Orbán, el „trumpista“ aliado de Putin que socava la UE y la OTAN
Joana Serra
Dejó claros sus propósitos unos días antes incluso de abrirse formalmente la presidencia húngara del Consejo Europeo al presentar el lema de su semestre: „Make Europa Great Again“, „Hagamos Europa grande otra vez“, un mensaje „trumpista“ al cien por cien, con el que además evidenció que no serían seis meses de rutina. En cuanto Hungría asumió formalmente su presidencia semestral, el 1 de julio, Orbán apretó el acelerador con una serie de viajes „sorpresa“ que, efectivamente, tomaron a sus socios europeos absolutamente desprevenidos.
Inició sin consultar a ningún socio lo que calificó de „misión de paz“ en Kiev. Ahí se entrevistó con el presidente Volodímir Zelenski, quien debió recibir alguna sacudida interna ante la visita del más leal y poderoso aliado de Vladímir Putin entre los socios de la UE. La siguiente estación de su iniciativa pacifista fue Moscú, donde intercambió recetas para la paz en Ucrania con el líder del Kremlin. Por si faltaba algún elemento, se personó a continuación en Pekín, donde obviamente fue recibido por su presidente, Xi Jinping. Y, puesto que estaba en Estados Unidos estos días, por qué no acercarse a Florida a ver a su gran amigo y potencial nuevo presidente de la superpotencia global, Trump?
El estupor de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, del alto representante de Política Exterior, Josep Borrell, y de líderes como el canciller alemán Olaf Scholz alcanzó dimensiones que iban más allá de la descalificación o descontento por las primeras estaciones del viaje no consensuado a escala europea, Moscú y Pekín. Hay motivos serios de preocupación, no porque Orbán acumule viajes de tal relevancia, sino por la creciente influencia asumida por el líder húngaro mientras emergen nuevos gobiernos de la órbita ultraderechista o prorrusa, especialmente en el este de Europa.
A la primera ronda de estupor europeo siguió la generada en la cumbre de la OTAN en Washington. Desde Estados Unidos, Orbán volvió a dejar claro que para él no hay lealtades aliadas que le impidan mostrar lo que es: un líder más cercano a Trump que a Joe Biden.
La cumbre de Washington se había diseñado para blindar estrategias con las que seguir apoyando a Ucrania incluso si el expresidente y ahora candidato republicano gana las elecciones de noviembre. Tras la cumbre, Orbán colocó en su agenda una visita a Mar-a-Lago, en Florida, para trasladarle a Trump los resultados de su misión pacificadora ante Zelenski, Putin y Xi. El propio Orbán se encargó de colgar una foto con Trump, ambos con el pulgar en alto, a modo de resumen de la gestión de paz de la que no había siquiera confirmaciones oficiales.
No pasa un día sin que Orbán exhiba sus ansias de dominio. Jugó ahí una importante baza la conformación de un nuevo grupo en el Parlamento Europeo (PE) con el Fidesz como principal motor. Cabe recordar que el partido dominante en Hungría quedó fuera del grupo de los Populares Europeos (PPE) en 2021, en medio de una fuerte trifulca entre Orbán y el líder de esa formación, el bávaro Manfred Weber. Desde entonces había quedado en el PE en tierra de nadie o como independiente. Podría haber tratado de remodelar o integrarse en uno de los grupos del populismo derechista existentes en la anterior legislatura, los Conservadores Reformistas (ECR) de la italiana Giorgia Meloni o Identidad y Democracia (ID) de la francesa Marine Le Pen. En lugar de eso, presentó en Viena una nueva agrupación, llamada de los Patriotas para Europa, junto con el líder del FPÖ austriaco, Herbert Kickl, y el exprimer ministro y magnate Andrej Babis, del opositor Alianza de Ciudadanos Descontentos (ANO). En los días siguientes se le añadieron Le Pen y el neerlandés Geert Wilders. Entre todos ellos, además de Vox, sumarán 84 escaños en el PE.
„Nada nos hará cambiar de opinión. Mantendremos los canales diplomáticos abiertos con Rusia“, aseguró el ministro húngaro de Asuntos Europeos, János Bóka, hombre de máxima confianza de Orbán, mientras subían de decibelios las protestas desde Bruselas por el nulo interés del líder húngaro en consensuar o coordinar nada. Orbán es un asiduo discordante en toda cumbre de los Veintisiete, especialmente si se trata de política migratoria. Hay que reconocerle que en materia de asilo no está solo en su rechazo a las líneas trazadas desde la CE. Pero la lista de encontronazos entre Budapest y Bruselas con Orbán como primer ministro -es decir, entre 1998 y 2002 y desde 2010 a la actualidad- va más allá de desencuentros puntuales.
A sus 61 años, es el más veterano entre los líderes de la UE y lidera Fidesz desde 1993. Los sucesivos intentos desde la oposición para derrotarlo en las urnas han fracasado. Renovó sin problemas su mayoría absoluta en 2022, pocos meses después del baño de realidad que suposo para Occidente el inicio de la invasión a gran escala de Ucrania y desde su condición de aliado europeo de Putin.
Sus vínculos con el Kremlin no le han impedido compartir bloqueos ante Bruselas con la ultranacionalista Ley y Justicia (PiS) polaco, el partido que mientras ocupó el poder en Varsovia representó la línea del máximo compromiso con la ayuda militar a Kiev.
En política interior, el Fidesz defiende lo que Orbán califica de „revolución conservadora“, una línea que coloca a Hungría en la línea del autoritarismo. Ha impulsado leyes homófobas que Bruselas califica de acoso a los colectivos LGTBI y sometido a los medios de comunicación a una suerte de ley mordaza. En materia judicial, ha implantado una reforma similar a la que introdujo en Polonia el PiS en los ochos años que estuvo en el poder y que trata ahora de revertir su primer ministro, el liberal y europeísta Donald Tusk.
Tras varios avisos y sanciones, Bruselas llegó a congelar los fondos europeos destinados a Budapest. En lugar de retraerse, Orbán respondió estrechando sus lazos con China, con Rusia y con Turquía, el otro miembro díscolo de la OTAN.
Orbán respondió siempre a los toques procedentes de Bruselas enarbolando la bandera de la „soberanía húngara“. Su poder podría empezar a erosionarse, de prosperar la oposición surgida de un disidente de Fidesz, Peter Magyar. En las elecciones europeas, el partido de Orbán se alzó con un 43 %, lo que supone una caída de más de 10 puntos respecto a 2019. Tisza, una formación hasta ahora minoritaria pero que Magyar asumió como propia, se alzó con un 31 %. Este resultado supone un hito para una oposición que ha sacado a la calle las mayores movilizaciones vistas en décadas en Hungría contra la línea autoritaria de Orbán.