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jueves, 1 de noviembre de 2007

„Kücük Istambul“, para Lonely




Desde el balconcito


 
Gemma Casadevall

La estadística afirma que Berlín es la mayor ciudad turca fuera de Turquía. Sus 150.000 turcos, más 90.000 habitantes de ascendencia turca ya nacionalizados alemanes lo atestiguan. Es el colectivo extranjero más asentado y su presencia es palpable en casi toda la capital. Desde los barrios con alto porcentaje de población inmigrante, como Neuköln o Moabit, hasta el espléndido Tiergarten, el pulmón verde de la ciudad, que se convierte en barbacoa colectiva de familias turcas en cuanto asoma el sol.
Pero si hay un barrio conocido como „kücük Istambul“, „pequeño Estambul“ es Kreuzberg: oasis alternativo en tiempos del Muro, consolidado luego como una amalgama multiétnica donde la convivencia (aún) es posible. En ningún otro lugar se respira tanto aroma del Bósforo, tanto Döner Kebab en armonía con el „Bioladen“ –tienda ecológica-, tanto bar de copas o clubs de gays compartiendo acera con mujeres turcas tapadas de la cabeza a los pies. Agencias de viajes turcs, bancos turcos y barberías turcas donde se afeita al personal como se haría en Anatolia, frente a frente con peluquerías de diseño; escaparates con trajes de novia „kitch“, del blanco al turquesa o fucsia, junto a tiendas de ropa de marca. Fachadas de finales del XVIII pobladas de parabólicas, entre medianeras de antiguas casas ocupadas plagadas de graffittis.
Es el contraste sin pretensiones, como sus habitantes. Un tercio de sus 147.000 habitantes son extranjeros, en su mayoría turcos. Una inmigración que ha imprimido al barrio su sello. No sólo por la vida anclada en las tradiciones, importada por la primera ola de inmigrantes de los 60, los desfiles de esbeltas muchachas, auténticos figurines, con el pañuelo islámico, o las pandillas de „matones“ de barrio. También hay una generación de jóvenes turco-berlineses, con una personalidad propia, a caballo entre la identidad alemana y la turca, que revitaliza el distrito con un enjambre de locales, desde panaderías a bares y clubes nocturnos. Personajes como los que refleja la multipremiada „Gegen die Wand“ –„Contra la pared“-, de Fatih Akin, rodada en un Hamburgo que bien podría ser „kücük“ Kreuzberg.
Originariamente dividido en dos distritos, el 61 y el 36, el primero es el Kreuzberg más fino, mientras que el segundo es el turco. Kreuzberg quedó fusionado hace un par de años con Friedrichshain y se redistribuyeron sus distritos. Pero, cambios administrativos al margen, para todo kreuzbergiano sigue habiendo dos Kreuzberg. La explicación arranca de las décadas en que el Muro partió la ciudad, del 1961 al 1989. El 36 quedó encorsetado entre tres barrios del sector comunista, Friedrichshain, Mitte y Treptow, con una única salida al oeste. El 61 quedó de lleno en el lado occidental. El 36 o SO36 –„Südost 36“- se convirtió en zona algo minusvalorada y de alquileres bajos. Ello atrajo a estudiantes alternativos, artistas sin recursos, visionarios y „okupas“ y también a la primera oleada de la laboriosa inmigración turca. Ahí siguen. Tanto los ex-sesentaochistas, ahora convertidos en inquilinos o hasta propietarios legales, como la inmigración.
Una calle, la Bergmannstraße, concentra la vida del Kreuzberg dicho elitista, el 61; otra, la Oranienstraße, es la arteria principal del 36. La convivencia en el Kreuzberg turco es posible, aunque un par de cifras apuntan a que no todo es armonía. Un 20 por ciento de paro, porcentaje que aumenta al 35 por ciento en la población extranjera, etiquetan al barrio de „socialmente conflictivo“. Algunos medios, como el semanario „Der Spiegel“, lo han llamado del Bronx berlinés. No hay para tanto. Kreuzberg es tranquilo, sólo hay que evitar un par de puntos. Por ejemplo, el submundo bajo la estación de metro de Kottbusser Tor, Kotti, la cara más fea y marginal del barrio.

Oranientraße, el epicentro
La mejor manera para llegar al corazón del S036 es la línea U-1 del metro, el U-Bahn. Tres estaciones elevadas, la citada de Kottbusser Tor, más las siguientes de Görlitzer Bahnhof y Schlesisches Tor, delimitan la ruta a seguir. Si se parte de Schlesisches Tor se desemboca en „Bagdad“, uno de los más populares chiringuitos de „Döner Kebab“, „Lahmacun“ o pizza turca y especialidades orientales. Si se baja en Görlitzer Bahnhof se está a un paso de „Advena“, en la Wienerstraße, uno de esos locales turcos de la modernidad, arquetipo de local para todo, donde se puede desayunar, almorzar, cenar o tomar copas. Y si se opta por Kottbusser Tor, lo mejor es ir directamente a la Oranientraße, donde el olor a curry indio se mezcla con el falafel y la „bulette“ berlinesa.
En la mezcla está el encanto de Kreuzberg, más barato además que los barrios de la modernez Prenzlauerberg, Mitte o Friedrichhain-.
Que un local sirva tapas o pizzas no significa que sea español o italiano. Detrás del mostrador puede haber un turco o un libanés, no importa. Tampoco todos los „turcos“ proceden de Turquía, puede tratarse de un iraquí. Confundir un turco con un árabe le delata a uno como ajeno al barrio.
La Oranienstraße, concretamente los alrededores del club llamado justamente „SO-36“, es el epicentro. Marca la pauta la Heinrichplatz, envuelta en cafés como „Bateau ivre“, exponente de la mezcolanza absoluta, o el mismo „SO-36“, donde se alternan las noches de público gay, los bailes de salón con los conciertos de „türk pop“. Ya casi al cabo de la calle, junto a Oranienplatz, se encuentra uno de los clubs de los germano-turcos de hoy, „Bar 39“, y para quien necesite un café-tentempié, el „Smyrna Kuruyemis“.
Si hay tiempo, es aconsejable pasarse por una de sus calles adyacentes, la Dresdenerstraße, una sucesión algo menos multitudinaria de bares turcos de toda la vida, sólo para hombres e iluminados con fosforescentes, con coctelerías como „Würgeengel“ -„El ángel exterminador“-.
Sobre todo: no olvidarse de pasar martes o viernes por el mercado al aire libre de la Maybachufer, un festival de frutas, verduras y todo tipo de productos turcos. Esta visita, seguida de un paseo por el canal que cruza el barrio, el Landwehrkanal, con sus grupos de petanquistas y gente de todo tipo saboreando el aire libre es uno de los placeres gratuitos del Kreuzberg de las maravillas.
El visitante que quiere zambullirse en el Kreuzberg más turco sin andar, tiene su tesoro en el Prinzenbad, la piscina pública al aire libre. Todo un microcosmos, más elocuente que cualquier ensayo sociológico. Entre las ocho y las once de la mañana, sus dos piscinas de 50 metros son feudo de madrugadores bañistas y fiel clientela de jubilados alemanes. A más tardar a la doce se llena a rebosar de grupos de muchachos y muchachas turcas o de sus familias enteras. Las piscinas de nadadores y la destinada al chapoteo infantil se convierten en un estrépido de chapuzones, cualquier intento de nadar un par de largos es una hazaña entre bombardeo de chicos y chicas lanzándose al agua. De nada sirve que el „Bademeister“ –vigilante- se desgañite por megafonía recordando que está prohibido. Prinzenbad está siempre al punto de desbordamiento, aunque no es tan caótico como parece. El orden, incluido el germano-turco, existe.
Y, finalmente, si alguno quiere visitar una mezquita, lo mejor es desplazarse hasta el gran templo de Columbiadamm, entre Kreuzberg y Neuköln, vecino al viejo aeropuerto de Tempelhof. El visitante es bien acogido –siempre que se sujete a las normas de comportamiento del templo musulmán-. Algo que no encontrará en las mezquitas semiescondidas en algún patio de vecinos de Neuköln, controladas por escuelas coránicas de corte fundamentalista.

Dos citas: 1 de Mayo Revolucionario y Karneval der Kulturen

La cita más identificada con Kreuzberg es el Primero de Mayo Revolucionario. Durante veinte años, ahora con menor virulencia, ha sido sinónimo de batallas campales entre izquierdistas, „autonome“, turcos con ganas de bronca o alborotadores contra recios antidisturbios. Durante todo el día, la Oranienstraße y la Mariannenplatz son una fiesta, gratis y en la calle, con escenarios múltiples donde se intercalan hip hop, salsa, grupos turcos o viejos roqueros, como los legendarios „Ton, Steine, Scherben“ desenfundando el himno revolucionario del barrio: „Macht kaputt was euch kaputt macht“ –„Romped lo que os rompe a vosotros“. Si uno se atiene a la regla de retirarse al caer la noche –y volar la primera pedrada- habrá disfrutado de lo mejor de Kreuzberg.
Absolutamente pacífica, coincidiendo con el Puente de Pentecostés, es el Karneval der Kulturen –„Carnaval de las Culturas“-, consagrado a mostrar las 180 nacionalidades que conviven en Berlín. A pleno sol o bajo la lluvia, Kreuzberg se pone a rebosar ante la caravana de tractores engalanados, grupos y desfilantes a pie. Kreuzberg, el turco o el elitista, demuestran ahí hasta qué punto son acogedores anfitriones para el millón y medio de personas que se acercan al barrio.


Un despiece judío, en Lonely


El Museo Judío, imponente testimonio de una minoría


De los 177.000 judíos que vivían en Berlín en 1930, antes de la llegada de Hitler al poder, apenas quedaban 6.000 al fin de la II Guerra Mundial. Unos 50.000 murieron en el Holocausto, el resto fue expulsado o huyó a tiempo. Hoy la capital alemana vuelve a tener la comunidad judía más numerosa del país, con 12.000 miembros, un 80 por ciento de los cuales llegaron tras la caída del Muro procedentes del Este de Europa.
Numéricamente es una minoría, pero su presencia es tan imponente como monstruoso fue el Holocausto. Dos construcciones recientes plasman ese capítulo de la historia: el Museo Judío, en Kreuzberg, y el monumento a la víctimas del Holocausto, junto a la Puerta de Brandeburgo.
El primero, inaugurado en 1999 como edificio aún vacío y convertido en exposición dos años después, es hoy uno de los museos más visitados de Berlín, con un cómputo de cuatro millones de personas. Es un impactante edificio obra de Daniel Libeskind, con fachada de zinc y en forma en zigzag, semejando una estrella de David truncada.
El otro gran imán para el visitante es el monumento a las víctimas del Holocausto, un laberinto de 2.711 bloques de hormigón sobre un solar de 1.900 metros cuadrados, diseñado por el arquitecto estadounidense Peter Eisenman como un lugar de entrada franca, a todas horas del día y de la noche, e inaugurado en mayo de 2005.
El Museo Judío queda en un extremo de Kreuzberg, a unas manzanas del centro, y el monumento de Eisenman está en la zona de mayor afluencia turística de Berlín.
La vida interna de ese colectivo se concentra, sin embargo, en el barrio de Charlottenburg, en el oeste, donde está la sede de la Comunidad Judía, y en Mitte, en el este. Ahí se encuentra la hermosa Nueva Sinagoga, que acoge en su interior el Centro Judaicum.
Hasta 500 puntos, entre templos, monumentos, cementerios, placas conmemorativas u otros recordatorios evocan la historia de esa comunidad. Pero tal vez uno de los testimonios más elocuentes son los adoquines de bronce que salpican las aceras de la ciudad, con un nombre y las fechas de nacimiento y muerte de los berlineses deportados, ante la casa donde vivieron. Es una iniciativa del artista Günter Demnig, que hasta ahora ha colocado unas 5.000 placas.