LA VANGUARDIA INTERNACIONAL 21-22 ABRIL 2011
Metamorfosis antinuclear de Merkel
Joana Serra
El repentino miedo europeo a la energía nuclear tiene en Angela Merkel el más claro exponente. Lo suyo ha sido una metamorfosis espectacular, inicialmente atribuida a un interés electoralista -el temido "efecto Fukushima" sobre los comicios de final de marzo en dos poderosos Länder, Baden-Württemberg y Renania Palatinado-, pero que no se ha mitigado tras la derrota de sus filas en las urnas.
Merkel, doctora en Ciencias Físicas y ministra de Medio Ambiente y Seguridad Nuclear en tiempos de Helmut Kohl, ha visto en Fukushima lo que aparentemente no detectó en Chernóbil: el riesgo de una hecatombe de efectos irreversibles, provocada por catástrofes naturales o de otra índole -un atentado o ataque cibernético, por ejemplo-. Dicho de otro modo, la incapacidad de dominar una tecnología que la arrogancia humana durante décadas calibró como controlable.
La canciller alemana ha pasado de apostar por las nucleares -y tachar de retrógrados a quienes siempre abogaron por el "Nein, Danke", los Verdes- a dictar una moratoria sobre su propia decisión de prolongar la vida de los 17 reactores al país. "Siempre fui una de defensora de la energía nuclear. Pero tras Fukushima está claro que hay que repensar el concepto energético y abandonarla cuanto antes", decía estos días, sin presión electoral inminente, pero a las puertas del aniversario de la sacudida de Chernóbil.
Merkel tenía 31 años ese abril de 1986. Vivía en el Berlín oriental y ese mismo año se doctoró en Ciencias Físicas. Llevaba cuatro años divorciada de su primer marido, Ulrich Merkel, un estudiante de Física de quien conserva el apellido, y convivía ya con el catedrático de Química Joachim Sauer, su esposo desde 1998.
Tanto entorno científico no le hizo recelar de los peligros de esa fuente de energía. Mientras en la República Federal de Alemania (RFA) se siguió con pavor el recorrido de la nube radioactiva, en la República Democrática Alemana (RFA) donde creció Merkel se impuso la censura a la catástrofe.
Aún hoy, muchos de los ciudadanos de la RFA recuerdan claramente -o recrean a quien les escucha- dónde estaba el 1 de mayo de 1986 cuando cayó esa repentina y copiosa lluvia ácida. A la inversa, pocos ciudadanos RDA llegaron a tener conocimiento del fenómeno hasta, si acaso, mucho después.
La propia Merkel ha recordado en alguna entrevista que lo único que percibió como raro fueron los consejos del jefe de Estado, Erich Honecker, recomendando a la población que lavaran dos veces la ensalada.
Seis semanas después del accidente Kohl creó el ministerio de Medio Ambiente y Seguridad Nuclear, el departamento al frente del cual llegó Merkel en 1994. Como ministra presidió la Conferencia del Clima de la ONU, en Berlín, en 1995, y visitó Chernóbil coincidiendo con el décimo aniversario de la catástrofe, para concluir que se había avanzado en seguridad.
Ni lo que estudió como científica ni lo que vio como ministra le hicieron posicionarse entre los escépticos frente a las nucleares como sí había hecho, por ejemplo, su antecesor en el ministerio, su correligionario Klaus Töpfer. A él, director del programa de Medio Ambiente de la ONU entre 1998 y 2006, puso Merkel ahora al frente de la Comisión Ética creada para "recomendar" a su gobierno el camino a seguir para el apagón acelerado.
Un vuelco radical, en el que Merkel no está sola. De pronto desaparecieron del espectro parlamentario alemán los apóstoles de las nucleares. Repentinamente hay un consenso generalizado en llevar adelante el apagón acelerado.
Los grandes consorcio energéticos ven sacudidos estos días sus asambleas generales de accionistas con protestas de activistas nucleares, como ocurrió ayer a RWE y anteayer a EnBW, mientras un sector del accionariado reclama de sus cúpulas que inviertan en las renovables, puesto que ese es el futuro. El adiós a las nucleares parece sentenciado en Alemania y la pregunta es ahora cuándo se consumará y quién pagará la factura del vuelco energético.
Ni lo que estudió como científica ni lo que vio como ministra le hicieron posicionarse entre los escépticos frente a las nucleares como sí había hecho, por ejemplo, su antecesor en el ministerio, su correligionario Klaus Töpfer. A él, director del programa de Medio Ambiente de la ONU entre 1998 y 2006, puso Merkel ahora al frente de la Comisión Ética creada para "recomendar" a su gobierno el camino a seguir para el apagón acelerado.
Un vuelco radical, en el que Merkel no está sola. De pronto desaparecieron del espectro parlamentario alemán los apóstoles de las nucleares. Repentinamente hay un consenso generalizado en llevar adelante el apagón acelerado.
Los grandes consorcio energéticos ven sacudidos estos días sus asambleas generales de accionistas con protestas de activistas nucleares, como ocurrió ayer a RWE y anteayer a EnBW, mientras un sector del accionariado reclama de sus cúpulas que inviertan en las renovables, puesto que ese es el futuro. El adiós a las nucleares parece sentenciado en Alemania y la pregunta es ahora cuándo se consumará y quién pagará la factura del vuelco energético.