Juicios tardíos a Demjanjuk y Boere, un arduo trabajo de resultado incierto
Gemma Casadevall
Múnich (Alemania), 1 dic (EFE).- El juicio contra al ucraniano John Demjanjuk, por la muerte de 27.900 judíos en 1943, como el que se sigue contra el alemán Heinrich Boere, -también por crímenes del nazismo- son fruto de un arduo trabajo investigador y de resultado incierto, cuestionados además como exponente de una justicia tardía.
El primero, quien fue capturado por los nazis siendo un soldado soviético, en 1941, y de ahí pasó a guarda voluntario en Sobibor, se ve como víctima del Holocausto y que actuó por supervivencia.
Su juicio sigue a un largo tira y afloja, judicial y médico, hasta que EEUU -donde emigró Demjanjuk en los 50 como presunta víctima del nazismo- lo entregó a Alemania el pasado mayo.
En el caso de Boere es también exponente de una sucesión de contrasentidos. Cayó preso de los aliados antes de acabar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), pero en 1947 logró huir del campo de prisioneros.
Fue condenado a muerte en un juicio en ausencia en Amsterdam en 1949, sentencia conmutada por una cadena perpetua que tampoco se le llegó a aplicar. Tras siete años oculto en Holanda, regresó en 1954 a su localidad natal, Eschweiler, donde ha vivido desde entonces sin ocultar su identidad, ni esconder, a quien se lo pregunte, su pasado.
Ambos procesos, en Múnich y en Aquisgrán, van de obstáculo en obstáculo, entre solicitudes de suspensión por sus respectivas defensas -por considerarse víctima y no verdugo, Demjanjuk; por haber sido enjuiciado anteriormente, en el de Boere.
A ello se unen las quejas de quienes lo consideran una tortura para nonagenarios en silla de ruedas que, en caso de ser declarados culpables, no cumplirán condena por razones de edad.
"No aspiro a ver morir en la cárcel a Demjanjuk. Sólo a que se reconozcan sus crímenes", explicaba a EFE, en un aparte del proceso de Múnich, Thomas Blatt, de 82 años y único superviviente de Sobibor que asiste como testigo y acusación particular al juicio.
Blatt admite que, a estas alturas, no puede reconocer a Demjanjuk como el "Trawiki" que torturaba a los judíos que llegaban al campo de exterminio, ni que accionaba sus cámaras de gas. Parte de la base de que es un asesino, como lo fueron los 120 "Trawniki" de Sobibor.
"Cada juicio contra cada uno de esos ex nazis o sus cómplices lleva detrás un largo trabajo, juntando un rompecabezas de datos y biografías, de ejecutores y víctimas", comenta Cornelius Netzler, abogado de la acusación particular contra Demjanjuk.
Por su parte, la historiadora Edith Raim califica ese trabajo de "lenta labor de mosaico". Los fiscales alemanes de hoy están recomponiendo las piezas que abandonaron otros países, sea Holanda, Estados Unidos o Israel, apunta Raim, en alusión a Boere y Demjanjuk, condenado a muerte por la justicia israelí en 1988 como presunto "Ivan el Terrible" del campo de Treblinka. La sentencia fue revocada cinco años después por no estar probado siquiera que hubiera estado ahí.Expertos alemanes han advertido de que el juicio a Demjanjuk no puede acabar bien. Sea porque se condena a alguien que fue preso de los nazis; sea porque se le absuelve, lo que abundará en la consideración de que fue un suplicio para un anciano.
El pasado agosto, la audiencia de Múnich condenó a cadena perpetua por crímenes en el nazismo a Josef Scheungraber, de 91 años. EFE
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