sábado, 19 de julio de 2025

De la Loveparade a Bayreuth o el inexplorado Wacken

Alemania, templo veraniego del tecno, Wagner y el 'heavy'



Festival tecno en Berlín, el pasado sábado. / Gemma Casadevall
 Gemma Casadevall, Berlín 20 JUL 2025 

¿Qué es más ‘cien por cien alemán’: la música tecno, la ópera de Wagner o el heavy metal? El calendario veraniego alemán da ocasión para buscar una respuesta a esa pregunta con pocas semanas de diferencia entre Berlín, Baviera y una aldea nórdica. El pasado sábado día 12, decenas de miles de acólitos bailaron de nuevo alrededor, delante, detrás o encaramados en alguno de los 35 potentes camiones difusores de música electrónica en la ‘Rave the Planet’, la sucesora de la ‘Loveparade’. El próximo día 25 se inaugura en Bayreuth, como ocurre desde hace casi siglo y medio, el Festival Richard Wagner, máximo exponente del culto al compositor. Y el primer fin de semana de agosto, una tranquila población llamada Wacken recibirá a la mayor concentración mundial de fanáticos del ‘heavy metal’. Son citas inexcusables para tres formas aparentemente opuestas de sumergirse en la ‘alemanidad’ pura, que atraen a casi tanto público internacional como anfitrión.
A la ‘Loveparade’, como a su fundador, el Dr. Motte, se les reconoce como señal de identidad del tecno surgido en Berlín, liberado del traumático corsé que fue el Muro. De esos orígenes hace ya suficientes años como para haber atravesado varias crisis. La exhibición de cuerpos danzantes y preferentemente semidesnudos, entre la Puerta de Brandeburgo y la Columna de la Victoria, se ha perpetuado incluso en ediciones lluviosas, como la de este año. En la lluvia se buscan explicaciones piadosas al bajón de afluencia: unos 100.000 asistentes, según la policía. Lejos de los 300.000 del año anterior y a distancia estratosférica del millón y medio de su año récord, 1999. De la pura evaluación visual se concluye que había muchos coetáneos de Matthias Roeingh, el nombre civil de Dr. Motte, de 65 años. Parte del personal más fiel al tecno rondaba esa edad, mientras que los más jóvenes simplemente ‘se movían’ a impactos de su música en un desfile gratuito y sin los habituales registros de bolsas y mochilas en sus accesos.
“El techno es diverso, inclusivo y libre”, reivindica el Dr. Motte. Cuenta con el respaldo en las autoridades berlinesas, que en 2024 solicitaron el reconocimiento del tecno como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO. Salieron así al auxilio de los clubes más emblemáticos aún en pié en Berlín. Algunos echaron el cierre tras el parón de la pandemia.
El origen del desfile data de julio de 1989, cuando Dr. Motte y sus amigos salieron de las catacumbas del club para bailar por el centro de Berlín tras una furgoneta. Siete años después su fiesta era multitudinaria y discurría por la Avenida 17 de Junio. Superó el millón de personas durante varios años. Pero luego empezó a desinflarse. Dr. Motte traspasó su sello y su desfile dejó de ser berlinés. En 2010 sobrevino la tragedia: 21 jóvenes murieron y centenares quedaron heridos, aprisionados en un único túnel de acceso al recinto previsto de Duisburg, una ciudad sin brillo de la Cuenca del Ruhr. Berlín recuperó la fiesta hace cuatro años de la mano del Dr. Motte y rebautizada como ‘Rave the planet’. Ya no es el desfile de seres danzantes perfectos. Pero sí una fiesta para gente sin complejos.

El templo de Wagner

A Katharina Wagner, biznieta de Richard Wagner y directora del festival de Bayreuth desde 2008, le corresponderá un año más recibir en el teatro sobre la Verde Colina de esa ciudad bávara a la procesión de wagnerianos de todo el mundo. La encabezará la plana mayor de la política de Baviera y se espera que asistael canciller Friedrich Merz, que seguirá así el ejemplo de Angela Merkel, asídua al tempo wagneriano desde antes incluso de su llegada al poder. Más remotos son los tiempos en que su palco lo ocupaba Luis II de Baviera, el Rey Loco y mecenas que posibilitó la construcción de un teatro ‘idóneo’ para las óperas del compositor. Sigue muy presente la etapa en que los descendientes de Richard Wagner pusieron Bayreuth a los pies de Adolf Hitler.



El festival de Bayreuth, el año pasado. / Gemma Casadevall / ™

Todo eso, además del mítico ‘foso’ sepultado para la orquesta, forma parte del universo bayreuthiano. La pieza para la apertura será los ‘Maestros Cantores de Nuremberg’. Para el estreno del nuevo ‘Anillo del Nibelungo’ habrá que esperar a 2026, con el 150 aniversario del festival. También en Bayreuth se habla de crisis. Las listas de espera de hasta diez años para conseguir una entrada se disiparon. Katharina ha incorporado alguna novedad. Pero su teatro sigue abriendo solo para las cuatro semanas del festival y se escucha solo el repertorio del bisabuelo. Es lugar de culto exclusivo, pero ajeno a los rigores de la etiqueta. Entre los rituales de la casa se incluye desprenderse en el entreacto del calzado cerrado y poner los pies en remojo en un estanque vecino.

El pueblo metálico


Los orígenes del heavy metal no son alemanes, sino enraizados en el ‘hardrock’ de Led Zeppellin o Deep Purple. Pero su actual meca está en un pueblo de 2.000 habitantes, Wacken, que desde 1990 presta las praderas donde habitualmente pastan sus vacas a los incondicionales de Iron Maiden, Motörhead, Judas Priest o, este año, Guns N’Roses. Hasta 85.000 visitantes contó en 2024 el W:O:A, las siglas del Wacken on Air. La convivencia entre locales y visitantes es ejemplar. Se recibe como a un amigo al público, principalmente moteros profusamente tatuados con sus caravanas, furgonetas, Harley Davidson. El visitante disfruta de sus 200 conciertos repartidos en cuatro jornadas sin importarle si hay pico de calor, tormentas eléctricas o si caen lluvias torrenciales hasta convertir en un barrizal su pradera. Es el festival más ácrata y singular del verano alemán. Se abre todos los años con el desfile de la banda de viento local,. A partir de ahí, se disfruta a la intemperie del ‘heavy’, sea poniéndose de barro hasta las cejas o arriesgándose a la insolación.