Los rostros virtuales del Renacimiento
Cómo ignorar algo así, por mucho que el malvado calendario la haya colocado junto en medio del trimestre requerido y cuando todo lo que puede decirse de la exposición entra prácticamente en el terreno de lo virtual. Basta la nómina de maestros, más el tandem museístico co-productor de la muestra para verse uno abocado a calificarla de la exposición imprescindible de los próximos meses. Evidentemente, algo así no puede postergarse al siguiente trimestre, por mucho que la muestra siga en cartel hasta el 20 de noviembre. Para entonces habríamos llegado flagrantemente tarde a la cita con el bien informado lector.
A falta de recorrido tangible, lo que nos dice la virtualidad es suficientemente poderoso para arriesgarse a arrancar la crónica del número de julio con algo que no veremos hasta entrado agosto. Se trata de una colección de retratos de esos rostros del Renacimiento alojados en el Bode Museum de Berlín, una de las piezas de la Isla de los Museos, reabierta al público en varias etapas, entre el 2004 y 2005, tras una compleja labor de restauración del edificio.
Debe su nombre a quien fue su fundador y primer director general, Wilhelm von Bode, quien además lo concibió como “museo renacentista”, con sus opulentas escalinatas y columnas, a orillas del río Spree. Mejor domicilio en Berlín no podía dársele a la que se presenta como exposición ineludible de los próximos meses. No importa que a la hora de cerrar esta crónica todo este festín renacentista concentrado en la capital alemana sea meramente imaginable.
Mucho más palpable, y plenamente instalado en la capital alemana, tenemos a Rainer Fetting, algo así como el cronista pictórico del Berlín sesentaochista, el del Muro desde la perspectiva del lado occidental, donde florecieron utopías y revueltas callejeras, sexuales o visionarias. El título de su exposición no deja lugar a dudas: “Berlin”. Y, por si alguno no lo había captado aún, el lugar donde se exhibe insiste en el mismo sello de identidad: la Berlinische Galerie, en los límites del barrio de Kreuzberg por el que discurrió, cómo no, la Franja de la Muerte.
Imposible imaginar mayor concentración de simbologías y nostalgia por el oasis de creatividad -y nulo amor al trabajo- que fue el Berlín occidental de los 70 y 80, la capital de los estudiantes eternos, convertidos en subvencionados Peter Pan. Ahí sitúa Fetting sus innumerables versiones del Muro y la bohemia desarrollada en el sector oeste, a modo de un Toulousse Lautrec trasladado al Berlín occidental durante las décadas de división alemana. Un remanso abonado para dejar crecer libremente las vanguardias, hasta que llegaron las grúas e impusieron su presencia sobre lo que fue tierra de nadie para dar paso al nuevo Berlín, el capitalino que hoy conocemos, surgido tras la caída del Muro.
La exposición coincide con el cincuenta aniversario de la construcción de la barrera de hormigón que partió la ciudad, la noche del 13 de agosto de 1961. Queda abierta a que cada uno saque sus conclusiones sobre lo que albergó la franja divisoria ciudadana, desde la perspectiva del privilegiado lado occidental.
Mientras el Bode prepara la que, sobre el papel, será la exposición más taquillera de la temporada y la Berlinische Galerie rinde culto a su bohemia berlinesa occidental, en la Hamburger Bahnhof se exponen los trabajos en polaroid de Horst Ademeit, consagrado durante 20 años a documentar la radiación invisible y por supuesto antiecológica de los basura electrónica. Es la primera exposición de la serie “secret universe” que ese museo de arte contemporáneo dedicará a proyectos nacidos, como los de Ademeit, de obsesiones monográficas plasmadas en instalaciones artísticas. Hasta 6.006 imágenes en polaroid acumuló y numeró el artista alemán, fallecido en julio del año pasado. También al polaroid se consagra la exposición temporal del Helmut Newton Museum, volcado como su nombre indica al genio que fotografió las más hermosas mujeres desnudas, ahora en esa técnica prácticamente extinta.