[El Salvador] Lección salvadoreña
ElSalvador, ese pequeño país de Centroamérica que inevitablemente remite a altos índices de pobreza o violencia devastadora de sus pandillas, marcó el arranque del año electoral en América Latina con lo que parecía iba a ser un recital de puntos débiles crecientes en la región: elevada abstención, ansias de dominio protagónico de los partidos sobre el proceso electoral, peligroso empate técnico entre rivales eternos y un derrotado que no acata los resultados y clama fraude.
Frente a esos pronósticos, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) de ese pequeño, pobre, violento país centroamericano del que sólo nos acordamos cuando truena, tomó las riendas, con un rigor que alguno le habría rebatido para recordar para qué sirve eso que se denomina autoridad electoral.
La primera vuelta, el 2 de febrero, había dejado al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) rozando la mayoría absoluta -un 48,93 %-. Salvador Sánchez Céren, el candidato del FMLN con rango de comandante en tiempos de guerra y de vicepresidente de Mauricio Funes en la legislatura que ahora termina, esperó tranquilo al desempate. Norman Quijano, aspirante de la derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), afilaba mientras tanto el guión del fraude.
La segunda noche electoral salvadoreña, el 9 de marzo, se saldó con un anuncio de un resultado “irreversible”, pese a las diferencias milimétricas entre vencedor y vencido, por parte del TSE: un 50,10 % para la izquierda, frente al 49.90% de su rival histórico, en tiempos de guerra como de paz. El TSE del pequeño país centroamericano podría haberse apuntalado en ese resultado, esperando que llovieran sobre Sánchez Cerén las felicitaciones del teóricamente hermanado bloque bolivariano y los bramidos de la derecha.
En lugar de eso, Eugenio Chicas, presidente del TSE, le dio la vuelta a la palabra irreversible y se puso a demostrar que el rigor de la autoridad electoral no se apuntala en terminología, sino en datos.
San Salvador amaneció el 10 de marzo sin vencedor ni derrotado, oficialmente, mientras el alto funcionario del TSE procedía a organizar el recuento voto a voto, acta a acta, en aras de una irreversibilidad constatable en cifras.
Se hizo acompañar en el proceso por todas las instancias a su alcance -misión electoral de la OEA, delegados de la ONU, PNUD y otros muchos, además de representantes de los partidos, embajadores y todo aquel que avalara un papel relevante, aunque fuera como observador, en el litigio.
Sánchez Cerén, el exguerrillero tranquilo, seguía esperando. Quijano iba y venía, clamando fraude aunque sin demasiados elementos sólidos en la mano. De pronto, ARENA se retiraba de la labor supervisora y añadía retrasos al proceso. Luego regresaba con otros argumentos que demoraban la revisión de actas en distritos considerados izquierdistas. Con el 80,1 % revisado, Quijano lograba así parecer por unas horas el vencedor, a falta de contabilizarse esos distritos “controvertidos”. Finalmente, entre la medianoche del miércoles y entrando en la madrugada del jueves 13 Eugenio Chicas plasmaba en una especie de foto finish el resultado definitivo: 1.495.815 votos para el FMLN, un 50,11 % para el ganador, ahora sí, irreversible. La derecha quedó en 1.489.451 sufragios, un 49,89 %, 6.364 votos menos que el eterno rival.
El grado de coincidencia entre los resultados provisionales de la noche del 9 de marzo y los definitivos de la medianoche del miércoles, hacia la madrugada del jueves 13, es “extremo”, resumía Eugenio Chicas. El presidente del TSE se había convertido así en protagonista insospechado del arranque electoral latinoamericano en este 2014. Y demostrado que la irreversibilidad de un resultado sólo lo es cuando se plasma en actas, por milimétrica que sea la diferencia.
Es osado hacer pronósticos acerca de qué grado de gobernabilidad espera Sánchez Cerén con esos 6.364 votos de diferencia sobre una derecha acechante, como siempre. El 1 de junio tomará, salvo imprevistos, posesión del cargo como presidente electo.
Desde aquí, felicitaciones a Quezeltepeque, el municipio del departamento de La Libertad donde vino al mundo un tal Salvador Sánchez Cerén, el 18 de junio de 1944. La ciudad donde el cartel rojo de “Salvador” da la bienvenida al visitante/observador, como patria chica del exguerrillero de un pequeño país con capacidad para dar lecciones de democracia.