viernes, 15 de octubre de 2010

El amigo Thilo

http://www.dw.de/dw/episode/0,,4732150,00.html



Alemania - ¿Ha fracasado la integración? 

Thilo Sarrazin, un controvertido político alemán, hoy miembro de la presidencia del Banco Federal Alemán, volvió a cosechar la indignación de muchos y la aprobación de otros con sus declaraciones en una reciente entrevista. Refiriéndose a los habitantes de ascendencia árabe y turca de Berlín, Sarrazin dijo: “No tengo por que reconocer a nadie que viva del Estado mientras rechaza el Estado, y no se ocupa como debería de la educación de sus hijos mientras que sigue produciendo constantemente nuevas musulmanitas reprimidas”.

Las palabras de Sarrazin han vuelto a remover el debate sobre cuestiones que siguen sin tener respuesta para los alemanes, por ejemplo: ¿Por qué algunos grupos étnicos se integran bien en la sociedad alemana, mientras otros no lo consiguen?

Alemania no tiene problemas en sus relaciones con los extranjeros en general. Pero tiene notorias dificultades con una parte del mayor grupo de inmigrantes; los turcos. Una parte de ellos rechaza la integración.

La integración es uno de los problemas más urgentes de la sociedad alemana, pero se evita a menudo discutirlo, como un tabú. Y quien expresa su opinión de manera brutal sólo despierta la indignación pública. Para la sociedad alemana el trato con las crecientes subculturas extranjeras es un problema con muchos interrogantes. La pregunta fundamental: ¿Se puede exigir de los ciudadanos de ascendencia extranjera que se integren en la sociedad alemana o representa eso una violación de su libertad?

El ministro del Interior, Schäuble, instituyó ya en 2006 una Conferencia Islámica Permanenente, como medio de díalogo entre el gobierno alemán y los musulmanes radicados en el país. Un díalogo necesario, pues Alemania nunca había pensado sobre sí misma como un país de inmigración.
Y Usted, ¿qué opina?: Alemania - ¿Ha fracasado la integración?
Escríbanos: Quadriga@dw-world.de

Hinnerk Berlekamp - Tras sus estudios universitarios especializados en América Latina, comienza su carrera periodística en 1989 en el canal de radio Berlín International. Un año más tarde comienza a trabajar en el diario Berliner Zeitung, donde hasta hoy es el responsable del departamento de Política Exterior.
- En 1990 se trasladó desde Francia a Berlín, donde comenzó a trabajar como periodista para diversos medios, entre ellos Radio Multikulti y Deutsche Welle. En 1997 asumió la corresponsalía de Radio France Internacional


Pascal Thibaut
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Gemma Casadevall – Periodista española nacida en Barcelona, donde vivió muchos años. Al término de sus estudios, en 1992, asumió la corresponsalía del diario „El Mundo“ en Berlín. Hoy forma parte del equipo de la Agencia española EFE en Alemania.

domingo, 3 de octubre de 2010

Ininteligible Nietzsche


Barenboim resucitó el Schiller Theater de Berlín con una ópera experimental

Gemma Casadevall

Berlín, 3 oct (EFE).- El director argentino-israelí Daniel Barenboim resucitó hoy el Schiller Theater de Berlín, cerrado durante 13 años y convertido ahora en domicilio provisional de su Staatsoper, de la mano de "Metanoia", una ópera experimental que remite a Friedrich Nietzsche.
El viejo Schiller Theater del antiguo sector occidental de Berlín reabrió como sede de la Staatsoper que Barenboim dirige desde 1992, cerrada temporalmente por obras de remodelación hasta 2013.
Ni el escenario tiene la acústica a la que están acostumbrados el director, su coro o la soprano Annette Dasch, ni el compositor al que se encargó la obra, Jens Joneleit, es un consagrado.
"Metanoia", con textos de René Pollesch basados en "El nacimiento de la tragedia desde el espíritu de la música" de Nietzsche, es una ópera en un acto sin argumento y alterna el canto con la declamación -sustentada en el actor Martin Wuttke, de la escuela de Brecht-.
Barenboim y el director general de la Staatsoper, Jürgen Flimm, habían doblado el desafío que de por sí entrañaba el experimento colocando como director escénico a Christoph Schlingensief, eterno provocador de la escena alemana.
Schlingensief falleció el pasado agosto, con 49 años y víctima de un cáncer, pero en lugar de buscarle un sustituto se optó por dejar el puesto vacante a modo de homenaje póstumo.
El espíritu del fallecido director planea sobre "Metanoia", con un escenario hecho de andamiajes, al fondo del cual se visualizan vídeos en blanco y negro, tal como Schlingensief hizo con el "Parsifal" que irritó en el festival de Bayreuth, en 2004.
Barenboim asumió el riesgo de la experimentación, en un teatro que no es su ópera, con una pieza de digestión difícil, sin argumento, sin director escénico y sin un compositor de renombre.
El director argentino-israelí puede permitirse el riesgo, porque tiene Berlín incondicionalmente a sus pies, tanto por su talla musical como por su dimensión humana y carisma.
El estreno coincidía con el vigésimo aniversario de la entrada en vigor del Tratado de Unidad, lo que dio a la gala rango de evento.
El Schiller revivió así como sede de la Staatsoper, tras años amenazado de derribo desde el cierre de 1997, y gracias a un acondicionamiento que ha costado 24 millones de euros (32 millones de dólares)
Todas las mudanzas son difíciles, porque implican acomodarse como mejor se pueda en la provisionalidad.
A la Staatsoper le corresponde hacerlo en el Schiller, con la rival directa en Berlín, la Deutsche Oper, en directa vecindad, a un par de manzanas de la misma calle, la Bismarkstrasse.
Para responder al desafío, Barenboim y Flimm han programado esta temporada las dos primeras piezas de un nuevo "Anillo del Nibelungo", -"El Oro del Rin" y "La Valquiria"-, más otras ocho premiéres.
Mientras, en el emplazamiento original de la Avenida Unter den Linden, en el este de la ciudad, se trabaja en el saneamiento del edificio clásico de la Staatsoper, que costará 240 millones de dólares (321 millones de euros).
Será un saneamiento algo conservador, para un edificio construido entre 1741 y 1743 y reducido a cenizas por los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial.
Las autoridades de la República Democrática Alemana (RDA) lo reconstruyeron más o menos fielmente de acuerdo a ese original.
Barenboim defendía que no había por qué sujetarse al respeto al patrimonio arquitectónico para lo que de todos modos no era el original, sino un falso rococó de los años 50.
Finalmente se impuso la solución continuista -y económica- del alcalde-gobernador, Klaus Wowereit, que mejora la acústica del auditorio, pero respeta la estructura del edificio. EFE
gc/av
(foto)

sábado, 2 de octubre de 2010

Schlingensief, demasiado jóven para un póstumo


Daniel Barenboim se muda al oeste de Berlín con una "Metanoia" de alto riesgo
  
Gemma Casadevall

Berlín, 2 oct (EFE).- El director argentino-israelí Daniel Barenboim abre mañana la etapa de la Staatsoper en su domicilio provisional del oeste del Berlín, con el estreno de "Metanoia", obra póstuma del "enfant terrible" de la escena alemana Christoph Schlingensief, fallecido el pasado agosto.
Estrenar la Staatsoper fuera de su emplazamiento clásico, en el este, y trasladarla a 200 metros de la que durante décadas fue su rival occidental, la Deutsche Oper, coincidiendo además con la fiesta nacional del Día de la Unidad, entrañaba de por sí un riesgo.
Barenboim y el director general de la casa, Jürgen Flimm, redoblaron el efecto de desafío, al elegir para la ocasión una ópera de un compositor contemporáneo, Jens Joneleit, sobre "El nacimiento de la tragedia desde el espíritu de la música" de Friedrich Nietzsche, a su vez inspirado en la música Richard Wagner.
El tándem directriz de la Staatsoper añadió al conjunto un último elemento arriesgado: Schlingensief, dramaturgo, cineasta y eterno provocador de la escena germana, quien en 2004 levantó las iras en el templo wagneriano de Bayreuth con un controvertido "Parsifal".
Schlingensief no pudo culminar su obra, al fallecer este agosto con 49 años, tras una larga lucha contra el cáncer que convirtió en objeto escénico, en 2009, a través de "Oratorio", una misa de resurrección, compuesta cuando daba por superada su enfermedad.
Barenboim y Flimm, junto a Joneleit, decidieron no buscarle un sustituto, sino que se repartieron la tarea de reflejar, con el máximo de fidelidad, el espíritu trasgresor de Schlingensief.
"Metanoia" se pondrá en escena este domingo, como colofón del vigésimo aniversario de la entrada en vigor del Tratado de Unidad, el 3 de octubre de 1990, que consumó el proceso de reunificación precipitado por la caída del Muro, el 9 de noviembre de 1989.
Con este cóctel de desafíos Barenboim abre la etapa de provisionalidad de la Staatsoper en su domicilio transitorio del Schiller Theater, mientras se remodela y restaura su edificio de la Avenida Unter den Linden, en el este de la ciudad.
El director y pianista convirtió ya la mudanza de su orquesta en un evento ciudadano, al trasladarse con los miembros de su orquesta, dos semanas atrás, en una barcaza por los canales berlineses hasta la Bismarkstrasse.
Mientras duran las obras, estará en directa vecindad con la Deutsche Oper, abierta en los años 60 en el sector occidental para remediar el vacío operístico dejado por la partición de la ciudad.
El programa de la primera temporada es ambicioso. A "Metanoia" seguirán las dos primeras piezas de un nuevo "Anillo del Nibelungo", -"El Oro del Rin" y "La Valquiria"-, dirigido por Guy Cassiers y co-producidas por La Scala de Milán.
Le seguirán otras ocho premières -cuatro de las cuales, dirigidas por Barenboim-, para la primera temporada de provisionalidad y mientras le adecentan el edificio de la Unter den Linden, al que tiene previsto regresar en 2013.
La mudanza de la Staatsoper estuvo precedida de una puesta a punto del Schiller presupuestada en 24 millones de euros (32 millones de dólares).
El saneamiento del viejo edificio de la Staatsoper costará otros 240 millones de dólares (321 millones de euros).
No será la ambiciosa remodelación que Barenboim quería para la ópera que dirige desde 1992, tanto por razones presupuestarias como de protección del patrimonio.
El edificio de la Staatsoper fue construido entre 1741 y 1743 de acuerdo a los planos del arquitecto Georg Wenzeslau y quedó reducido a cenizas por los bombardeos aliados de la Segunda Guerra Mundial.
Las autoridades de la República Democrática Alemana (RDA) lo reconstruyeron más o menos fielmente de acuerdo a ese original.
Barenboim defendía que no había por qué sujetarse al respeto al patrimonio arquitectónico para lo que de todos modos no era el original, sino un falso rococó de los años 50.
Pretendía una solución más rupturista, pero se impuso la solución continuista -y económica- del alcalde-gobernador, Klaus Wowereit, que mejora la acústica del auditorio a costa de sacrificar algo de aforo, pero respetando la estructura del edificio. EFE
gc/jcb/cat
(foto)

viernes, 1 de octubre de 2010

Crónica 8, octubre/diciembre 2010







El Guggenheim le pone colorines al Berlín

Gemma Casadevall



Cada año, lo mismo. Al estallido de sol de primavera le sigue la (corta) ola de calor del (corto) verano berlinés y, apenas de cruza la línea de agosto a septiembre, se empiezan dramáticamente a acortar las horas de luz. Se entra, por esa ley natural de las estaciones, en la dinámica que inexorablemente conduce a esos días en que parece que no llega a asomar una brizna de claridad para pasar de la penumbra diaria a la oscuridad nocturna, a eso de las 16.00. Es lo que tiene el otoño-invierno, se dice por aquí.
Los de Guggenheim entendieron bien la lección de lo que eso significa, tanto para berlineses como para los visitantes desolados que pasean, Avenida Bajo los Tilos arriba (hacia la Isla de los Museos), Avenida Bajo los Tilos abajo (hacia la Puerta de Brandeburgo). Paseantes autóctonos y visitantes necesitan un receso de color. Y ahí, en el edificio neoclásico que la familia Guggenheim incorporó, como domicilio en Berlín, a modo de pariente atípico a su familia de museos rompedores -a millas del carismático edificio de Frank Lloyd Wright para Nueva York, no digamos ya del de Frank O. Gehry  de Bilbao- se programa para esa difícil etapa en penumbras “Splash – Color Fields”. Es decir, la colección que la Solomon R. Guggenheim Foundation estrenó en 1961 en la casa matriz bajo el título “American Abstract Expressionists and Imagists”, trasladada ahora a la capital alemana: Morris Louis, Frank Stella, Kenneth Noland, entre otros, con sus trazos de color y desde la sobriedad neoclásica del edificio berlinés, en una estratégica esquina a nada de bastantes de los conjuntos monumentales del corazón berlinés.
Entendámonos: ni el Guggenheim berlinés es un mero local donde reposar, a modo de un coffee-shop de cualquier franquicia, ni “Splash – Color Fields” tiene rango de mera reposición. Vale realmente la pena adentrarse al discreto edificio emparentado, aunque solo sea por el apellido de su mecenas, a los de Wright y Gehry. El Guggenheim berlinés ingresó en la gran familia en 1997, tan discretamente como su edificio, aunque con el aporte logístico del poderoso Deutsche Bank, al que en realidad pertenece la sala. Lo que entonces se vio como una galería de arte, bien nutrida, pero lejos del formato museo, se ha consolidado como pieza bien anclada en el circuito berlinés. No sólo por estrategias de caminante, sino por valores de programación.”Splash – Color Fields” es una más que atractiva selección de trazos coloridos del puro abstracto estadounidense de los 50, contrapunto al pop-art entonces dominante. Una buena manera de re-descubrir el pariente más discreto de los Guggenheim.
De los reparadores colorines al torturado “Intolerance” de Willem de Rooij, en el asimismo sobrio edificio creado por Mies van der Rohe para la Neue Nationalgalerie. Es complejo, en el momento de cerrar esta crónica, describir cómo será lo que espera al caminante entre brumas dentro de las líneas cristalinas de ese Bauhaus puro que es la Neue. Se trata de una instalación creada específicamente para la casa, de manera que no existe más que en la cabeza y el corazón del artista y cineasta holandés. De Rooij se apodera, como hizo otras veces, de obras ajenas para  devolverlas al mundo como propias, desvestidas de lo que las originó. Esta vez, el motivo elegido para esa descomposición-recomposición es un grupo de pinturas del asimismo holandés Melchior d'Hondecoeter, del XVII, confrontadas con objetos de ceremoniales hawaianos. El propósito, como el título indica, es la denuncia. Y el tema a denunciar es el triángulo perverso entre globalización, conflicto y atracción recíproca. Veremos.

Mucho más fácil, a priori, es imaginarse lo que dará de si la exposición preparada para el Martin Gropius Bau para el último trimestre del año: Lazlo Moholy-Nagy y su “Arte de la Luz”. Es decir, la exposición recién llegada a la capital alemana procedente de la española, unos meses después de presentarse en el Círculo de Bellas Artes. Se trata de la retrospectiva de este artista, con 200 obras, co-producida entre el Martin Gropius, La Fabrica de Madrid y el Geemetemuseum de La Haya, que en Berlín encuentra un encuadre perfecto para recuperar las raíces del artista con el Bauhaus para el que trabajó, por encargo de Walter Gropius (es decir, el sobrino de Martin Gropius,  el arquitecto que diseñó ese edificio, en 1871).
Berlín cierra el año con los colorines del Guggenheim, la instalación de Rooij y Moholy-Nagy en el     Gropius, entre otros. Essen, una de las ciudades implicadas en la Capitalidad Cultural Europea 2010, este año compartida con los otros grandes núcleos urbanos de la minera Cuenca del Ruhr, lo hace con “Los impresionistas en París”. Se trata de otra magnífica exposición del Folkwang Museum, el museo cuyos fondos devastó el nazismo, etiquetándolo como arte degenerado y cuyo edificio acabó arrasado por las bombas aliadas. El Folkwang volvió a Essen este año, metamorfoseado por David Chipperfield, por supuesto coincidiento con una oportuna capitalidad europea. “Los impresionistas en París” recorre la capital francesa a través de los artistas que la habitaron, entre 1865 y 1895. Paseantes de lujo, no meros caminantes anónimos por el brumoso Berlín, para una exhibición compuesta por 80 piezas de Manet, Pissarro, Monet, Degas y restante “nómina” de ineludibles en ese ámbito. Nada mal, para cerrar un año que, además, no pone fin al ciclo vital del Folkwang, puesto que en la Alemania de hoy no hay ni nazismos saqueadores de arte ni bombas aliadas que temer.
Y, puestos a empezar a cerrar la crónica trimestral, una mirada al sur: Stuttgart y Múnich. La primera, con una curiosa exposición denominada “Eat Art”, en el Kunstmuseum de Stuttgart. Se trata de un compendio que arranca de los experimentos artístico-culinarios de Dieter Roth, empeñado en usar salchichas, chocolate y otros condimentos como objetos de arte, y al que suma Daniel Spoerri, usuario de restos de comida plasmados en lienzos. Todo ello, amparado en piezas, instalaciones y filmes exponente de precendentes similares de Roy Lichtenstein y, por supuesto, Joseph Beuys.
La segunda mirada al sur, Múnich, está dedicada en primera línea a los amantes de Marlene Dumas.    Su exposición queda instalada en la Haus der Kunst, un mamotreto gris sostenido por gruesas columnas pseudogriegas plagadas de grietas, por el que está pasando desde hace un par de temporadas lo más rompedor en instalaciones y videoartes. Con Dumas se regresa a los viejos maestros. De acuerdo a su consigna, la artista sudafricana recrea a flamencos como Van Dick y Rubens, pero también a Caravaggio y Courvet, a partir de fotografías y reproducciones.  Quien quiera y puede acercarse a Múnich, dispone de tiempo para su encuentro con Dumas hasta febrero de 2010.