel Kempinski, en el lado occidental. Unas horas después, a la salida de la sauna, se sumó a los miles que seguían cruzando la Bornholmer Strasse. Pasó al otro lado y se tomó una cerveza en casa de unos desconocidos occidentales que "muy amablemente", según ha contado, la invitaron. Y luego se retiró a su casa. A la mañana siguiente tenía que madrugar.


Kohl asumió de inmediato su cometido de artífice de la reunificación; Merkel tardó aún quince años en convertirse en la primera mujer y la primera persona crecida en territorio comunista al frente de la potencia europea surgida de la reunificación.

Fue una unificación expres, para la que Kohl debió superar el rechazo de quienes temían el regreso de una Alemania fuerte, agrandada territorial y demográficamente. Gorbachov se comportó como el mejor aliado, mientras la británica Margareth Thatcher colocaba obstáculos en el camino.

El 3 de octubre de 1990 entró en vigor el Tratado de Unidad por el que el territorio de la RDA quedó absorbida por la República Federal de Alemania (RFA). Para entonces, Merkel había aparcado ya la ciencia para entregarse a la política. Se suele decir que su descubridor fue Kohl,
aunque en realidad fue Lothar de Maizière, el último jefe del Gobierno de una RDA ya transicional. De Maizière percibió en esa neófita uno de los talentos frescos que Kohl precisaba para su cantera de políticos crecidos en la RDA y limpios de toda sombra comunista.


El traslado de la capitalidad a Berlín fue mucho más lento. Bonn había ejercido de capital federal desde la fundación de la RFA. Había sido una cómoda "aldea federal" para la clase política occidental, incluido Kohl, originario del vecino "Land" de Renania Palatinado. La decisión de mudar la capital a Berlín se adoptó en junio del 1991, tras once horas de debate en el Bundestag (Parlamento federal) por 17 votos de diferencia -337 a favor, 320 en contra-. Era una decisión política, que rompía el dogma del federalismo a favor de una capitalidad fuerte. No se consumó hasta 1999.


Con la gran mudanza del aparato funcionarial, gobierno y parlamento desde la aldea federal se precipitó la siguiente gran metamorfosis del Berlín liberado del muro. Para la ciudad, para Alemania y para el resto de la UE. El centro del poder de la mayor potencia europea ya no quedaba en una ciudad de 320.000 habitantes, a orillas del Rin, a tres horas y media en tren desde París, sino a 100 kilómetros de la frontera con Polonia. Los nuevos ministerios se repartieron entre edificios que habían acogido al aparato del Tercer Reich, dependencias prusianas o ejemplos de la arquitectura propia de la Alemania comunista, convenientemente rehabilitados. El viejo Reichstag revivió como sede del Parlamento federal, el Bundestag, entre nuevos edificios hechos de imponentes estructuras de hormigón, acero y cristal, como la Cancillería; lo que fue tierra de nadie en tiempos del muro, la Postdamer Platz, se convirtió en un paisaje de multicines, restaurantes y espacios de ocio. Distritos enteros de lo que fue el sector este, como Prenzlauerberg o Friedrichshain, pasaron a ser los barrios noctámbulos de la modernidad, con sus viejas viviendas reformadas como lofts de lujo y el consiguiente arrinconamiento hacia otras zonas menos codiciadas de quienes fueron sus habitantes, los germano-orientales. El nuevo centro, Mitte, se pobló de emprendedores y otros recién llegados. El fenómeno alcanzó también al viejo Kreuzberg, barrio alternativo y revolucionario por excelencia del oeste, otra de las piezas codiciadas por los nuevos inquilinos.


Fue una metamorfosis urbanística sin tregua, que discurrió en paralelo a la política. Kohl quedará para la historia como el "canciller de la reunificación". Pero políticamente murió con la república de Bonn. Un año antes de la gran mudanza había sido derrotado en las urnas por el socialdemócrata Gerhard Schröder, el primer canciller que ejercería el poder desde el nuevo Berlín. Kohl pasó a una retaguardia nada gloriosa. Tras su derrota estalló el escándalo de la red de cuentas secretas en la Unión Cristianodemócrata (CDU, el partido que había dirigido durante 25 años. Merkel, la "muchachita del este", como la había llamado Kohl, saltó de la posición de secretaria general a la de líder del partido, catapultada por un artículo en el conservador "Frankfurter Allgemeine Zeitung" llamando a emanciparse de Kohl.


Berlín era la nueva capital de los prodigios europea, con Schröder en la nueva cancillería, y un rompedor ministro de Exteriores, el verde Joschka Fischer, marcando nuevas pautas. Era una capital definida como "pobre, pero sexy" por Klaus Wowereit, el socialdemócrata que ocupó su alcaldía de 2001 a 2014. En esa nueva ciudad de los prodigios debía haber lugar para todos todos: para el funcionariado recién llegado del aseado Bonn a una ciudad con fama de sucia y anárquica; para los eternos revolucionarios de Kreuzberg; para las familias turcas que convertían en inmensas barbacoas las explanadas junto al palacio presidencial, Bellevue; para los germano-orientales desplazados de sus barrios tradicionales. La gentrificación asomaba por las esquinas.


El canciller Schröder cambió la piel al Bundesregierung; desde la oposición, Merkel iba derribando, uno tras otro, a todo aquel que cometió el error de considerarla una rival débil. Una líder pasajera que tomaba las riendas de la CDU cuando nadie las quería y a la que se devolvería a su rincón en cuanto amainara la tormenta. Schröder estuvo entre los que se equivocaron con Merkel. Asistió sin
dar crédito a la victoria de su rival conservadora en las generales de 2005. Y tuvo que ver, tras negarle públicamente esa victoria ante las cámaras, la misma noche electoral, cómo Merkel se colocaba al frente de una gran coalición, con su partido socialdemócrata como socio menor.

Berlín entró así en la siguiente fase de su metamorfosis. En la capital pobre, pero sexy, centro del poder europeo, se había instalado un nuevo estilo de liderazgo. No solo por ser mujer y crecida en el este, sino como personaje insólito en política, que no trataba de imponer su criterio a fuerza de puñetazos en la mesa, sino con sangre fría y perseverancia. Alemania sorprendió al mundo con una líder cuya biografía aparentemente demostraba que algo sí salió bien en la reunificación. Era el contramolde a la frustración de tantos germano-orientales que se sentían ciudadanos de segunda clase: la hija de un pastor protestante de una parroquia de Brandeburgo, la muchacha del este crecida al otro lado del muro, imponía su sangre fría en la UE, del G7, ante Washington o Moscú.


Desde la "Waschmachine", como se apoda a la Cancillería por su aspecto de aséptica lavadora, condujo Merkel a la UE en la crisis del euro, aferrada al dogma de la austeridad. Una fórmula que a ella le cuadraba con la doctrina del hogar donde creció. Pero que se cebó en los países del sur, los más castigados por la crisis, y arrastró a la precariedad a una Alemania en que su antecesor socialdemócrata había atestado ya duros recortes, tras décadas de estado de bienestar superlativo.

Berlín resistió. Los alquileres se encarecieron, pero seguían estando por debajo de otras capitales europeas; sus habitantes se habían acostumbrado a vivir en una ciudad eternamente patas arriba; algunos convertían esa estética en señal de identidad. El Berlín heroico que sobrevivió a los bombardeos aliados y al trauma del muro no se hunde.


A la crisis del euro le siguió la de los refugiados. Merkel respondió manteniendo abiertas sus fronteras cuando los vecinos las cerraban. Dejó que en 2015, el año álgido de la crisis humanitaria, entraran en el país casi un millón de asilados. "Lo conseguiremos" -"Wir schaffen es"-, fue la frase con que quiso sintetizar la capacidad del país para asumir el desafío. Cambiaron de piel los hangares del viejo aeropuerto de Tempelhof, se convirtieron en centro de acogida. Llevaba años creciendo la hierba en lo que fueron las pistas de aterrizaje durante el nazismo, durante el puente aéreo que salvo al sector occidental del bloque soviético, en 1948, o hasta que finalmente dejó de operar como aeropuerto ciudadano, en 2008. Sus pistas se habían convertido en una gran área sin normas concretas, tierra de nadie o espacio ciudadano para todos, entre patinadores, ciclistas, cometas al viento y meriendas colectivas. Familias sirias u hombres solos se instalaron en barracones provisionales de Tempelhof, el mayor entre los múltiples centros de acogida repartidos por una capital de tejido multétnico. Berlín pudo también con ese caudal humano tan distinto al anterior desembarco de población en la ciudad -el aseado funcionariado, los emprendedores y los hipster.


La de Berlín es una historia permanentemente en construcción, inacabada. Treinta años después de la caída del muro sigue siendo una capital atípica, con pocos rincones identificables como coquetos, fea y sucia para algunos, fascinante para otros muchos, que no esconde las cicatrices de su historia, sino que las exhibe con algo del orgullo prusiano. Una capital, donde la precariedad aprieta, pero no ahoga.

El cinturón ultraderechista sobre la capital




Algo en la reunificación no salió como planeó Helmut Kohl: la evolución política del antiguo territorio de la República Democrática Alemana (RDA). En los años siguientes al Tratado de Unidad surgieron en su territorio bastiones del postcomunismo. El Partido del Socialismo Democrático (PDS) triunfaba, bajo el liderazgo del carismático Gregor Gysi y pese a los intentos del resto de la clase política por arrinconarlo. El PDS se fusionó en 2005 con la escisión de la socialdemocracia liderada de Oskar Lafontaine. Nació así La Izquierda, un partido ahora consolidado también en el oeste, aunque perdió fuelle en el este.

Mucho más alarmante es la actual efervescencia de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD). A escala del conjunto del país, representa al 12 % de los votantes. En Sajonia, en el este, escaló al 28 % en las últimas elecciones regionales. Y en el “Land” que envuelve la capital, Brandeburgo, ruge su corriente más radical y cercana al neonazismo.

Berlín resiste. La fuerza más votada en la capital en las pasadas europeas fueron los Verdes. Los ecologistas lideran también en intención de voto de cara a las regionales de 2021 en la capital.

El muro en la cabeza… del turista




Suele asegurarse que el muro sigue existiendo en la cabeza de los berlineses y también en su bolsillo. Sigue sin haberse logrado la equiparación plena salarios y jubilaciones, aunque las diferencias se redujeron. Se estima que el agravio comparativo de lo que se percibe en el este respecto al oeste se sitúa ahora en el 10 %.
Sí hay equiparación plena, en cambio, respecto al coste de la vida. Los alquileres subieron entre 2012 y 2016 un 28 % o hasta un 50 % en la última década en los distritos más codiciados. Ciudadanos que sufrieron el trauma diario de vivir junto al muro tuvieron que mudarse por no poder pagar el alquiler.
Berlín vive un boom turístico parejo a la especulación inmobiliaria: 32 millones de pernoctaciones al año. La pregunta de por dónde pasaba el muro es la más frecuente entre los turistas. Los puntos de máxima atracción son el memorial de la Bernauerstrasse, una de las calles que quedó cortada por el muro, y la East Side Gallery, el fragmento más largo que sigue en pie, convertido en muestra de arte callejero con sus famosos grafitis.
Con el visitante low cost masificado aparecieron brotes de turismofobia; y la disneyficación que practican ciertos museos privados o parques temáticos sobre cómo era la vida en la RDA supone la vanalización de un desgarro ciudadano aún por cicatrizar.


sábado, 8 de diciembre de 2018

Merkel 18, Schäuble 0


Merkel cedeix el timó de la CDU a la seva candidata