360 º alrededor del Pérgamo
Gemma Casadevall
Un viaje a través del tiempo, hasta situarse en la antigua metrópolis de Pérgamo, rodeados no sólo de sus frisos, relieves y esculturas, sino también de los humanos que la habitaron. Un panorama en formato circular, a escala 1:1 y reproducido en una superficie de 25 metros de alto por 103 de largo. Esa es la parte más lúdica de lo que el Museo del Pérgamo, el más visitado de Berlín, presenta durante todo un año bajo el nombre de “Panorama der antiken Metropole” -”Panorama de la antigua metrópolis”. Es decir, la instalación obra del artista berlinés, de origen persa, Yadegar Asisi, ubicada en el patio interior del museo y destinada a reproducir ante los ojos atónitos del visitante la vida en la antigua metrópolis, en visión panorámica de 360 º.
Sólo para construir la estructura circular de la instalación se han precisado 64 toneladas de acero, a las que se suman otras 75 toneladas para la base y las pertinentes vigas del mismo metal, más otras 22 toneladas de material para el techo. Fuera de esa experiencia panorámica en formato multimedial y con vocación de captar al grandísimo público, el Pergamon destina un espacio interior de 4.000 metros cuadrados, repartidos entre el ala norte del museo y tres de sus salas centrales, a la más exhaustiva exposición hasta ahora presentada sobre la ciudad fundada por Alejandro Magno en la costa noroccidental de la actual Turquía.
Por un lado, tenemos el panorama circular de Asisi, reproducido en formato multimedial a partir de dibujos de las excavaciones que sacaron a la luz el famoso gran altar de Pérgamo y demás piezas de esa civilización, en 1886. Por el otro, los tesoros reales hasta ahora mostrados sólo parcialmente de la Colección de Arte Antiguo del museo berlinés. Todo de una vez, durante un año y acompañando por supuesto al gran altar, uno de los buques insignia del circuito museístico clásico berlinés, con permiso del busto de la reina Nefertiti, en el vecino Neues Museum.
Siete años después de la gran restauración del Altar de Pérgamo, de 113 metros de largo por 2,3 metros de alto y con sus 116 relieves, llegó el momento de sacar a la luz el resto de la colección. En su mayor parte, se trata de las piezas excavadas casi un siglo y medio atrás por Karl Humann y Alexander Conze y transportadas a Berlín en virtud de un acuerdo entre los dos imperios de entonces, el alemán del Kaiser y el otomano.
Algunas de esas piezas no habían sido expuestas, otras sí. A unas y otras se sumaron ahora piezas cedidas por colecciones de medio planeta. Es, en definitiva, la exposición estrella de la Isla de los Museos berlinesa, en el corazón del de que es desde siempre el museo más visitado de la capital alemana. La venta anticipada de entradas empezó en marzo, a 18 euros por persona -o 15 euros, en tarifa reducida para estudiantes-.
Quien no quiera exponerse al inevitable desfile entre masas, tiene en la Hamburger Bahnhof otro mundo global, en formato esférico. El argentino Tomás Saraceno transportó al museo de arte contemporáneo de esa antigua estación ferroviaria su “Cloud Cities”. Se trata de un concepto de instalaciones atentatorio contra viejas definiciones de espacio, tiempo y ley de la gravedad. Saraceno, con estudio en Frankfurt, coloca en Berlín 20 módulos esféricos representativos de colonias gravitantes. Todo ello, como expresión de nuestro mundo cambiante, entre jardines flotantes donde el cielo se funde con la tierra y viceversa.
Saraceno coloca su apostolado por lo esférico en la Hamburger Bahnhof, una especie de domicilio berlinés de Joseph Beuys, omnipresente en la colección permanente de la casa y protagonista de otra de las exposiciones temporales del trimestre. Está dedicada a los ocho días que Beuys pasó en Japón, en 1984. Le acompañó en esos ocho días un equipo de televisión nipón, que le siguió del aeropuerto a la conferencia de prensa de presentación de su exposición en Tokio, así como encuentros con estudiantes y una acción artística conjunta con Nam June Paik. Todo ese material fílmico se exhibe ahora en la Hamburger, bajo el nombre “8 Tage in Japan und die Utopie Eurasia” -”Ocho días en Japón y la utopía
Eurasia”-.
La siguiente estapa japonesa del circuito berlinés está en el Martin Gropius Bau, en forma de una ambiciosa retrospectiva a Hokusai. Un total de 440 piezas forman parte de la exposición consagrada a Katsushika Hokusai, con su famosa ola de Kanagawa como marca de la casa, sus múltiples perspectivas montañesas del Fuji, así como el mundo perdido que fue el distrito de Edo, el lugar donde nació Hokusai, en 1760, y que acabó engullido por Tokio. Por entonces, tenía ya 1,2 millones de habitantes. Ahí encontró el artista el entorno de samurais, mercaderes, príncipes y demás fauna palaciega que llenaron su obra. Paseando por la Unter den Linden berlinesa tenemos el Guggenheim convertido en factoría por Pawel Althamer. El artista polaco deja momentáneamente aparcado su hábitat artístico formado por mendigos, vecinos y colegas para concentrarse en el paisaje humano del Deutsche Bank. Conviene recordar ahí que el Guggenheim de Berlín es un asilado del coloso bancario, al que debe no sólo el edificio donde se aloja sino también la financiación de su programa.
Althamer ha instalado en la sede Guggenheim-Deutsche Bank su taller de Varsovia para trasladar a formato escultura el personal del banco, así como visitantes de la exposición. “Almech”, se llama la exposición-factoría, cuyo gran elemento generador de arte son las dos máquinas dispuestas por el artista para producir día a día nuevos individuos incorporables a su fábrica de arte.
La crónica de Berlín no se detiene en la capital, sino que se alarga un poco más en dirección al extrarradio. El grandioso modelo federal alemán, aplicado también a los museos, obliga esta vez a visitar el Städel Museum de Fránkfurt. Ahí está “Beckmann & Amerika”, una muy sólida muestra de los últimos tres años de producción de Max Beckmann, el artista que, como tantos otros grandes del panorama alemán, optó por el exilio con la llegada de Hitler al poder.
Beckmann, entre 1915 y 1933 asiduo colaborador del Städel, se refugió primero en Amsterdam y tras la Segunda Guerra Mundial decidió no regresar a Alemania. Emigró a Estados Unidos en 1947 y vivió entre Missouri y Nueva York. Ahí frecuentó el ámbito de emigrantes de elite como Georg Swarzenski, al que había conocido como director del Städel. A esa época y esos ambientes dedica ahora el museo de Fránkfurt su exposición. Fueron los tres últimos años de vida de Beckmann, muerto en 1950 Nueva York, la ciudad a la que como otros llegó en busca de regeneración, interna y liberadora.
