Berlín, 7 dic (EFE).- El bailarín ruso
Vladimir Malakhov trasladó al ballet el universo de claroscuros de Caravaggio,
con una coreografía de Mauro Bigonzetti volcada a trasmitir los demonios
internos y la magia que el maestro italiano plasmó en sus lienzos.
"Caravaggio", con música de Bruno Moretti sobre variaciones libres de
Claudio Monteverdi, se estrenó hoy en la Staatsoper de Berlín, rendida de nuevo
al vigor de Malakhov, de nuevo pura fibra y talento al servicio de su personaje,
esta vez el pintor.
El bailarín ruso y la coreografía de Bigonzetti
recrearon desde el escenario de la ópera berlinesa la mezcla de espiritualidad y
erotismo, provocación y miradas lascivas que caracterizaron a Caravaggio, el
artista que causó escándalo y fascinó a la sociedad italiana con su naturalismo
pre-barroco.
Monteverdi fue la fuente de inspiración para la composición de
Moretti, colaborador habitual de Bigonzetti, como lo es el autor de la
escenografía, Carlo Cerri. Moreti fue el único del equipo a quien correspondió
encajar algún que otro abucheo del auditorio.

El resto funcionó a la
perfección y mientras Malakhov encarnaba los diablos y conflictos internos que
colocaron a Caravaggio en confrontación constante con sus coetáneos, Polina
Semionova se comportaba como la compañera de armas perfecta en el tándem ruso.
El personaje de Caravagio parecía tejido a medida para Malakhov, que sacó el
punto de malignidad y belleza precisos para reflejar la ambigüedad sexual y el
torturado espíritu del pintor.
El público de la Staatsoper le recibió con
aires de triunfo y dispuesto a desafiar a quienes consideran que sus días para
la danza en activo están contados.
Con 41 años y una compleja operación de
rodilla hace un año, que le mantuvo seis meses de baja, Malakhov sabe que no
pueden quedarle más que tres o a lo sumo cuatro años como bailarín de primer
rango.
Precisamente por eso, cada aparición suya sobre el escenario es un
acontecimiento en el escenario berlinés, donde desde 2002 ha ejercido de
bailarín, coreógrafo, director, planificador de temporada y promotor de jóvenes
talentos.
Malakhov ha afirmado que dejó carta blanca absoluta a Bigonzetti
para convertir en ballet el retrato de Caravaggio.
En la Staatsoper, el
áurea del bailarín eclipsó al resto del equipo, como si a él correspondiera el
pleno esplendor de la luz del pintor italiano.
En el primer acto, concebido
como un fresco sobre la sociedad de la época, todo funciona ya en torno al
artista. Caravaggio es un ser secuestrado entre los personajes de sus lienzos,
al que sólo arranca de sus torturas los "pas de deux" con Semionova.
Sus
personajes, cortesanas, romanos, faunos, le enzarzan y le retienen en escenas
pobladas de rojos, ocres y verdes, mientras a él se le reserva el mundo de los
claroscuros.
El segundo acto está consagrado a su mundo interno, el "pas de
deux" ya no es en exclusiva con Semionova, sino alternado con otros, entre
Malakhov y su segundo, Mikhail Kaniskin, con idéntica dosis de erotismo, y
posteriormente ampliado a juegos de a tres.
Las figuras de Caravaggio
abandonan el lienzo, le acuchillan por la espalda y le arrancan el rojo del
corazón, el color que finalmente gana la partida al claroscuro dominante en la
pintura pre-barroca del artista italiano.
La Staatsoper vibró con el estreno
y escudriñó de vez en cuando entre las fibras de Malakhov, en busca de algún
signo de flaqueza o titubeo. Si lo hubo fue esporádico, como los abucheos con
que se recibió al compositor Moretti. EFE
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(con fotos)