jueves, 16 de octubre de 2014

Ya despidiéndonos


[Bolivia] El papelón del TSE y la victoria de Evo


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por Gemma Casadevall
Al final, hasta el propio Evo Morales sintió algo de vergüenza ante el chaparrón de críticas sobre el Tribunal Supremo Electoral (TSE), el órgano judicial que, al decir de la oposición, no guarda la distancia debida respecto al poder. „Existe preocupación por la situación del TSE“, admitía el reelecto presidente, tres días después de dejarse aclamar desde el balcón de la Plaza de Murillo por los suyos y, por extensión, en ocho de los nueve departamentos de Bolivia, incluido, por primera vez, en el próspero Santa Cruz.
La mala gestión del TSE fue un feo lamparón a lo que hubiera sido la victoria perfecta para el Movimiento al Socialismo (MAS) de Morales, el pasado 12 de octubre. No solo recordaron en un comunicado, a eso de las 17.00 del domingo electoral, una hora después del cierre de las votación, que estaba prohibido transmitir bocas de urna hasta las 20.00 -hora prevista para su primer boletín de resultados parciales oficiales-. Encima, llegada esa hora, en lugar de resultados hicieron desfilar a los observadores más solícitos a expresar que todo había ido bien, que Bolivia había votado de acuerdo a los parámetros democráticos.
Los medios nacionales e internacionales presentes en el Hotel Radisson de La Paz -su centro de operaciones de esa noche- se lanzaron a dar por buenos los porcentajes que arrojaban las principales televisiones, públicas o privadas. Unas tres horas después quedó claro que tampoco cumplirían con su compromiso de ofrecer resultados al 70 %, como había anunciado la presidenta del gremio, Wilma Velasco. De pronto, sin mediar el menor comunicado, levantaron el campamento en el Radisson. No habría resultados, ni esa noche electoral ni al día siguiente, por problemas „logísticos“, argumentaron el lunes. Un hacker -como el que la víspera de los comicios había deslizado en la televisión pública que Evo había sido víctima de un atentado-, ineficacia, irregularidades difíciles de explicar: muchas fueron las explicaciones que circularon esa noche electoral, mientras el MAS extendía su fiesta, de punta a punta del país -excepto Beni, el única departamento que se resistió a la fuerza del exlíder cocalero.
Evo salía a su balcón en el mejor estilo de un Hugo Chávez, en el de Miraflores, el 2012. La desarmada oposición aceptaba su derrota. Y los medios difundían, amplificados por las redes sociales, unas boca de urna casi clónicas con los sondeos difundidos en la recta final hasta las presidenciales. Incluso los líderes de la región y de fuera de ella -el venezolano Nicolás Maduro a la argentina Cristina Fernández, los aliados del alma, pero también conservadores como el español Mariano Rajoy- mandaron sus felicitaciones a Evo por una reelección que se daba por segura desde semanas atrás. Evo había ganado de nuevo, como no podía ser de otra manera. Quién, si no.
El presidente festejó, la oposición reconoció, los medios difundieron y los felicitantes felicitaron, sin una sola cifra oficial en la mano. Qué habría pasado sin, en lugar de esa victoria sobrada que se le presuponía se hubiera dado un empate? La misma OEA, convertida en esas presidenciales en una especie de aliado para la fiabilidad democrática del proceso, expresó el lunes postelectoral, en términos exquisitamente democráticos, como siempre, pero contundentes, su preocupación por la extrema lentitud del TSE.
„Aquí, en América Latina, cada país se ha trazado su propia vía hacia su pleno desarrollo democrático. Y el proceso de Bolivia, desde mi punto de vista, se ajusta al correcto desarrollo de su vía democrática“, declaraba Álvaro Colon, expresidente de Guatemala y jefe de la misión de observación electoral desplegada por la OEA, a primera hora del domingo electoral, durante su visita a la Escuela Guaqui del barrio de Alto Lima, de la ciudad de El Alto.
Evo sabía lo que se hacía cuando invitó a grandes y menos grandes organismos de observación internacional a seguir esas presidenciales. Cada una de las elecciones o referéndums han llevado encima el síndrome de la sospecha, por mucho que tanto la OEA como la UE garantizaron, ahora como en el pasado, su pulcritud. Su gran amigo y aliado Hugo Chávez no autorizó tutelajes extranjeros -menos aún de la „enemiga OEA“-. El boliviano, en cambio, demostró una vez más su habilidad para jugar a muchas bandas al dar la bienvenida a los 200 observadores de diversas organizaciones -amigas o menos afines- al país.

Se dio por cierto el 59,5 % para el MAS difundido por los boca de urna, lo mismo que el 24 % de su directo „perseguidor“, Samuel Doria Merino. Desde el balcón de la Plaza de Murillo, Evo brindó su triunfo a Fidel Castro y Hugo Chávez, como tenía que ser -y no a Raúl Castro o Maduro, representantes de un marasco económico con el que Evo no quiere verse identificado.
Doria Merino perdió por tercera vez ante Morales; el tercero en liza, el expresidente Jorge Quiroga, encajó su segunda derrota -con un 9 %, además-. E presidente se había colocado entre el primer porcentaje con que llegó al poder -el 53,72 % de 2005- y el de su reelección -un 64,2 %, en 2009. Los otros dos rivales alternativos -Juan del Granado o Juan Sin Miedo y el verde Fernando Vargas- no contaron en los sondeos y tampoco lo hicieron en las urnas.
Nadie dudó de los boca de urna. Por qué iban a hacerlo? Quién, si no, podía ganar esa elección. Morales representa el auge económico en un país que sigue siendo pobre, pero donde se redujo de un 28 % a un 18 % la pobreza extrema y donde se reportan índices de crecimiento anuales por encima del 5 % mientras los vecinos decrecen. Incluso el Fondo Monetario Internacional (FMI) le reconoce a Evo estos méritos, mientras sus maltrechos contrincantes se presentan desunidos y quemados por sucesivas derrotas.
Quién, si no el aymara Evo Morales, podía ganar esta elección, en un país de población mayoritariamente indiomestiza que hasta su llegada al poder simplemente no „contaba“. El Alto, la mayor concentración humana del país, a 4.080 metros sobre el nivel del mar y con 1,2 millones de personas en su mayoría de raíz indígena, era y es territorio del MAS. Más significativa es, sin embargo, la victoria de Morales en Santa Cruz, que de pronto le dio la espalda a uno de los hombres más ricos del país, el empresario Doria Merino.
¿Quién, si no, iba a ganar esta elección? „El reparto de escaños favorece a los grandes“, denunciaba a DW Armando de la Parra, politólogo y director de la plataforma ciudadana „Voto Informado y Transparente“. Desde su organización se viene clamando contra las fórmulas de reparto de sitios del sistema electoral boliviano. También contra ciertas prácticas dichas autóctonas, como el llamado „voto consensuado“, que hace que las comunidades -o más bien sus líderes- decidan por consenso y en asamblea lo que será el voto de sus integrantes. „Así gana el MAS en muchas comunidades, al dictado de su líder“, dice de la Parra.
„Es una fórmula distinta de entender la democracia. Prima el interés de toda la comunidad, decidido por consenso, frente al voto colectivo“, defiende por su parte Juan Carlos Pinto, exguerrillero y ahora director del Servicio Intercultural de Fortalecimiento Democrático (Sidfe), adscrito al TSE.

Para de la Parra, el proceder del TSE en la noche electoral es exponente de la ineficacia -o dependencia política y hasta corrupción- en que se mueve el cuerpo judicial boliviano. Como el abultado resultado favorable al MAS lo es de un sistema electoral que precipita la acaparación de poder.
Mientras la oposición asimila como puede su derrota, el imbatible Evo Morales recuperaba el lunes su agenda política, sin porcentajes oficiales, pero sin que nadie le disputara la victoria. Quién, si no.
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