Crónica desde Berlín: El 'glühwein', el brebaje al que sucumbe cualquier 'Grinch'

Comida en el mercadillo navideño de Gendarmenmarkt, en Berlín. / Gemma Casadevall
Gemma Casadevall"No sé, no le veo la gracia a que me vengan de frente cinco policías acolchados, me pidan la documentación y luego me hurguen hasta el fondo del bolsillo, incluido el del trasero. Encima el 'glühwein' no me gusta“. Tim, de 26 años y mecánico de automóviles, trata de disuadir a su acompañante de ingresar en uno de los 60 mercadillos navideños de Berlín, el de Gendarmenmarkt. Este año no está emplazado en el lugar al que debe su nombre, porque esa plaza está en obras, sino en vecindad con la Staatsoper Unter den Linden, la ópera nacional clásica de Berlín. Como en todos los grandes eventos públicos, rige la prohibición de portar cuchillos o navajas. La alarma por los crecientes ataques con arma blanca, sean atentados yihadistas o simples broncas, ha llevado al Gobierno alemán a vetarlo de la vía pública, lo que implica el despliegue de patrullas policiales en busca de infractores.
El acceso al mercadillo no es gratuito. Hay que pasar por caja y pagar dos euros. Un argumento más en contra para gente como Tim. Seres malhumorados identificables como un 'Grinch‘, el personaje que detesta la Navidad por el mercantilismo que la envuelve.
Los mercadillos, en cualquiera de sus variantes, son un exponente del consumismo, especialmente en lo que concierne al 'glühwein', el vino caliente con canela y otras especias, sinónimo de Navidad alemana. Entre cinco y seis euros cuesta una tacita del brebaje dulzón, para el que no suelen utilizarse vinos de calidad. Más o menos lo mismo que ocurre con la sangría.
El de Gendanmenmarkt, en el corazón monumental clásico de Berlín, no es uno más en la lista de los 60 mercadillos de la capital alemana. Los dos euros por la entrada disuaden a muchos, que se desplazan a los de libre acceso, sea en Alexanderplatz, a 500 metros, o en la Breitscheidplatz, al otro extremo de la ciudad. Los hay en todos los barrios de la capital alemana, grandes o pequeños, incluidos en los de alto porcentaje de población multiétnica y no necesariamente cristiana, como Neukölln.
A cambio de los dos euros de entrada, en el de Gendarmenmarkt se va a encontrar algo más que 'glühwein‘: vinos de calidad, cócteles, puestos de champán francés, cuidada gastronomía en vecindad con populares puestos de salchichas, regalos navideños y figurantes disfrazados de personajes relacionados con la Navidad. Ni rastro de las patrullas policiales que dice temer Tim, pese a que los telediarios locales y nacionales informan de estas medidas adicionales de seguridad. Tim, el 'Grinch‘ berlinés, se decide finalmente por el vino de especias caliente e invita a su acompañante. Serán 11 euros, más otros dos que le restituyen cuando devuelvan su copa. La mitad de lo que cuesta un cóctel en uno de los 'lounge' cerrados.
Más madera escandinava y menos lucecitas
Los mercadillos clásicos, sean el de Gendarmenmark o del palacio de Charlottenburg, son un despliegue de estrellas doradas e iluminación navideña. Es decir, destellos dorados "falsamente navideños", como diría un 'Grinch‘. El de Charlottenburg alterna los puestos de comidas y bebidas con artesanía de calidad, lejos del socorrido recuerdo navideño.

Ambiente en el mercadillo de 'Lucía', en Berlín. / Gemma Casadevall
Quien no comulgue con tanto destello tiene la Kulturbrauerei, junto a la zona de copas del barrio de Prenzlauer Berg. Ahí se respira sobriedad escandinava. Se trata de un mercadillo llamado simplemente 'Lucía', más bien laico, de ambiente nórdico, orientado a Oslo, Helsinki o Estocolmo, con más salmón que salchichas y barracones de madera coronados por ciervos, sin artificios. El público también es distinto al del centro: son grupos de turistas más jóvenes, habitantes de ese noctámbulo distrito y parejas jóvenes con hijos. La afluencia en fin de semana es máxima, hasta el punto de que llegan a producirse tapones. Pero tampoco ahí hay más que una discreta presencia de vehículos policiales en las inmediaciones del mercadillo.
El puro 'kitch' de un mercadillo traumático
Hasta hace unos años, el 'Weihnachtsmarkt' o mercadillo por excelencia de Berlín era el de la Breitenscheidplatz, en el centro comercial de su antiguo sector occidental. El atentado yihadista cometido unos días antes de la Navidad de 2016 por el tunecino Anis Amri cambió esa perspectiva. Doce personas murieron y unas 70 resultaron heridas, al irrumpir en el recinto el yihadista con un camión artículado de gran tonelaje, robado a punta de pistola a un transportista polaco. Amri había ingresado en el país como refugiado, la policía alemana estaba avisada de su radicalización, pero una serie de negligencias o errores propiciaron el ataque.
El mercadillo de la Breitenscheidplatz está ahora fortificado entre vallas de protección y bloques de hormigón, pero sigue siendo de libre acceso. Tampoco ahí se realizan registros de bolsos o mochilas en la entrada, aunque la presencia policial es abultada.

El mercadillo navideño de Breitscheidplatz, en Berlín. / Gemma Casadevall
Es el más popular y también el más deliberadamente 'kitch' en lo que a destellos dorados y luces multicolores se refiere. Pero el 'glühwein' tampoco baja de los cinco euros. Tras la visita a varios mercadillos, de lo elitista a lo nórdico, no parece ya tan descabellada la idea del 'all inclusive' que presenta el del Oberbaumbrücke, el llamado 'puente de los espías' de la Guerra Fría. Ahora ya no se le conoce por intercambios de agentes entre el sector comunista y el occidental, sino como zona de copas. A su mercadillo se accede tras pagar 29 euros, que dan derecho a toda la bebida y comida que se pueda consumir. Hay una tarifa superior, 65 euros, con mesa reservada.
La oferta berlinesa es más que variada. A escala alemana, se llega a lo sobredimensionado: hay 3.500 repartidos por todo el país, desde los históricos de Dresde y Heidelberg a los más recientes. La cifra anual de visitantes se sitúa sobre los 160 millones.