Del ex-corazón rojo y minero al Guggenheim prusiano
Gemma Casadevall
La Cuenca del Ruhr, el ex corazón rojo alemán -ex, porque se desmanteló su minería y con ello cayó también el dominio socialdemócrata-, se presenta con la llegada del año como la capital cultural europea 2010. Una capitalidad anómala, puesto que no recae en una ciudad, sino que la comparten un nudo de 53 núcleos urbanos alrededor de Essen y Bochum, donde se concentran 5,3 millones de habitantes. Un conglomerado anómalo donde el viajero no sabe exactamente en qué término municipal se encuentra ni en que punto del laberinto de autopistas perdió el sentido de la orientación. Se reparten su espacio de protagonismo artístico veinte museos, incluidos el vanguardista Ruhr Museum y el rompedor Küppersmühle -obra de Herzog & de Meuron, los del estadio olímpico de Pekín donde Ai Weiwei plantó su “Nido de Pájaro”-. Como suele ocurrir en estos mega-eventos, el programa es un compendio enrevesado entre buenas exposiciones cuidadas, espectáculos progresistas y meros entretenimientos de masas, a repartir en los doce meses del año. Del enjambre inicial se desprende que lo más interesante surgirá entrada ya la primavera -con el re-estreno, por ejemplo, del Museum Folkwang, en Hagen, arrasado por los bombardeos aliados en 1944, ahora recuperado por David Chipperfield. Lo mismo ocurrirá con el Küppersmühle, en Duisburg, que ampliará los espacios donde ahora conviven como pueden Georg Baselitz, Jörg Immendorff, Joseph Beuys y Otto Piene con un fenomenal contenedor de 2.000 metros cuadrados, en forma de “T”, literalmente plantado sobre el ahora convencional edificio principal.
Quien sí tiene ya un lugar más que digno en la Cuenca del Ruhr es Emil Schumacher. El pasado agosto abrió, asimismo en Hagen, avanzándose al año cultural, el museo consagrado al culto a este pintor y que incluye un notable legado -88 óleos, 200 gouaches, gráficos, cerámicas y otras piezas-, donado por su hijo, Ulrich Schumacher. Al fondo del museo se suman exposiciones temporales, como la que abrirá en febrero, hasta mayo, bajo el título “Neue Freiheit. Abstraktion nach 1945” -”Nueva libertad. La abstracción después de 1945”- con obra de Gerhard Richter, Antonio Saura y Antoni Tàpies, acompañando al héroe local, Schumacher.
A quien la cuenca minera le resulte algo inhóspita, en pleno frío invernal, tiene siguiendo autopista abajo Colonia, mucho menos desangelada, no importa qué época del año y defensora de su poderío galerístico y museístico. En el Museum Ludwig coinciden estos meses dos experiencias artísticas: la exposición y ciclo de videoinstalaciones de Harun Farocki, por un lado, junto con una muestra de Leni Hoffmann, con su peculiar forma de entender el reparto de competencias entre los colores y el espacio. Farocki transforma en vídeo-instalaciones algunos de sus filmes que le valieron la calificación de cineasta “outsider”, mientras que Hoffmann se erige en monumental diseñadora del Museum. A la vuelta de la esquina, en Bonn, Franz Ackermann desarrolla uno de sus “Mental Maps”, los mapas mentales producto de sus viajes y meditaciones de un mundo en crisis, expresamente concebido para su estreno en el Kunstmuseum de la antigua capital federal alemana. El traslado de la aparato parlamentario y gubernamental de Bonn a Berlín, tras la caída del Muro, dejó a esa ciudad un doble regalo: la tranquilidad renana, más la denominada “Milla de los Museos”, concentrada en torno a la Kunst- und Ausstellungshalle de la RFA. Una evidencia más de que, si algo sigue funcionando bien en el sacrosanto federalismo alemán, es el reparto de protagonismo cultural y museístico entre el territorio de la República.
Más ejemplos, asimismo ampliando el rodeo por la autopista, un par de cientos de kilómetros al sur: Frankfurt. También con su “Milla museística”, cuyo corazón es el Städel. En este caso, prototipo del gran museo clásico, pero con su toque de renovación permanente obligada por la frase testamentaria de su fundador. Johan Friedrich Städel donó en 1815 sus fondos a la ciudad, bajo condición de que éstos se renovaran de acuerdo a los tiempos. Otra buena costumbre que se mantiene.
Para estos meses de invierno, el Städel repartió en sus espacios una gran exposición de Sandro Botticelli, la mayor ofrecida en el ámbito germano, al decir de los responsables del museo, a modo de antesala del 500 aniversario de la muerte del pintor (el 17 de mayo de 1510). Se trata de un total de 40 piezas del homenajeado, más otras tantas de coetáneos suyos. Y, de acuerdo a lo que dejó dicho Städel, el museo no se conforma con mostrar todo aquello que con anterioridad al 1815, sino que incorpora novedades. Botticelli sólo se quedará en Fránkfurt hasta principios de marzo -le seguirá una gran retrospectiva de Ernst Ludwig Kirchner-. Quien sí estará en el museo todo este primer trimestre del año es Peter Roehr, artista crecido y forjado en la ciudad, fallecido a los 23 años, en 1968, que hizo de la repetición serial un culto. En esta ocasión, el museo expone una serie formada por diez pizarras negras de reciente adquisición.
El recorrido invernal se cierra en un Guggenheim que no es un Guggenheim, el de Berlín. Es decir, un museo con apellido que remite a Nueva York y Bilbao, sólo que en formato más cercano a la galería -co-financiada por el poderoso Deustche Bank, eso sí- que a sus homólogos de otras partes del planeta. El Guggenheim berlinés se levanta en la avenida Unter den Linden, la que lleva de la Puerta de Brandeburgo a Alexanderplatz, pasando por la Isla de los Museos, la Staatsoper y la Universidad Humboldt, lo que independientemente de sus dimensiones implica ya un emplazamiento de lujo. El edificio de corte clásico del Deutsche Bank acogerá hasta abril la exposición “Utopia Matters”, un concepto amplio que va del 1.800 a la Bauhaus -de nuevo, el movimiento de referencia en Berlín-, de los pre-rafaelistas a Kandinsky y Moholy-Nagy.
Más cercano a los mortales, la Hamburger Bahnhof de la capital alemana convierte en instalación artística, por obra de Paul Pfeiffer, la final del Mundial de 1966, entre Alemania e Inglaterra en el estadio Wembley de Londres.
Un partido que acabó en victoria para el anfitrión, con uno de esos goles que pasan a la historia como legendarios y bajo el estigma del “fue o no fue”. Pfeiffer traslada esa final a un cine de Manila, donde 1.000 filipinos jalean, cantan y animan a los jugadores. Una recreación artística plasmada en doble proyección, desde la vieja estación de ferrocarril berlinesa, convertida hace unos años ya en centro artístico contemporáneo y lugar habitual de culto no al Dios fútbol, sino a Joseph Beuys, entre otros.