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lunes, 3 de abril de 2017

Desde el Hotel Quito, de Quito

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Lenín perpetuará la “Revolución Ciudadana “de Correa.


Al final todo fue más rápido de lo que se esperaba. Lenin Moreno, el sucesor planificado por el presidente ecuatoriano Rafael Correa, se proclamó ganador de las elecciones presidenciales ante la multitud que le esperaba ante su cuartel general de Alianza País, sin esperar el anuncio oficial del presidente del Consejo Nacional Electoral (CNE), Juan Pablo Pozo. “Hemos ganado (…) no hay más que mirar la cara del candidato opositor “, afirmó, alrededor de dos horas después de cerrar los colegios electorales y abrirse las urnas.
Guillermo Lasso, el derechista líder opositor, se le había avanzado y, al difundirse los primeros boca de urna que le daban a él como ganador, lanzó una serie de tuits triunfalistas desde su cuenta en esa red social. Fueron unas dos horas de fuego cruzado entre las respectivas encuestadoras -la oficialista, que daba la victoria a Lenín Moreno; la opositora, que lo hacía a favor de Lasso-. Una vez más, se confirmó que no hay que darles mucho crédito a los datos precipitados, que finalmente parecen servir de “aperitivo“para que los medios de comunicación o los interesados en sembrar incertidumbres tengan de qué hablar hasta que surgen proyecciones más fiables, por la vía del conteo rápido, o resultados oficiales.
Con el 88 % de los votos escrutados, Moreno había obtenido un 51 %, mientras que Lasso quedó en un 49 %, eran los datos de la web de la CNE con los que el aún presidente Correa salió a la sala de prensa del Hotel Quito, donde el presidente y su equipo esperaba resultados, para avanzar la victoria del oficialismo. Le siguió unos minutos después la mencionada aparición del “candidato Lenín”, entre el estadillo de júbilo de los suyos y una actitud desafiante hacia su contrincante. Apremió al líder opositor a admitir su derrota, tras atacar a la encuestadora “pagada por el Banco de Guayaquil“-es decir, el que dirigió Lasso- que, según él, manipuló su boca de urna.
Pozo, en el tramo final hasta la elección un comunicador omnipresente e infatigable, quedó de pronto relegado por las prisas de Alianza País por proclamar su victoria. La noticia estaba dada, por vía de Correa y de Moreno, con los datos de la web en la mano. Luego vino la confirmación por el sistema de conteo rápido. Casi a las nueve de la noche, Pozo leyó su primer boletín, con el 94 % de los votos escrutados: 51,07 % para Moreno, 48,93 % para Lasso.
Faltaba, aún, el siguiente gran pronunciamiento de la noche electoral: el de Lasso. El candidato oficialista había proclamado de antemano su desconfianza hacia el CNE. Y llamado a “tomar la calle“ en caso de que le “robara“ la elección la “dictadura del partido único“ que, según él, es el aparato de Correa. Con las cifras de Pozo, tuiteó su determinación a no dejarse arrastrar por “provocaciones“. Y a defender los votos “de forma democrática“ y con “firmeza“.
Los alrededores de la sede de la CNE, como otros puntos álgidos, se habían blindado en un amplio perímetro por temor a que la toma de la calle, o al menos del edificio central de la autoridad electoral, se materializara.
Mientras en Quito, Correa y Moreno festejaban ante los suyos, en Guayaquil Lasso anunció que presentarán impugnaciones en las 24 provincias del país, amparado en irregularidades detectadas en algunas actas. CNE tiene ahora la pelota en el tejado; OEA y restantes observadores internacionales, también.
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Gemma Casadevall

Periodista de EFE y de Deutsche Welle. Especialista en Observación Electoral.

viernes, 31 de marzo de 2017

A la salud de Juan Pablo

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[Ecuador] El CNE ecuatoriano, un “guardián” que marca la diferencia

“No espero de ustedes una mesa de aplausos, sino de críticas y sugerencias “, saludó Juan Pablo Pozo esta semana a los observadores internacionales que seguirán el ballotage ecuatoriano. “Una elección debe ser una oportunidad pacificadora “, en palabras del presidente del Consejo Nacional Electoral (CNE), de 38 años y en el cargo desde 2015. Él mismo fue observador por media América Latina y considera esa presencia internacional determinante para evaluar si en una elección, se respetó “la voluntad del pueblo“ y que sus resultados así lo plasman.
Nada que ver con su homónima venezolana, que dirige el CNE desde tiempos de Hugo Chávez, Tibisay Lucena. No sólo porque Caracas considera la observación internacional una “injerencia “, sino sobre todo porque ese organismo más que actuar de “guardián“ del voto, parece consagrado, bajo la presidencia de Nicolás Maduro, a evitarlo.
Pozo invitó a seguir los comicios a la Organización de Estados Americanos (OEA), a la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) y restantes organizaciones que, como Transparencia Electoral para América Latina, despliegan a sus observadores por todo el país.
El gobierno de Rafael Correa no sigue la pauta de la Venezuela de Nicolás Maduro, por mucho que a sus respectivos organismos electorales la oposición les tache de oficialistas. Los informes coincidentes tras la primera vuelta constataron que fueron unos comicios limpios, con algunas “inconsistencias “, no susceptibles de “haber alterado deliberadamente el proceso “, en terminología de la OEA. La CNE fue un buen “guardian de la voluntad del pueblo “, concluía la organización que dirige Luis Almagro, cuya misión en Ecuador encabeza el expresidente dominicano Leonel Fernández.
Un tono lógicamente diplomático, de acuerdo a lo habitual, que contrasta con la crispación entre los dos rivales, en la recta final ante la elección. El opositor Guillermo Lasso, líder de “Creando Oportunidades “, no deja pasar un día sin denunciar lo que califica la “dictadura de un partido político único“y llamando a sus seguidores, desde twitter, en mítines o en los medios, a “tomar la calle“, en caso de que el CNE pretenda “robarle“ la victoria. El oficialista Lenín Moreno, vicepresidente de Correa entre 2007 y 2013, contraataca alertando contra el “candidato de los banqueros “, en alusión a quien fue presidente del Banco de Guayaquil, el mayor de Ecuador.
A Moreno se le atribuye un abuso masivo de los medios oficialistas; a Lasso se le vincula con cuentas “offshore “en el paraíso fiscal de Panamá.
Desde la CNE se recibe a la observación internacional entre llamadas compartidas a no dejar que la violencia manche la elección democrática. Ecuador decide este domingo; la maltrecha Venezuela se desangra.


Gemma Casadevall

Periodista de EFE y de Deutsche Welle. Especialista en Observación Electoral.

lunes, 20 de marzo de 2017

Conteo a mano y sin complejos

Bildergebnis für noticias electorales         El lápiz rojo holandés

jueves, 16 de octubre de 2014

Ya despidiéndonos


[Bolivia] El papelón del TSE y la victoria de Evo


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por Gemma Casadevall
Al final, hasta el propio Evo Morales sintió algo de vergüenza ante el chaparrón de críticas sobre el Tribunal Supremo Electoral (TSE), el órgano judicial que, al decir de la oposición, no guarda la distancia debida respecto al poder. „Existe preocupación por la situación del TSE“, admitía el reelecto presidente, tres días después de dejarse aclamar desde el balcón de la Plaza de Murillo por los suyos y, por extensión, en ocho de los nueve departamentos de Bolivia, incluido, por primera vez, en el próspero Santa Cruz.
La mala gestión del TSE fue un feo lamparón a lo que hubiera sido la victoria perfecta para el Movimiento al Socialismo (MAS) de Morales, el pasado 12 de octubre. No solo recordaron en un comunicado, a eso de las 17.00 del domingo electoral, una hora después del cierre de las votación, que estaba prohibido transmitir bocas de urna hasta las 20.00 -hora prevista para su primer boletín de resultados parciales oficiales-. Encima, llegada esa hora, en lugar de resultados hicieron desfilar a los observadores más solícitos a expresar que todo había ido bien, que Bolivia había votado de acuerdo a los parámetros democráticos.
Los medios nacionales e internacionales presentes en el Hotel Radisson de La Paz -su centro de operaciones de esa noche- se lanzaron a dar por buenos los porcentajes que arrojaban las principales televisiones, públicas o privadas. Unas tres horas después quedó claro que tampoco cumplirían con su compromiso de ofrecer resultados al 70 %, como había anunciado la presidenta del gremio, Wilma Velasco. De pronto, sin mediar el menor comunicado, levantaron el campamento en el Radisson. No habría resultados, ni esa noche electoral ni al día siguiente, por problemas „logísticos“, argumentaron el lunes. Un hacker -como el que la víspera de los comicios había deslizado en la televisión pública que Evo había sido víctima de un atentado-, ineficacia, irregularidades difíciles de explicar: muchas fueron las explicaciones que circularon esa noche electoral, mientras el MAS extendía su fiesta, de punta a punta del país -excepto Beni, el única departamento que se resistió a la fuerza del exlíder cocalero.
Evo salía a su balcón en el mejor estilo de un Hugo Chávez, en el de Miraflores, el 2012. La desarmada oposición aceptaba su derrota. Y los medios difundían, amplificados por las redes sociales, unas boca de urna casi clónicas con los sondeos difundidos en la recta final hasta las presidenciales. Incluso los líderes de la región y de fuera de ella -el venezolano Nicolás Maduro a la argentina Cristina Fernández, los aliados del alma, pero también conservadores como el español Mariano Rajoy- mandaron sus felicitaciones a Evo por una reelección que se daba por segura desde semanas atrás. Evo había ganado de nuevo, como no podía ser de otra manera. Quién, si no.
El presidente festejó, la oposición reconoció, los medios difundieron y los felicitantes felicitaron, sin una sola cifra oficial en la mano. Qué habría pasado sin, en lugar de esa victoria sobrada que se le presuponía se hubiera dado un empate? La misma OEA, convertida en esas presidenciales en una especie de aliado para la fiabilidad democrática del proceso, expresó el lunes postelectoral, en términos exquisitamente democráticos, como siempre, pero contundentes, su preocupación por la extrema lentitud del TSE.
„Aquí, en América Latina, cada país se ha trazado su propia vía hacia su pleno desarrollo democrático. Y el proceso de Bolivia, desde mi punto de vista, se ajusta al correcto desarrollo de su vía democrática“, declaraba Álvaro Colon, expresidente de Guatemala y jefe de la misión de observación electoral desplegada por la OEA, a primera hora del domingo electoral, durante su visita a la Escuela Guaqui del barrio de Alto Lima, de la ciudad de El Alto.
Evo sabía lo que se hacía cuando invitó a grandes y menos grandes organismos de observación internacional a seguir esas presidenciales. Cada una de las elecciones o referéndums han llevado encima el síndrome de la sospecha, por mucho que tanto la OEA como la UE garantizaron, ahora como en el pasado, su pulcritud. Su gran amigo y aliado Hugo Chávez no autorizó tutelajes extranjeros -menos aún de la „enemiga OEA“-. El boliviano, en cambio, demostró una vez más su habilidad para jugar a muchas bandas al dar la bienvenida a los 200 observadores de diversas organizaciones -amigas o menos afines- al país.

Se dio por cierto el 59,5 % para el MAS difundido por los boca de urna, lo mismo que el 24 % de su directo „perseguidor“, Samuel Doria Merino. Desde el balcón de la Plaza de Murillo, Evo brindó su triunfo a Fidel Castro y Hugo Chávez, como tenía que ser -y no a Raúl Castro o Maduro, representantes de un marasco económico con el que Evo no quiere verse identificado.
Doria Merino perdió por tercera vez ante Morales; el tercero en liza, el expresidente Jorge Quiroga, encajó su segunda derrota -con un 9 %, además-. E presidente se había colocado entre el primer porcentaje con que llegó al poder -el 53,72 % de 2005- y el de su reelección -un 64,2 %, en 2009. Los otros dos rivales alternativos -Juan del Granado o Juan Sin Miedo y el verde Fernando Vargas- no contaron en los sondeos y tampoco lo hicieron en las urnas.
Nadie dudó de los boca de urna. Por qué iban a hacerlo? Quién, si no, podía ganar esa elección. Morales representa el auge económico en un país que sigue siendo pobre, pero donde se redujo de un 28 % a un 18 % la pobreza extrema y donde se reportan índices de crecimiento anuales por encima del 5 % mientras los vecinos decrecen. Incluso el Fondo Monetario Internacional (FMI) le reconoce a Evo estos méritos, mientras sus maltrechos contrincantes se presentan desunidos y quemados por sucesivas derrotas.
Quién, si no el aymara Evo Morales, podía ganar esta elección, en un país de población mayoritariamente indiomestiza que hasta su llegada al poder simplemente no „contaba“. El Alto, la mayor concentración humana del país, a 4.080 metros sobre el nivel del mar y con 1,2 millones de personas en su mayoría de raíz indígena, era y es territorio del MAS. Más significativa es, sin embargo, la victoria de Morales en Santa Cruz, que de pronto le dio la espalda a uno de los hombres más ricos del país, el empresario Doria Merino.
¿Quién, si no, iba a ganar esta elección? „El reparto de escaños favorece a los grandes“, denunciaba a DW Armando de la Parra, politólogo y director de la plataforma ciudadana „Voto Informado y Transparente“. Desde su organización se viene clamando contra las fórmulas de reparto de sitios del sistema electoral boliviano. También contra ciertas prácticas dichas autóctonas, como el llamado „voto consensuado“, que hace que las comunidades -o más bien sus líderes- decidan por consenso y en asamblea lo que será el voto de sus integrantes. „Así gana el MAS en muchas comunidades, al dictado de su líder“, dice de la Parra.
„Es una fórmula distinta de entender la democracia. Prima el interés de toda la comunidad, decidido por consenso, frente al voto colectivo“, defiende por su parte Juan Carlos Pinto, exguerrillero y ahora director del Servicio Intercultural de Fortalecimiento Democrático (Sidfe), adscrito al TSE.

Para de la Parra, el proceder del TSE en la noche electoral es exponente de la ineficacia -o dependencia política y hasta corrupción- en que se mueve el cuerpo judicial boliviano. Como el abultado resultado favorable al MAS lo es de un sistema electoral que precipita la acaparación de poder.
Mientras la oposición asimila como puede su derrota, el imbatible Evo Morales recuperaba el lunes su agenda política, sin porcentajes oficiales, pero sin que nadie le disputara la victoria. Quién, si no.
info2casadevall



domingo, 15 de junio de 2014

En Corferias.. a través del IPhone

[Colombia] Santos rompió la maldición uribista



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por Gemma Casadevall
Ahora sí: Juan Manuel Santos rompió no solo con el uribismo, sino también con la maldición electoral más reciente colombiana, según la cual desde la primera victoria de Álvaro Uribe en las urnas -en 2002- solo él o sus “sucesores designados” ganaban una batalla presidencial. Él mismo, Santos, llegó a la Jefatura del Estado en su condición de delfín y exministro de Defensa de Uribe, en 2010, y en la primera vuelta de los comicios, el 25 de mayo, se vio rebasado por el siguiente sucesor del caudillo colombiano, Oscar Iván Zuluaga.
Apenas una hora después del cierre de las urnas, con un 99,7 % de los votos escrutados, la Registraduría daba ganador al presidente y candidato de Unidad Nacional, con un 50,95 %, frente al 45,00 % de Zuluaga, del Centro Democrático tras el cual se encuentra, de nuevo, Uribe. Santos logró sobradamente y por varios flancos sus objetivos. Por un lado, la reelección, apuntalada en los apoyos logrados desde la izquierda y el progresismo -el más importante, el respaldo de la líder de Polo Democrático, Clara López, aunque no de la formación en bloque-. Por el otro, la movilización del elector colombiano al que se atribuye un abstencionismo endémico. La participación subió a un 47,89 %, frente al 39,9 % de la primera vuelta, lo que en un país de voto voluntario y tradición abstencionista se considera casi una hazaña, máxime cuando lo que concurrían eran dos representantes de la derecha. Es decir, derecha contra más derecha, algo disuasorio para parte del electorado.
A la suma de ambos factores -el respaldo de Clara López, con unos dos millones de votos en la primera vuelta, más la movilización o el llamado voto útil contra el uribismo- debe Santos la reelección por otros cuatro años. El presidente dio la vuelta al marcador, después de que en la primera ronda electoral quedase  alrededor de medio millón de votos por debajo del uribista. Ahora, superó a Zuluaga por 907.000 votos. Menos abstención y también menos votos en blanco, nulos o no marcados, otra peculiar forma de expresión del electorado colombiano.
Colombia votó en paz, en los comicios más relajados en los últimos 20 años, según fuentes del ministerio de Interior. A ello contribuyeron los 437.000 uniformados repartidos por todo el país, más el alto el fuego unilateral de las FARC y el compromiso del ELN de no inmiscuirse en la contienda electoral.
También jugó su papel, al decir de algunos analistas, el clima de optimismo y euforia de la victoria, el sábado, de Colombia ante Grecia por 3-0, en el retorno de la selección a un Mundial tras 16 años de ausencia. El país se dejó sumergir en esa alegría depredadora de cualquier otra emoción que es el fútbol y amaneció el domingo aún vestido con la camiseta amarilla. No le pesaron las piernas o no le pesaron tanto como para desistir de acercarse al centro de votación.
Circulaban por Colombia cálculos -por supuesto, no verificables- según los cuales una victoria en el reencuentro mundialista del país  iba a reportarle a Santos 300.000 votos adicionales. No hay cómputos fiables en esa dirección, ni presumiblemente los habrá nunca.
Sí se da por hecho, porque en eso coinciden todos observadores, que el gran mensaje de la elección es el sí al proceso de paz impulsado por Santos con las FARC, en noviembre de 2012, al que ahora se unió el ELN. La elección se planteaba como un sí o un no a ese proceso y, por extensión, con un sí o un no uribismo, enemigo declarado de toda concesión a la guerrilla.
No hizo falta foto-finish para medir la victoria de Santos, dada la ventaja respecto a su rival. Pero tampoco puede darse por enterrado al uribismo. Todo lo contrario. Alvaro Uribe seguirá siendo un rival acechante, desde su reconquistada posición de fuerza tras las elecciones legislativas del pasado marzo. El caudillo implacable sigue en escena. A Santos le espera una fuerte oposición parlamentaria, como sabe mejor que mucho quien compartió bancada gubernamental bajo Uribe.
Al presidente le corresponde ahora lidiar con esa oposición y ahondar en el papel de derechista “light” que ya empezó a desempeñar en cuanto rompió con Uribe, poco después de llegar a la presidencia, en 2010, y que le valió la etiqueta despectiva de su antiguo padrino polítíco de “castrochavista”. Se lo debe a esos importantes votos prestados recibidos del progresismo.
Colombia votó en paz y por la paz, en el sentido de las negociaciones que siguen en La Habana con las FARC y las exploratorias iniciadas con el ELN. El grueso de la región latinoamericana respirará aliviada, porque si algo temían muchos de los países vecinos -y no solo Venezuela- era una Colombia dominada de nuevo por el derechismo oscurantista que representa el ex-presidente y patrón del derrotado Zuluaga.
El venezolano Nicolás Maduro se apresó a felicitar en la noche electoral a Santos y al pueblo colombiano “por haber elegido la paz”. Mensajes parecidos llegaban de El Salvador, Honduras, Bolivia, Ecuador y Perú.
El bloque bolivariano reaccionó al unísono. En las redes sociales se reproducía un mensaje: “Ahora sí, a cumplir con la paz”, en sus distintas formas y variantes, heterogéneo como es twitter y el poliretuiteo. Es el momento de la verdad para el proceso de paz, el vencedor del plebiscito para Colombia y para el conjunto de la región latinoamericana que fue la contienda presidencial.
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sábado, 14 de junio de 2014

El voto del pueblo futbolísticamente satisfecho

[Colombia] Sí o no al uribismo (más allá del Mundial)


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por Gemma Casadevall
¿Vota más -o mejor- un pueblo futbolísticamente feliz? Esta es una de las preguntas intercaladas en la recta final de la segunda vuelta electoral colombiana, este domingo, y ante la cual los analistas no se deciden a aventurar una respuesta concluyente. El portal @lasillavacía enarbolaba este sábado un estudio identificado como “gringo”, según el cual una victoria de la selección de José Néstor Pékerman le daría a a Juan Manuel Santos 300.000 votos adicionales. Por debajo del medio millón de ventaja que le sacó el uribista Óscar Iván Zuluaga en la primero vuelta, pero que unido a un no evaluado factor movilización podía ayudarle a dar la vuelta al marcador.
La selección de Pékerman cumplió con creces su misión -futbolística- y dejó a Grecia, su primer rival, estupefacta bajo el 3-0, con tantos de Pablo Armero, en el minuto cinco, seguidos de los de Teófilo Gutiérrez y James Rodríguez. Hasta aquí la pincelada futbolística de la crónica electoral, en una Colombia que se enfundó la camiseta amarilla, de Bogotá a las zonas rurales, en la teórica jornada de reflexión. Queda por ver en qué se traduce todo eso cuando se cierre la votación, a las 16.00 de este domingo: si hubo la movilización que precisa Santos o si se cayó en la resaca de la felicidad, en una Colombia cuya ley seca entró en vigor al final del partido.
Al margen del factor futbolístico, durante semanas se consideró que la pregunta fundamental ante los comicios se concentraba en el sí o el no al proceso de paz con las FARC -y, tras el anuncio de apertura de negociaciones, también con el ELN- auspiciado por el presidente Santos. Entre la primera vuelta electoral, el 25 de mayo, que dejó al uribista Zuluaga como candidato más votado -con un 29,25 %, frente al 25,69 % de Santos-, y la segunda de este domingo se ha observado un giro dulcificador por parte del aspirante en lo que respecta al diálogo con las FARC. Ya no habla de suspenderlo o cortarlo, sino de reconducirlo fuera del “formato actual, comandado desde La Habana”, especialmente en lo que concierne al controvertido capítulo de la impunidad y la futura vía política de la guerrilla.
Santos ha mantenido su consigna de que en esta elección está en juego la paz;  Zuluaga llegó al fin de la campaña literalmente enfermo -laringitis- y tratando de demostrar que uribismo no es sinónimo de guerra sin fin. Y la conclusión más extendida es que Colombia no decide únicamente entre sí o no al proceso, sino entre el sí o el no al retorno del uribismo en su estado puro. Es decir -para sus detractores- al regreso del caudillo fuerte que trazó un entramado político y económico basado en el oscurantismo, la mano dura, la corrupción y el caciquismo. Para el lado uribista, la victoria de Zuluaga sería el adiós a la etapa de “castrochavismo” traidor que representa Santos, que de ministro y sucesor designado de Uribe pasó, una vez en la presidencia, a romper con la consigna de tolerancia cero hacia la guerrilla para sentarla en la mesa de negociación. Nada menos que en La Habana y, encima, reconciliado con Venezuela, uno de los países facilitadores del proceso -junto con Noruega-, tanto con las FARC como con el ELN.
Es, en definitiva, el sí o el no al uribismo que hasta ahora se impuso en todas las elecciones presidenciales desde 2002. Sea cuando se presentaba el propio Uribe; sea cuando envió en su lugar a un sucesor designado, al no poder optar a la reelección por imperativo constitucional. En 2010 ese sucesor designado se llamaba Santos; ahora es Zuluaga.
f6c9005454f21bedd579d782847951e2Se llega así a este domingo electoral, un día después del debut de la selección del argentino  Pékerman y sin el astro Falcao, con Colombia futbolísticamente enardecida tras 16 años de ausencia de un Mundial. El mismo domingo hay otros tres partidos de alta tensión -Suiza/Ecuador, Francia/Honduras y Argentina/Bosnia Herzegovina-, tres duelos entre la América Latina que siente no puede escapársele el Mundial brasileño frente a la vieja Europa. ¿Habrá tiempo y ganas para acercarse a votar o nos pesarán las piernas?
La abstención alcanzó el 25 de mayo un récord histórico -un 59,9 %- y fue la gran protagonista de la primera vuelta, recordaba días atrás el politólogo Yann Basset, de la Universidad de Rosario (Colombia) en diálogo con Noticias Electorales. Esta fue también la conclusión coincidente de las tres organizaciones de observación internacional presentes en los comicios -OEA, Unasur y Uniore-, asimismo consultadas por N.E. El 25 de mayo fue una especie de ensayo general en que estaba claro, para los sondeos, que dejaría como rivales a la segunda ronda a dos representantes de la derecha. Ahora ya no es un ensayo, sino que se decide el rumbo político de los próximos cuatro años.
Basset, director del Observatorio de Procesos Electorales, establecía desde su portal un paralelismo respecto al comportamiento electoral entre la primera y la segunda ronda no con las últimas presidenciales -de 2010, que ganó Santos por amplia mayoría frente al verde Antanas Mockus-, sino con las de 1998, entre Andrés Pastrana y Horacio Serpa, en que se impuso el primero.
En 2010 aumentó la abstención, así como el voto blanco, el nulo o el no marcaso, entre la primera y la segunda vuelta. Pero ahí se puede atribuir este desarrollo a que ya en la primera ronda se vio que Santos iba a arrasar a su rival, lo que desmotivó al elector, argumenta el analista. La ronda del domingo sí se presenta competitiva, puesto que Santos mantiene sus opciones a dar la vuelta al marcador electoral. Por tanto, la situación sería comparable a la de 1998 -en 2006 y 2002 no hubo segunda vuelta, cabe recordar-, en que se logró una afluencia de 2,5 millones más de votantes respecto a la primera ronda.
La gran opción de Santos para lograr la reelección es movilizar al abstencionista o el llamado voto útil contra el retorno del uribismo. El presidente no ha logrado tejerse unas alianzas sólidas, en tanto que ni Polo Democrático ni Alternativa Verde le respaldan como partidos. Pero sí obtuvo el apoyo personal de algunos de sus líderes -la izquierdista Clara López, principalmente-, que se sumaron a los que ya tenía de antemano en la primera vuelta -como el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro.
Con o sin esos 300.000 presuntos votos adicionales atribuidos a la felicidad futbolera, no está claro si le alcanzará al presidente. Santos no ha logrado rectificar ante la segunda vuelta lo que, a juicio de la mayoría de los analistas, fue su gran error en la primera: centrar todo su discurso, únicamente, en el sí o el no a su proceso e ignorando las restantes grandes preocupaciones del ciudadano medio, sobre todo el urbano, para el que el conflicto con las FARC queda lejos de su realidad diario. Todo depende, de nuevo,  del voto útil a este presidente derechista “light”, al que el izquierdismo y progresismo percibe como“menos malo”.
Para la elección de mañana están convocados 32.975.158 electores, esta vez con dos únicas opciones en su papeleta: Santos, de la coalición Unidad Nacional, y Zuluaga, del Centro Democrático. En suman, dos exministros de Uribe -Zuluaga lo fue de Hacienda y Santos de Defensa-. En la primera ronda acudieron a votar apenas 13,2 millones de electores. El Registrador Nacional, Carlos Ariel Sánchez, en nombre de la autoridad electoral nacional, expresaba estos días su confianza en que la participación aumente incluso un 10 % respecto al 25 de mayo.
Hay instaladas 89.389 mesas, repartidas en 10.642 puestos de votación en todo el país. Desde las 16.00 de la tarde del sábado impera la ley seca; las fronteras terrestres y fluviales estarán cerradas hasta la tarde del domingo y hay desplegados 437.000 uniformados por todo el país. Todo está preparado para un desarrollo sin altercados de los comicios, cuyas urnas se cerrarán a las 16.00 de la tarde del domingo.
A partir de ese momento, se espera la llegada de datos en Corferias, el recinto ferial y centro neurálgico del Registrador en la jornada electoral. Si se repite el ritmo vertiginoso de la transmisión de datos de la primera vuelta, una hora después el Registrador puede anunciar, con resultados irreversibles, el nombre del vencedor de las Presidenciales.

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jueves, 12 de junio de 2014

Entre amigas


[Colombia] “Zuluaga cambiaría los términos y el tiempo del 


proceso. No lo echaría atrás”


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por Gemma Casadevall
Las elecciones presidenciales colombianas se plantearon ya desde la primera vuelta como un plebiscito al proceso de paz con las FARC abierto, en noviembre de 2012, por el presidente Juan Manuel Santos y amplificado, en la recta final para la segunda vuelta, con el anuncio de un diálogo exploratorio con el ELN. La primera vuelta electoral, el 25 de mayo, se saldó con el uribista Óscar Iván Zuluaga como el candidato más votado, con un 29 % -y Santos en segundo lugar, con un 25 %- con un índice de participación bajo mínimos -apenas del 40 % de los casi 33 millones de colombianos habilitados acudieron a votar. Está en peligro el proceso de paz si Santos no logra la reelección? Qué cambiará si regresa al poder la receta de la implacable mano dura contra la guerrilla de tiempos de Álvaro Uribe? Se lo preguntamos a Angelika Rettberg, profesora de Ciencias Políticas y Resolución de Conflictos en la Universidad de los Andes (Colombia) e investigadora invitada de la Fundación Alexander von Humboldt e Instituto Alemán de Asuntos Globales  (GIGA), en Hamburgo.
AR-3 (1)Pregunta.- Unos días atrás, el expresidente del gobierno español, el socialista Felipe González, afirmaba a una emisora de radio colombiana que tras el histórico reconocimiento de las víctimas, uno de los últimos puntos acordados entre el Estado colombiano y las FARC, el proceso de paz había entrado en una vía irreversible. Es así?
Respuesta.- Probablemente Felipe González se refirió al avanzado estado a que se ha llegado en esas negociaciones. Si se alcanzó ese acuerdo respecto a las víctimas, un punto importante y complejo, significa que la agenda del proceso de paz y desmovilización está muy asimilado, también por parte de la guerrilla. En ese aspecto sí puede considerarse irreversible el proceso de paz o al menos muy altamente improbable que se invierta.
P.- Inclusive si el vencedor es el uribismo, es decir, el aspirante Óscar Iván Zuluaga
R.- El discurso de Zuluaga se ha dulcificado mucho en esta segunda ronda electoral, tal vez porque él mismo se ha dado cuenta de lo avanzada que está agenda y del peso, político y social, que supondría tratar de echarlo atrás. Ahora Zuluaga no habla ya de suspender el proceso de paz, sino de una paz “con condiciones”. Es decir, sin el grado de concesiones políticas a la guerrilla planteado por Santos. Es de esperar que, de imponerse sobre Santos, cambiarán los términos y los tiempos de algunos de los puntos. Pero no parece posible que se llegara a una suspensión de las negociaciones.
P.- Cuando hablas de términos imagino que te refieres especialmente a la cuestión de la impunidad o el futuro de los exguerrilleros, una vez desmovilizados, y las heridas dejadas en la sociedad por el conflicto. Crees que sería ventajoso, en cuanto a una mayor aceptación entre la sociedad colombiana?
R.- Colombia tiene mucha experiencia con desmovilizaciones y con participación política de desmovilizados. Eso nunca ha cambiado fundamentalmente el rumbo de las políticas nacionales excepto en el diseño de una Constitución de 1991, donde un tercio de la asamblea estaba integrado por un grupo guerrillero desmovilizado. Ahí si tuvieron un papel importante. Pero, fuera de ese momento, las restantes desmovilizaciones, donde sí hubo concesiones políticas importantes en circunscripciones especiales para permitir la participación de desmovilizados, no afectó mayormente el rumbo político. Por ese lado, se equivocan quienes creen que grandes concesiones llevarían a grandes cambios políticos a escala nacional. Donde sí iba a tener impacto es en las regiones donde las FARC iba a tener poder electoral y donde quieren conservar un dominio, ahora en la administración pública.
P.- Eso nos llevaría a una frase de Santos, en un entrevista a “Der Spiegel”, donde minimizaba el efecto que podría tener la llegada de los exguerrilleros a la política, en el sentido de que difícilmente podrían llegar a sentarse en el Parlamento porque su ideología está trasnochada y apenas encontraría un electorado.
R.- Efectivamente, ellos no han dado el brinco que las izquierdas de otros países sí han hecho en el sentido de proponer un curso progresista a su discurso. Las FARC están muy anclados en el curso de los 60 y los 70 y eso les resta electorado. El gran reto para las FARC es reinventarse y presentarse como un grupo de izquierda vanguardista, que los hay, y apropiarse de discursos de actualidad, como minería, reparación a víctimas, medio ambiente, que en otros países la izquierda muy hábilmente ha incluido en su oferta política.
P.- Para ganar electorado deberían adaptar su discurso….
R.- Totalmente. Si los escuchas, es impresionante lo trasnochados que están.
P.- Sí, de hecho la escenificación de la apertura de la mesa del diálogo, en Oslo, fue un repertorio de dialéctica, como dices, cuando menos trasnochada.
R.- Y aún no han salido de ahí. Lo ves en los comunicados, en todo. Por otro lado imagino que sí se han tomado en serio la necesidad de reinventarse. Más les vale hacerlo, porque la perspectiva de una futura devacle electoral es aún peor para ellos a que la guerra continúe.
R.- Desde la perspectiva internacional, el proceso de paz de Santos tiene mucho prestigio, por los efectos que se le pronostican a escala de la economía nacional y por las repercusiones que tendría en el conjunto de la región. Unos meses atrás parecía que el camino a la reelección iba a ser un paseo para Santos y de hecho hay en marcha proyectos de cooperación internacional a medio o largo plazo, diseñados en función de esa paz. Es ese un argumento para decidir a Zuluaga a no suspender el diálogo?
P.- Sí, él se puede escudar en eso. Es poco probable que él sinceramente quiera romper los diálogos. Él y sus seguidores van a querer modificarlos, pero no suspenderlos. Van a querer salvar la cara, en caso de ganar la elección, y mantener el proceso pero con esos cambios en los términos y los tiempos. Hay una sinergias creadas que le van a facilitar las cosas.
R.- Finalmente, cómo sientes que se percibe ese proceso de paz desde Europa?
P.- Me asombra el poco interés que suscita. No veo que realmente interese mayormente, a Europa y a Alemania en particular. No se le ve en prensa, no se le ve en los foros no relacionados explícitamente con América Latina. Ahora, los pocos que sí se ocupan del tema lo valoran como un paso fundamental que tiene que dar, no solo Colombia, sino el conjunto de la región latinoamericana.
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