viernes, 1 de noviembre de 2019

Solo para incondicionales del papel

Más que un muro
El 9 de noviembre es una fecha recurrente en la Alemania contemporánea. En 1918 se proclamó la República de Weimar. Justo cinco años después tenía lugar el putsch de Múnich, un fallido golpe de Estado llevado a cabo por Hitler y otros dirigentes nazis. Ese mismo día, en 1938, fue escenario de la siniestra Noche de los Cristales Rotos, el salvaje ataque perpetrado por las tropas de asalto de las SA contra ciudadanos judíos.
Pero, más allá de esta coincidencia, muchos conservamos en la retina las imágenes de otro 9 de noviembre, el de 1989, cuando se produjo la caída del Muro de Berlín, un hecho tan sorprendente en su momento como decisivo, que contribuyó a poner fin a la Guerra Fría y propició el camino hacia la reunificación del país. El proceso de glásnost (apertura), iniciado en la Unión Soviética por Gorbachov, se materializaba en la República Democrática Alemana.
El primer gesto visible tuvo su manifestación el día 8. Egon Krenz, nuevo secretario general del Comité Central del Partido Socialista Unificado y jefe de Estado, prometió legalizar los partidos de la oposición. Un día después, berlineses de ambos sectores de la ciudad empezaron a derribar, hasta con las manos, las piedras que habían sustentado una frontera tan artificial como dolorosa.
Atrás quedaban casi tres decenios de separaciones, detenciones e intentos de huida que demasiado a menudo habían acabado en tragedia. “La ciudad mártir de la Guerra Fría resurgió convertida en un ‘Berlín de los prodigios’, decidido a despojarse de los traumas de la historia”, afirma la periodista Gemma Casadevall, testigo directo de la evolución de la ciudad desde la caída del muro y autora de uno de los artículos del dossier.
¿Cómo ha respondido la capital alemana a los cambios que le sobrevinieron a partir de aquel histórico acontecimiento? Las heridas de aquel muro ya no supuran, pero Berlín ha tenido que ir sorteando crisis, desde la del euro hasta la de los refugiados, sin dejar de ser una ciudad en metamorfosis permanente. Isabel Margarit, directora de Historia y Vida.

La metamorfosis permanente


Gemma Casadevall


A las 18.53 del 9 de noviembre de 1989, tras casi dos horas de conferencia de prensa, el miembro del Politbüro de la República Democrática Alemana (RDA) Günther Schabowski leyó un comunicado que daría la vuelta al mundo. Fue a raíz de una pregunta del periodista italiano Riccardo Ehrmann, corresponsal de la agencia de noticias Ansa, sobre la nueva regulación para viajes y visados. Lo que a continuación leyó Schabowski, a modo de respuesta, significaba que se podía hacer algo que desde hacía 28 años era imposible: atravesar cualquier paso fronterizo de la RDA sin visado y sin miedo a recibir un disparo. A partir de cuándo, preguntó el alemán Peter Brinkman. "De inmediato, según mis informaciones" fue la respuesta de Schabowkski, azorado, buscando entre sus papeles. “¿También en Berlín?”, fue la siguiente pregunta. Sí, también en Berlín.


El muro había caído, 10.860 días después del domingo 13 de agosto de 1961 en que la ciudad amaneció atravesada por alambradas, convertidas en las semanas y meses siguientes en 155 kilómetros de muro de hormigón. La abarrotada conferencia de prensa, con medios nacionales e internacionales, había sido transmitida por televisión. Miles de ciudadanos germano-orientales se lanzaron sin esperar precisiones hacia los controles entre el sector este y el oeste. El primero que levantó la valla fue el de la Bornholmer Strasse, hacia las diez de la noche. Nadie sabía lo que ocurriría al minuto siguiente. Tampoco el teniente coronel Harald Jäger, al mando de ese paso fronterizo. Sin otras órdenes que su intuición, subió la valla. Quedó envuelto en besos, abrazos y lágrimas de sus conciudadanos.


Nadie sabía cómo actuar. Tal vez ni Schabowski sabía lo que iba a precipitar con su comunicado, al parecer embargado hasta las cuatro de la madrugada del día siguiente. Pero había la percepción colectiva de que quien cruzara hacia el oeste no debía temer ya por su vida. Había caído el muro de la vergüenza, como se le llamaba en el oeste, o "la muralla de protección antifascista", para el Politbüro comunista. De la Bornholmer Strasse arrancó la noche más hermosa y caótica de la historia reciente berlinesa.


Berlín empezó a dejar de ser esa noche la ciudad mártir de la Guerra Fría. Treinta años después del 9 de noviembre de 1989, la ciudad que alberga el gobierno, parlamento y otras instituciones de la primera potencia europea sigue siendo una capital atípica, acostumbrada a la etiqueta de pobre y endeudada, sin tejido industrial propio, con sueldos más bajos que en Hamburgo o Múnich y alquileres que empezaron a dispararse a los niveles de éstas. Una ciudad con 3,6 millones de habitantes, una cuarta parte de los cuales de origen extranjero, que parece sobrellevar con más entereza su pasado monstruoso -el de capital del Tercer Reich- y el trauma que le sucedió después -los 28 años de división por el muro- que la especulación inmobiliaria actual.


Que el 9 de noviembre de 1989 se levantaran las vallas de la Bornholmer Strasse y otros controles fronterizos sin que a ningún oficial de la RDA se le escapara una bala, en medio de la confusión, es uno de los milagros de esa noche, suele repetirse al evocar ese hito. Tampoco se había escuchado ni un disparo unos meses atrás, el 19 de agosto, cuando en el llamado "Picnic Paneuropeo" convocado en Sopron, Hungría, centenares de germano-orientales pasaron a Austria. El picnic o merienda iba a ser una señal de reconciliación entre Hungría y su vecina Austria, unas semanas después de que los líderes de ambos países -Gyula Horn y Alois Mock- hubieran cortado juntos una alambrada fronteriza. A la merienda de Sopron acudieron cientos de germano-orientales, atraídos por una convocatoria que implicaba cruzar la frontera hacia el oeste sin problemas durante unas horas. La invitación estaba dirigida a austríacos y húngaros. Pero la policía fronteriza dejó hacer.


Fue la primera de una serie de huidas masivas hacia occidente, la señal del resquebrajamiento inminente de un muro levantado en 1961 por orden del jefe del Estado y del Partido, Walter Ulbricht, para frenar la despoblación de la RDA. Desde su fundación, en 1949, habían dejado su territorio 3,5 millones de ciudadanos, del total de 16 millones que tenía la Alemania satelital de Moscú. En su mayoría lo hicieron a través de Berlín, hasta entonces precariamente dividido entre los sectores estadounidense, británico, francés y soviético. Una de las potencias aliadas que se habían repartido Alemania tras la capitulación del Tercer Reich, en 1945, la soviética, veía cómo se desangraba demográficamente su sector. Su respuesta fue la llamada "Franja de la Muerte" que en 1989 se resquebrajaba entre fugas por países vecinos y marchas de germano-orientales al grito de "Wir sind das Volk" -"Nosotros somos el pueblo"-, todos los lunes, cruzando Leipzig y reclamando reformas. El 4 de noviembre, cinco días antes de la caída del muro, medio millón de germano-orientales habían llenado la Alexanderplatz exigiendo también esas reformas. Entre su veintena de oradores había desde escritores como Christa Wolf y Heiner Müller al jefe del espionaje de la RDA, Markus Wolf, y líderes comunistas que pretendían una reforma "desde dentro", como Gregor Gysi. El propio Schabowski estuvo ahí.


Frecuentemente se ha cuestionado si Schabowski sabía de la trascendencia de su comunicado; se ha llegado a apuntar que la pregunta del periodista italiano había sido "inducida" desde arriba para precipitar lo que a continuación ocurrió. Moscú tenía en marcha la "Perestroika" de Mijail Gorbachov. En ocasión del 40 aniversario de la RDA, en octubre de 1989, el líder soviético había advertido al presidente del país satelital, Erich Honecker, de que " la vida castiga a quien llega tarde" -al menos, así quedó reproducida su lapidaria frase en las crónicas de entonces-. Gorbachov representaba la apertura; su presencia fue recibida con entusiasmo esperanzado por los germano-orientales; Honecker, representante el inmovilismo pétreo, dimitió a los pocos días. Fue relevado por el teórico renovador, Egon Krenz. Unas semanas después caía el muro.


Helmut Kohl, supuestamente el ciudadano mejor informado de la República Federal de Alemania (RFA), se encontraba en la noche mágica de 9 de noviembre en Varsovia. Interrumpió su visita y al día siguiente hablaba a los berlineses desde el ayuntamiento del barrio de Schöneberg, en el sector occidental. Le acompañaba el excanciller Willy Brandt, el socialdemócrata que había tenido que asistir siendo alcalde de la ciudad a la construcción del muro.


A Angela Merkel, por entonces una germano-oriental de 34 años consagrada a la ciencia, no le ha importado reconocer que estuvo entre quienes no calibraron de inmediato la relevancia de la frase de Schabowksi. Era un jueves, tenía su sauna semanal, no iba a cambiar sus planes. Llamó a su madre para recordarle su promesa de que en cuanto fuera posible irían juntas a comer ostras al lujoso Hotel Kempinski, en el lado occidental. Unas horas después, a la salida de la sauna, se sumó a los miles que seguían cruzando la Bornholmer Strasse. Pasó al otro lado y se tomó una cerveza en casa de unos desconocidos occidentales que "muy amablemente", según ha contado, la invitaron. Y luego se retiró a su casa. A la mañana siguiente tenía que madrugar.


Kohl asumió de inmediato su cometido de artífice de la reunificación; Merkel tardó aún quince años en convertirse en la primera mujer y la primera persona crecida en territorio comunista al frente de la potencia europea surgida de la reunificación.

Fue una unificación expres, para la que Kohl debió superar el rechazo de quienes temían el regreso de una Alemania fuerte, agrandada territorial y demográficamente. Gorbachov se comportó como el mejor aliado, mientras la británica Margareth Thatcher colocaba obstáculos en el camino.

El 3 de octubre de 1990 entró en vigor el Tratado de Unidad por el que el territorio de la RDA quedó absorbida por la República Federal de Alemania (RFA). Para entonces, Merkel había aparcado ya la ciencia para entregarse a la política. Se suele decir que su descubridor fue Kohl,
aunque en realidad fue Lothar de Maizière, el último jefe del Gobierno de una RDA ya transicional. De Maizière percibió en esa neófita uno de los talentos frescos que Kohl precisaba para su cantera de políticos crecidos en la RDA y limpios de toda sombra comunista.


El traslado de la capitalidad a Berlín fue mucho más lento. Bonn había ejercido de capital federal desde la fundación de la RFA. Había sido una cómoda "aldea federal" para la clase política occidental, incluido Kohl, originario del vecino "Land" de Renania Palatinado. La decisión de mudar la capital a Berlín se adoptó en junio del 1991, tras once horas de debate en el Bundestag (Parlamento federal) por 17 votos de diferencia -337 a favor, 320 en contra-. Era una decisión política, que rompía el dogma del federalismo a favor de una capitalidad fuerte. No se consumó hasta 1999.


Con la gran mudanza del aparato funcionarial, gobierno y parlamento desde la aldea federal se precipitó la siguiente gran metamorfosis del Berlín liberado del muro. Para la ciudad, para Alemania y para el resto de la UE. El centro del poder de la mayor potencia europea ya no quedaba en una ciudad de 320.000 habitantes, a orillas del Rin, a tres horas y media en tren desde París, sino a 100 kilómetros de la frontera con Polonia. Los nuevos ministerios se repartieron entre edificios que habían acogido al aparato del Tercer Reich, dependencias prusianas o ejemplos de la arquitectura propia de la Alemania comunista, convenientemente rehabilitados. El viejo Reichstag revivió como sede del Parlamento federal, el Bundestag, entre nuevos edificios hechos de imponentes estructuras de hormigón, acero y cristal, como la Cancillería; lo que fue tierra de nadie en tiempos del muro, la Postdamer Platz, se convirtió en un paisaje de multicines, restaurantes y espacios de ocio. Distritos enteros de lo que fue el sector este, como Prenzlauerberg o Friedrichshain, pasaron a ser los barrios noctámbulos de la modernidad, con sus viejas viviendas reformadas como lofts de lujo y el consiguiente arrinconamiento hacia otras zonas menos codiciadas de quienes fueron sus habitantes, los germano-orientales. El nuevo centro, Mitte, se pobló de emprendedores y otros recién llegados. El fenómeno alcanzó también al viejo Kreuzberg, barrio alternativo y revolucionario por excelencia del oeste, otra de las piezas codiciadas por los nuevos inquilinos.


Fue una metamorfosis urbanística sin tregua, que discurrió en paralelo a la política. Kohl quedará para la historia como el "canciller de la reunificación". Pero políticamente murió con la república de Bonn. Un año antes de la gran mudanza había sido derrotado en las urnas por el socialdemócrata Gerhard Schröder, el primer canciller que ejercería el poder desde el nuevo Berlín. Kohl pasó a una retaguardia nada gloriosa. Tras su derrota estalló el escándalo de la red de cuentas secretas en la Unión Cristianodemócrata (CDU, el partido que había dirigido durante 25 años. Merkel, la "muchachita del este", como la había llamado Kohl, saltó de la posición de secretaria general a la de líder del partido, catapultada por un artículo en el conservador "Frankfurter Allgemeine Zeitung" llamando a emanciparse de Kohl.


Berlín era la nueva capital de los prodigios europea, con Schröder en la nueva cancillería, y un rompedor ministro de Exteriores, el verde Joschka Fischer, marcando nuevas pautas. Era una capital definida como "pobre, pero sexy" por Klaus Wowereit, el socialdemócrata que ocupó su alcaldía de 2001 a 2014. En esa nueva ciudad de los prodigios debía haber lugar para todos todos: para el funcionariado recién llegado del aseado Bonn a una ciudad con fama de sucia y anárquica; para los eternos revolucionarios de Kreuzberg; para las familias turcas que convertían en inmensas barbacoas las explanadas junto al palacio presidencial, Bellevue; para los germano-orientales desplazados de sus barrios tradicionales. La gentrificación asomaba por las esquinas.


El canciller Schröder cambió la piel al Bundesregierung; desde la oposición, Merkel iba derribando, uno tras otro, a todo aquel que cometió el error de considerarla una rival débil. Una líder pasajera que tomaba las riendas de la CDU cuando nadie las quería y a la que se devolvería a su rincón en cuanto amainara la tormenta. Schröder estuvo entre los que se equivocaron con Merkel. Asistió sin
dar crédito a la victoria de su rival conservadora en las generales de 2005. Y tuvo que ver, tras negarle públicamente esa victoria ante las cámaras, la misma noche electoral, cómo Merkel se colocaba al frente de una gran coalición, con su partido socialdemócrata como socio menor.

Berlín entró así en la siguiente fase de su metamorfosis. En la capital pobre, pero sexy, centro del poder europeo, se había instalado un nuevo estilo de liderazgo. No solo por ser mujer y crecida en el este, sino como personaje insólito en política, que no trataba de imponer su criterio a fuerza de puñetazos en la mesa, sino con sangre fría y perseverancia. Alemania sorprendió al mundo con una líder cuya biografía aparentemente demostraba que algo sí salió bien en la reunificación. Era el contramolde a la frustración de tantos germano-orientales que se sentían ciudadanos de segunda clase: la hija de un pastor protestante de una parroquia de Brandeburgo, la muchacha del este crecida al otro lado del muro, imponía su sangre fría en la UE, del G7, ante Washington o Moscú.


Desde la "Waschmachine", como se apoda a la Cancillería por su aspecto de aséptica lavadora, condujo Merkel a la UE en la crisis del euro, aferrada al dogma de la austeridad. Una fórmula que a ella le cuadraba con la doctrina del hogar donde creció. Pero que se cebó en los países del sur, los más castigados por la crisis, y arrastró a la precariedad a una Alemania en que su antecesor socialdemócrata había atestado ya duros recortes, tras décadas de estado de bienestar superlativo.

Berlín resistió. Los alquileres se encarecieron, pero seguían estando por debajo de otras capitales europeas; sus habitantes se habían acostumbrado a vivir en una ciudad eternamente patas arriba; algunos convertían esa estética en señal de identidad. El Berlín heroico que sobrevivió a los bombardeos aliados y al trauma del muro no se hunde.


A la crisis del euro le siguió la de los refugiados. Merkel respondió manteniendo abiertas sus fronteras cuando los vecinos las cerraban. Dejó que en 2015, el año álgido de la crisis humanitaria, entraran en el país casi un millón de asilados. "Lo conseguiremos" -"Wir schaffen es"-, fue la frase con que quiso sintetizar la capacidad del país para asumir el desafío. Cambiaron de piel los hangares del viejo aeropuerto de Tempelhof, se convirtieron en centro de acogida. Llevaba años creciendo la hierba en lo que fueron las pistas de aterrizaje durante el nazismo, durante el puente aéreo que salvo al sector occidental del bloque soviético, en 1948, o hasta que finalmente dejó de operar como aeropuerto ciudadano, en 2008. Sus pistas se habían convertido en una gran área sin normas concretas, tierra de nadie o espacio ciudadano para todos, entre patinadores, ciclistas, cometas al viento y meriendas colectivas. Familias sirias u hombres solos se instalaron en barracones provisionales de Tempelhof, el mayor entre los múltiples centros de acogida repartidos por una capital de tejido multétnico. Berlín pudo también con ese caudal humano tan distinto al anterior desembarco de población en la ciudad -el aseado funcionariado, los emprendedores y los hipster.


La de Berlín es una historia permanentemente en construcción, inacabada. Treinta años después de la caída del muro sigue siendo una capital atípica, con pocos rincones identificables como coquetos, fea y sucia para algunos, fascinante para otros muchos, que no esconde las cicatrices de su historia, sino que las exhibe con algo del orgullo prusiano. Una capital, donde la precariedad aprieta, pero no ahoga.

El cinturón ultraderechista sobre la capital




Algo en la reunificación no salió como planeó Helmut Kohl: la evolución política del antiguo territorio de la República Democrática Alemana (RDA). En los años siguientes al Tratado de Unidad surgieron en su territorio bastiones del postcomunismo. El Partido del Socialismo Democrático (PDS) triunfaba, bajo el liderazgo del carismático Gregor Gysi y pese a los intentos del resto de la clase política por arrinconarlo. El PDS se fusionó en 2005 con la escisión de la socialdemocracia liderada de Oskar Lafontaine. Nació así La Izquierda, un partido ahora consolidado también en el oeste, aunque perdió fuelle en el este.

Mucho más alarmante es la actual efervescencia de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD). A escala del conjunto del país, representa al 12 % de los votantes. En Sajonia, en el este, escaló al 28 % en las últimas elecciones regionales. Y en el “Land” que envuelve la capital, Brandeburgo, ruge su corriente más radical y cercana al neonazismo.

Berlín resiste. La fuerza más votada en la capital en las pasadas europeas fueron los Verdes. Los ecologistas lideran también en intención de voto de cara a las regionales de 2021 en la capital.

El muro en la cabeza… del turista




Suele asegurarse que el muro sigue existiendo en la cabeza de los berlineses y también en su bolsillo. Sigue sin haberse logrado la equiparación plena salarios y jubilaciones, aunque las diferencias se redujeron. Se estima que el agravio comparativo de lo que se percibe en el este respecto al oeste se sitúa ahora en el 10 %.
Sí hay equiparación plena, en cambio, respecto al coste de la vida. Los alquileres subieron entre 2012 y 2016 un 28 % o hasta un 50 % en la última década en los distritos más codiciados. Ciudadanos que sufrieron el trauma diario de vivir junto al muro tuvieron que mudarse por no poder pagar el alquiler.
Berlín vive un boom turístico parejo a la especulación inmobiliaria: 32 millones de pernoctaciones al año. La pregunta de por dónde pasaba el muro es la más frecuente entre los turistas. Los puntos de máxima atracción son el memorial de la Bernauerstrasse, una de las calles que quedó cortada por el muro, y la East Side Gallery, el fragmento más largo que sigue en pie, convertido en muestra de arte callejero con sus famosos grafitis.
Con el visitante low cost masificado aparecieron brotes de turismofobia; y la disneyficación que practican ciertos museos privados o parques temáticos sobre cómo era la vida en la RDA supone la vanalización de un desgarro ciudadano aún por cicatrizar.


lunes, 28 de octubre de 2019

La Dämmerung se llama AKK



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La Groko de Merkel, desgastada en las urnas y con grietas en su liderazgo

Gemma Casadevall

Berlín, 28 oct (EFE).- La "Groko", la gran coalición de la canciller alemana, Angela Merkel, llega a mitad de la legislatura castigada en las urnas y con serias grietas en su liderazgo, tanto para el bloque conservador como para sus socios socialdemócratas.
Turingia, un "Land" del este de Alemania con apenas 1,7 millones de electores, dio este domingo el siguiente golpe a la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel, que de primera fuerza regional cayó a la posición de tercera, tras La Izquierda y la ultraderecha.
La CDU sufrió un desplome de más de once puntos, que sigue a los 7,5 que perdió el pasado septiembre tanto en Sajonia como en Brandeburgo, otros dos "Länder" del este en que el auge ultra agranda la erosión de los partidos establecidos.
"Fue un día amargo para la CDU", admitió este lunes la líder de la CDU, Annegret Kramp-Karrenbauer. Parte de la dura caída de votos se debe, admitió ante los medios, "a la situación de la coalición" de Gobierno, de la que ella es ministra de Defensa.
"Quien piense que conviene aclarar ahora esa cuestión tendrá ocasión de plantearlo en el congreso federal", zanjó AKK -como se la denomina-, a la pregunta sobre si pensaba que debía definirse ya quién luchará por la Cancillería en las generales de 2021.
AKK asumió la presidencia de la CDU hace menos de un año, tras anunciar Merkel que no optará a otro mandato como canciller. Teóricamente, a su sucesora al frente del partido le correspondería la designación como candidata del bloque conservador.
Pero AKK no ha cuajado como líder ni en el partido ni en la valoración ciudadana. Cada sondeo la sepulta a porcentajes más y más bajos. Actualmente, un 70 % de los alemanes no la considera capaz de ocupar la Cancillería.
Merkel optó por incluirla en su Gobierno aprovechando la vacante en Defensa que dejaba Ursula von der Leyen al pasar a la presidencia de la Comisión Europea. Debía ser su golpe de suerte, pero puede ser el de gracia, políticamente.
AKK acumula un desliz tras otro; el penúltimo, la descalificación generada por su propuesta para enviar una fuerza internacional bajo mandato de la ONU a Siria, que no ha encontrado respaldo ni entre sus aliados europeos ni en la coalición de Merkel.
El bloque conservador tenía previsto resolver la cuestión de la candidatura a finales de 2020. AKK no debería tampoco temer su demolición inmediata como líder; será también para entonces cuando le correspondería, a acuerdo a los turnos bianuales de su partido, someterse a su reelección como jefa.
Pero el ambiente está tan enrarecido que cuesta imaginar cómo va a sortear la confrontación con sus filas en el próximo congreso federal de finales de noviembre, en Leipzig.
La CDU está inmersa en una crisis de liderazgo desconocida en los 18 años que duró la "era Merkel" al frente del partido. AKK, leal a la canciller, se impuso en la batalla para la presidencia frente a su ala más derechista, que no ha dejado de intrigar desde entonces.
Su socio socialdemócrata asistió ya en junio al fin de un liderazgo, el de Andreas Nahles. Se había colocado apenas un año antes al frente de un partido que en veinte años ha vivido diez relevos en su cúpula sin lograr frenar su sangría de electorado.
El SPD ha acentuado esa caída desde que entró, a regañadientes, en la actual "Groko" de Merkel. Corre peligro de caer en la irrelevancia política en las siguientes generales.
Nahles tiró la toalla agotada por las intrigas internas. Se abrió un proceso de sucesión en formato casting entre 17 aspirantes, que se presentaron ante sus bases en 23 conferencias regionales.
El pasado sábado el resultado de una consulta en que participó un 53 % de sus 425.000 militantes. Hay dos dúos finalistas: el formado por el ministro de Finanzas Olaf Scholz y la diputada Klara Geywitz, frente a Norbert Walter-Borjans y Saskia Esken, más izquierdista.
El primero representa al aparato del partido y defiende el mantenimiento de la "Groko" hasta 2021. El segundo recuerda el compromiso adquirido de revisar el pacto de coalición en la mitad de la legislatura. Es decir, ahora.
A las bases les corresponde elegir entre esas dos opciones. El 30 de noviembre se conocerá el resultado. De su veredicto dependerá el futuro de la "Groko". EFE
gc/jam/fpa

domingo, 27 de octubre de 2019

Danke, danke, Bodo


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La Izquierda alemana "salva" los comicios en el este alemán frente al empuje ultra

Gemma Casadevall

Berlín, 27 oct (EFE).- La Izquierda alemana ganó las elecciones regionales de Turingia (este de Alemania), aupada por el voto útil y como contrapeso al empuje de la ultraderecha en esa zona del país, cuyo electorado castigó de nuevo a la coalición de la canciller, Angela Merkel.
El partido izquierdista del primer ministro del "Land", Bodo Ramelow, mejoró tres puntos sus resultados de 2014 y logró un 31 % de los votos, según los datos de la autoridad electoral, escrutados 2.961 de los 3.017 colegios electorales.
La ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) se disparó al 23,5 % -más del doble que lo obtenido cinco años atrás- comandada por Björn Höcke, representante del ala más radical y cercana al neonazismo.
La conservadora Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel, primera fuerza en el "Land" durante años, cayó al 21,8 % -un desplome del 11 %- y el Partido Socialdemócrata (SPD), el socio de gobierno de la canciller en Berlín, quedó en el 8,2 % -cuatro puntos menos respecto a entonces-.
Para La Izquierda es un éxito, cinco años después de haberse colocado por primera vez al frente de un gobierno regional, aliado con socialdemócratas y verdes. Ahora agrandó esa victoria, lo que se atribuye a la buena gestión de Ramelow, pero también a la movilización del voto contra la AfD.
El líder izquierdista tiene ante sí una compleja tarea para formar gobierno, debido a la debilidad del SPD y a que los Verdes no lograron despegar por encima del 5,1 % -dos puntos por encima del Partido Liberal (FPD), que quedaría finalmente fuera de la cámara.
No hay una mayoría clara para otras constelaciones, por lo que probablemente Ramelow deberá gobernar en minoría. Lo único categóricamente descartado es una alianza o cooperación externa con la AfD, partido al que el resto de formaciones del espectro parlamentario alemán mantienen políticamente arrinconado.
Las regionales de Turingia cerraron un año electoral en que los partidos de la coalición de Merkel, tanto conservadores como socialdemócratas, han sufrido duras pérdidas, mientras que la ultraderecha ha arrollado en su versión más radical y en el este.
En los comicios celebrados el pasado septiembre en Brandeburgo, el "Land" que envuelve Berlín, los socialdemócratas se mantuvieron por poco como primera fuerza, mientras que la AfD se alzó con un 23,5 %.
También en septiembre, pero en Sajonia, la CDU sufrió para conservar el primer puesto ante una extrema derecha comandada por su ala más radical, que logró un 27,5 %.
Estos resultados en esos "Länder" del este contrastan con la media de la AfD a escala nacional -un 12,6 % en las generales de 2017 o un 10,2 % en las europeas del pasado mayo-.
Son un toque de alerta sobre el descontento en esa mitad del país, a punto de cumplirse 30 años de la caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, y la posterior incorporación de lo que fue territorio comunista en la República Federal de Alemania (RFA).
El reverso de la moneda al debilitamiento entre la coalición de Merkel fueron, hasta ahora, los Verdes. Quedaron en segunda posición en las europeas, tras los conservadores, y fueron subiendo puestos en el este, territorio que les había sido adverso.
En Turingia no han logrado mantener esa tendencia, en medio de la polarización del voto entre izquierdistas y ultras, lo que además de complicar las cosas a Ramelow deja en suspenso al ascenso verde.
Brandeburgo y Sajonia quedaron abocados a tripartitos entre la CDU, SPD y Verdes -sea de liderazgo conservador o socialdemócrata-, fórmula conocida como "coalición Kenia" por identificarse a esos partidos con los colores de la bandera del país africano.
A escala regional, Alemania ofrece un rico repertorio de constelaciones que en el pasado parecían impensables, como la que en el próspero Baden-Württemberg lideran los Verdes con la conservadora CDU como socio menor.
Son muchas las variedades y denominaciones -Jamaica, Semáforo o la mencionada Kenia, alusivas todas a los colores de los partidos-. Tal vez de Turingia surja la nueva alianza inexplorada o un gobierno en minoría.
La única formación no presente en ninguna variante es la AfD, excluida como aliado a escala federal como regional. EFE
gc/psh
(foto)

sábado, 26 de octubre de 2019

El desafío Höcke


El este alemán cierra un año electoral de desafío entre establecidos y ultras 
    
Gemma Casadevall


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Berlín, 26 oct (EFE).- El este de Alemania cierra este domingo un año electoral marcado por la confrontación entre los partidos establecidos y la ultraderecha, una fuerza especialmente desafiante en esa mitad del país y descartada como aliada por el resto del espectro parlamentario.
Los comicios regionales de Turingia, con 1,7 millones de electores en un país con 82 millones de habitantes, se resolverán, según los sondeos, con una victoria para La Izquierda, una formación de raíz poscomunista y reforzada por la disidencia socialdemócrata.
Todo apunta a que el izquierdista Bodo Ramelow, primer ministro regional desde 2014, tendrá dificultades para reeditar su tripartito con socialdemócratas y verdes, porque quedará por debajo de la necesaria mayoría.
Ramelow, originario del oeste de Alemania, marcó hace cinco años un hito para su partido. A La Izquierda se la vio tras la reunificación del país (1990) como un intruso en el panorama político alemán y hasta entonces nunca se había colocado al frente de un gobierno regional.
    Su previsible nueva victoria es percibida como una "pecatta minuta" incluso por parte del electorado de la Unión Cristianodemócrata (CDU) de la canciller Angela Merkel, el partido que más intensamente combatió durante años al poscomunismo.
    Ramelow representa la moderación dentro de La Izquierda; su tripartito ha funcionado sin contratiempos y aparece ahora favorecido por un voto útil frente a la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD).
La última encuesta de la televisión pública ZDF pronostica para La Izquierda un 28 % .casi el mismo resultado que en 2014. La CDU, entonces primera fuerza con un 33,5 %, caerá al 26 %; los ultras se situarán en el 21 %, más del doble que cinco años atrás.
La AfD en Turingia está liderada por Björn Höcke, principal figura del ala más radical entre la extrema derecha, temido incluso dentro de su partido por su cercanía con el neonazismo.
Cada décima que logre por encima de ese pronóstico será celebrada como un éxito personal por su líder. Un personaje que acumula demandas por negacionismo y que sorteó un procedimiento de expulsión del partido por sus incendiarias arengas.
La buena salud electoral de La Izquierda en Turingia contrasta con el debilitamiento del Partido Socialdemócrata (SPD), al que se pronostica un 9 % -tres puntos menos que en 2014-; los Verdes subirán discretamente hasta un 7 % -casi dos puntos más entonces-.
De confirmarse estos resultados, Turingia podría quedar abocada a un gobierno en minoría bajo Ramelow. Otras constelaciones se presentan como impracticables -como una alianza entre la Izquierda y la CDU-, pese a que en los últimos tiempos Alemania ha visto nacer a escala regional alianzas que parecían impensables.
Los comicios de Turingia siguen a los celebrados el pasado septiembre en Brandeburgo y Sajonia, otros dos estados del este de Alemania donde la AfD mostró una fuerza arrolladora comandada por su ala más radical.
En Brandeburgo, el estado que envuelve Berlín, los ultras obtuvieron el 24,5 %. El SPD evitó lo peor al defenderse como primera fuerza. Esta misma semana firmaron los socialdemócratas un pacto de coalición con la CDU y los Verdes como socios menores.
   En Sajonia, donde la AfD quedó asimismo en segunda posición con un 28 %, se está negociando un tripartito liderado por la CDU, con el SPD y los Verdes como aliados.
  A esta nueva modalidad de tripartito entre conservadores, socialdemócratas y verdes se las denomina coalición Kenia o Afganistán -por identificarse los colores de esos partidos con lo de la bandera de ese país-.
   Son constelaciones llamadas contra natura, ya que implican superar abismos ideológicos. El debilitamiento de los grandes partidos, tanto la CDU como el SPD-, unido al ascenso de los Verdes las han convertido en necesarias o última opción.
   Sea cual sea su resultado, a la AfD, tercera fuerza en el Bundestag (Parlamento federal) y con escaños en los 16 "Länder" (estados federados) del país, se la descarta como aliado en cualquier constelación, a escala federal como regional. EFE
   gc/jac
   (foto)

lunes, 14 de octubre de 2019

Varsovia, a lo lejos

Polònia reforça la dreta hostil a Brussel·les

 

El par­tit ultra­con­ser­va­dor Llei i Justícia (PiS) va ampli­fi­car el seu domini en les elec­ci­ons par­la­mentàries de Polònia i va demos­trar, de pas­sada, la inde­fensió de Brus­sel·les davant d’un par­tit que repre­senta la con­fron­tació amb la UE.
Un 43 %, segons els son­de­jos, va treure aquest par­tit –con­tra el 37% de fa qua­tre anys–, clara­ment per davant dels libe­rals de Coa­lició Ciu­ta­dana (Ko), que van obte­nir un 27%. La cor­re­lació de for­ces entre el grans par­tits es manté, però entra amb força una coa­lició esquer­rana, amb un 11,9 %, nas­cuda de l’aliança entre par­tits fins ara mar­gi­nals.
Que el PiS repe­teixi com a força més votada és un bufe­tada a Brus­sel·les i a Donald Tusk, el pre­si­dent del Con­sell Euro­peu. Tusk va arri­bar a aquest càrrec després d’haver estat pri­mer minis­tre de Polònia, entre el 2007 i el 2004, ales­ho­res com a líder dels libe­rals polo­ne­sos. Cada pas que ha fet la Comissió Euro­pea con­tra la con­tro­ver­tida reforma del poder judi­cial polo­nesa ha estat vista per l’elec­to­rat fidel al PiS com un acte de revenja de Tusk con­tra la Varsòvia de Jaros­law Kaczynski, líder del PiS i poder fàctic polonès.
L’hos­ti­li­tat entre tots dos polítics forma part del dia a dia polític en aquest soci de la UE i l’OTAN més lle­ial a Donald Trump que als ali­ats del bloc comu­ni­tari. Tusk va repre­sen­tar l’intent de col·locar Polònia en la línia dels estats moderns i libe­rals de la UE. El líder del PiS –expri­mer minis­tre i bessó de l’expre­si­dent Lech Kaczynski, mort en la tragèdia aèria de 2010 de Smo­lensk– ha des­tros­sat una rere l’altra aques­tes expec­ta­ti­ves. El libe­ra­lisme de Tusk va impo­sar-se per un període massa curt, en el con­junt de la història de la democràcia polo­nesa.
L’expe­di­ent obert a Brus­sel·les con­tra les ini­ci­a­ti­ves del govern del PiS per reta­llar la inde­pendència del poder judi­cial, com tam­poc les mobi­lit­za­ci­ons ciu­ta­dans con­tra els intents per con­tro­lar els mit­jans de comu­ni­cació, no han fet mal als ultra­con­ser­va­dors de Kaczynski. L’elec­to­rat del PiS sem­bla encai­xar sense pro­ble­mes que el seu home fort col·loqui, com a caps de govern, polítics dòcils com ara el mode­rat Mateusz Morawi­ecki i la seva ante­ces­sora, Beata Szydlo, més fàcils de pre­sen­tar a les cime­res de la UE que Kaczynski. No cal espe­rar d’ells sor­ti­des de to com les de l’hon­garès Orbán i Varsòvia s’estal­via així el duel públic amb Tusk, un polonès repre­sen­tant, per molts com­pa­tri­o­tes, de la burocràcia de Brus­sel·les.
Imatge de pros­pe­ri­tat

El PiS ha venut la imatge de pros­pe­ri­tat, aug­ments d’ajuts a la família, millo­res de les pen­si­ons i la pro­mesa d’un salari mínim digne, neu­tra­lit­zant així les crítiques d’Europa. El 2015, en plena crisi migratòria, defen­sava tan­car fron­te­res als refu­gi­ats, sobre­tot musul­mans, en una Polònia on el 95 % de la població és catòlica. Qua­tre anys després, en les urnes con­ti­nua manant un par­tit amb ultra­con­ser­va­dor, antiim­mi­gració, homòfob i mas­clista.

viernes, 11 de octubre de 2019

De Rostock a Halle

Alemania, ante un terror ultra que nunca dejó de existir, sólo se transformó

Gemma Casadevall

Berlín, 11 oct (EFE).- El ataque antisemita de Halle (este de Alemania) sacó de nuevo a colación la existencia de un terror ultraderechista alemán que nunca dejó de existir, pero que se transformó en réplica del supremacismo internacionalizado.
Solo la impericia de Stephan Balliet, el ultraderechista de 27 años autor del atentado, evitó una masacre en un templo judío de Alemania, país comprometido con el deber de no olvidar el horror del Holocausto.
No logró franquear la puerta de la sinagoga, sus armas le fallaron, tampoco estalló un artefacto de fabricación casera y, además, sus dos víctimas mortales no eran ni judíos ni inmigrantes, como pretendía.
"Soy un completo perdedor", reconoce Balliet, al final del vídeo de 35 minutos que iba transmitiendo con una cámara de vídeo en su casco. Con ella captó el momento en que mata a una mujer que le interpeló ante el templo y también cuando disparó una y otra vez contra al cliente de un local de comida turca.
La frase es en un inglés algo precario; su intención es clara: crear imitadores, como él mismo pretendió serlo del supremacista australiano que mató a 50 personas en su atentado contra dos mezquitas en Christchurch.

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"No es una sorpresa esta nueva dimensión del terror ultraderechista en Alemania", apunta Jan Rathje, politólogo de la Fundación Amadeu Antonio, creada en memoria de un joven angoleño asesinado por los neonazis en 1990.
El neonazismo alemán tiene sus redes, plataformas para comunicarse, anunciar su siguiente acción o difundirla en directo, afirma Rathle. Ya no se rige por estrictos esquemas "clásicos" del ultraderechismo germano, sino que trata de globalizar sus actos.
La Fundación Amadeu Antonio tiene documentados 169 muertos a manos de la ultraderecha desde la reunificación alemana en 1990. El Gobierno cifra en "al menos 84" esa cifra de víctimas mortales.
La plana mayor de la política alemana, desde la canciller Angela Merkel hasta el presidente Frank-Walter Steinmeier, expresaron estos días su horror ante lo que "hubiera" podido ocurrir en Halle. El ministro del Interior, Horst Seehofer, afirmó que la lucha contra el terror ultra es el gran desafío al que se enfrenta el país.
El número de ultraderechistas identificados por el espionaje de Interior ha subido de modo continuado en los últimos cinco años. En 2018 eran 24.100, de los cuales la mitad están fichados como "dispuestos a la violencia".
Fundaciones como la dedicada a Amadeu Antonio, consagradas a apoyar a las víctimas de la violencia ultra, recuerdan que, frente a las condenas de estos días, está la realidad de los recortes infligidos en las ayudas públicas a sus proyectos.
No es la primera ni la más mortífera sacudida que el neonazismo asesta a la clase política. En 2011, Merkel asoció por primera vez el término terrorismo a la ultraderecha. Había salido a la luz el trío "Clandestinidad Nacionalsocialista" (NSU), que entre 2000 y 2007 mató impunemente a nueve inmigrantes, siempre con la misma pistola, sin que se investigase un posible móvil racista o vínculo entre esos crímenes.
"Una vergüenza para Alemania", admitió entonces la canciller, en medio del cúmulo de negligencias policiales. La existencia de la NSU salió a la luz a raíz del suicidio de dos de sus miembros. La sospecha de a cuántos otros asesinatos ultras se dio carpetazo sin la debida investigación planea desde entonces.
Dos años después del asesinato del angoleño Amadeu António, golpeado hasta la muerte por un grupo neonazi, y coincidiendo con la llegada de centenares de miles de refugiados de los Balcanes, Alemania se vio sacudida por una oleada de ataques xenófobos.
En agosto de 1992, grupos de jóvenes y otros vecinos acosaron durante casi una semana un albergue de vietnamitas de Rostock (este), que acabó pasto de las llamas. Unos meses después, tres turcas murieron en un ataque incendiario de neonazis a su casa de Mölln (norte); en 1993, otras cinco turcas murieron entre las llamas mientras dormían, en Sölingen (oeste).
En 1994, una sinagoga ardiendo, en Lübeck (norte), en otro incendio provocado por las ultras, devolvió a Alemania imágenes que parecían erradicadas desde la capitulación del Tercer Reich.
A más tardar en 2011, con el desmantelamiento de la NSU, quedó clara la existencia de un entramado ultra, asesino, racista y organizado.
La penúltima señal de alarma fue el asesinato a sangre fría, el pasado julio, del político local Walter Lübcke, defensor de la acogida de refugiados. Su asesino era Stephan Ernst, un neonazi de 45 años.
Considerarlos lobos solitarios es un simplismo peligroso, afirma Elmar Thevessen, experto en terrorismo de la televisión pública ZFD. Todos ellos forman parte de un "movimiento supremacista internacional", advierte. EFE
gc/jam/si

jueves, 10 de octubre de 2019

Pesadilla en Halle

Atac mortal prop d’una sinagoga a l’est d’Alemanya


Step­han B., de 27 anys i amb el cap rapat, és l’última cara de la ultra­dreta ale­ma­nya assas­sina. És l’home que ahir, cap a les dotze del mig­dia, va inten­tar entrar en una sina­goga de Halle, ves­tit com un poli­cia o un sol­dat d’un cos d’elit. El seu objec­tiu era pro­vo­car una matança i, a més, gra­var-la, amb la càmera de vídeo que por­tava ins­tal·lada al seu casc.
No va poder tra­ves­sar la porta del tem­ple, on s’havia reforçat la vigilància per la fes­ti­vi­tat del Yom Kip­pur jueu. En comp­tes d’això, va matar una dona que era a prop de la sina­goga. Després va diri­gir-se a un local de venda de kebabs, a 500 metres, per con­ti­nuar-hi la mas­sa­cre.
“Jueus, sou l’arrel de tots els mals del món” o “estran­gers de merda” són algu­nes de les expres­si­ons que van que­dar gra­va­des en la seva càmera, segons el set­ma­nari Der Spi­e­gel. Unes altres imat­ges, difo­ses per la tele­visió regi­o­nal Mdr i cap­ta­des per un ciu­tadà, mos­tra­ven l’home dret, amb l’uni­forme de poli­cia i el casc, bai­xant d’un cotxe llo­gat, i que començava tot seguit a dis­pa­rar sis o set trets, en direcció inde­ter­mi­nada.
L’acció gra­vada pel tes­ti­moni ciu­tadà va tenir lloc, pel que sem­bla, poc després que intentés sense èxit entrar a la sina­goga, plena de gom a gom. Por­tava armes automàtiques i sem­bla que alguna gra­nada de mà. Al cemen­tiri de la sina­goga hi va dei­xar una bomba de fabri­cació caso­lana; al car­rer va caure morta la pri­mera víctima, la dona. Al kebab del barri hi havia ales­ho­res cinc o sis cli­ents. Un d’ells, un ope­rari que s’hi havia atu­rat a men­jar, va ser la segona víctima mor­tal.
Durant hores van difon­dre’s infor­ma­ci­ons con­tra­dictòries sobre si l’atac era obra d’un o més ata­cants. La Fis­ca­lia Gene­ral va assu­mir-ne la inves­ti­gació, com és la pràctica habi­tual quan hi ha sos­pi­tes de ter­ro­risme o d’altres for­mes d’extre­misme.
Tot apun­tava a la ultra­dreta. Halle és una d’aque­lles ciu­tats de l’est ale­many on l’extre­misme de dre­tes hi té el seu cau. Ini­ci­al­ment, en ser l’objec­tiu una sina­goga, es va pen­sar també en el ter­ro­risme islàmic. Les imat­ges de l’ata­cant mili­ta­rit­zat van esvair els dub­tes. La pri­mera hipòtesi, la pista neo­nazi, tor­nava a ser la domi­nant.
La Fis­ca­lia inves­tiga

“La nos­tra soli­da­ri­tat és amb tots els jueus i jue­ves en aquesta festa del Yom Kip­pur”, va dir Stef­fen Sei­bert, el por­ta­veu d’Angela Merkel, via un mis­satge a la xarxa Twit­ter –la can­ce­llera no té compte propi i aquesta és la via habi­tual de comu­ni­cació ràpida amb el ciu­tadà.
Un atemp­tat enmig de la prin­ci­pal festa jueva impo­sava un mis­satge de soli­da­ri­tat, men­tre la Fis­ca­lia l’inves­tiga i els mit­jans de comu­ni­cació avan­cen el que la poli­cia encara no diu.

La llamada autoría intelectual

Ataque antisemita desata las alertas sobre la ultraderecha parlamentaria alemana

Gemma Casadevall 


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Berlín, 10 oct (EFE).- La Justicia alemana confirmó este jueves como "acto de terror ultraderechista" el ataque antisemita registrado el día anterior en el este del país, una acción cuyo autor material es un alemán de 27 años y tras el que se ve a la extrema derecha parlamentaria como "instigadora intelectual".
No cabe duda de que la intención de Stephan Balliet era "causar una masacre" en la sinagoga de Halle, explicó el Fiscal general, Peter Frank. En el auto llevaba cuatro kilos de explosivos, portaba varias armas largas y un artefacto explosivo de fabricación casero, según la investigación en curso.
Evitó lo que hubiera podido ser una matanza que no lograse acceder al templo, pese a disparar hasta veinte veces sobre su puerta. Tras fracasar en su objetivo mató a una mujer, que se encontraba cerca del templo, así como un cliente de un local de comida rápida turca, en cuyo interior disparó indiscriminadamente, también para causar el máximo número de muertes posible, prosiguió el fiscal.
Que su propósito era, además, "incitar a otras personas" a cometer masacres parecidas y que su ataque tuviera una "dimensión global" lo demuestra, relató Frank, el manifiesto que dejó escrito y que llevase una cámara de vídeo sobre el casco, a través de la cual transmitió su ataque en directo durante 35 minutos.
A Ballie, quien fue detenido el miércoles casi dos horas después del ataque a unos 15 kilómetros de Halle, le imputa la Fiscalía dos asesinatos y otros nueve cargos de intento de asesinato, por las personas sobre las que disparó en el local turco, a unos 500 metros de la sinagoga.
El terrorismo ultraderechista y su "afinidad hacia las armas" están entre "las mayores amenazas a las que nos enfrentamos", apuntó el ministro del Interior, Horst Seehofer, en una conferencia de prensa, acompañado del presidente del Consejo Central de los Judíos de Alemania, Josef Schuster.
La comunidad judía estuvo ayer a punto de sufrir "una masacre de dimensiones nunca vistas en la Alemania de hoy", reconoció el ministro. La Alemania de hoy sigue y seguirá ligada al compromiso del "nunca más" marcado tras la derrota del nazismo, en 1945, enfatizó.
Mientras Schuster recriminaba al titular de Interior y a las autoridades locales que, precisamente en Alemania y precisamente en Yom Kipur - "día de ayuno y oración", recordó - no hubiera una patrulla protegiendo la sinagoga, sobre Seehofer caían las preguntas sobre el creciente antisemitismo en el país.
"Esta claro que en sus discursos, o al menos en algunos de sus discursos, hay una clara incitación al odio", admitió, a una cuestión de hasta qué punto podía considerarse a la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) como la autora intelectual del ataque.
Más claro había sido el ministro del Interior de Baviera, Joachim Herrmann, de la Unión Socialcristiana de Baviera (CSU) como Seehofer, al calificar a "algunos representantes" de la AfD de "pirómanos" e "instigadores intelectuales" de ataques como el de Halle.
"Quien vota a la AfD sabe que vota un partido en cuyas filas se sientan neonazis y negacionistas del Holocausto. Basta ya de tratar de identificar a su electorado con el voto de protesta", apuntó por su parte la socialdemócrata Sawsan Chebli, exportavoz de Exteriores y ahora secretaria de Estado en el Senado de Berlín.
Chebli, de origen palestino y musulmana, estuvo en la concentración solidaria del día anterior en una céntrica sinagoga de Berlín, junto con la canciller Angela Merkel, ambas visiblemente emocionadas.
La AfD es primera fuerza de la oposición en el Bundestag (Parlamento federal) y partido emergente en todo el este del país. De su departamento de prensa salen a diario múltiples reacciones y son especialmente diligentes cuando se trata de condenar delitos cometidos por inmigrantes o acoso a sus actividades.
Esta vez, su condena al ataque de Halle tardó más de 24 horas y llevaba incluida un toque de victimismo: "Es un crimen monstruoso y tratar de utilizarlo contra rivales políticos es difamación", apuntó la líder de la AfD en el Bundestag, Alice Weidel.
La AfD alcanzó un 24,3 % en las últimas elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, el "Land" donde se encuentra Halle, resultado solo superado por la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel.
Ante la puerta de la sinagoga, con las marcas de los disparos de Balliet, dejaron hoy sus ciudadanos flores, velas y mensajes de solidaridad. Para los próximos días están anunciados oficios religiosos de distintas confesiones, concentraciones de apoyo a la comunidad judía y también de rechazo a la ultraderecha. EFE
gc/jam/jgb

miércoles, 9 de octubre de 2019

Aprendiz de Breivik en Halle

Presunto ataque neonazi a una sinagoga deja dos muertos en el Yom Kipur alemán

Gemma Casadevall

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Berlín, 9 oct (EFE).- La Fiscalía Federal de Alemania ha asumido la investigación del atentado contra una sinagoga del este del país, seguido de un tiroteo que dejó dos muertos -uno de ellos en un local de comida turca-, y cuyo autor es presuntamente un ultraderechista alemán.
Un neonazi identificado por el semanario alemán "Der Spiegel" como Stephan B., de 27 años, era el hombre fuertemente armado que trató este miércoles de irrumpir en el templo judío de Halle (este de Alemania) con vestimenta de apariencia militar y un casco.
El templo estaba a rebosar con motivo de la celebración judía del Yom Kipur, pero el atacante no logró derribar la puerta. Justamente se había doblado la seguridad coincidiendo con la festividad; antes de abandonar el lugar dejó un artefacto de fabricación casera junto al cementerio judío.
En el casco llevaba un cámara de vídeo, con la que se grabó -según "Der Spiegel"- mientras disparaba sobre una mujer en las cercanías del cementerio, primero, y luego sobre una persona del local turco, un hombre.
También se aprecia claramente cómo profiere insultos contra los "judíos", a los que achaca ser "la raíz de todos los problemas", y contra los "extranjeros de mierda".
"Nuestra solidaridad para todas las judías y los judíos en la fiesta del Yum Kipur", expresó el portavoz del Gobierno de Angela Merkel, Steffen Seibert, horas después del atentado. A falta de una confirmación por parte de la Fiscalía de hacia dónde se orientan las sospechas, todos los indicios apuntaban a la ultraderecha.
Su primera víctima fue esa mujer que al parecer estaba junto a la parada del tranvía en las inmediaciones de la sinagoga. La segunda, un operario que había ido a comer al local turco, donde el atacante entró disparando a discreción, según el relato de un testigo presencial al canal N-tv.
La policía había informado poco después de saltar la noticia del ataque -ocurrido sobre las 10.00 GMT- de la detención de un hombre, el presunto atacante, al que poco después identificó ya el diario conservador "Frankfurter Allgemeine Zeitung" como un alemán.
Por entonces no se sabía aún si el atentado fallido a la sinagoga era un acto en solitario, sino que tanto la policía como medios locales hablaban de varios atacantes, que aparentemente consiguieron huir en uno o dos autos alquilados.
La televisión pública regional Mdr difundió imágenes de un solo hombre en vestimenta militar, casco y armado, captadas en video por un testigo presencial, que se bajaba del coche y empezaba a disparar en mitad de la calle del "kebab" turco.
Aproximadamente una hora después del ataque, en las inmediaciones de Lansdberg, a unos 15 kilómetros de Halle, se produjo otro tiroteo, que rápidamente los medios relacionaron con lo ocurrido en Halle, ya que al lugar se desplazó un fuerte dispositivo policial.
Había dudas en torno a la autoría o no en solitario, pero para los principales medios alemanes había coincidencia en que se trataba de una autoría ultraderechista.
Halle es una ciudad del "Land" de Sajonia-Anhalt, uno de los estados federados del este del país donde, además de una fuerte implantación de la ultraderecha, están bajo vigilancia de los servicios secretos de Interior grupúsculos neonazis violentos.
El hecho de que la Fiscalía Federal hubiera asumido la investigación implicaba que se le supone un trasfondo terrorista o de otro tipo de extremismo pues esos temas son de su competencia.
La policía local llamó a la población a permanecer en sus casas y extremar precauciones hasta que se aclarase completamente lo ocurrido.
Horas después se levantó la alerta en lo que a Halle se refiere, a lo que siguieron las informaciones de "Der Spiegel" y luego de otros medios apuntando a la autoría en solitario de un alemán, antisemita y ultraderechista.
Mientras tanto, tanto en Sajonia-Anhalt como en el vecino "Land" de Sajonia se reforzó la seguridad en torno a los templos judíos, de por sí fuertemente vigilados estos días por celebrarse el Yom Kipur. EFE    gc-jpm/psh     (foto) (audio) (vídeo)

domingo, 6 de octubre de 2019

Reeditando el "wir sind das Volk"



Leipzig, 30 anys d’una revolta




Angela Merkel ha retut home­natge aquests dies al coratge dels milers de ciu­ta­dans que, el 1989, van des­a­fiar el règim de l’Ale­ma­nya de l’est per recla­mar al car­rer elec­ci­ons lliu­res i democràtiques. Va recor­dar, també, les vícti­mes d’aquell règim comu­nista. Tant els morts en l’intent de cre­uar el mur de Berlín com les dese­nes de milers de per­se­guits com a ene­mics del règim comu­nista.

“Queda molt per fer”, va adme­tre, mal­grat els esforços desen­vo­lu­pats en aquests 30 anys a la recerca de l’equi­pa­ració entre l’est –l’antic ter­ri­tori comu­nista on la can­ce­llera Merkel va créixer– i l’oest –l’Ale­ma­nya occi­den­tal on gover­nava Hel­mut Kohl, el patri­arca del seu par­tit con­ser­va­dor.

Una majo­ria dels ciu­ta­dans de l’est se sen­ten “ciu­ta­dans de segona classe”, va con­ti­nuar Merkel, en l’acte com­me­mo­ra­tiu de l’entrada en vigor del Trac­tat d’Uni­tat, el 3 d’octu­bre del 1990. No va pas­sar ni un any entre la cai­guda del mur, el 9 de novem­bre del 1989, i el dia que es va extin­gir la República Democràtica d’Ale­ma­nya (RDA) i el seu ter­ri­tori va que­dar incor­po­rat a la República Fede­ral d’Ale­ma­nya (RFA), enmig de nego­ci­a­ci­ons a mol­tes ban­des entre Kohl i les diver­ses potències que s’havien repar­tit el país després de la der­rota del nazisme, el 1945.
Abans de la cai­guda del mur, la nit màgica en què de cop es podia pas­sar de l’est a l’oest sense por, va tenir lloc l’ano­me­nada “revo­lució pacífica”. Cada dilluns es con­cen­tra­ven a l’església lute­rana de Sant Nico­lau de Leip­zig. A prin­ci­pis de setem­bre, eren un parell de cen­te­nars. El 9 d’octu­bre n’eren ja 70.000.

“Era gent de tota con­dició. Els que aspi­ra­ven a viure com a l’oest, els que volien elec­ci­ons netes, els que volien la fi de la RDA i els que volien refor­mar-la”, explica Gitte Perl, mes­tra jubi­lada de Leip­zig, que aquests dies exer­ceix de guia a “la ruta de la revo­lució pacífica”. Leip­zig, a Saxònia, era ales­ho­res una ciu­tat pri­vi­le­gi­ada dins la RDA. A 190 quilòmetres de Berlín, i amb repu­tació de ciu­tat més libe­ral que la resta de l’Ale­ma­nya comu­nista, rebia ja ales­ho­res visi­tants estran­gers –no només de l’òrbita del teló d’acer– com a seu de fires inter­na­ci­o­nals.

A l’església de Sant Nico­lau tenien lloc cada dilluns, des de prin­ci­pis del 1980, les ano­me­na­des “ora­ci­ons per la pau”. La Stasi, la poli­cia política de la RDA, les vigi­lava, com vigi­lava qual­se­vol movi­ment públic o pri­vat. Però fins al setem­bre del 1989 no es van con­si­de­rar un punt calent per a la dis­sidència. Les elec­ci­ons muni­ci­pals del mes de març, que el Par­tit Soci­a­lista Uni­fi­cat (SED), el par­tit del règim, pre­te­nia haver gua­nyat amb un 98% dels vots, van encen­dre la flama. La RDA s’enfon­sava en l’immo­bi­lisme repre­sen­tat pel cap d’estat, Erich Honecker, men­tre que a Mos­cou Mikhaïl Gor­bat­xov impul­sava la seva peres­troika, la reforma interna que alguns volien per a la República Democràtica d’Ale­ma­nya.

El 9 de novem­bre va sor­tir de Sant Nico­lau la mani­fes­tació no ofi­cial més gran de la història de la RDA. “Molts teníem por. La Stasi vigi­lava, i par­ti­ci­par-hi podia sig­ni­fi­car, com a mínim, per­dre la feina”, explica la senyora Perl. Hi havia qui recor­dava com es va sufo­car, el 1953, la revolta tre­ba­lla­dora de Berlín, amb cen­te­nars de morts i dese­nes de milers de detin­guts. D’altres con­fi­a­ven que no gosa­rien treure els tancs al car­rer. La RDA feia aigües; una set­mana abans, el minis­tre d’Afers Estran­gers de la RFA, Hans Die­trich Gensc­her, s’havia pre­sen­tat a l’ambai­xada de Praga per anun­ciar als milers d’ale­manys de l’est refu­gi­ats allà que podien viat­jar a ter­ri­tori occi­den­tal. El règim comu­nista va dei­xar cir­cu­lar el seu tren. També va dei­xar pas­sar les mani­fes­ta­ci­ons de Leip­zig.

“Nosaltres som el poble”

El 4 de novem­bre, el crit nas­cut a Leip­zig de “Wir sind das Volk” (“Nosal­tres som el poble”) va arri­bar a Berlín. A l’Ale­xan­der­platz es van aple­gar cen­te­nars de milers de per­so­nes per recla­mar un canvi democràtic. A la tri­buna hi havia escrip­tors com ara Christa Wolf; el cap dels ser­veis secrets, Markus Wolf, i el líder del post­co­mu­nista PDS, Gre­gor Gysi, ara dipu­tat al Bun­des­tag (Par­la­ment fede­ral). El propòsit de la majo­ria dels ora­dors era refor­mar “des de dins” la RDA. El clam ciu­tadà no es con­for­mava amb peti­tes refor­mes. Volien ser com els ale­manys de l’oest. El 9 de novem­bre, Günter Scha­bowsky, mem­bre del polit­buró i un dels ora­dors de l’Ale­xan­der­platz, va lle­gir davant la premsa inter­na­ci­o­nal la nova regu­lació de viat­ges que impli­cava la fi del règim fron­te­rer. El mur havia cai­gut.

“Molts d’aquells que recla­ma­ven la fi de la RDA tro­ben ara a fal­tar una certa regu­lació. Ales­ho­res no fal­ta­ven met­ges ni mes­tres a les zones rurals. Quan aca­ba­ves la car­rera, t’assig­na­ven on havies de tre­ba­llar els pri­mers anys. Algu­nes coses fun­ci­o­na­ven, sí”, admet la senyora Perl.

De la decepció al vot ultra

Un 57% dels ciutadans de l’est alemany estan “decebuts” amb la reunificació alemanya. L’est s’ha anat despoblant, l’atur es va disparar en la primera fase de la reunificació i encara no s’ha aconseguit l’equiparació plena de sous i jubilacions. A les urnes, la decepció s’ha traduït en la caiguda de la dominant Unió Cristianodemòcrata (CDU) i l’augment del vot de protesta. El 1990, en les primeres eleccions de l’Alemanya reunificada, la CDU va obtenir a l’est un 41,8%. Quatre anys després, havia caigut al 38%, i en les últimes generals –les quartes de Merkel–, al 27%. En els primers anys de reunificació, el vot de protesta estava capitalitzat pel postcomunisme, que del 17% del 1990 va pujar al 20% quatre anys després. En els darrers anys, la ultradreta ha xuclat electorat descontent de totes bandes. A l’est del país, el vot ultra es va situar el 2017 en el 22%. En les regionals del setembre, a Saxònia –el land de Leipzig–, la ultradreta va escalar fins al 28%.

jueves, 3 de octubre de 2019

Otra lección de historia


Merkel advierte contra la ultraderecha en su balance de la unificación alemana

Gemma Casadevall


Berlín, 3 oct (EFE).- La canciller alemana, Angela Merkel, advirtió hoy contra la ultraderecha, en su balance de la reunificación del país y tras admitir que siguen sin haberse disipado las diferencias entre el este y el oeste.
"Celebremos la diversidad de nuestro país", fue la frase con que cerró su discurso del Día de la Unidad, fiesta nacional con que se recuerda la entrada en vigor del tratado que significó la desaparición de la Alemania comunista.
Fue el 3 de octubre de 1990, 329 días después de la caída del Muro de Berlín, precipitada por la revolución pacífica surgida tanto de la ciudadanía germano-oriental como de la de Polonia y otros países, entonces tras el Telón de Acero.
Pese a los "enormes esfuerzos" económicos y políticos realizados, persisten "desniveles" entre el este y el oeste alemán. Una mayoría de los ciudadanos del antiguo territorio germano-oriental sigue sintiéndose "de segunda clase", admitió Merkel.
La reacción a ello no debe ser "la intolerancia, el racismo, el antisemitismo o el deseo de marginar a los más pobres", prosiguió, en el acto celebrado en Kiel, la capital del "Land" (estado federado) de Schleswig-Holstein (norte).
Merkel abrió su discurso citando a Thomas Mann, quien en 1945 lamentó que Alemania era un país "incapaz" de llevar al éxito una revolución.
El movimiento pacífico surgido en 1989 de Leipzig (este), impulsado por la disidencia, la Iglesia y ciudadanos comunes hasta llegar a Berlín, "demuestra lo contrario", dijo.
La canciller recordó a las víctimas de la dictadura germano-oriental y también la alegría colectiva y compartida, en el este y el oeste, con la caída del Muro, de la que el próximo 9 de noviembre se cumplen 30 años.
Elogió la labor desempeñada en ese proceso histórico por el socialdemócrata Willy Brandt y el conservador Helmut Kohl, pero también los "aires nuevos" procedentes por entonces de Moscú, en alusión a la "perestroika" (reestructuración) del líder soviético Mijaíl Gorbachov.
A Kohl le correspondió negociar a múltiples bandas hasta sentenciar el fin de la República Democrática Alemana (RDA) comunista y la incorporación de su territorio en la occidental República Federal de Alemania (RFA).
Gorbachov se comportó como un buen aliado, mientras algunos socios occidentales -como el Reino Unido- veían con horror el nacimiento de una nueva Alemania fuerte.
La evolución política desde entonces es un panorama de luces y sombras para la Unión Cristianodemócrata (CDU), el partido tanto de Kohl como de Merkel, crecida en el este.
En la transición entre la caída del Muro y el Tratado de Unidad se celebraron en territorio germano-oriental las primeras elecciones libres de la historia de ese país, en marzo de 1990. La CDU se alzó con un 40,81 %, mientras que el postcomunista Partido del Socialismo Democrático (PDS) obtuvo un 16 %.
En diciembre de ese mismo 1990 tuvieron lugar las primeras elecciones generales de la Alemania ya reunificada, en que la CDU superó ese resultado en los nuevos estados federados del este del país -un 41,8 %- y el PDS bajó al 11,1 %.
En las siguientes generales, en 1994, pasada la primera fase de euforia por la reunificación, la CDU bajó en el este al 38 % y el postcomunismo subió hasta rozar el 20 %.
En los últimos comicios nacionales, en 2017, la CDU obtuvo en el este del país un 27,6 % y La Izquierda -partido sucesor del PDS- un 17 %. La ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), un partido nacido apenas tres años antes, rozó el 22 %.
El ascenso del PDS, primero, y de la derecha radical, ahora, se interpreta como un reflejo de la tendencia al voto de protesta en esa mitad del país y de la persistente frustración por no haber alcanzado los estándares sociales y económicos del oeste.
Lo que fue territorio germano-oriental ha ido perdiendo población en dirección al oeste. De los 16,4 millones de habitantes que tenía en 1990 ha caído a 13,6 millones, según datos de 2018.
Los sueldos y pensiones han tendido a equipararse respecto al oeste, y el desempleo, que en los primeros años de reunificación dobló la media nacional, se sitúa ahora en un 7 %, frente al 4,9 % del conjunto de Alemania.
Pese a los avances logrados, un 57 % de los habitantes del este se consideran aún "ciudadanos de segunda clase"; un 38 % opinan que algo no ha salido bien en el proceso unificador, según el último informe anual del Gobierno sobre el balance de la unidad alemana. EFE
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(foto) (audio)

martes, 1 de octubre de 2019

De excursión con Maripá


Leipzig recuerda el "Wir sind das Volk", el grito que agrietó el muro

Gemma Casadevall





Leipzig (Alemania), 1 oct (EFE).- Leipzig recuerda la revolución pacífica que, al grito de "Wir sind das Volk" -"Nosotros somos el pueblo"-, arrancó de esa ciudad de la Alemania comunista, hace treinta años, hasta agrietar el Muro de Berlín.
"Las marchas de Leipzig juntaron a germano-orientales que solo aspiraban a una vida mejor con la disidencia; querían el fin de la RDA, la República Democrática Alemana", afirma Jürgen Reiche, el director del Foro de Historia Contemporánea de Leipzig.
También estaban ahí, concede, algunos que querían "una RDA distinta", un modelo "igualmente anticapitalista", pero democrático, no la dictadura decrépita del que era por entonces un país satélite de la Unión Soviética.
Quienes aspiraban a una reforma de la RDA eran "los menos", afirma Reiche, mientras recorre la exposición permanente del Foro con un grupo de corresponsales extranjeros.
"Muchos de los opositores hubieran querido conservar algo de la aquella RDA", sostiene, en declaraciones a Efe, Philippe Morvan, artista francés y autor de la instalación "Leipzig-Berlin", inaugurada este martes en la estación de tren de esta ciudad.
Mil linternas de bolsillo, en distintos formatos y fabricadas en la extinta RDA, colocadas sobre un anillo de nueve metros de radio, recuerdan la revolución que partió de esa ciudad germano-oriental.
Algunas son del propio Morvan; la mayoría proceden de ciudadanos de Leipzig, que respondieron a la llamada lanzada a mediados de abril por el artista de donar los aparatos para su instalación.
El material sonoro que acompaña al juego de luces es el grito de "Wir sind das Volk" que, todos los lunes, partía de la Iglesia de San Nicolás, en el centro de Leipzig. La primera marcha, el 4 de septiembre, fue de un par de centenares de personas. El 9 de octubre eran ya 70.000.
Fue la mayor manifestación de protesta de la historia de la RDA desde el levantamiento obrero contra el régimen el 17 de junio de 1953. Tal vez la respuesta habría sido aún mayor, de no ser que en la memoria colectiva seguía presente cómo terminó esa revuelta: con un centenar de muertos y decenas de miles de detenidos.
Pero la RDA de 1989 no era ya la de 1953. El régimen había entrado en proceso agónico y, desde Moscú, el presidente soviético, Mijaíl Gorbachov, había emprendido el camino de la "perestroika".
El jefe del Estado germano-oriental, Erich Honecker, comprobó que los aires no soplaban a su favor unos días antes de la gran manifestación de Leipzig, en el 40º aniversario de la RDA.
Había invitado para la gran parada militar a Gorbachov. Ambos líderes, el representante de la "perestroika" y el del férreo inmovilismo, presidieron el desfile. El presidente soviético fue recibido con atronadores y entusiastas gritos de "Gorbi, Gorbi", mientras Honecker mostraba su rostro avinagrado.
"Sí, muchos de los que salían a la calle querían una 'perestroika' para la RDA", considera Mario Schröder, el jefe de coreografía del Ballet de Leipzig, por entonces primer bailarín de ese mismo conjunto y asistente a las marchas de los lunes.
De esa jornada amarga para Honecker quedó la frase que -según las crónicas de la época- le dirigió Gorbachov: "La vida castiga a quien llega tarde". El inmovilista jefe del Estado de la RDA fue relevado unos días después, el 18 de octubre, por el teórico reformador interno, Egon Krenz.
Para entonces, el grito del "Wir sind das Volk" se había multiplicado por otras ciudades del territorio germano-oriental.
El 4 de noviembre, la consigna nacida en Leipzig retumbó en la Alexanderplatz berlinesa. Centenares de miles de personas se concentraron en el corazón de la capital de la RDA.
Sobre la tribuna se pasaban la palabra reformistas convencidos, representantes del aparato transmutados a toda prisa en reformadores e intelectuales, como la escritora Christa Wolf. Ahí estaban, asimismo, el jefe del espionaje de la RDA, Markus Wolf, e incluso Günter Schabowski, portavoz y miembro del Politbüro comunista alemán.
Cinco días después, el 9 de noviembre, el propio Schabowski leyó ante una abarrotada conferencia de prensa un comunicado de prensa sobre la nueva regulación para viajes que implicaba, de facto, la apertura de las fronteras interalemanas.

El Muro cayó esa noche. Once meses después, tras un proceso de reunificación negociado con aliados occidentales y con Moscú por el canciller Helmut Kohl, la RDA dejó de existir y su territorio quedó integrado en la República Federal de Alemania (RFA). EFE
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