
Una caja llena de donativos al partido ultra Alternativa para Alemania (AfD), durante un acto electoral. / RONNY HARTMANN / AFP
La Alternativa para Alemania (AfD) de Sajonia-Anhalt no es una ultraderecha como otras. Ni siquiera como la del resto del partido a escala nacional. Está dominada por el "Ala", su corriente más radicalizada, la misma que hace dos años llevó a Björn Höcke en el vecino 'land' de Turingia al resultado entonces récord del 32,8%. Este domingo aspira a conquistar el poder por primera vez en un estado federado. Lo hará, de materializarse, a través de esa "Ala", en que confluyen lo más monstruoso de la historia del país y la gran amenaza actual sobre Occidente, el neonazismo y los vínculos con el Kremlin.
El grueso de su electorado no se identifica como neonazi o prorruso. Pero aparentemente a ese elector no le asusta dar su voto a un partido con semejante "vida interior". En los comicios regionales del domingo se le pronostican un 40% o hasta un 43% de los votos, un récord absoluto para un partido fundado en 2013. Su auge ha acentuado el desgaste del centro político, que durante décadas ocuparon los conservadores de Friedrich Merz y sus socios socialdemócratas.
"La ilusión de que Alemania había aprendido la lección tras el nacionalsocialismo yace en ruinas. El tabú moral ha perdido fuerza", lamenta Matthias Quent, sociólogo y catedrático de Digitalización y Transformación Social en la Escuela Superior de Jena (Turingia). A una parte de este electorado le mueve "el resentimiento, el miedo, la ira, la rebeldía y un sentimiento de 'nosotros contra ellos'", alerta, desde la televisión pública ARD. "Durante décadas, nos permitimos el lujo de debatir teóricamente sobre una prohibición. Ahora estamos ante una nueva dimensión de su amenaza sobre el orden constitucional", concluye el profesor.
Otros partidos de la ultraderecha europea, desde los Hermanos de Italia de Giorgia Meloni a la Agrupación Nacional de la francesa Marine Le Pen, han moderado su discurso para atraerse el espectro electoral más amplio posibe. La AfD ha seguido el camino inverso. Nació como partido euroescéptico, pero con ese perfil no alcanzó el Parlamento. Cuatro años después, irrumpió como fuerza parlamentaria transmutada en partido contra la acogida de refugiados. A partir de ahí ha recolectado el voto de sucesivos descontentos --contra las restricciones en la pandemia, contra el apoyo militar a Ucrania, contra los extranjeros o contra la inflación-. Sus miembros fundacionales han abandonado el partido despavoridos. Los rostros de su efervescencia son sus dos copresidentes, Alice Weidel y Tino Chrupalla. Con ellos se convirtió en segunda fuerza en el Parlamento en las elecciones de 2025. Ahora ocupa la primera posición en intención de voto a escala nacional. La misión de "hacer historia" para la AfD y llegar a gobernar trascurre ahora a escala regional y a cargo de un líder vinculado al neonazismo y de un ideólogo prorruso.

Ulrich Siegmund, candidato de Alternativa para Alemania (AfD) en el estado de Sajonia-Anhalt. / JENS SCHLUTER / AFP
Siegmund, el jovial tertuliano ultra
Ulrich Siegmund, su candidato de Sajonia-Anhalt, no es solo ese líder cercano y jovial que va de un mitin al siguiente en una Simson, la emblemática motocicleta de la extinta Alemania comunista. Es también el tertuliano que ha compartido cafés y tartas con el líder del movimiento identitario austríaco Martin Sellner. Fue en la reunión de Potsdam, en 2023, donde se abordó la expulsión de millones de extranjeros. Su entorno lo forman exmiembros del grupúsculo neonazi llamado Juventudes Fieles a la Patria (HDJ), prohibido hace una década y media. De "pecados de juventud" califica Siegmund la pertenencia a un grupo que hacía desfilar a menores en uniforme nazi, en un país donde mostrar el saludo hitleriano o negar el Holocausto conlleva penas de cárcel. No disimula su simpatía hacia un blogero llamado "Aktivist Mann", entre cuyas hazañas está la intentona de asaltar el Parlamento, en 2020, con un grupo de antivacunas.
El convocante de la tertulia de Potsdam era un destacado ultra, Gernot Mörig. Su objetivo, desarrollar un "plan maestro" para "contrarrestar la destrucción de nuestro país", según reveló el portal investigativo 'Correctiv'. Para el austriaco Sellner, la estrategia para la remigración de millones de personas consiste en dictar leyes que atenacen a los extranjeros. Siegmund aportó al debate planteamientos sobre "cómo aumentar la presión" en cafés, bares u otros negocios regentados por extranjeros para echarlos.
En Kaliningrado con la bandera hermana
El rastro neonazi no es suficientemente disuasorio para electores dichos "corrientes" como tampoco lo es que la AfD sea un partido prorruso. Los ciberataques, sabotajes y campañas de desinformación de "sello ruso" eran ya el pan de cada día en Alemania. Ahora, el gobierno de Friedrich Merz ha acusado formalmente a Rusia del ataque fallido con drones contra el aeropuerto de la ciudad sajona de Leipzig. Desde la AfD, una formación que se dice pacifista porque rechaza la ayuda militar a Ucrania, se ha cuestionado la pista rusa. Es un partido que mima sus lazos con Moscú y que ha levantado ampollas por los viajes de cortesía de diputados u otros cargos suyos al Kremlin o al Donbás ucraniano, en algún caso cancelados in extremis.
Una entrevista al segundo de a bordo del 'land', el vicepresidente del grupo parlamentario en Magdeburgo Hans-Thomas Tillschneider, sirvió para refrescar la memoria. El periodista que le entrevistaba era Paul Ronzheimer, excorresponsal en Ucrania del sensacionalista diario 'Bild'. El encuentro derivó en bronca al detectar el periodista una taza del ejército ruso sobre el escritorio de Tillschneider. "Un regalo que no pienso devolver", respondió de mala manera el político. La anécdota, debidamente reproducida por medios de referencia, sirvió para recordar los vínculos del político con el Kremlin. Para muestra, su reciente misión de amistad al enclave ruso de Kaliningrado, donde posó agitando banderas hermanadas, de Rusia y de Alemania.