Joana Serra
Las reacciones a la victoria de Georgia Meloni en la gran familia del derechismo radical europeo fueron de la euforia en los alemanes, a la felicitación sincera polaca o la cautela de los suecos, quienes se habían apuntado su propio triunfo quince días antes.
"Pese a las advertencias antidemocráticas de la presidenta de la Comisión Europea, los italianos, como los suecos, han optado por un cambio de política", escribían los dos co-presidentes de Alternativa para Alemania (AfD), Alice Weidel y Tino Chrupalla.
La alusión a Ursula von der Leyen sigue a la advertencia que le lanzó a Meloni, en vísperas de los comicios, al recordar que la CE dispone de "instrumentos" para hacer respetar los fundamentos democráticos.
AfD no está en una posición de fortaleza. Las tensiones internas entre su ala radical y los llamados moderados la han debilitado y sigue excluida como socio o aliado externo, a todos los niveles, por el resto del espectro parlamentario.
Con un simple "Congratulations", en inglés, felicitó a Meloni el primer ministro de Polonia, Mateusz Morawiecki. Su ultranacionalista coalición gubernamental Ley y Justicia (PiS), ve en el triunfo de la candidata italiana una extensión de su bloque, ahora en un país fundador de la Unión Europea (UE).
Los Demócratas de Suecia (SD), el partido ultraderechista que se erigió en vencedor moral de las elecciones del país nórdico, optaron por la discreción. El SD fue la fuerza más votada del vencedor bloque derechista en los comicios generales del 11 de septiembre, solo aventajada en voto por los socialdemócratas.
Sin embargo, no se plantea que su líder, Jimmie Akesson, pueda convertirse en primer ministro. Quien recibió el encargo de formar gobierno fue el moderado Ulf Kristersson, quien pese a quedar tercero negocia con centristas y liberales una nueva alianza. Precisa el apoyo de SD, aunque seguramente como aliado externo. En Suecia no se rechaza ya de plano la colaboración con los ultras. Pero a cierta distancia.
