Del mejor Kircher a las animaladas de Walton Ford
Gemma Casadevall
Hay museos que no conviene perderse y otros por los que conviene asomarse de vez en cuando, a ver qué se les ocurrió esta vez. Entre los primeros se sitúa el Städelmuseum de Frankfurt, entre los segundos la Hamburger Bahnhof de Berlín, el museo acomodado en esa antigua estación ferroviaria de la capital alemana, ahora lugar de paso obligado para las genialidades de nuestros tiempos. Unas, mejor logradas que otras, pero siempre con la Bahnhof como soberbio escenario enaltecedor, a tiro de piedra de la nueva Hauptbahnhof, la colosal estación de acero y cristal por la que llega a la capital alemana el viajero ferroviario.
El Städelmuseum de Frankfurt cerró 2009 con su mejor cifra de visitantes en años -una media de 3.200 al día- por obra y gracia de la retrospectiva dedicada a Sandro Botticelli. Aspiran ahora sus estrategas a no bajar la guardia, esta vez de la mano de Ernst Ludwig Kirchner. 170 piezas, la mayor muestra en Alemania en los últimos 30 años de ese miembro fundacional de Die Brücke y, a la vez, una ocasión para recordar los vínculos de la ciudad con el artista. En Fránkfurt se abrió en 1916 una de las primeras grandes exposiciones dedicadas al artista; el Städel fue el primer museo que adquirió obra suya, en 1919, según se encarga de reivindicar ahora la casa. El pintor de las “Berliner Strassenszene” tuvo también, y no poca, su vida en Frankfurt, recuerdan los del Städel, lo que no quita por supuesto que la retrospectiva incluya sus famosas escenas berlinesas.
Una retrospectiva imprescindible, en un museo que nadie debería perderse. Frankfurt se deja mecer en el mejor Kircher -no sólo el berlinés-, mientras que en la capital más de uno se estremece con el “Bestiarium” de Walton Ford. 25 cuadros en gran formato, para la primera excursión del estadounidense por Europa -al menos, en forma de exposición tan sobredimensionada y consagrada en exclusiva a él-. Una ocasión propicia para asistir al particular mundo animal que no lo es de Ford. Aparentemente, ciervos, monos, pájaros, peces, búfalos y jaguares pintados con la pincelada propia del siglo XIX. En realidad, bestias que se devoran, penetran o roban la comida no como los hermosos ejemplares del mundo animal al que pertenecen, sino contagiados del mundo atroz humano. Conviene asomarse a la Hamburger Bahnhof para no perderse el espectáculo de un ámbito animal que no lo es.
Absolutamente imprescindible es la exposición con que reabrió sus puertas el Folkwang, en sus tiempos llamado “el museo más bello del mundo”, hasta que el nazismo se cebó en lo que llamó arte degenerado. Del viejo Folkwang no se salvaron ni las piedras ni tampoco la
colección, como tal, integrada por Cezanne, Gauguin, Van Gogh y Matisse, entre muchos más. Hitler les quitó primero los cuadros, las bombas aliadas arrasaron luego con el edificio. El museo renació ahora, reeditado por el arquitecto británico David Chipperfield, que reemplazó la ruina por rompedores cubículos de formas rectilíneas. Reabrió este marzo con una exposición para la que no hizo falta romperse la cabeza pensando un título: “El museo más bello del mundo”. Así se llama, puesto que se trata de recrear la colección que tuvo.
La exposición reconstruye lo mejor de la colección fundada en 1902 por Karl Ernst Osthaus, en la vecina ciudad de Hagen, trasladada a su muerte a Essen y extendida por sus sucesores hasta 1932 con aportaciones adquiridas de todo el mundo. Así se ganó el título con sabor de autoproclama, ahora recuperado. El nacionalsocialismo había acabado con la bella historia, en 1937, al incautar y vender las más de 1.400 piezas que recalificó como arte degenerado y que desembocaron en grandes museos de todo el mundo. Ahora regresó a Essen, por cuatro meses, lo más selecto entre esas piezas.
Cerramos en Múnich, por dos motivos: Ed Ruscha y Maria Lassnig, cada uno por su lado. El primero, en la Haus der Kunst; la segunda, en el Kunstbau, el apéndice a la Lenbachhaus. De Ruscha se repasan cinco décadas de producción, desde las piezas que llevan a la retira imágenes sacadas del celuloide o del mundo del cómic a las situaciones cotidianas y la experimentación con la semántica. De Lassnig se expone obra principamente reciente, centrada en su habitual visión grotesca de la realidad, incluida la suya propia, sus retratos nada favorecedores de hombres o mujeres barrigudos, el juego con la deformidad y los colores violentos, complementados con sus filmes de animación.
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