Arte a 1.000 euros la noche
Para quien no lo sepa, la Hamburger Bahnhof -estación de trenes de Hamburgo- ni es una terminal ferroviaria ni está en la ciudad hanseática. Está en Berlín y adoptó ese nombre seguramente por las mismas razones por las que la estación de Francia, en Barcelona, tomo el suyo. Porque de ahí partían los trenes en esa dirección. Por la Hamburger Bahnhof no circulan desde hace mucho trenes, sino lo más granado de la vanguardia, cada una con su universo particular por el que hacer deslizar su obra o sus delirios.
Gemma Casadevall
En esta ocasión hablar de delirio no es exagerado. Carsten Höller, el belga que unos años atrás mandó a deslizarse al personal por sinuosos toboganes en la Tate Modern -The Unilever Series, de octubre de 2006 a abril de 2007-, organizó ahora otra forma de lanzarse al vacío. Lo hace a través de una instalación bautizada con la simplicidad de un nombre bisilábico universal, Soma. Una denominación que -para quien no lo sepa- remite a la bebida prodigiosa de los nómadas védicos, que 2.000 años antes de Cristo le convertía a uno en inmortal y en línea directa con las divinidades del norte de la India. Dicen que tal bebida mítica surgía de la destilación de una seta. Höller invita a tomarla, desde la majestuosa antigua estación ferroviaria.
De acuerdo con el sello del autor, no será una mera experiencia visual. Höller conmina a participar. No basta contemplar un tobogán para saber qué se siente deslizándose por él. Hay que lanzarse por la rampa para experimentar la vorágine del descenso. A Soma le ocurre algo parecido. El artista belga plantea su obra como un laboratorio sobre un escenario vivo, sobre un eje central y con la seta como elemento protagónico. Y, puesto que de delirios se trata, nada mejor que tumbarse en la cama diseñada por el artista para sumergirse en el placer védico del Soma. A quien no le baste el placer momentáneo, Höller ofrece la posibilidad de pernoctar en su falsa habitación de hotel, al precio de 1.000 euros la noche, minibar y desayuno incluido. Solo o acompañado, ya que es habitación doble.
Una manera hermosa de abandonarse a la ensoñación en la vieja terminal, que complementa otra propuesta, rayana al espejismo, sólo que no arranca de divinidades hindúes, sino del “Otoño alemán” de 1977, como se llamó a la más mortífera etapa de la Fracción del Ejército Rojo, la banda Baader-Meinhof. Se trata de Space_Surrogate I, una de las ocho video instalaciones que forman Some Scenic Views, de Philip Lachenmann. Sobre una pista de aterrizaje de Dubai se vislumbra un avión de Lufthansa. Al foráneo puede que la visión no le remita más que al horno sofocante de una pista de aterrizaje en tierra de nadie. Se trata del Landshut, el Boeing 737 que partió el 13 de octubre 1977 de Palma de Mallorca y acabó secuestrado por un comando palestino. Tras dos días en el horno de Dubai, el avión y sus 86 pasajeros siguió rumbo a otro horno, Mogadiscio. Dos días más tarde, la tropa de élite GSG-9 puso fin al secuestro. Andreas Baader, su novia Gudrun Ensslin y el asimismo miembro fundacional de la RAF, Jan Carl Raspe, aparecieron muertos en sus celdas de la cárcel de Stammheim y el jefe de la patronal alemana, Hanns Martin Schleyer, rehén de la RAF, murió asesinado. ¿Espejismo o realidad? A todo esto remite esa pieza de Scenic View. Por suerte, se combina con instalaciones de menor densidad temática.
Con ese bagaje a cuestas, sea el laboratorio védico o la Views de altos niveles de condensación escénica, viene bien un paseo por algunas recuperaciones históricas. En la Isla de los Museos se presentan dos reposiciones titánicas, entendiendo por reponer no un reestreno, sino algo que, literalmente, se re-pone. Por un lado, un enorme puzzle de 27.000 piezas que dispersaron los bombardeos sobre Berlín. Por el otro, el reencuentro con centenares de obras dadas por perdidas.
El Pergamon, clásico entre los clásicos de la Isla, recupera el tesoro perdido de Tell Halaf, las piezas halladas en 1899 por Max von Oppenheim en lo que ahora conocemos por Siria, que como suele ocurrir se llevó consigo a Alemania y que, como asimismo ocurrió con tantos tesoros, despedazó una bomba de fósforo caída en el pabellón del barrio de Charlotenburg donde estaban expuestas. Nueve años llevó recomponer un puzzle formado por 30 esculturas y relieves de 3.000 años de antigüedad. Ahora se verán en el Pergamon, de acuerdo al deseo expresado en vida por Oppenheim.
Siguiente re-estreno, también en la Isla, pero en la Alte Nationalgalerie: Verlust und Wiederkehr. Verlorene und züruckgewonnene Werke der Nationalgalerie -Pérdida y Regreso. Obras perdidas y recuperadas de la Galería Nacional-. Así se llama y eso es, sin atisbo de experimentación, la muestra que se presenta en ese museo, a modo de exhibición y también de toque de atención sobre lo que ha dado de sí la tarea de recuperación de las obras “perdidas” -destruidas, expoliadas o incautadas-. Hasta 800 piezas se perdieron sólo en el curso de la II Guerra Mundial, de las cuales un tercio se recuperó ya, gracias a las artes rastreadoras y negociadoras de sus gestores entre colecciones públicas y privadas de todo el mundo. Carl Blechen, Ferdinand Waldmüller y Julius Hubner son algunos de los artistas de la muestra, centrada en el siglo XIX.
Menos remoto, en la Neue Nationalgalerie tenemos Moderne Zeiten -Tiempos Modernos-, uno de esos títulos globalizantes que implica todo movimiento relevante, entre 1900 y 1945. Es decir, del expresionismo, al Dada, el Bauhaus y el surrealismo, desde los incondicionales de la casa -Kirchner, Munch- a los recónditos, distribuidos por los espacios del edificio de Mies Van der Rohe que siempre funcionan como bálsamo anímico, en el caso de que tengamos alma.
Se trata de una primera entrega para repasar los fondos de la Neue Nationalgalerie. Es una muestra más que completa, cuya segunda parte se programa para otoño de 2011.
Empezamos en una estación ferroviaria que no lo es, de un Hamburgo que tampoco. A tiro de piedra de la Bahnhof de los espejismos está la Hauptbahnhof berlinesa o estación central, de la que sí parten trenes en todas direcciones. Hamburgo queda a dos horas de cómodo viaje en un InterCityExpress y ahí, en su Kunsthalle, se expone la retrospectiva Kosmos Runge. Der Morgen der Romantik -El cosmos Runge. La mañana del romanticismo-. La excusa es el 200 aniversario de la muerte de Philipp Otto Runge, co-fundador con Caspar David Friedrich del romanticismo alemán. Incluye 35 óleos y 200 dibujos. Para hacerse una idea su cosmos interno, nada como plantarse ante su hipnótico autorretrato y, a continuación, ante el que hizo de sus padres. Dos ancianos de mirada despiadada, clavada sobre el incipiente romántico.
Compartiendo pabellón, Through the forest de Rodney Graham, una gran retrospectiva del canadiense -200 obras-, que anteriormente estuvo en el MACBA de Barcelona pero que no vendrá mal recuperar, ya que pasamos por Hamburgo.
