jueves, 1 de julio de 2010

Crónica 7, julio/septiembre 2010


El relax berlinés de Eliasson o el vía crucis de Frida



Gemma Casadevall




A los programadores y comisarios museísticos les gustan emplear la palabra “diálogo” cuando se trata de agrupar magnetismos y talentos artísticos aparentemente en las antípodas, unos de otros. Los del Martin Gropius Bau, tal vez el museo de programación más atractiva de Berlín, obviaron este recurso semántico y simplemente colocaron, cada uno en su planta, pero compartiendo temporada, a Olafur Eliasson y Frida Kahlo. Más antipódicos, imposible: por un lado, el relax berlinés en que se deja mecer el artista danés, metido a interiorista de la capital alemana; por el otro, la exhibición del vía crucis personal y artístico de ese icono pictórico mexicano. Eliasson, dejando que el visitante juegue con sus instalaciones de ciudades imaginadas poliédricas, péndulos de agua, microscopios y fenomenales caleidoscopios urbanos, entre vahos de colores, falsas calzadas y céspedes a ras de ventana; Frida, señoreando en la planta superior, haciendo alarde de su columna vertebral rota y demás calvarios de su existencia.
Kahlo llegó al Martin Gropius arropada bajo la denominación de “retrospectiva histórica” -150 obras, procedentes de 45 colecciones privadas de todo el mundo y con generosa aportación del museo Dolores Olmedo Patiño mexicano-. La exposición a la artista de Coyoacán abunda en todos aquellos aspectos que apuntalan la excepcionalidad de Kahlo,  de lo personal -y hasta el culebrón con Diego Rivera-, a lo fisionómico -la uniceja y el bigote como señales de identidad femenina- y, no nos olvidemos, lo artístico. Es una de esas exposiciones que marcan la temporada y convierten el “shop” del Martin Gropius en dependencia casi tan visitada como las salas de exposición, mientras los fetiches de Frida asumen el papel de “souvenir” actualizado para todo turista en la ciudad, por delante de los socorridos fragmentos del Muro.
Largas colas, recorridos a paso de tortuga, para Frida; relax y paseo entre sonrisas, para Eliasson, en la planta baja. Al paseante que acceda a los espacios sobre las grandes baldosas de granito se le permite experimentar con su propia sombra, redescubrir la fisonomía berlinesa a través del trayecto ciudadano de un gran espejo a lomos de una furgoneta cristalera, quedarse encandilado con una manguera a merced del impacto del agua, bajo un juego de flashes, y embobarse con el techo del  Martin Gropius, amplificado al infinito gracias al gigantesco microscopio de placas reflectantes construido por Eliasson. Es un homenaje a la ciudad en la que se instaló, vive y crea, su ciudad, y una especie de masaje de cervicales artístico para el visitante, incluida la sala invadida por niebla artificial multicromática ante la que se advierte al personal contra los efectos de la claustrofobia.
“Innen Stadt Aussen” -o ”Inner City Out”- es el título de la exposición con la que Eliasson traslada su Berlín al interior del Martin Gropius y, a la vez, hace que su obra encuentre su continuidad fuera de las paredes del edificio, ya que además de jugar con los efectos interiores lo hace con su fachada. Por si a alguno le pareció que se quedaba corto, el juego de los espejos poliédricos prosigue en lo que denomina “El pabellón ciego”, una última instalación al aire libre, en la vecina Potsdam.
No hay diálogo posible, ni se intenta, entre Frida y Olafur, más allá de su coincidencia expositora. Por emplear un verbo comunicante entre ambos, se podría decir que Eliasson contrarresta con su ciudad imaginada el impacto visual de la artista con la espina dorsal crucificada. Ambos estarán en el Martin Gropius hasta mediados de agosto, acompañados, de un tercera exposición, dedicada a la ciudad secreta y piramidal de Teotihuacan, a modo de apéndice de la colaboración del museo con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México D.F.
Mientras los programadores del Martin Gropius se abstraen de la obligatoriedad del diálogo forzoso, desde el corazón del compendio de nuevas galerías berlinesas instaladas junto a la Hamburger Bahnhof se nos llama a participar en la conversación de dos amigos, el maxi-cotizado Damien Hirst y su algo más modesto Michael Joo. Ambos comparten protagonismo en la Haunch of Venison, con una recreación de parte de materiales ya conocidos, en lo que concierne a Hirst, y de nuevas incorporaciones, para Joo. La cebra en formol -“The incredible Journey”, de 2008- de Hirst, así como sus vitrinas de pastillas y artilugios médicos y un montón de moscas dispuestas a saborear carne asada en una barbacoa dan fe de lo que algún crítico, en Alemania, ha calificado tal  vez prematuramente de constatación del “arte cansado” -por reincidente- de Hirst. Su amigo Joo, colega con quien gusta de cooperar desde que se conocieron en Colonia, en 1991, dialoga desde su propia perspectiva tergiversadora de la naturaleza con ejemplares como su “Pink Rocinante” -la cebra rosa de metal- entre falsos trofeos de caza.
La exposición del Haunch of Venison es una fantástica excusa para descubrir el nudo de galerías surgidas -y multiplicadas, temporada a temporada- en los aledaños de la Hamburger Bahnhof. Lo que fue un tejido desabrido de naves y talleres mecánicos abandonados se ha convertido en menos de cuatro años en territorio de galeristas, que tras el tortuoso periodo experimental inicial es ya zona de referencia, ahora dignificada con un par de terrazas donde tomarse un tentempié en ambiente más o menos “cool”, incluido alguno de esos simulacros de chiringuito playero de semilujo que tanto agradecen las ciudades sin mar, como Berlín.
Los talentos del verano alemán van más allá de Berlín y se sitúan en otra vía de diálogo, alrededor de Neo Rauch. Al artista que logró el milagro de hacer pronunciable la ciudad de sus orígenes, Leipzig, en los circuitos neoyorquinos se le consagran dos exposiciones paralelas, coincidiendo con su 50 cumpleaños. Una, en la Pinakothek der Moderne de Múnich, la otra, en el Museo de Artes Plásticas de su ciudad, Leipzig. Que a alguien se le dediquen dos muestras simultáneas -una de ellas en la perla museística de la capital bávara, su espléndida pinacoteca- es algo que no puede explicarse como simple tarta de cumpleaños cincuenteañera. Llegar a los 50 no es nada, artísticamente hablando, a no ser que, como Rauch, ocurra que se da por hecho que no va a ser una estrella fugaz en el firmamento. Un total de 120 obras -60 más 60, para cada museo- forman la retrospectiva de Rauch repartida entre dos ciudades bien comunicadas, pero que no dejan de distar 430 kilómetros -o cuatro horas y cinco minutos, en coche, puerta a puerta, según las cuentas de googlemaps-.
No importa: el diálogo Rauch-Rauch, de Múnich a Leipzig, con su mezcla de surrealismo, popart y realismo socialista, merece el viaje.