viernes, 1 de octubre de 2010

Crónica 8, octubre/diciembre 2010







El Guggenheim le pone colorines al Berlín

Gemma Casadevall



Cada año, lo mismo. Al estallido de sol de primavera le sigue la (corta) ola de calor del (corto) verano berlinés y, apenas de cruza la línea de agosto a septiembre, se empiezan dramáticamente a acortar las horas de luz. Se entra, por esa ley natural de las estaciones, en la dinámica que inexorablemente conduce a esos días en que parece que no llega a asomar una brizna de claridad para pasar de la penumbra diaria a la oscuridad nocturna, a eso de las 16.00. Es lo que tiene el otoño-invierno, se dice por aquí.
Los de Guggenheim entendieron bien la lección de lo que eso significa, tanto para berlineses como para los visitantes desolados que pasean, Avenida Bajo los Tilos arriba (hacia la Isla de los Museos), Avenida Bajo los Tilos abajo (hacia la Puerta de Brandeburgo). Paseantes autóctonos y visitantes necesitan un receso de color. Y ahí, en el edificio neoclásico que la familia Guggenheim incorporó, como domicilio en Berlín, a modo de pariente atípico a su familia de museos rompedores -a millas del carismático edificio de Frank Lloyd Wright para Nueva York, no digamos ya del de Frank O. Gehry  de Bilbao- se programa para esa difícil etapa en penumbras “Splash – Color Fields”. Es decir, la colección que la Solomon R. Guggenheim Foundation estrenó en 1961 en la casa matriz bajo el título “American Abstract Expressionists and Imagists”, trasladada ahora a la capital alemana: Morris Louis, Frank Stella, Kenneth Noland, entre otros, con sus trazos de color y desde la sobriedad neoclásica del edificio berlinés, en una estratégica esquina a nada de bastantes de los conjuntos monumentales del corazón berlinés.
Entendámonos: ni el Guggenheim berlinés es un mero local donde reposar, a modo de un coffee-shop de cualquier franquicia, ni “Splash – Color Fields” tiene rango de mera reposición. Vale realmente la pena adentrarse al discreto edificio emparentado, aunque solo sea por el apellido de su mecenas, a los de Wright y Gehry. El Guggenheim berlinés ingresó en la gran familia en 1997, tan discretamente como su edificio, aunque con el aporte logístico del poderoso Deutsche Bank, al que en realidad pertenece la sala. Lo que entonces se vio como una galería de arte, bien nutrida, pero lejos del formato museo, se ha consolidado como pieza bien anclada en el circuito berlinés. No sólo por estrategias de caminante, sino por valores de programación.”Splash – Color Fields” es una más que atractiva selección de trazos coloridos del puro abstracto estadounidense de los 50, contrapunto al pop-art entonces dominante. Una buena manera de re-descubrir el pariente más discreto de los Guggenheim.
De los reparadores colorines al torturado “Intolerance” de Willem de Rooij, en el asimismo sobrio edificio creado por Mies van der Rohe para la Neue Nationalgalerie. Es complejo, en el momento de cerrar esta crónica, describir cómo será lo que espera al caminante entre brumas dentro de las líneas cristalinas de ese Bauhaus puro que es la Neue. Se trata de una instalación creada específicamente para la casa, de manera que no existe más que en la cabeza y el corazón del artista y cineasta holandés. De Rooij se apodera, como hizo otras veces, de obras ajenas para  devolverlas al mundo como propias, desvestidas de lo que las originó. Esta vez, el motivo elegido para esa descomposición-recomposición es un grupo de pinturas del asimismo holandés Melchior d'Hondecoeter, del XVII, confrontadas con objetos de ceremoniales hawaianos. El propósito, como el título indica, es la denuncia. Y el tema a denunciar es el triángulo perverso entre globalización, conflicto y atracción recíproca. Veremos.

Mucho más fácil, a priori, es imaginarse lo que dará de si la exposición preparada para el Martin Gropius Bau para el último trimestre del año: Lazlo Moholy-Nagy y su “Arte de la Luz”. Es decir, la exposición recién llegada a la capital alemana procedente de la española, unos meses después de presentarse en el Círculo de Bellas Artes. Se trata de la retrospectiva de este artista, con 200 obras, co-producida entre el Martin Gropius, La Fabrica de Madrid y el Geemetemuseum de La Haya, que en Berlín encuentra un encuadre perfecto para recuperar las raíces del artista con el Bauhaus para el que trabajó, por encargo de Walter Gropius (es decir, el sobrino de Martin Gropius,  el arquitecto que diseñó ese edificio, en 1871).
Berlín cierra el año con los colorines del Guggenheim, la instalación de Rooij y Moholy-Nagy en el     Gropius, entre otros. Essen, una de las ciudades implicadas en la Capitalidad Cultural Europea 2010, este año compartida con los otros grandes núcleos urbanos de la minera Cuenca del Ruhr, lo hace con “Los impresionistas en París”. Se trata de otra magnífica exposición del Folkwang Museum, el museo cuyos fondos devastó el nazismo, etiquetándolo como arte degenerado y cuyo edificio acabó arrasado por las bombas aliadas. El Folkwang volvió a Essen este año, metamorfoseado por David Chipperfield, por supuesto coincidiento con una oportuna capitalidad europea. “Los impresionistas en París” recorre la capital francesa a través de los artistas que la habitaron, entre 1865 y 1895. Paseantes de lujo, no meros caminantes anónimos por el brumoso Berlín, para una exhibición compuesta por 80 piezas de Manet, Pissarro, Monet, Degas y restante “nómina” de ineludibles en ese ámbito. Nada mal, para cerrar un año que, además, no pone fin al ciclo vital del Folkwang, puesto que en la Alemania de hoy no hay ni nazismos saqueadores de arte ni bombas aliadas que temer.
Y, puestos a empezar a cerrar la crónica trimestral, una mirada al sur: Stuttgart y Múnich. La primera, con una curiosa exposición denominada “Eat Art”, en el Kunstmuseum de Stuttgart. Se trata de un compendio que arranca de los experimentos artístico-culinarios de Dieter Roth, empeñado en usar salchichas, chocolate y otros condimentos como objetos de arte, y al que suma Daniel Spoerri, usuario de restos de comida plasmados en lienzos. Todo ello, amparado en piezas, instalaciones y filmes exponente de precendentes similares de Roy Lichtenstein y, por supuesto, Joseph Beuys.
La segunda mirada al sur, Múnich, está dedicada en primera línea a los amantes de Marlene Dumas.    Su exposición queda instalada en la Haus der Kunst, un mamotreto gris sostenido por gruesas columnas pseudogriegas plagadas de grietas, por el que está pasando desde hace un par de temporadas lo más rompedor en instalaciones y videoartes. Con Dumas se regresa a los viejos maestros. De acuerdo a su consigna, la artista sudafricana recrea a flamencos como Van Dick y Rubens, pero también a Caravaggio y Courvet, a partir de fotografías y reproducciones.  Quien quiera y puede acercarse a Múnich, dispone de tiempo para su encuentro con Dumas hasta febrero de 2010.