Rothko en conversación con Giotto y Nefertiti
Gemma Casadevall
El paseo del visitante por la primavera artística berlinesa empieza en la Gemäldegalerie, la pinacoteca enclada entre el futurista Kulturforum. Mark Rothko dialoga con su venerado Giotto, en una exposición volcada a evocar la vinculación anímica, a través de los siglos, del abstracto generador del „Color Field Paintings“ y un Fra Angelico que ni sabe ni padece de tal fascinación. La pinacoteca se lanza sin reparos a tal diálogo, después del fiasco con que cerró en febrero la vecina Neue Nationalgalerie su intento de hacer hablar a las penumbras de Paul Klee con el mundo de colorines de Jeff Koons.
Por si la conversación entre Giotto y Rothko acaba en nada, la pinacoteca apuesta paralelamente por lo inalterable e inaugura, con la llegada de la primavera, algo sin fisuras: „Los maestros von Flémalle y Rogier van der Weyden“.
Paseando un trecho más, en dirección oeste, el visitante se reencuentra con otro talento dialogante: Alberto Giacometti, en el Käthe Kollwitz Museum. A las estilizadas esculturas del suizo se las vio el pasado invierno conversando con Nefertiti, en el Altes Museum. El busto de Annette Arm, la musa con la que se casó Giacometti, habló ahí largo y tendido con Nefertiti. „El hombre que marcha“ se impuso sobre una esculturita de madera de diez centímetros y un total de otras diez piezas desarrollaron el diálogo sin complejos de Giacometti, alias el Egipcio, con la vasta colección de piezas originarias del Nilo. En el Käthe Kollwitz, Giacometti no viaja tan lejos. Su interlocutor ahí son las esculturas de Walter Moroder, cobrando sentido a través de los trazos del suizo.
A Nefertiti le importará poco que le hayan arrebatado la compañía de Annette Arm. Fue un lapso pírrico para una reina con 3.300 años encima, impertérrita, a la espera de que se la reubique. Desde que en 1912 diera con ella el arqueólogo alemán Ludwig Borhardt, entre Luxor y El Cairo, la reina ha sido vagabunda célebre. Primero fue a parar al Neues Museum, luego los nazis la escondieron en una mina mientras los bombardeos aliados castigaban al Berlín de Hitler. Los americanos la rescataron del agujero y se la quedaron en el burgués barrio de Charlotemburgo. Con la reunificación empezó su regreso por etapas en dirección al Neues. Primero, a merced de los neones del Kulturforum. Luego, en el Altes. Ahora aguarda impasible a que esté lista su nueva vitrina en el Neues.
La sensación de esta primavera no deben ser las exposiciones, dicen los ideólogos del Patrimonio Prusiano, entidad que gestiona los museos estatales de la ciudad. La protagonista será la reapertura del Neues Museum, la última pieza de la Isla de los Museos. Destruido en un 70 por ciento por los bombardeos que no rozaron a Nefertiti, el Neues resucita por obra y gracia del talento arquitectónico de David Chipperfield, más los 300 millones de euros que costó la obra.
El estreno del Neues será este marzo, con las salas aún vacías, simplemente para que el visitante complete su paseo por el Pergamon, el Altes, el Boden y la Alte Nationalgalerie. Octubre llegarán Nefertiti y sus amigos. La Isla de los Museos habrá cerrado así la costosa recuperación iniciada tras la caída del Muro.
Los ideólogos del Patrimonio Prusiano podrán concentrar a partir de ahí sus múltiples sentidos en lo que, a juicio de una élite arquitectónica, es tan descomunal como aberrante: la reconstrucción del Palacio de los Hohenzollern, de la nada absoluta –de nuevo, culpa de los bombardeos- a la réplica orquestada por el italiano Francesco Stella. Será el „Centro Pompidou del siglo XXI“, dicen. Costará medio billón de euros, para cuando esté listo -2013- todos nos habremos aburrido de hablar del rebautizado Foro Humboldt. Y amputa la creatividad en aras de una mera carátula barroca, dicen los críticos.
En Berlín, el diálogo con la historia tropieza siempre en las palabras nazismo y bombardeos aliados. Mientras, una ciudad de provincias, Halle, logró su pequeña maravilla: colocar una espectacular cubierta trapezoidal de alumnio con 300 toneladas de peso sobre una ruina sajona. Dos arquitectos españoles, Fuensanta Nieto y Enrique Sobajano, ensablaron las ruinas de castillo de Moritzburg, construido en 1513, en un moderno museo con 4.000 metros cuadrados de superficie.
En Moritzburg depositó el coleccionista Hermann Gerlinger una colección de 500 obras con los primeros espadas de Die Brücke y Der Blauer Reiter. Moritzburg, sobre una colina, tiene su „Ventana a la ciudad“, dos ventanales rectilíneos sobre la ciudad, con la ruina sajona en diálogo con Emil Nolde, Ernst Ludwig Kirchner, Lovis Corint, Max Liebermann, Vasily Kandinsky, Edvar Munch y Klee, entre otros. A una hora en cómodo viaje en tren desde Berlín.
