Merkel y el alcalde Wowereit, dos rostros de una reunificación que trazó Schäuble
Gemma Casadevall
Berlín, 6 nov (EFE).- La canciller Angela Merkel y el alcalde Klaus Wowereit
son los rostros más representativos de la Alemania y el Berlín de hoy, surgidos
de la transformación que imprimió una reunificación que fue trazada por el ahora
ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble.
"Ninguna otra capital europea y
ningún otro país han vivido una metamorfosis tan profunda, en el fondo como en
la forma, en su superficie y en su papel en el mundo, como éstos", afirma
Wowereit, autor de la frase "pobre, pero sexy" con que un día definió a la
ciudad-estado y capital de Alemania.
De ciudad mártir de la Guerra Fría,
Berlín pasó a asumir la capitalidad de la primera economía europea, con la
revolución urbanística y social que exigía una ciudad sin tejido industrial ni
poder económico propios, recordaba el alcalde en un encuentro con medios
extranjeros.
Merkel, crecida en territorio comunista y que irrumpió en
política apadrinada por el "canciller de la reunificación", Helmut Kohl, lidera
la Alemania de hoy; una mujer poderosa que no quiere ser tachada de prepotente y
que representa la generación política liberada de lastres del pasado.
"No
pertenece ya a la Alemania de los que crecieron sin padre, la situación general
en la posguerra, sea porque éste había muerto, desaparecido, huido o caído
prisionero. Tampoco a los que se rebelaron contra la jerarquía paterna vinculada
al nazismo", explicaba recientemente el hombre fuerte de su gobierno, Schäuble.
Titular de Interior con Kohl, Schäuble fue figura clave en el proceso
impulsado tras la caída del muro, el 9 de noviembre de 1989, que culminó en el
Tratado de Unidad, el 3 de octubre de 1990.
Mientras Kohl negociaba con los
líderes de las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial, los socios de la
Unión Europea (UE) y de la República Democrática Alemana (RDA), a él le
correspondió plasmar en papel los resultados de esos acuerdos.
"Surgieron
más problemas técnicos que políticos", afirmaba Schäuble en un acto previo al
aniversario de la caída del muro, donde destacó que ni el líder soviético Mijaíl
Gorbachov ni el estadounidense George Bush (padre) temían a una Alemania fuerte.
Schäuble estampó su firma en el Tratado de Unidad por parte de la República
Federal de Alemania (RFA), mientras que la RDA estaba representada por Lothar de Maizière,
el último jefe de gobierno de un país que sellaba con esa firma su extinción.
El ahora ministro de Finanzas de Merkel era por entonces el delfín de Kohl y
tal vez la persona que mejor conoce la letra grande y la pequeña del Tratado,
origen de la actual RFA en la que se integró la RDA.
Dos sacudidas marcaron
la trayectoria posterior de Schäuble: el atentado cometido contra él por un
enajenado, en 1991, que le dejó en silla de ruedas; y su ruptura en 1999 con
Kohl, retirado tras su derrota ante al socialdemócrata Gerhard Schröder e
inmerso en el escándalo de la financiación irregular de la Unión
Cristianodemócrata (CDU).
El caso de las cuentas secretas salpicó a
Schäuble, que renunció a presidir la CDU y a ser el sucesor programado por Kohl;
Merkel asumía ese puesto en 2000, con una llamada al partido a emanciparse del
patriarca.
Merkel hizo historia por partida doble en 2005, al convertirse en
la primera mujer y del antiguo territorio de la RDA que llegaba a la Cancillería
de una Alemania fuerte, a la que ella imprimió un estilo de liderazgo que huye
de las estridencias, pero donde impone su ley.
En las antípodas de ese
carácter se sitúa Wowereit, el socialdemócrata que llegó a la alcaldía de la
ciudad-estado en 2001 tras proclamar su homosexualidad y al que la prensa
populista apoda el "party-boy", por ser presencia obligada en todas las fiestas.
Justificado o no el término, bajo su gestión Berlín cambió de piel
urbanísticamente y acogió a la legión de funcionariado derivada de la mudanza de
capitalidad -de Bonn a Berlín-, sin perder la reputación de capital atípica y
con "feeling" para la contracultura.
Dos lamparones precipitaron su
retirada, prevista para este diciembre: la especulación inmobiliaria, que ha
hecho mella en una capital aún con fama de barata respecto a París, Londres o
Madrid; y el escándalo del nuevo aeropuerto de Berlín, cuya inauguración acumula
un retraso de tres años y sigue postergada indefinidamente.
"No todo puede
salirnos bien en esta vida", argumenta Wowereit, mientras se prepara para
presidir este domingo su último gran acto como alcalde: el 25 aniversario de la
caída del muro, "el día más feliz en la vida de muchos berlineses". EFE
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