Gemma Casadevall
Berlín, 21 nov (EFE).- Las manos juntas, formando un rombo con los dedos
sobre una de sus arquetípicas chaquetas, es la señal de identidad de la
canciller alemana, Angela Merkel, que mañana cumple diez años al frente de la
potencia europea y que ha experimentado varias metamorfosis sin desviarse de su
estilo.
La muchacha del Este, como la llamó su expadrino político y
patriarca cristianodemócrata Helmut Kohl; la canciller de hierro, como se la ha
definido por su férrea defensa de la austeridad; o también "canciller teflón",
porque aparentemente todo le resbala, son los apodos más frecuentes para Merkel.
Su imagen, con la crisis de los refugiados, ha dado un nuevo giro y el
semanario Der Spiegel llegó a caricaturizarla como una "Santa Angela de
Calcuta", por representar la acogida generosa de quienes huyen de conflictos
como el sirio, frente a las presiones internas para cerrar fronteras.
Son
muchas las vueltas que se han dado al perfil de esta mujer de 61 años, hija de
un pastor protestante, crecida en la Alemania comunista y doctora en Ciencias
Físicas, que llegó a la política por casualidad, como casi por azar lleva
también el apellido Merkel.
Nacida el 17 de julio de 1954 en Hamburgo, con
el nombre de Angela Dorothea Kasner, la canciller debe el apellido por el que
todo el mundo la conoce a un fugaz matrimonio a los 23 años con el igualmente
joven Ulrich Merkel, en la pequeña parroquia de la República Democrática Alemana
(RDA) donde ejercía su padre.
Tuvo una juventud calificable de normal en esa
parte del país, incluida la práctica del desnudo integral en las playas del
Báltico, como atestigua alguna foto de entonces.
A esa etapa pertenece
también su fase de secretaria de propaganda de las Juventudes comunistas, pero
luego se integró en los grupos de la oposición con la revolución pacífica que
precedió a la caída del Muro, el 9 de noviembre 1989.
De ahí se convirtió en
portavoz del gobierno de transición que condujo a la RDA hasta la reunificación,
liderado por el democristiano Lothar de Maizière.
Para entonces ya se había
divorciado del primer marido y convivía en Berlín con el profesor de Química
Joachim Sauer, a quien conoció como hombre casado y padre de dos hijos y con
quien contrajo matrimonio en 1998, siendo ella secretaria general de la Unión
Cristianodemócrata (CDU).
De esa primera revolución política, conserva aún
el apodo de "muchachita del Este" que le asignó Kohl al integrarla en su
Gobierno, en 1991, necesitado de nuevos talentos de la antigua Alemania
Oriental.
La Merkel como atípica máquina de poder, mezcla de sangre fría y
perseverancia, empezó a revelarse en 2000, con Kohl inmerso en el escándalo de
las cuentas secretas que se reveló en la CDU tras quedar apeado del poder por el
socialdemócrata Gerhard Schröder.
Asumió las riendas del partido del
patriarca Konrad Adenauer, tras llamar a los suyos a emanciparse de su aún
padrino político y sucedió en la jefatura a Wolfgang Schäuble, exdelfín de Kohl,
quien renunció salpicado por el escándalo.
Los barones de la CDU no le
disputaron un puesto que no querían en esas horas bajas y ella fue dejando en la
cuneta a sus enemigos internos, hasta convertirse en su candidata para
reconquistar el poder frente al canciller Schröder, otro de los hombres que
erraron el tiro al considerarla una rival inferior.
El 18 de septiembre de
2005 ganó sus primeras elecciones generales, por una ventaja mínima frente a
Schröder, lo que aparentemente la castigaba a una jefatura de Gobierno frágil.
El 22 de noviembre hizo historia por partida doble, como primera mujer y
primer político procedente del Este en la Cancillería. Lo hizo al frente de una
gran coalición con el Partido Socialdemócrata (SPD), con Schröder convertido en
jubilado político.
En su salto a la esfera global topó con una situación
parecida a lo que había sido su experiencia en la CDU y en la contienda
electoral: se la consideró una aliada fácil o un escollo pasajero.
La larga
secuencia de fotografías acumuladas a lo largo de su década en el poder -en
cumbres multilaterales, en visitas de Estado, en la maratón de reuniones de
crisis de la zona euro u otros panoramas- muestran a una Merkel casi
inalterable.
Su repertorio de chaquetas -las variaciones se limitan al
número de botones, diseño del cuello y por supuesto al color- parece infinito,
pero el gesto del rombo es eterno, independientemente de si posa entre escolares
o junto a un líder de máximo rango.
Fuera del país se sigue tratando de
descodificar ese gesto, mientras que sus compatriotas lo han asimilado como
propio de esa especie de "Mutti" -mamá- de una gran nación, que a veces arropa y
otras regaña, ni empalagosa en el mimo ni cruel en el castigo. EFE gc/nl/mr