domingo, 1 de enero de 2012

Crónica 13, enero/marzo/2012


Del cielo partido de Mies van der Rohe a Villalobos

Gemma Casadevall

Cuando Ludwig Mies van der Rohe recibió el encargo del Senado berlinés de plasmar de nuevo en formas cuadriculadas su consigna del „Weniger ist mehr“ -“Menos es más“-, a principios de los 60, Berlín era ya una ciudad partida. El arquitecto de la línea pura, o puro Bauhaus, había dado la espalda a su país mucho tiempo atrás, en la década de los 30; había adoptado la nacionalidad estadounidense, durante la Segunda Guerra Mundial y vivía esencialmente en Chicago. Ni siquiera acudió ya a la inauguración de la que fue su última gran construcción, la Neue Nationalgalerie berlinesa, en 1968. Mies van der Rohe, el genio de la modernidad arquitectónica, había cumplido ya los 80, la artrosis y la edad se le habían venido encima y no estaba para viajes. La Neue Nationalgalerie se inauguró bajo el cielo partido berlinés, en el sector oeste, como el mejor legado del maestro a la ciudad donde aprendió el oficio y donde junto con gente como Walter Gropius desarrolló el vanguardismo Bauhaus.
En la Neue Nationalgalerie se expone estos meses „Der geteilte Himmel. Die Sammlung 1945-1968“ -“El cielo partido. La colección 1945-1968“. Esto es, una selección con prácticamente todos los nombres inexcusables del fondo museístico de la casa y la época -de los internacionales Picasso, Bacon, Dubuffet, Warhol o Beuys a los domésticos Werner Tübke, Willi Baumeister y Fritz Cremer-, para una tamática asimismo ambiciosa: del „milagro“ económico a la construcción del Muro, el Guerrá Fría, la crisis de Cuba, Vietnam. El mundo partido en bloques, como el cielo berlinés, fuera en el ámbito de la confrontación política, por Kennedy o por Mao, fuera en el duelo espacial librado entre la familia Sputnik y la familia Apollo.
Una nómina y una temática amplias, para el segundo tramo del paseo cronológico que la Neue Nationalgalerie abrió la temporada pasada con „Moderne Zeiten“ -“Tiempos modernos“-. En esa primera partida se recorría la colección de la casa desde 1900 a 1945. Ahora retoma el hilo en ese punto y se detiene exactamente en el aöo fundacional del edificio de Mies van der Rohe. Es decir, el aöo de la gran fractura representada por la explosión de la impaciencia -ya entonces- antisistema que fueron las revueltas del 1968.
Mies van der Rohe dejó su más perfecto Bauhaus bajo el cielo partido berlinés. Un edificio capaz de albergar el realismo socialista, el minimalismo y la performance continua del pop-art.
Otro arquitecto, no exactamente emparentado con la recta perfecta del Bauhaus, expone asimismo su universo en Berlín. Se trata de Paul Laffoley, tan filósofo como arquitecto, quien presume de haber desarrollado su propio cosmos desde un apartamento de un solo ambiente de Boston donde habrá vivido 38 aöos. Su cosmos se expresa en instalaciones de gran formato y formas que rozan la astrología y las exploraciones entre la cuarta y la quinta dimensión. Está en la Hamburger Bahnhof, el museo contemporáneo que toma su nombre de la vieja estación berlinesa donde quedó instalado. Ahé está ahora la primera exposición individual de Europa dedicada a Laffoley y su universo secreto.
Siguiente arquitecto, siguiente cosmos personal: Jürgen Mayer instaló en la Berlinische Galerie su „Rapport. Experimentelle Raumstrukturen“ -“Rapport. Estructuras Espaciales Experimentales“. Mayer es el arquietcto alemán responsable de que Sevilla tenga su „Metropol Parasol“ -o “las setas de la Encarnación“, como llaman los sevillanos al compendio de museo y restaurante mirador ubicado en la plaza de ese nombre-. El espacio dedicado por la sala berlinesa es mucho más discreto que las setas sevillanas. De los 2.500 metros cuadrados de que dispuso ahí en la Encarnación, para una estructura de 150 x 75 x 28 m, hemos pasado a una instalación para lo que es el espacio de acceso al museo berlinés. No es una instalación menor, pero sí limitada a quien accede voluntariamente al museo. O sea, no al transeúnte de paso.
Mayer reflexiona y sumerge a ese visitante voluntario a un diálogo con códigos omnipresentes, estampados en paredes, techos y suelos y emisoras de mensajes cifrados, que remiten la existencia de una seguridad orquestada desde arriba, a la que nadie escapa. Ni el visitante voluntario de la Berlinische Galerie ni el transeunte sevillano de la Plaza de la Encarnación.
Siguiente estación, Ai Weiwei. El artista más influyente del momento escapó de su celda domiciliaria. El arrestro no le cuadra al disidente, artista, creador de espacios y activista. No hay lugar que se le resista ni situación no susceptible de generar en acción. Ai, el preferido de la escena artística y politica alemana -entre otras- escapó del arresto domiciliario para presentar,vía videoconferencia, su exposición en el Martin Gropius Bau de Berlín.
Por las mismas, anticipó con su presencia virtual lo que muchos suponen. Que de la detención a que le sometieron las autoridades chinas, en abril de 2011, y posterior arrestro domicilario surgirá un algo. No sabemos qué, a la hora de escribir esta crònica, puesto que tampoco es previsible cuál será la situación del artista para cuando el lector lea estas línias. Ai no es previsible, la justicia de la República Popular China tampoco.
Desde el Martin Gropius Bau, Ai documenta que sigue vivo y activo, maquinando su siguiente acción. Ahí queda su exposición, 10.000 fotografías captadas en la década en que pasó en Nueva York, entre 1983 y 1993, que nos demuestran que no hay ni ciudad libre -la de las fotografías- ni celda domiciliaria -en Pekín- que escapen al talento de Ai.
Última estación, por esta vez: Villalobos. Así se apodó irónicamente en medios hispanos a Wolfsburg., en tiempos de Superlópez -José Ignacio de López de Arriortúa, el ingeniero vasco al que Volkswagen convirtió en los 90 en visionario ejecutivo estrella para acabar en una guerra por piratería industrial contra su antiguo patrono, Opel-. Wolfsburg, efectivamente traducible por Ciudad del Lobo, es la sede del consorcio automotriz alemán, que además de patrocinar un club de fútbol del mismo nombre levantó entre sus naves industriales el Kunstmuseum. A una hora en tren de Berlín y de formas que recuerdan, como casi todo edificio no neoclásico de esta parte de Alemania, al Bauhaus. Mucho acero y cristal, mucho poderío industrial. El viajero que llega a Wolfsburg no ve al lobo, pero sí tiene ante sí las viejas chimeneas de ladrillo rojo del consorcio, más miles de VW recién salidos de fábrica y aparcados en perfecta formación.


Su Kunstmuseum es más que una pincelada de arte destinada a dignificar el imperio del „Coche del Pueblo“ que nació por encargo de Adolf Hitler, en los 30. Es un buen museo de nuevo cuöo y excelente programación, como evidencia la exposición actual, „Die Kunst der Entschleunigung“ -traducible por “El arte de la desprecipitación“-. Un muy ambicioso repaso artístico, de Caspar David Friedrich a, cómo no, Ai Weiwei, centrado en la razón de ser de Villalobos: movilidad, aceleración y desaceleración. La nónima de artistas representados va de Rodin, Duchamp, June Paik y Bruce Nauman al gran imán de toda exposición dicha comprometida, Ai Weiwei. Más allá de reclamos mediáticos, el Kunstmuseum es una dirección sólida y su muestra la excusa perfecta para reflexionar sobre aceleración/desaceleración, movilidaf/reposo.

Bild: Renato Guttuso Die rote Wolke, 1966 Öl auf Leinwand, 130 x 161 cm © VG Bild-Kunst Bonn