Gemma Casadevall Berlín, 25 dic (EFE).- La designación de Jürgen Flimm como director general de la Staatsoper de Berlín ha desatado un pulso entre Salzburgo y la capital alemana por la "posesión" del director y reavivado el debate sobre el futuro de las tres óperas berlinesas.
"No veo por qué voy a quedarme sentado más de lo necesario en Salzburgo", insiste Flimm, en declaraciones a medios alemanes, mientras los responsables del festival de esa ciudad austríaca le recuerdan que está atado por contrato a la casa hasta 2011.
El conflicto entre Berlín y Salzburgo se desató desde que el alcalde-gobernador y responsable de Cultura de la capital alemana, el socialdemócrata Klaus Wowereit, anunció en vísperas de fiestas que Flimm sería el nuevo director de la Staatsoper Unter den Linden.
Wowereit pretende con ello llenar el vacío dejado por Peter Mussbach, quien abandonó el puesto en mayo por desavenencias irreconciliables con el director musical, Daniel Barenboim.
La confrontación de caracteres y conceptos entre Mussbach y el director argentino-israelí se decantó a favor de Barenboim, toda una personalidad en la vida pública berlinesa. Con Flimm parece que las aguas se calmarán, puesto que además de ser amigos saben respetar los territorios respectivos, afirman al menos ambos.
El problema es que tanto Wowereit como Barenboim quieren a Flimm en su puesto en 2010 y que el antiguo patrono, Salzburgo, insiste en que su contrato expira en 2011.

Flimm había comunicado hace unas semanas a Salzburgo que dejaba el festival y considera que su trabajo ahí terminó. De hecho, pretende empezar a ejercer de "asesor" de la Staatsoper en 2009.
Berlín celebra el fichaje de Flimm e incluso el popular diario "Bild" aportaba estos días sus "24 razones" para alegrarse por su llegada, que van desde su reputación de gran gestor a cuestiones menos relacionadas con la ópera, como su afición al fútbol.
Las prisas de Wowereit por hacerse con el talento gestor de Flimm se centran en el sólo hecho de que el próximo año será crucial para la Staatsoper, ya que se decidirá su remodelación en profundidad.
A Flimm se le puso sobre la mesa un contrato por cinco años, que son los que durarán los preparativos, obras y posterior reapertura de la Staatsoper con nuevo brillo y esplendor.
Mientras se realice esa remodelación, que afectará a todo su auditorio y escenario, la programación se trasladará al Schiller Theater, en el antiguo sector oeste de la ciudad.
Ello significa que, durante tres años, convivirán en vecindad las dos grandes óperas de Berlín: la Staatsoper y la Deutsche Oper.
La Staatsoper de Flimm y Barenboim es la clásica, que quedó en el sector este con la construcción del Muro que partió la ciudad; la Deutsche Oper se levantó en los años 70 en el oeste, para no dejar al sector occidental sin esa oferta cultural.
Desde la reunificación, en 1990, es tema recurrente hasta qué punto sigue necesitando una ciudad deficitaria como es Berlín tres óperas -es decir, junto a la Komische Oper, también en el este-.
Los directores generales respectivos han defendido hasta ahora con éxito su independencia, con el argumento de que pocas capitales del mundo pueden presumir de tan rica oferta musical.
La Staatsoper afrontará la mudanza a un domicilio provisional reforzada con el tándem Barenboim-Flimm. La Deutsche Oper, en cambio, afronta los peligros de la vecindad con el futuro incierto.
Su directora general, Kirsten Harms, sufrió un aparatoso resbalón dos años atrás, al retirar de programación "Idomeneo" por miedo a atentados del mundo musulmán a la presencia de un Mahoma decapitado.
La retirada desató un escándalo político de quienes recordaron que la cultura no puede ceder a este tipo de amenazas. Harms recapituló y re-estrenó la ópera de Mozart, pero sigue sin convencer su gestión ni tampoco la producciones que firma como directora escénica, como un reciente "Tannhäuser" de Richard Wagner.
El contrato de Harms expira en 2011 y Wowereit ha dejado en el aire si se lo renovará. Mientras la Staatsoper lucha por Flimm, la Deutsche Oper no sabe quién defenderá sus intereses cuando éste haya desembarcado con su amigo Barenboim en el vecindario. EFE
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