viernes, 15 de abril de 2011

Rasmussen pide más aviones

LA VANGUARDIA                  INTERNACIONAL                      VIERNES, 15 ABRIL 2011     


La OTAN pone en evidencia en Berlín su desunión ante la campaña libia 

Joana Serra, Servicio especial

Presionar sobre Muamar en Gadafi y, en paralelo, exhibir disgregación interna no parece el camino más sensato para dar credibilidad al pretendido ultimátum. Eso es, sin embargo, lo que ayer hizo la OTAN, desde Berlín, en la apertura de una reunión de sus ministros de Asuntos Exteriores bautizada como "oficiosa" de la que, pese a todo, debía salir un mensaje contundente.
La escenografía habría sido propicia -Angela Merkel recibiendo en su Cancillería a Hillary Clinton-, de no ser que ni la canciller responde ahora a la imagen de dama de hierro con que se la identificó y, encima, la secretaria de Estado de EEUU tampoco acudía liderando una iniciativa internacional, sino acompañándola. Washington cedió el papel rector a Europa frente a Libia y a esa función quedó sujeta Clinton, puesto que lo contrario habría significado agrietar aún más una OTAN con síntomas de requebrajamiento.
A Anders Fogh Rasmussen, el secretario general de la Alianza, le correspondió abrir la ronda, ayer, redoblando la promesa de no cejar hasta que Gadafi retire a sus tropas hasta los cuarteles. También será él quien deberá cerrar la reunión este viernes, tras una serie de reuniones a puerta cerrada donde probablemente se escuchen aún más mensajes disonantes que lo que trasciende al exterior.
Rasmussen hizo lo que pudo. Presionó ante los socios más reacios a contribuir con más efectivos, al admitir que no dispone de los aviones que precisaría para proteger como es debido a la población civil. Y se comprometió, aparentemente también en el nombre de esos socios que no están dispuestos a nada -o casi nada-, a mantener la operación el tiempo que sea preciso en defensa de esa población y hasta que caiga el dictador.
Con ello siguió las reclamaciones de Londres y París, cuyos titulares de Exteriores -Alain Juppé y Wiliam Hague- esperan de sus teóricos aliados más compromiso. Especialmente delicada era la posición del alemán Guido Westerwelle, anfitrión de una cita que se produce en su momento de máxima debilidad política.
A escala doméstica, porque acaba de sentenciarse su degradación del cargo de vicecanciller y su renuncia al liderazgo del Partido Liberal, en plena crisis interna. A escala internacional, porque cada vez que habla de Libia evidencia su propia ambigüedad.
Westerwelle dejará la presidencia de los liberales y la vicecancillería en mayo, tras año y medio de ser el rostro de todos los disensos en la coalición de Merkel. Por si ello fuera poco, es también la imagen de una Alemania de pronto poco fiable, que deja en la estacada a sus aliados entre críticas y extrañeza, incluso, de los estandartes del ecopacifismo alemán, los Verdes. Un anfitrión que poco podía aportar, en suma, a la necesidad de revestir con algo de credibilidad el ultimátum a Gadafi.
La OTAN precisa refuerzos para atacar las posiciones terrestres del dictador libio y forzarlas, como se pretende, a retirarse a sus cuarteles, en lugar recuperar posiciones conquistadas por los rebeldes.
Necesita más aviones, según ha admitido el general estadounidense James Stavridis, ya que los 200 oficialmente ofrecidos por los aliados no bastan.
Este es el objetivo más o menos declarado de la reunión de Berlín, ansiosa de lanzar una señal más concreta que una foto de familia bajo la fría y lluviosa Puerta de Brandeburgo.
Italia parece proclive a ceder en la dirección de Rasmussen, España no tiene intención de reforzar su presencia -como declaró Trinidad Jiménez, quien no estará ya hoy en la reunión de cierre- y Alemania sigue con su lenguaje ambivalente.
"La confianza no se ha roto. Un problema serio habría sido si Guido Westerwelle hubiera dicho que Gadafi debe mantenerse en el poder", declaraba, no se sabe si irónicamente, Juppé, tratando de quitar hierro a las disonancias en el eje París-Berlín.
Alemania se abstuvo ante la ONU a la hora de votar la resolución contra Gadafi, luego insistió en que no entrará en misiones de combate y, como para aliviar el enfado de sus socios, matizó finalmente su disposición a contribuir en acciones humanitarias.
Merkel, contagiada de la debilidad de su socio liberal, no ha salido bien parada de las ambigüedades ante sus aliados. No logró dar a su encuentro con Clinton el aplomo que se le atribuye, a lo que se sumó que la secretaria de Estado, por encima de sus palabras de firmeza, tampoco prometió un aporte de efectivos.
Londres y París apremian, mientras desde la cúpula militar de la OTAN, se recuerda que no se podrá mantener el ritmo actual de acoso si no hay tal refuerzo.
Hasta ahora, de la cita en Berlín emanó un comunicado suscrito por los socios insistiendo en que a Gadafi no le asiste la menor legitimidad. Mientras tanto, desde Sania, en China, los emergentes BRIC -Brasil, Rusia, India y China- criticaban el uso de la fuerza militar contra Gadafi.