
Emmanuel Macron besa a Friedrich Merz (derecha) en el día de la reunificación alemana. / EFE
Gemma Casadevall Berlín03 OCT 2025 La defensa de Europa frente al “eje de las autocracias”, en palabras de Friedrich Merz, y la advertencia contra falsos “nacionalismos o patriotismo basados en el odio al otro”, por parte de Emmanuel Macron, marcaron el 35 aniversario del Tratado de Unidad de Alemania. “Celebrar la unidad alemana es celebrar la unidad europea”, aseguró el líder francés, orador invitado al acto. Incidió a continuación en que "la seguridad europea está en juego” por la guerra híbrida, las campañas de desinformación o los drones procedentes de Rusia. “Tras 80 años en paz, Europa entró en una era de confrontación. Pero responde unida”, sentenció.
Mientras Macron incidía en la “fragilidad” a que se sienten expuestos los jóvenes o al azote de los populismos, Merz se centró en las amenazas “internas y externas” para la UE. Aludió asimismo a la polarización por el avance de la ultraderecha. La reunificación no se ha cerrado, ya que persisten “diferencias” entre el este y el oeste del país, admitió. La respuesta debe ser "avanzar hacia una nueva unidad”.
El Día de Unidad se celebró este año en el ‘land’ del Sarre, fronterizo con Francia, de acuerdo al turno rotatorio entre los 16 estados federados alemanes. Ello justificó la intervención de Macron, fervorosamente ovacionado por los asistentes. Pero no evitó que planeara la sensación de que s festeja el dominio del oeste sobre el este.
La espina de Merkel
“Yo estimo y valoro a Macron (…) Pero tal vez habría sido mejor invitar al 35 aniversario de la unidad a un representante del este de Alemania o del este de Europa”, dijo la excancillera Angela Merkel, en una entrevista con la televisión pública ZDF. Tocó así la fibra de muchos. Su llegada al poder, en 2005, marcó un hito por ser la primera persona crecida en el Este que alcanzaba la cancillería. En sus 16 años como cancillera coincidió, entre 2012 y 2017, con un exdisidente de la RDA, Joachim Gauck, como presidente del país. Merkel había entrado en política tras la caída del Muro, apadrinada por el ‘canciller de la reunificación’, Helmut Kohl. Gauck, pastor protestante, estuvo entre quienes se enfrentaron al régimen germano-oriental.
Lo cierto es que, 35 años después, hay un eclipse casi total de representantes del este en la plana mayor de la política alemana. La alusión de Merkel a Macron -con quien se llevó tan bien como con sus tres antecesores Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy y François Hollande- incluía dos mensajes: el eje franco-alemán está algo maltrecho y habría sido más oportuno invitar a un líder del Este.
La extinción de un país, una economía y una identidad
El 3 de octubre de 1990 dejó de existir la República Democrática Alemana (RDA) por la entrada en vigor del Tratado de Unidad. Su territorio y sus 16 millones de habitantes quedaron integrados en la República Federal de Alemania (RFA), tras una negociación rápida entre Kohl, la agónica RDA y las potencias que derrotaron al nazismo -Reino Unido, Estados Unidos, Unión Soviética y Francia-. No había pasado ni un año desde la caída del Muro de Berlín. Kohl venció la resistencia de Margareth Thatcher y del francés François Mitterrand, temerosos del surgimiento de una Gran Alemania. El soviético Mijail Gorbachov se comportó como el mejor aliado de Kohl.
Fue una transición modélica, por lo pacífica. Pero en su anhelo por acelerar el proceso, Kohl incurrió en lo que hoy se contempla como un error. Introdujo de la noche a la mañana el capitalismo en el marasmo económico de la RDA, que adoptó el marco occidental con una tasa de cambio del 1:1. En lugar de reflotar su tejido empresarial, adjudicó a una sociedad fiduciaria, la Treuhand, la privatización de 8.500 empresas. Casi la mitad acabaron finiquitadas y cerca de dos millones de ciudadanos pasaron al paro.
Del pleno empleo comunista se cayó a unos niveles de paro en el este que doblaban a los del oeste. Los abismos entre las jubilaciones y sueldos del este y el oeste han ido descendiendo con los años. Tras la hazaña política hay un coste de la reunificación estimado en unos dos billones de euros. El término ‘Ostalgie’, o ‘nostalgia del Este’ ha quedado acuñado como sinónimo de frustración de quienes se sienten ‘ciudadanos de segunda’ o echan de menos sus señas de identidad, desde objetos cotidianos o pepinillos en vinagre de su antigua marca favorita a, incluso, el himno de la RDA.
Los ‘paisajes florecientes’ prometidos por Kohl no se dieron en los primeros años. Ello favoreció al poscomunismo del Partido del Socialismo Democrático (PDS), reconvertido en La Izquierda tras su fusión de la disidencia socialdemócrata de Oskar Lafontaine. Fracasaron todos los intentos por arrinconarlos, desde Kohl a Merkel o Merz.
Mucho peor ha sido la irrupción como fuerza parlamentaria, en 2017, de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD). Su empuje se extiende por todo el país. Pero en el antiguo territorio comunista alcanza porcentajes que rondan el 40%. Solo un férreo cordón sanitario hace que, hasta ahora, la AfD no haya alcanzado el poder ni a escala regional.
El balance, sin embargo, no es tan lúgubre como podría parecer. Un 91 % de los alemanes considera 'correcta' la decisión de reunificar el país, según una encuesta de la ZDF. Un porcentaje que sube al 92 % en el oeste y queda en el 90 % en el este.
Liderazgo europeo como asignatura pendiente
La Gran Alemania que temieron Thatcher o Mitterrand no apareció. La Alemania resultante de la unidad es la primera economía de la UE y también su mayor potencia demográfica. Impuso el dogma de la austeridad durante la crisis del euro bajo Merkel. Sin embargo, sigue moviéndose con timidez en política exterior o se limita a seguir las pautas de Washington.
La gran apuesta de Merz es el rearme, propulsado por el expansionismo de Vladímir Putin. Pero dos años consecutivos en recesión, más el estancamiento actual, lastran los planes de la coalición entre su bloque conservador y los socios socialdemócratas. El temor a que el rearme se pague con recortes sociales da brío a la AfD, un partido que, por una parte, representa el trumpismo y, por otra, la línea prorrusa o contraria a la ayuda a Ucrania.