miércoles, 11 de junio de 2014

Adaptándose a lo que importa: el fútbol


(Colombia) Abstención, ley seca y fútbol: asunto complejo

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por Gemma Casadevall

Resulta complejo desde un portal como éste, consagrado a las buenas prácticas democráticas y, por encima de todas, la de acudir a votar, mostrar comprensión hacia el abstencionismo. El gremio de politólogos, docentes, expertos, investigadores y/o periodistas integrados en su equipo de columnistas nos lo recriminarían. Con razón. Máxime cuando desde los propios medios colombianos se está llamando (casi) desesperadamente al voto, desde uno y otro flanco, para tratar de evitar que la segunda vuelta pulverice el de por sí alarmante récord de abstención -más del 60 %, recordemos- que dejó la primera ronda.

No, no se trata aquí de echar leña al fuego del abstencionismo ni de excusar preventivamente ese nuevo récord a la baja que algunos etiquetaron de antemano como imparable. Ahora bien, honestamente: quien tiene la receta del cómo evitarlo? A medio o largo plazo se puede debatir acerca de la oportunidad de reformar una ley electoral que fija el voto en Colombia como un derecho y se desmarca de la dinámica dominante en América Latina que considerarlo un deber -es decir, obligatorio, sea o no sancionado su incumplimiento. En el sprint hacia la segunda vuelta este tipo de planteamientos, sin embargo, quedan en lo teórico.

La primera vuelta dejó al uribismo representado por Oscar Iván Zuluaga como primera fuerza, con un 29,2 %, mientras que al presidente -llamémosle posturibista- Juan Manuel Santos le correspondió el 25,6 %. Desde entonces los analistas andan calculadora en mano calibrando hacia dónde se irán los porcentajes dejados por los tres candidatos descartados para luchar por la presidencia: la conservadora Martha Lucía Ramírez, con un 15,5 %; la izquierdista Clara López, con un 15,2 %, y Enrique Peñalosa, de Alternativa Verde, con un 8 %. No cabe extraer de ahí conclusiones claras, puesto que nada garantiza que el votante vaya a seguir dócilmente las recomendaciones de Ramírez -hacia Zuluaga- o de López -hacia Santos-. Sobre todo cuando el respaldo fue, especialmente en el caso del izquierdismo, a título personal, no del partido en bloque.


Va a ser un domingo poco propicio para erradicar la pasión abstencionista colombiana dicha endémica. El sábado habrá arrancado para Colombia el Mundial 2014, en el estadio de Belo Horizonte y ante Grecia. El argentino José Pékerman habrá desplegado a una selección que ha colocado a Colombia ante su primer sueño mundialista en 16 años y los corazones de millones de compatriotas habrán estado vibrando al son del de James Rodríguez o David Ospina, a falta del héroe indiscutible, Radamel Falcao. Habrá sido un arranque mundialista en Colombia bajo el signo -atípico, a efectos futboleros- de la ley seca, lo que por razonable y extendido que sea en el ámbito electoral latinoamericano no crea especialmente “amigos” a la causa del voto. Seguirán, en el domingo electoral colombiano, otros tres partidos de interés con participación latinoamericana -Suiza contra Ecuador, Francia contra Honduras y la Argentina de Lionel Messi contra Bosnia Herzegovina-.

Mucho calibre futbolista, en contraste con la floja ronda final del duelo por la presidencia entre dos formas de derechismo. La multiplicidad de debates televisados entre Santos y Zuluaga, en la semana previa a los comicios, ofreció la imagen de los dos rivales -y antiguos correligionarios, hasta que el presidente rompió con quien fue su padrino y antecesor, Álvaro Uribe- más encrespados que nunca y rozando el improperio personal, desde la posición de quien ha tenido al otro compartiendo bancada gubernamental.

Se conocen demasiado para representar un fair-play que no sienten y el electorado, a su vez, les conoce demasiado bien como para no darse cuenta de que las diferencias programáticas entre ambos son mínimas.

Santos se sacó un as de la manga, a cinco días de los comicios, con el anuncio de que desde enero se estaba en conversaciones “exploratorias” con el ELN, la guerrilla que se calcula tiene unos 1.500 miembros activos. El esquema negociador sigue el guión del proceso iniciado en noviembre de 2012 con las FARC -con unos 8.000 guerrilleros por desmovilizar-. La agenda es aún imprecisa, pero se sabe que Noruega, Cuba y Venezuela están de nuevo entre los países “facilitadores”, según el comunicado difundido por el Gobierno y el ELN.

El anuncio se interpretó como un modo de ahondar en el carácter plebiscitario de las presidenciales. Sí o no al proceso de paz, ahora con las dos guerrillas, es el dilema con el que Santos pretende lograr la reelección.

El fin del devastador conflicto al alcance de la mano, ha sido el lema nada sutil del presidente, que liga este proceso con el despegue económico que implicaría una Colombia donde el inversor -sobre todo el extranjero- no debe temer ya el azote de actores ilegales armados. Tan incuestionable parece esto último que, de pronto, Zuluaga dulcificó sus perfiles uribistas para sostener que una victoria suya no significará echar por la borda la perspectiva de poner fin al conflicto. Solo que las exigencias a la guerrilla serán otras, a millas de esa virtual “rendición” a la impunidad que se atribuye al plan de Santos.

El presidente no modificó su guión, pese al golpe que supuso quedar por detrás del aspirante en la ronda del 25 de mayo. Simplemente, amplificó su apuesta por la paz. Una laringitis dejó a Zuluaga sin voz ante el último duelo televisado, lo que impidió al teórico elector tener la ultimísima versión del duelo eterno entre dos rivales conocidos.

Llegamos así al domingo electoral bajo el signo de la abstención y los efectos del debut colombiano en el Mundial. Lo dicho: no excusamos premonitoriamente nada. Al contrario, refrendamos las voces que estos días están llamando al voto, recordando que es mucho lo que está en juego -el regreso del oscurantismo ultraderechista del uribismo, se advierte desde las filas progresistas ahora favorables a Santos, o la continuidad del “castrochavismo” traidor, como se etiqueta al presidente desde el flanco rival-. Pero ello no quita que, efectivamente, al tradicional abstencionismo colombiano se le haya sumado, como “aliado accidental”, un acontecimiento con capacidad para eclipsar casi todo. El rey fútbol.
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