[Colombia] Santos rompió la maldición uribista
por Gemma Casadevall
Ahora sí: Juan Manuel Santos rompió no solo con el uribismo, sino también con la maldición electoral más reciente colombiana, según la cual desde la primera victoria de Álvaro Uribe en las urnas -en 2002- solo él o sus “sucesores designados” ganaban una batalla presidencial. Él mismo, Santos, llegó a la Jefatura del Estado en su condición de delfín y exministro de Defensa de Uribe, en 2010, y en la primera vuelta de los comicios, el 25 de mayo, se vio rebasado por el siguiente sucesor del caudillo colombiano, Oscar Iván Zuluaga.
Apenas una hora después del cierre de las urnas, con un 99,7 % de los votos escrutados, la Registraduría daba ganador al presidente y candidato de Unidad Nacional, con un 50,95 %, frente al 45,00 % de Zuluaga, del Centro Democrático tras el cual se encuentra, de nuevo, Uribe. Santos logró sobradamente y por varios flancos sus objetivos. Por un lado, la reelección, apuntalada en los apoyos logrados desde la izquierda y el progresismo -el más importante, el respaldo de la líder de Polo Democrático, Clara López, aunque no de la formación en bloque-. Por el otro, la movilización del elector colombiano al que se atribuye un abstencionismo endémico. La participación subió a un 47,89 %, frente al 39,9 % de la primera vuelta, lo que en un país de voto voluntario y tradición abstencionista se considera casi una hazaña, máxime cuando lo que concurrían eran dos representantes de la derecha. Es decir, derecha contra más derecha, algo disuasorio para parte del electorado.
A la suma de ambos factores -el respaldo de Clara López, con unos dos millones de votos en la primera vuelta, más la movilización o el llamado voto útil contra el uribismo- debe Santos la reelección por otros cuatro años. El presidente dio la vuelta al marcador, después de que en la primera ronda electoral quedase alrededor de medio millón de votos por debajo del uribista. Ahora, superó a Zuluaga por 907.000 votos. Menos abstención y también menos votos en blanco, nulos o no marcados, otra peculiar forma de expresión del electorado colombiano.
Colombia votó en paz, en los comicios más relajados en los últimos 20 años, según fuentes del ministerio de Interior. A ello contribuyeron los 437.000 uniformados repartidos por todo el país, más el alto el fuego unilateral de las FARC y el compromiso del ELN de no inmiscuirse en la contienda electoral.
También jugó su papel, al decir de algunos analistas, el clima de optimismo y euforia de la victoria, el sábado, de Colombia ante Grecia por 3-0, en el retorno de la selección a un Mundial tras 16 años de ausencia. El país se dejó sumergir en esa alegría depredadora de cualquier otra emoción que es el fútbol y amaneció el domingo aún vestido con la camiseta amarilla. No le pesaron las piernas o no le pesaron tanto como para desistir de acercarse al centro de votación.
Circulaban por Colombia cálculos -por supuesto, no verificables- según los cuales una victoria en el reencuentro mundialista del país iba a reportarle a Santos 300.000 votos adicionales. No hay cómputos fiables en esa dirección, ni presumiblemente los habrá nunca.
Sí se da por hecho, porque en eso coinciden todos observadores, que el gran mensaje de la elección es el sí al proceso de paz impulsado por Santos con las FARC, en noviembre de 2012, al que ahora se unió el ELN. La elección se planteaba como un sí o un no a ese proceso y, por extensión, con un sí o un no uribismo, enemigo declarado de toda concesión a la guerrilla.
No hizo falta foto-finish para medir la victoria de Santos, dada la ventaja respecto a su rival. Pero tampoco puede darse por enterrado al uribismo. Todo lo contrario. Alvaro Uribe seguirá siendo un rival acechante, desde su reconquistada posición de fuerza tras las elecciones legislativas del pasado marzo. El caudillo implacable sigue en escena. A Santos le espera una fuerte oposición parlamentaria, como sabe mejor que mucho quien compartió bancada gubernamental bajo Uribe.
Al presidente le corresponde ahora lidiar con esa oposición y ahondar en el papel de derechista “light” que ya empezó a desempeñar en cuanto rompió con Uribe, poco después de llegar a la presidencia, en 2010, y que le valió la etiqueta despectiva de su antiguo padrino polítíco de “castrochavista”. Se lo debe a esos importantes votos prestados recibidos del progresismo.
Colombia votó en paz y por la paz, en el sentido de las negociaciones que siguen en La Habana con las FARC y las exploratorias iniciadas con el ELN. El grueso de la región latinoamericana respirará aliviada, porque si algo temían muchos de los países vecinos -y no solo Venezuela- era una Colombia dominada de nuevo por el derechismo oscurantista que representa el ex-presidente y patrón del derrotado Zuluaga.
A la suma de ambos factores -el respaldo de Clara López, con unos dos millones de votos en la primera vuelta, más la movilización o el llamado voto útil contra el uribismo- debe Santos la reelección por otros cuatro años. El presidente dio la vuelta al marcador, después de que en la primera ronda electoral quedase alrededor de medio millón de votos por debajo del uribista. Ahora, superó a Zuluaga por 907.000 votos. Menos abstención y también menos votos en blanco, nulos o no marcados, otra peculiar forma de expresión del electorado colombiano.
Colombia votó en paz, en los comicios más relajados en los últimos 20 años, según fuentes del ministerio de Interior. A ello contribuyeron los 437.000 uniformados repartidos por todo el país, más el alto el fuego unilateral de las FARC y el compromiso del ELN de no inmiscuirse en la contienda electoral.
También jugó su papel, al decir de algunos analistas, el clima de optimismo y euforia de la victoria, el sábado, de Colombia ante Grecia por 3-0, en el retorno de la selección a un Mundial tras 16 años de ausencia. El país se dejó sumergir en esa alegría depredadora de cualquier otra emoción que es el fútbol y amaneció el domingo aún vestido con la camiseta amarilla. No le pesaron las piernas o no le pesaron tanto como para desistir de acercarse al centro de votación.
Circulaban por Colombia cálculos -por supuesto, no verificables- según los cuales una victoria en el reencuentro mundialista del país iba a reportarle a Santos 300.000 votos adicionales. No hay cómputos fiables en esa dirección, ni presumiblemente los habrá nunca.
Sí se da por hecho, porque en eso coinciden todos observadores, que el gran mensaje de la elección es el sí al proceso de paz impulsado por Santos con las FARC, en noviembre de 2012, al que ahora se unió el ELN. La elección se planteaba como un sí o un no a ese proceso y, por extensión, con un sí o un no uribismo, enemigo declarado de toda concesión a la guerrilla.
No hizo falta foto-finish para medir la victoria de Santos, dada la ventaja respecto a su rival. Pero tampoco puede darse por enterrado al uribismo. Todo lo contrario. Alvaro Uribe seguirá siendo un rival acechante, desde su reconquistada posición de fuerza tras las elecciones legislativas del pasado marzo. El caudillo implacable sigue en escena. A Santos le espera una fuerte oposición parlamentaria, como sabe mejor que mucho quien compartió bancada gubernamental bajo Uribe.
Al presidente le corresponde ahora lidiar con esa oposición y ahondar en el papel de derechista “light” que ya empezó a desempeñar en cuanto rompió con Uribe, poco después de llegar a la presidencia, en 2010, y que le valió la etiqueta despectiva de su antiguo padrino polítíco de “castrochavista”. Se lo debe a esos importantes votos prestados recibidos del progresismo.
Colombia votó en paz y por la paz, en el sentido de las negociaciones que siguen en La Habana con las FARC y las exploratorias iniciadas con el ELN. El grueso de la región latinoamericana respirará aliviada, porque si algo temían muchos de los países vecinos -y no solo Venezuela- era una Colombia dominada de nuevo por el derechismo oscurantista que representa el ex-presidente y patrón del derrotado Zuluaga.
El venezolano Nicolás Maduro se apresó a felicitar en la noche electoral a Santos y al pueblo colombiano “por haber elegido la paz”. Mensajes parecidos llegaban de El Salvador, Honduras, Bolivia, Ecuador y Perú.
El bloque bolivariano reaccionó al unísono. En las redes sociales se reproducía un mensaje: “Ahora sí, a cumplir con la paz”, en sus distintas formas y variantes, heterogéneo como es twitter y el poliretuiteo. Es el momento de la verdad para el proceso de paz, el vencedor del plebiscito para Colombia y para el conjunto de la región latinoamericana que fue la contienda presidencial.