jueves, 12 de marzo de 2009

Aktion T-4

Museo Judío recupera la voz de las víctimas de la eutanasia nazi

 

Gemma Casadevall

Berlín, 12 mar (EFE).- El Museo Judío de Berlín ha recuperado la voz de las víctimas del programa de eutanasia nazi, a través de una exposición que recorre el delirio racista del Tercer Reich y su clase médica cómplice e invita a reflexionar sobre los límites éticos de la genética actual.

El caso de Martin Bader, zapatero remendón, pone rostro a lo que fue el destino compartido por las 210.000 víctimas de la "Aktion T-4", el plan de exterminio del Tercer Reich para inválidos, débiles mentales o pacientes afectados por enfermedades genéticas.

Bader no padecía ninguna dolencia congénita, pero había quedado inhabilitado para el trabajo como consecuencia de una gripe contraída ya adulto, que degeneró en Parkinson.

"Su diario, sus cartas y las actas médicas desde que ingresó en el centro de Bad Schussenried hasta que le trasladaron a las cámaras de la muerte de Grafeneck se convirtieron para mi en la voz del padre que murió", explicó a EFE Helmut Bader, el hijo de la víctima, quien ha participado en la elaboración de la muestra.

Bader tenía un año cuando su padre ingresó en los ficheros de la medicina nazi, en 1934, un año después de la llegada de Hitler al poder. De las consideradas revisiones de rutina iniciales pasó al ingreso en Bad Schussenried y luego el traslado al lugar donde moriría, en Grafeneck (sur de Alemania).

"Sus cartas me devolvieron al hombre jovial que fue y cuya vida quedó a manos del T-4", explicó su hijo. El programa de eutanasia nazi, orquestado entre 1940 y 1941, tomó ese nombre del domicilio donde se fraguó, en la Tiergartenstrasse número 4 de Berlín.

"Fue la continuación del programa de esterilización forzosa emprendido por Hitler inmediatamente después de llegar al poder. O una estación intermedia del exterminio masivo de Auschwitz", indicó Margret Kampmeyer, comisaria de la muestra.

La exposición, titulada "Medicina mortal. La obsesión por la raza del nacionalsocialismo", toma el material ya exhibido por el Museo del Holocausto de Washington, ampliado con los documentos de esas víctimas y "desposeído de la escenificación de esa muestra, más emocional y concebida para el público americano", indicó Kampmeyer.

Sobria, sin dramatismos, la exposición berlinesa traslada al edificio en zigzag obra del arquitecto Daniel Libeskind lo que empezó como programa de "higiene étnica" y desató el genocidio.

Unas 400.000 personas, mujeres, niños y hombres adultos fueron sometidos a la esterilización forzosa, sea por padecer enfermedades genéticas o por favorecer la 'arianización' del Tercer Reich.

A este colectivo siguieron las víctimas del T-4, programa que Hitler no llevó a sus últimas consecuencias. Se interrumpió en 1941 "dado que las víctimas no eran únicamente judíos, sino también ciudadanos arios, lo que generó presión social", dijo Kampmeyer.

La presiones de la iglesia, entre otras, y el miedo a que "a los enfermos mentales siguieran simplemente los viejos" hicieron dar marcha atrás a Hitler. Aparentemente, al menos, ya que en realidad había puesto en marcha su plan de exterminio masivo.

La muestra recupera las teorías de la eugenesia y sus pioneros alemanes, así como el concepto de política familiar nazi, y deriva luego en Auschwitz y los monstruos de la clase médica, como Josef Mengele y sus experimentos letales con niños gemelos, a ser posible gitanos.

Sus salas ilustran no sólo planes secretos, como el T-4 o Auschwitz, sino también campañas públicas, como los "diez mandamientos" para una buena elección del cónyuge.

Algunos de los mandatos harían sonreír -"casarse sólo por amor", puesto que a mayor felicidad mejor funciona la procreación-, de no ir acompañados de otros dónde queda la intencionalidad racista: hay que elegir a un alemán o al menos un nórdico, puesto que toda mezcla de razas implica distorsión en el objetivo de pureza aria.

"Cuando leemos que en tal o cual clínica de EEUU se investiga para que los padres puedan seleccionar el color de piel u ojos de sus hijos deberíamos dar la alarma. No son nazis. Pero la genética actual necesita también sus límites éticos", dijo Cilly Kugelmann, directora del programa de exposiciones del Museo Judío berlinés.

El cartel que ilustra la exposición muestra el catálogo del color de ojos elaborado en 1910, mucho antes de la llegada de Hitler al poder, por médicos alemanes. EFE

gc/ik

(fotos)

jueves, 5 de marzo de 2009

Paladeando la cicatriz


Neues Museum regresa a su Isla y convierte en bellos los estragos del tiempo

 

Gemma Casadevall

Berlín, 5 mar (EFE).- La Isla de los Museos de Berlín completó un largo proceso de revitalización con la presentación hoy del Neues Museum, la última de sus piezas que seguía cerrada y que el arquitecto David Chipperfield ha convertido en monumento a los estragos del tiempo.

El genio del arquitecto, combinado con la majestuosidad de los museos vecinos -Pergamon, Altes Museum, Bode y Alte Nationagalerie-, lograron rescatar con toda su belleza un edificio comido por las bombas de la Segunda Guerra Mundial, y darle la dignidad precisa para alojar de nuevo a Nefertiti, la Reina del Nilo.
Lo que quedó, quedó. Lo que se vino abajo, se sustituyó por piedra nueva y blanca, rectas columnas, suelos de madera y estructuras de acero. Nada de rellenar huecos con imitaciones de materiales pasados ni recomponer mosaicos destruidos por las bombas.
Este es el concepto aplicado por Chipperfield a una remodelación que deja al aire las cicatrices del tiempo y no tapona siquiera los balazos que quedaron en sus paredes.
El edificio, construido en 1843 según los planos de Friedrich August Schüler, fue parcialmente destruido por dos bombardeos, en 1943 y 1945. Las autoridades germano-orientales lo dejaron tal cual, en los años de la división de la ciudad.
Ahora, bajo el prisma de Chipperfield, reabrió sus puertas para completar la Isla de los Museos, el mayor proyecto de recuperación museística llevado a cabo desde la Caída del Muro, en 1989.
El Pergamon y el Altes Museum, dos clásicos, se habían mantenido en funcionamiento pese a las obras de restauración exterior -cuya última fase se prolongará hasta 2026. Los más dañados, como la Alte Nationalgalerie y el Bode, fueron reabiertos en 2001 y 2006.
Ahora le llegó el turno al Neues Museum, cerrado desde 1939, cuando el Tercer Reich decidió trasladar a lugar seguro sus colecciones, incluido el bello busto de Nefertiti.
"Tras once años de trabajo y confrontación con la historia, me llegó la hora de devolver las llaves. Voy a hacerlo a disgusto", admitió Chipperfield, ante la entrega protocolaria de llaves al alcalde-gobernador de la ciudad, Klaus Wowereit.



Suya es la rectilínea escalinata que sustituye a la que levantó Schüler -sobre cuya tribuna quedó instalado el busto Nefertiti-, destruida por el incendio desatado por los bombardeos de 1943.
De los tiempos de Schüler se conservó en cambio la cúpula del ala norte, donde ahora se colocará de nuevo a la Reina del Nilo.
Por las tres plantas del museo se distribuirán las restantes piezas de la colección de arte, sarcófagos, relieves, joyas y papiros egipcios, durante años alojadas en domicilios provisionales.
La recuperación total del Neues Museum se hará esperar unos meses. A la presentación hoy seguirán tres días de puertas abiertas, animadas por la coreografía de Sasha Waltz.
Luego cerrará de nuevo, para preparar el traslado de Nefertiti bajo la cúpula. La exposición se abrirá en octubre, en lo que será el fin de un tortuoso viaje de la Reina, a sus 3.300 años de edad.
El busto más bello del mundo, a decir de algunos, fue descubierto el 7 de diciembre de 1912 por el arqueólogo alemán Ludwig Borchardt en unas excavaciones en el valle de Amarna, entre Luxor y El Cairo.
Primero fue presentada en sociedad en el mismo Neues Museum al que ahora regresará. Luego, en los años 30, estuvo a punto de regresar al Nilo, ante las exigencias de restitución de Egipto.
Hitler se opuso a devolverla. Oportunamente se la escondió en una mina de Turingia (este de Alemania) mientras caían las bombas sobre Berlín y ahí la encontraron las tropas estadounidenses.
En los años 50 fue exhibida en las afueras del sector americano, a partir de 1967 se la alojó en otro museo del lado occidental, en el barrio de Charlottemburg, donde se quedó cuatro décadas más.
En 2005 empezó otro periplo de domicilios provisionales, desde el futurista Kulturforum, compartiendo espacio con una instalación de neón, hasta el edificio prusiano del Altes Museum.
El último traslado de nuevo al Neues será de apenas 500 metros y sin salir ya de la Isla, donde reaparecerá con su inalterable sonrisa, bajo la nueva luz que ha dado al museo Chipperfield.
La remodelación del Neues costó 200 millones de euros (251 millones de dólares), del total que 1.000 millones (1.256 millones en dólares) invertidos en toda la Isla de los Museos. Chipperfield entregó hoy simbólicamente las llaves, aunque tiene pendiente de culminar una estructura, que comunicará por el exterior el Neues y un ala del Pergamon y que estará lista en el 2011. EFE
gc/nvm/dm

(con fotos)

domingo, 1 de marzo de 2009

Crónica 2, abril/junio 2009


Rothko en conversación con Giotto y Nefertiti




Gemma Casadevall


„En ninguna otra capital del mundo se siente tanto la historia como en Berlín“,  solemos decir los berlineses de adopción al visitante. Berlín ha convertido en imán las cicatrices de la historia en alternancia con el futuro. Y el diálogo entre el pasado y el presente, extrapolado de lo alemán a lo universal, parece haberse contagiado también de algunas de sus exposiciones.
El paseo del visitante por la primavera artística berlinesa empieza en la Gemäldegalerie, la pinacoteca enclada entre el futurista Kulturforum. Mark Rothko dialoga con su venerado Giotto, en una exposición volcada a evocar la vinculación anímica, a través de los siglos, del abstracto generador del „Color Field Paintings“ y un Fra Angelico que ni sabe ni padece de tal fascinación. La pinacoteca se lanza sin reparos a tal diálogo, después del fiasco con que cerró en febrero la vecina Neue Nationalgalerie su intento de hacer hablar a las penumbras de Paul Klee con el mundo de colorines de Jeff Koons.
Por si la conversación entre Giotto y Rothko acaba en nada, la pinacoteca apuesta paralelamente por lo inalterable e inaugura, con la llegada de la primavera, algo sin fisuras: „Los maestros von Flémalle y Rogier van der Weyden“.
Paseando un trecho más, en dirección oeste, el visitante se reencuentra con otro talento dialogante: Alberto Giacometti, en el Käthe Kollwitz Museum. A las estilizadas esculturas del suizo se las vio el pasado invierno conversando con Nefertiti, en el Altes Museum. El busto de Annette Arm, la musa con la que se casó Giacometti, habló ahí largo y tendido con Nefertiti. „El hombre que marcha“ se impuso sobre una esculturita de madera de diez centímetros y un total de otras diez piezas desarrollaron el diálogo sin complejos de Giacometti, alias el Egipcio, con la vasta colección de piezas originarias del Nilo. En el Käthe Kollwitz, Giacometti no viaja tan lejos. Su interlocutor ahí son las esculturas de Walter Moroder, cobrando sentido a través de los trazos del suizo.
A Nefertiti le importará poco que le hayan arrebatado la compañía de Annette Arm. Fue un lapso pírrico para una reina con 3.300 años encima,  impertérrita, a la espera de que se la reubique. Desde que en 1912 diera con ella el arqueólogo alemán Ludwig Borhardt, entre Luxor y El Cairo, la reina ha sido vagabunda célebre. Primero fue a parar al Neues Museum, luego los nazis la escondieron en una mina mientras los bombardeos aliados castigaban al Berlín de Hitler. Los americanos la rescataron del agujero y se la quedaron en el burgués barrio de Charlotemburgo. Con la reunificación empezó su regreso por etapas en dirección al Neues. Primero, a merced de los neones del Kulturforum. Luego, en el Altes. Ahora aguarda impasible a que esté lista su nueva vitrina en el Neues.
La sensación de esta primavera no deben ser las exposiciones, dicen los ideólogos del Patrimonio Prusiano, entidad que gestiona los museos estatales de la ciudad. La protagonista será la reapertura del Neues Museum, la última pieza de la Isla de los Museos. Destruido en un 70 por ciento por los bombardeos que no rozaron a Nefertiti, el Neues resucita por obra y gracia del talento arquitectónico de David Chipperfield, más los 300 millones de euros que costó la obra.
El estreno del Neues será este marzo, con las salas aún vacías, simplemente para que el visitante complete su paseo por el Pergamon, el Altes, el Boden y la Alte Nationalgalerie. Octubre llegarán Nefertiti y sus amigos. La Isla de los Museos habrá cerrado así la costosa recuperación iniciada tras la caída del Muro.
Los ideólogos del Patrimonio Prusiano podrán concentrar a partir de ahí sus múltiples sentidos en lo que, a juicio de una élite arquitectónica, es tan descomunal como aberrante: la reconstrucción del Palacio de los Hohenzollern, de la nada absoluta –de nuevo, culpa de los bombardeos- a la réplica orquestada por el italiano Francesco Stella. Será el „Centro Pompidou del siglo XXI“, dicen. Costará medio billón de euros, para cuando esté listo -2013- todos nos habremos aburrido de hablar del rebautizado Foro Humboldt. Y amputa la creatividad en aras de una mera carátula barroca, dicen los críticos.
En Berlín, el diálogo con la historia tropieza siempre en las palabras nazismo y  bombardeos aliados. Mientras, una ciudad de provincias, Halle, logró su pequeña maravilla: colocar una espectacular cubierta trapezoidal de alumnio con 300 toneladas de peso sobre una ruina sajona. Dos arquitectos españoles, Fuensanta Nieto y Enrique Sobajano, ensablaron las ruinas de castillo de Moritzburg, construido en 1513, en un moderno museo con 4.000 metros cuadrados de superficie.
En Moritzburg depositó el coleccionista Hermann Gerlinger una colección de 500 obras con los primeros espadas de Die Brücke y Der Blauer Reiter. Moritzburg, sobre una colina, tiene su „Ventana a la ciudad“, dos ventanales rectilíneos sobre la ciudad, con la ruina sajona en diálogo con Emil Nolde, Ernst Ludwig Kirchner, Lovis Corint, Max Liebermann, Vasily Kandinsky, Edvar Munch y Klee, entre otros. A una hora en cómodo viaje en tren desde Berlín.