Schlöndorff regrese a Max Frisch de la mano del infalible Skarsgard
Gemma Casadevall
"Retourn to Montauk", una nueva incursión de Schlöndorff en su "alter ego", el escritor suizo Max Frisch, aportó la presencia del actor sueco en un festival del que Skarsgard es fiel visitante, esta vez convertido en pareja de Nina Hoss, otra habitual de la casa.
Quince años después de "Homo Faber", el cineasta alemán traza en esa película la historia de una expareja que trata de recomponer las piezas rotas de una relación, por supuesto desde el "lugar de los hechos", junto a la maravillosa playa de Montauk.
"Nunca he dejado de pensar en los temas que quedaron pendientes en ese filme, en temas como el remordimiento, la dificultad por encontrar la reparación o la exculpación, sea por lo que no se hizo o por lo que sí se hizo, pero mal", explicó el cineasta.
Su puntal es Skarsgard, en el papel del escritor que reflexiona sobre el arrepentimiento o la inutilidad de arrepentirse y quien demuestra su aparente incapacidad, como actor, para no dar la talla, sea lo que sea lo que interpreta.
Si hace tres años, en ese mismo festival, convirtió en memorable un western polar, "Kraftidioten", dirigido por el noruego Hans Petter Moland, ahora hace lo propio con esta película que se mueve entre seres brillantes, elegantes y perfectos, en un Nueva York que podría ser el de Woody Allen.
Hoss, una especie de musa de la Berlinale con papeles complejos como "Barbara" o "Yella", no sale tan bien parada en su interpretación de una exitosa abogada, que se mueve entre apartamentos y despachos de lujo, pero de naufragio en naufragio.
"Return to Montauk", el retorno de Schlöndorff al festival tras "Diplomaty", en 2014, gira en torno a dos formas de elitismo -el intelectual del escritor y el de los ricos clientes de la jurista-, con un retorno sobre los corazones rotos con poco poder reparador.
Su filme era el tercero y último de los representantes del cine anfitrión a competición -tras la algo anodina "Helle Nächte", del germano-turco Thomas Arslan, y el brillante documental "Beuys", de André Veiel- y dejó la sensación de ser un producto básicamente autocontemplativo.
El cine portugués brilló con "Colo", dirigido por Teresa Villaverde, una realizadora que en 1991 estrenó en ese festival "Os Mutantes", entonces como talento a descubrir, y que ahora regresó desde su posición de voz consolidada entre el llamado cine "de autor".
Sin estridencias ni dramatismos, el filme recorre el proceso de desmantelamiento de una familia, formada por el matrimonio y una hija adolescente, en el que todo podría funcionar perfectamente, si no fuera que el desempleo crónico del padre es un cáncer que devora el tejido familiar.
En ellos se reflejan los efectos, a medio plazo, de una crisis económica que parece endémica y que además ha contagiado a todo el entorno social, escolar y vecinal de su barrio, la ciudad y el país donde ocurre.
La crisis ha condenado a la condición de inútil a un esposo y padre que no consigue trabajo, simplemente porque no lo hay, mientras la madre trata de sacar adelante a la familia entre sucesivos trabajos mal pagados.
Lo que no era, sobre el papel, una familia desestructurada pierde la cohesión, erosionada por los efectos de una crisis que, a efectos macroeconómicos, tal vez empezó a superarse, pero cuyas secuelas persisten en lo individual y lo colectivo.
"Colo" confirmó la sensación de que la presente Berlinale, que tuvo unas primeras jornadas a competición más bien flojas, entró en la buena senda ya el pasado domingo, con "Una mujer fantástica", del chileno Sebastián Lelio, para reforzarse en los días siguientes.
El lunes, la británica Sally Potter hizo subir poderosamente el listón con "The Party", a lo que siguió el martes el finlandés Aki Kaurismäki, con "Toivon toulla puolen" ("The other Side of Hope"), para muchos, la auténtica joya de este festival berlinés.
Con expectación se espera mañana la nueva película del coreano Hong Sangsoo y, ya cerrando el desfile de los 18 aspirantes al Oso, al rumano Calin Peter Netzer, el viernes. EFE
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La Berlinale plasmó la polémica en torno a los restos de Lorca y la homofobia franquista
Gemma Casadevall
Berlín, 15 feb (EFE).- La Berlinale fue hoy escenario, en pantalla y en vivo, de la polémica sobre la búsqueda, o no, de los restos del poeta Federico García Lorca con el estreno del documental "Bones of Contention", centrado en las fosas comunes del franquismo y la represión a los homosexuales durante la dictadura.
La directora del documental, la alemana Andrea Weiss, acudió acompañada de varios de las personas que aparecen en el filme, como Laura García Lorca, sobrina del poeta y presidenta de la fundación en su memoria, así como Emilio Silva, de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.
Ambos sostienen posiciones contrarias, como aparece en la película, y así quedó de manifiesto también, en vivo, en el debate posterior a su exhibición, en la sección Panorama Documento, la segunda en importancia del festival.
La sobrina de Lorca expuso así claramente la posición de la familia, contraria a que se siga excavando en busca de sus restos, por considerar que lo fundamental es hacer un "trabajo honesto" de recuperación histórica de todo el colectivo de víctimas, sin personalismos.
Silva defendió, como hace en la película, "que los huesos hablan" y pueden llegar a reconstruir, de dar con ellos y alcanzar a identificarlos con un análisis de su ADN, cómo fueron asesinados.
"Para mí fue importante lograr localizar e identificar los de mis familiares", explicó, para añadir que a raíz de esa experiencia propia fue cómo se empezó a generar su asociación, ante las muchas otras personas que se dirigieron a ellos para pedirles que buscaran también a los suyos.
La excavación o no para buscar los restos de Lorca, uno entre los 120.000 muertos que se estima que yacen en fosas comunes por distintos puntos de España, es un aspecto del filme, que incorpora a las entrevistas con imágenes de archivo e informativos de la época, locutados en inglés, donde se habla de Francisco Franco como el "Hitler español".
El otro gran capítulo del documental es el carácter emblemático del poeta en la lucha del colectivo LGTB, tras recordarse que, según un informe policial de 1965 aparecido hace dos años, Lorca fue asesinado por "homosexual y socialista".
Entran ahí los testimonios de Antoni Díaz, quien conoció las cárceles franquistas por su condición de gay, y Silvia Reyes, transexual y asimismo perseguida por la represión del régimen.
Díaz detalla ante la cámara de Weiss lo que significó vivir bajo el yugo de la llamada "ley contra vagos y maleantes", que equiparó a los homosexuales con delincuentes comunes, mientras que Isabel Franc recupera los "códigos secretos" que se intercambiaban las lesbianas -"libreras", en su argot- para reconocerse.
Reyes aporta su testimonio del rechazo social y familiar que sufrieron los transexuales que, como ella, solo podían vivir de la prostitución, ya que "con estas tetas y esta cara nadie nos daba trabajo de lavaplatos o cualquier otra cosa".
Vestida con un traje de noche de lentejuelas, Reyes fue la representación viva, desde la Berlinale, del fuerte carácter que documenta la película, especialmente cuando se entra en el capítulo de la primera manifestación del orgullo gay en Barcelona, en 1971.
Un grupo de transexuales se incorporó a la cabeza de esa marcha, detalla el filme, pese a que inicialmente algunos miembros de otras organizaciones de gays y lesbianas hubieran preferido darles menos protagonismo.
Cuando los "grises" -como se apodaba entonces a la policía nacional, por el color de su uniforme- cargaron contra la marcha fueron los transexuales quienes se mantuvieron firmes y plantaron cara, mientras otros huían, se recuerda en el filme de Weiss.
España estuvo, durante años y hasta entrada la transición, entre los países más represores del colectivo LGBTI, del mismo modo que en los últimos años se ha convertido en uno de los más avanzados en cuanto a la plena equiparación de sus derechos, apunta la cineasta alemana.
El debate que siguió al estreno del filme abundó en la temática de este, especialmente en cuanto a la necesidad de superar el pasado -"el franquismo cometió el crimen perfecto, ya que logró una especie de amnesia colectiva", argumentó Silva-.
Entre los espectadores estaba Serafín Fernández, español residente en Alemania desde hace más de 50 años, explicó, quien en su momento también conoció las cárceles españolas por su condición de homosexual.
"La última palabra la tiene la familia. Sólo los Lorca pueden decidir si hay que seguir excavando o no en busca de sus restos. Pero darían mucha fuerza a quienes luchan por la Memoria Histórica si el apellido Lorca se uniera a esa organización", comentó, al fin de la proyección. EFE
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