sábado, 27 de julio de 2024

A falta de techno, Thielemann

Berlín se vuelca en el „rave“, señal de identidad al aire libre

Joana Serra


Miles de berlineses y visitantes sentados en el suelo o en sillas plegables, disfrutando el concierto dirigido por Christian Thielemann en la gran esplanada junto a la Staatsoper Unter den Linden. O grupos de jóvenes bailando en cualquier calle peatonal, junto al canal o a orillas del río Spree, armados con un equipo musical mínimo. Como cada año, Berlín sale en pos de la música al aire libre, y gratuita, incluso si el verano discurre de diluvio en diluvio, como en este 2024. Lo hace tanto para escuchar la „Alpensinfonie“ de Richard Strauss y la apertura del „Tannhäuser“ wagneriano, como para bailar techno entre amigos.
Son distintas formas de expresar la pasión por la música al aire libre. Salvo que llueva, los márgenes del Spree se convierten en pista de baile improvisada para aficionados al tango y el parque ciudadano que es el antiguo aeropuerto de Tempelhof acoge parejas danzantes al son del rock-and-roll.
Los clásicos arrastran a un público de toda edad, condición y nacionalidad, máxime si quien dirige es el maestro Thielemann, el sucesor de Daniel Barenboim al frente de la ópera nacional del antiguo sector este. El concierto gratuito, de la serie „Oper für alle“ -“Ópera para todos“-, concentra cada verano a unas 20.000 personas en formato de pícnic multitudinario sobre la céntrica Bebelplatz, con la Universidad Humboldt al fondo.
Cada uno celebra el reencuentro estival con la música al aire libre a su manera. Pero destaca entre tan variado panorama la resurrección del techno, un movimiento al que algunos dieron prematuramente por agónico y que tendrá su gran cita en agosto con el „Rave the Planet“.
La música electrónica parecía que no levantaría ya cabeza desde que las restricciones por la pandemia obligaron a cerrar durante meses sus templos más emblemáticos -como las discotecas Tresor o Berghain-. Pero la determinación de las autoridades berlinesas de inscribir la „Technokultur“ como patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO ha revitalizado el fenómeno musical e imán turístico que es la música electrónica.
Se vuelve así a la senda marcada en los 90, cuando el techno alemán se erigió en emblema del Berlín joven, liberado del traumático muro que encorsetó durante décadas el sector occidental de la ciudad partida. Creció en las catacumbas de las discotecas y otros locales más o menos legalizados. Y alcanzó proporciones multitudinarias en cuanto escapó al aire libre, para ofrecer lo que durante años fue la mayor fiesta del tecno del mundo: la Loveparede. La caravana del amor y su desfile de enormes camiones-caravana equipados con atronadora megafonía alcanzó a finales de los 90 la cifra mágica -y, como suele ocurrir, nunca verificada- del millón de cuerpos danzantes. Berlín había encontrado su nueva identidad en un evento que atrajo a los mejores DJ del mundo y al que se accedía gratuitamente. El factor negativo es que dejaba tras de si toneladas de basura y protestas de grupos ecologistas o vecinos por el impacto en la flora y la fauna del Tiergarten, el espléndido pulmón verde por cuyos alrededores transcurría.
La Loveparade tuvo sus años de gloria. Luego entró en decadencia y se trasladó a provincias. Su estocada fue la tragedia en que derivó la edición de 2010, cuando 21 muchachos murieron aprisionados al desatarse el pánico en el único acceso a su recinto, en la deficitaria ciudad de Duisburgo.
Más de una década después de la catástrofe, Berlín recuperó el espíritu de la Loveparade. Lo hizo a través de un sucesor de dimensiones menos descomunales: el „Rave The Planet“, la fiesta en la calle que el año pasado recibió a 200.000 visitantes.
La capital alemana retumbó de nuevo bajo el impacto de la música electrónica, en un evento con apoyo institucional. La recogida de basura no es únicamente cuestión de los organizadores, sino de los servicios municipales. Está registrada como „manifestación política y cultural“, lo que le brinda cobertura en cuanto a seguridad.
Este año no tendrá lugar en julio, el mes que menos riesgo de lluvia, sino el 17 de agosto. La razón de este desplazamiento a la segunda quincena de un mes en que en Berlín empieza a olerse el otoño es que en el mes anterior la „Avenida del 17 de Junio“ estuvo ocupada por la „zona del aficionado“ de la Eurocopa.
Durante las cuatro semanas del torneo, la gran arteria ciudadana que atraviesa el Tiergarten fue un paisaje de pantallas gigantes y puestos de comida para la afición en el tramo que va de la Columna de la Victoria hasta la emblemática la Puerta de Brandeburgo. Pasaron por ahí millones de seres asimismo ansiosos de fiesta, con el fútbol como astro rey y también un amplio programa musical, en las jornadas sin partido. También ahí se sufrieron algunas intermitencias debidas al gran enemigo de todo evento al aire libre: la lluvia, en ocasiones en forma de tormentas torrenciales. La Roja conquistó el espacio con su fútbol alegre, joven y vencedor; a la sensacional victoria de los de Lamine Yamal, Dani Olmo, Nico Williams, Marc Cucurella y Mikel Oyarzábal seguirá en unas semanas el gran „rave“ berlinés.