miércoles, 3 de octubre de 2007

La gran dama



Rodoreda, en pijama y entre dinosaurios

Gemma Casadevall

 
En su casa de Romanyà sólo había una cama, pero me preparó un gran sofá. Nos pusimos a mirar la tele. Era una película de dinosaurios. Me dijo: ponte la camisa de dormir y te traigo algo de fruta. Acabamos riéndonos como bobas, en pijama, entre dinosaurios, volcanes y terremotos“. Angelika Maass (Sonneberg, Alemania, 1952) recuerda su noche con Mercé Rodoreda en un paisaje distinto del lugar donde la autora escribió sus últimas obras. Orquídeas, una sala de estar forrada de estaterías blancas –„sólo de Goethe tengo 12 metros de estantería“, dice- y una espléndida vista sobre el lago dominan su entorno en Kilchberg, en las afueras de Zúrich.
Hasta hace cinco años vivía como una estudiante, en un piso del centro. Un palacio sin calefacción, pero con un gran terrado para mis flores“, cuenta. Tiene en sus manos las galeradas de „Quanta, quanta guerra“ –„Weil Krieg ist“-. Uno de los libros de Rodoreda que Suhrkamp ha preparado para Frankfurt. „Por supuesto iré encantada. Si encuentro quien me cuide al gato“.
Doctorada en 1981 con una tesis sobre Azorín, Maass acumula premios por sus traducciones de Rodoreda –„Viatges i Flors“, „Mirall trencat“, „La meva Cristina“, „Aloma“, „La mort i la primavera“, todas en Suhrkamp-, el más reciente el Batista i Roca de 2004. Es la gran dama de la traducción, una afición vocacional en ella, paralela a sus actividades como redactora de cultura del diario „Landbote“ –Winterthur-, poeta, conferenciante y prolonguista.
Su relación con el catalán empezó a finales de los 70 con Antoni Pous, poeta, colaborador de otro entusiasta hispanista, Johannes Hösle, y traductor de Walter Benjamin y Paul Celan. Pous impartía entonces clases de catalán en Tubingia, sur de Alemania.
A una amiga mía le gustaba Pous, quería traérselo a Zúrich, pero necesitaba cómplices para completar el mínimo de estudiantes necesarios para una hora semanal de catalán“. Ella estudiaba entonces Hispanísticas no quería hacer francés antiguo y aceptó. Se formó el „grupito exótico“ de „una docena de estudiantes fascinados, todos y todas, por Pous“, cuenta. Cada clase de catalán, los miércoles por la tarde, acababa en cena. Un día cayó en sus manos „Mirall trencat“. „Me entusiasmé y sentí que yo tenía que hacer llegar ese libro al lector en alemán“.
Terminada su carrera entre Zúrich y Madrid, donde completó asignaturas de literatura castellana, catalana, alemana y persa, además de filosofía, fue en busca de un editor. Había visto que Suhrkamp tenía en catálogo „La plaça del Diamant“ y escribió a Siegfried Unseld. „Le preguntaba si tenía intención de traducir otros libros de Rodoreda y le decía que a Rodoreda debía traducirla una mujer. O sea, yo. Qué osadía, entonces“. La primera respuesta fue un cortés no. Unas semanas después le llegó un gran sobre con un manuscrito, „Viatges i flors“.
Por entonces no había aún un diccionario catalán-alemán, había muchas palabras que no entendía y escribí a Rodoreda. Me contestó: haz lo que te dé la gana. Algunas palabras están mal escritas, otras son nombres de plantas de aquí“. Así lo hizo. „Viatges i flors“ apareció en Suhrkamp en 1981 como „Reise ins Land der verlorenen Mädchen“ –“Viaje al país de las muchachas perdidas“-. Luego vino el resto y también la visita a la autora. „Era una mujer adusta. Primero me habló en francés. Quería mantener las distancias, el catalán era algo demasiado íntimo para compartir conmigo“. Del francés se pasó luego al catalán y los dinosaurios desataron las risas en Romanyà.