miércoles, 1 de julio de 2009

Crónica 3, septiembre/diciembre 2009


Siempre nos quedarán los mecenas. O la Bauhaus


Gemma Casadevall





Entre el valle de lágrimas alrededor de la palabra prohibida -crisis- o los mecenas, lo último.  Siempre lo último. Mientras los galeristas de Art Cologne y demás ferias se refugiaron en los clásicos modernos -de Kandinsky a Picasso, por citar a dos- y evitaron pronunciar la palabra prohibida, Múnich y Berlín han encontrado su válvula de escape en coleccionistas privados, blindados por sus fortunas y dispuestos al riesgo.
Dos multimillonarios ocupan la atención del verano, con apuestas que son una afrenta al estamento público. En la capital bávara abrió Udo Brandhorst el museo que lleva su nombre, una bombonera de colorines, compartiendo como quien dice manzana con las Pinacotecas públicas muniquesas, la antigua y la moderna.
Se trata de un edificio cúbico de fachada recubierta con 36.000 láminas de cerámica multicolor y un hermoso eje de escaleras interiores de maderas escandinavas, salido del estudio de arquitectura berlinés de Matthias Sauerbruch y Louisa Hutton. Dentro aguardan no sólo los inevitables Andy Warhol, Joseph Beuys, o Bruce Nauman, sino también Franz West, Arnulf Rainer, Alex Katz y dos mimados de la casa, Cy Twombly y Damien Hirst.
Cuentan que Brandhorst, mecenas colonés, empezó a comprar obra de Twombly en los 60 cuando  hacerlo era cosa de locos. Ahora, tiene la mayor colección del mundo de ese artista fuera de EEUU. Hirst, de incorporación más reciente al afán acumulador de Brandhorst, es sin embargo la estrella mediática de la bombonera.
Su vitrina con 27.000 píldoras, también de múltiples colores y bajo el título “In this terrible moment”, a modo de homenaje a la industria del analgésico, fue lo más codiciado en el estreno del museo, a finales de mayo. Más, incluso que el monumental bronce de seis metros llamado “Hymn” del mismo Hirst, que la “Santa Cena” industrializada o el “Piss Painting” llamado “Oxidation”, ambos de Warhol, o los choques en cadena de John Chamberlain.
Brandhorst donó su colección a Múnich, a cambio de que la capital bávara le construyese el edificio -120 millones de euros- donde dejar esas 700 piezas atesoradas entre él y su esposa  Anette, fallecida en 1999. Los mandamases bávaros colocando a sus pies el solar en forma de fino filete, con las Pinacotecas al fondo. Toda una afrenta para los vecinos, especialmente para la Moderna, que no acaba de completar sus exteriores y espacios por la tacañería de siempre de los fondos públicos, ahora agravada por la palabra prohibida. El Museo Brandhorst se inauguró a bombo y platillo y dejó expuestas 200 obras del total de su fondo, mientras el vecindario palidecía de envidia.
Otro mecenas, otra capital, otro cubo: el búnker de otro alemán Christian Boros, tan multimillonario  y coleccionista, o más, que Brandhorst.
En este caso, su fachada sólo conoce un color: el gris. Y sus espacios interiores sólo pueden visitarse previa cita. Nada de llamar a la puerta lloriqueando con la excusa de que se está de paso en la ciudad: al búnker Boros, en pleno centro de Berlín, sólo accede quien haya pedido a tiempo visita  a través del formulario de su página de internet. Encima, sólo hay visitas en fin de semana.
Dentro encontrará todo eso que viene a llamarse arte rompedor. De talentos locales como Tobias Rehberger y sus móviles de velcro en espiral, al escandinavo con estudio en Berlín Olafur Eliasson, más Anselm Reyle, más, de nuevo, Damien Hirst, asimismo mimado de este otro apostante por lo novedoso.
Para alojar a su colección se compró Boros un viejo búnker antiaéreo construido durante el nazismo.   Convirtió su sobreático en un -es de suponer, porque sus 460 metros cuadrados no son visitables- apartamento de lujo, con jardín y piscina. En las alturas se instaló con su mujer, Karen, dos años atrás. Los 3.000 metros cuadrados restantes de este edificio cúbico gris de hormigón, de 16 metros de alto por 38 de largo, están a disposición del visitante previsor que se anunció.
Las 120 estancias que tuvo, dispuestas para evacuar a  oficiales nazis y sus familias y convertidas en prisión del Ejército Rojo tras la Capitulación del Tercer Reich, se han reducido a 18 tras un arduo trabajo de demolición de gruesos muros construidos con toda la pasión alemana por la solidez, unida al desafío de no caer como un terrón de azúcar bajo los bombardeos aliados.
La labor destructora de Boros ha hecho posible que los recios pilares de Santiago Sierra atraviesen sus paredes, de habitación en habitación, y que también encuentren su acogida otras producciones del mexicano, como los desempleados cubanos masturbándose ante la cámara de fotografiar por 20 dólares.
Quién da más, Boros a Berlín o Brandhorst a Múnich. En ambos casos, se trata de muestras permanentes, con variaciones periódicas. Uno devolvió vida al búnker muerto, otro color a la manzana de las pinacotecas bávaras.
El visitante berlinés que no acertó a avisar a tiempo a Boros de su paso por la ciudad tiene una alternativa al alcance de todos los públicos. El Martin Gropius Bau, uno de los museos más gratificantes de la capital alemana,  amasó para este verano una hermosa tarta de cumpleaños  en homenaje a un movimiento artístico de referencia y con nombre asociado a la casa. Se cumplen los 90 años de la fundación de Bauhaus por Walter Gropius. No fue en Berlín, sino en Weimar. Y el edificio que lleva el nombre del tío abuelo del fundador es todo lo contrario a la línea pura, recta y funcional que se convirtió en marca de la casa. Es un edificio neoclásico característico del XIX, en las antípodas del espíritu Bauhaus.
Pero los programadores de la capital optaron por llevar su exposición ahí -y no a la Neue National Galerie de Mies van der Rohe, Bauhaus en estado puro-, como un tributo a los orígenes de Gropius y recordando que él mismo se encargó de salvar ese edificio, que había pertenecido a su familia, frente a la orden de demolición dictada en 1946.
En el Gropius berlinés se exponen 1.200 piezas de la escuela de diseño, arte y arquitectura que inspiró a Vasily Kandinsky, Paul Klee y Laszlo Moholy. Se trata de la primera vez que se agrupa bajo un mismo techo el legado conservado entre las grandes instituciones Bauhaus de Alemania. Es decir, la Fundación Clásicos de Weimar, ciudad donde nació el movimiento en 1919; la Fundación Bauhaus de Dessau, donde Gropius se trasladó y abrió su primera gran escuela, en 1925; y el Archivo Bauhaus de Berlín, donde el movimiento creció y creció, hasta que los nazis cerraron el centro, en 1932. Con el exilio americano de Mies van der Rohe y otros se expandió el movimiento a medio planeta, de EEUU a otros lugares de Europa e Israel. Ahora, regresa a Berlín una generosa selección de ese despliegue de talentos, cedidos para la gran muestra visitable en la capital alemana del 21 de julio al 4 de octubre. Quien se lo pierda en Berlín deberá esperar a la siguiente estación,  el MoMA.