jueves, 1 de noviembre de 2007

Un despiece judío, en Lonely


El Museo Judío, imponente testimonio de una minoría


De los 177.000 judíos que vivían en Berlín en 1930, antes de la llegada de Hitler al poder, apenas quedaban 6.000 al fin de la II Guerra Mundial. Unos 50.000 murieron en el Holocausto, el resto fue expulsado o huyó a tiempo. Hoy la capital alemana vuelve a tener la comunidad judía más numerosa del país, con 12.000 miembros, un 80 por ciento de los cuales llegaron tras la caída del Muro procedentes del Este de Europa.
Numéricamente es una minoría, pero su presencia es tan imponente como monstruoso fue el Holocausto. Dos construcciones recientes plasman ese capítulo de la historia: el Museo Judío, en Kreuzberg, y el monumento a la víctimas del Holocausto, junto a la Puerta de Brandeburgo.
El primero, inaugurado en 1999 como edificio aún vacío y convertido en exposición dos años después, es hoy uno de los museos más visitados de Berlín, con un cómputo de cuatro millones de personas. Es un impactante edificio obra de Daniel Libeskind, con fachada de zinc y en forma en zigzag, semejando una estrella de David truncada.
El otro gran imán para el visitante es el monumento a las víctimas del Holocausto, un laberinto de 2.711 bloques de hormigón sobre un solar de 1.900 metros cuadrados, diseñado por el arquitecto estadounidense Peter Eisenman como un lugar de entrada franca, a todas horas del día y de la noche, e inaugurado en mayo de 2005.
El Museo Judío queda en un extremo de Kreuzberg, a unas manzanas del centro, y el monumento de Eisenman está en la zona de mayor afluencia turística de Berlín.
La vida interna de ese colectivo se concentra, sin embargo, en el barrio de Charlottenburg, en el oeste, donde está la sede de la Comunidad Judía, y en Mitte, en el este. Ahí se encuentra la hermosa Nueva Sinagoga, que acoge en su interior el Centro Judaicum.
Hasta 500 puntos, entre templos, monumentos, cementerios, placas conmemorativas u otros recordatorios evocan la historia de esa comunidad. Pero tal vez uno de los testimonios más elocuentes son los adoquines de bronce que salpican las aceras de la ciudad, con un nombre y las fechas de nacimiento y muerte de los berlineses deportados, ante la casa donde vivieron. Es una iniciativa del artista Günter Demnig, que hasta ahora ha colocado unas 5.000 placas.